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CAPÍTULO 4-Su Prostituta

Autor: Riaeyre
last update Fecha de publicación: 2026-07-06 23:22:31

4

ISABELLA

Solo por una noche…

Por una noche tenía que ser una prostituta por amor.

Aunque me costaba respirar, me senté en la cama temblando, preguntándome cómo sería capaz de vivir conmigo misma después de esto.

Por un momento quise ponerme de pie, decirle que no podía hacerlo y prometerle que trabajaría todos los días para recuperar el dinero que él perdería esta noche, pero no pude.

No podía soportar su mirada de decepción; no quería fallar en mis responsabilidades como esposa.

Si esta noche podía cambiarlo todo, ¿no debería ser un riesgo que corriera con gusto por el hombre que me salvó la vida?

El cerrojo de la puerta hizo un clic que me trajo de vuelta al presente, y el pulso me martilleó en la garganta.

La puerta se abrió con un crujido, dejando entrar un hilo de luz del pasillo que cortó el suelo como una cuchilla. Él resopló, y sentí hielo bajar por mi espina dorsal. —¿Por qué está tan maldito oscuro aquí dentro?

Escuché su mano tantear en la pared, buscando el interruptor. —No —solté de golpe, con la voz quebrada—. Yo... no quiero la luz encendida. Es más fácil de esta manera.

Todo se quedó completamente inmóvil. —Eso es sospechoso… —habló de nuevo y escuché sus pasos retroceder.

Las palabras de Derek destellaron en mi mente: Si haces enojar al próximo hombre, las cosas nunca volverán a ser como antes.

Tragué la bilis que me subía por la garganta, forzando mi tono a sonar más ligero, más sensual. —Hago mi mejor trabajo en la oscuridad. Créeme, te gustará.

Eso hizo que soltara una risita, y la puerta se cerró con un clic, sepultándonos en la negrura. El aire acondicionado zumbaba más fuerte ahora, pero el sudor brotaba en mi frente, goteando por mi cuello.

Sus pasos se acercaron lentamente, cada uno elevando más mi ritmo cardíaco. La cama se hundió cuando él estiró la mano, y sus dedos rozaron mi rostro en el vacío. Me encogí, retrocediendo por instinto.

—No te vuelvas a mover —murmuró, con una voz aterciopelada, cargada con una advertencia que me envolvió como cadenas de seda. Me inmovilizó en el lugar; mi cuerpo obedeció antes de que mi mente pudiera reaccionar.

Su tacto regresó, más suave esta vez, delineando mis mejillas, rozando mi mandíbula. El calor de su piel contrastaba con el aire frío, enviando chispas a través de mis nervios. —Has estado llorando —dijo, pasando el pulgar por los rastros húmedos—. ¿Es tu primer día en el trabajo?

Vacilé, y luego mentí. —No. Ya he hecho esto antes.

—Mentirosa. —Su tono se afiló, pero había diversión en él, como si disfrutara el juego. Sentí que comenzaba a apartarse, y la desesperación me arañó por dentro.

—Por favor —susurré, agarrándolo de la muñeca—. No te vayas. Necesito esto.

Se detuvo, su respiración cálida contra mi oído. — No hay nada tierno en mí. Si dices que sí, te follaré hasta que estés adolorida, hasta que no puedas recordar por qué empezaste a llorar. ¿Consientes eso?

Mi corazón dio un vuelco, una sacudida frenética que no era del todo miedo. Algo en sus palabras avivó un fuego en la boca de mi estómago, y este se asentó justo en la entrepierna.

Las palabras me fallaron; asentí contra su palma.

Sus dedos se movieron entonces, enredándose en mi cabello, tirando con la fuerza justa para inclinar mi cabeza hacia atrás, exponiendo mi garganta. —Esta noche eres mi prostituta. No importa para quién más te hayas abierto, ahora eres mía. Toda tú.

Un escalofrío me recorrió, mi cuerpo reaccionando a un ritmo que no había sentido en años.

Su otra mano rozó mis labios, abriéndolos ligeramente. —Dilo.

Tragué saliva con titubeo; él tiró de mi cabello hacia abajo, con su mano ahora en mi garganta.

—No me gusta repetirme. —Su tono contenía una advertencia peligrosa.

Mi nuez de Adán se movió contra su mano, y luego mis labios se abrieron; tenía la boca seca. —Esta noche... soy tuya.

Con un gruñido gutural, aplastó su boca contra la mía, devorándome como un hombre hambriento en el desierto. Sus labios eran exigentes, su lengua invadía sin pedir disculpas, con sabor a humo y urgencia. Ahogué un grito dentro del beso, mis manos se hicieron puños en su camisa mientras él me empujaba hacia atrás en la cama.

La atracción entre nosotros era magnética, innegable, como si la gravedad hubiera decidido que nuestro lugar era estar enredados. Me derretí en ello, sin fuerzas contra el colchón, mientras su lengua barría mi boca otra vez, reclamando cada rincón hasta que la cabeza me dio vueltas y el calor floreció en mi entrepierna.

