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Capitulo 3

Author: MIKEYLAHM
last update publish date: 2026-07-23 04:11:13

Mientras Nathan se sumergía en la fría lógica de la venganza, en la habitación médica, la atmósfera se había vuelto insoportable para Rousse. El pitido rítmico del monitor cardíaco, que debería ser una señal de esperanza, a ella le sonaba como una cuenta regresiva hacia el vacío. En su interior, su loba alfa aullaba por la injusticia. Los Omegas son el corazón de la sociedad, los portadores de la vida y el equilibrio, y ver a uno tan joven reducido a una cáscara vacía era una afrenta a su propia biología.

Rousse se detuvo frente al espejo del baño de la suite. No reconoció a la mujer que le devolvía la mirada: tenía ojeras profundas que parecían moretones y el cabello desmarañado. De repente, una oleada de náuseas y odio puro le subió por la garganta. No era solo por Larissa; era por el pecado de su propia familia, por la cobardía de no haber intervenido años atrás.

—¡Despierta!

le gritó al vacío de la habitación, y su voz se quebró en un sollozo seco que le desgarró la garganta

—. ¡Larissa, por favor! ¡No me dejes aquí sola con este sentimiento!

La impotencia estalló en ella como una supernova. Rousse tomó una pesada bandeja de metal llena de instrumentos quirúrgicos y la lanzó contra la pared opuesta con toda la fuerza de su rango Alfa. El estrépito del metal chocando contra el hormigón fue ensordecedor, un eco de la violencia que sentía en su alma. Empezó a tirar todo lo que estaba a su alcance: frascos de antiséptico, paquetes de gasas esterilizadas, carpetas de historial clínico. Necesitaba que algo se rompiera en el mundo exterior, porque sentía que ella ya estaba rota de forma irremediable por dentro.

En ese momento, la puerta se