Su beso sabía a posesión, como si estuviera reescribiendo cualquier cosa que hubiera existido antes de él.

Sus manos bajaron por mis costados; sus palmas ásperas se engancharon en el encaje de mi sostén. Sus dedos se deslizaron debajo de las copas, rodeando mis pezones hasta que se endurecieron en puntas firmes. Me arqueé, buscando la fricción, pero abruptamente su boca dejó la mía. Un lastimero gemido se me escapó antes de que pudiera contenerlo.

Luego vino el seco desgarrón de la tela: el encaje rompiéndose bajo unos dedos impacientes. El aire fresco golpeó mi piel desnuda, seguido instantáneamente por el calor húmedo de sus labios cerrándose sobre uno de mis pezones. Succionó con fuerza, jugando con la lengua y rozando con los dientes lo suficiente como para borrar la línea entre el dolor y la gloria. Cambió de lado, prodigando la misma atención despiadada hasta que comencé a retorcerme, soltando pequeños sonidos irreconocibles.

Bajó más, trazando con besos de boca abierta mis costillas, mi estómago, la sensible curva sobre mi cadera. Cuando su aliento rozó el encaje que me cubría, me sobresalté con fuerza. La voz de Derek resonó en mi cráneo: eso es asqueroso, ni se te ocurra. Mis muslos se tensaron instintivamente, listos para cerrarse.

Unas manos fuertes sujetaron mis caderas, manteniéndome abierta. —¿Nunca has tenido la boca de un hombre aquí?

Sacudí la cabeza, con la garganta demasiado apretada para hablar.

Una risa baja vibró contra mi piel. —Mon chérie, tienes que usar tus palabras. No puedo verte en la oscuridad.

—No —logré decir, apenas en un susurro—. Él... él nunca quiso.

Sus dedos se tensaron, y luego una mano se deslizó por mi garganta, apretándola; un recordatorio firme de quién tenía el control. —No pienses en nadie más. No esta noche. Dilo.

Tragué saliva contra su palma. —Esta noche soy tuya.

—Más fuerte.

—Esta noche soy tuya.

—Buena chica.

La tela se desgarró de nuevo: mis bragas quedaron trituradas de un tirón impaciente. Él gruñó, profundo y primitivo. —Joder, hueles tan bien. Como a jazmín y miel; tendré que saborear cada centímetro.

Luego se alejó por un latido; mi cuerpo se quejó, disgustado por la falta de contacto.

Escuché el crujido de su camisa cayendo al suelo, el tintineo metálico de la hebilla de su cinturón al soltarse, y el suave golpe del pantalón vaquero que la seguía. La cama se hundió cuando regresó, acomodándose entre mis muslos. Sus hombros empujaron mis piernas para abrirlas más.

—Te corres cuando yo lo diga —advirtió, con el aliento caliente contra mi centro—. No antes. ¿Entendido?

Asentí, frenética.

Su lengua salió; al principio solo la punta rodeó la capa externa y luego se adentró más, succionando mi clítoris con toda su lengua, una sensación que hizo que mis caderas dieran una sacudida. Dos dedos se deslizaron dentro de mí, curvándose, acariciando ese punto que convertía mi espina dorsal en líquido. Me trabajó con una paciencia devastadora, la lengua y los dedos en perfecta sincronía, acumulando presión hasta que mis muslos temblaron y mis manos arañaron las sábanas.

—Por favor —jadeé—. No puedo... no puedo aguantar...

—Todavía no. —Presionó más fuerte, atrapando mi clítoris entre sus labios, mientras sus dedos empujaban más profundo. Explotaron estrellas detrás de mis párpados cerrados. Cada nervio gritaba.

—Por favor...

—Dilo…

—Por favor...

—¡Dilo!

—Esta noche… soy toda tuya.

—Correte para mí —gruñó contra mi carne.

La orden me destrozó. Me vine abajo con un llanto quebrado. —¡Mi compañero! —Las palabras salieron atropelladas mientras las olas me atravesaban. Él bebió cada estremecimiento, lamiendo lento y codicioso hasta que quedé hipersensible y temblando.

Finalmente levantó la cabeza, con la voz ronca de satisfacción. —Esto es solo el comienzo.

Antes de que pudiera recuperar el aliento, sus manos estuvieron en mis caderas otra vez, dándome la vuelta sobre mi estómago con una fuerza que no requirió esfuerzo. Mi mejilla quedó presionada contra la sábana fresca, el trasero levantado y el corazón golpeando mis costillas.

Se acomodó detrás de mí, una palma extendida entre mis omóplatos, empujándome hacia abajo mientras la otra lo guiaba hacia mi entrada.

—Apenas estoy empezando —murmuró, con la voz oscura de promesa.

Y entonces empujó hacia adentro, lento e implacable, llenándome hasta que no quedó nada más que la certeza de que esta noche, el anillo en mi dedo no importaba...

No le pertenecía a nadie más.

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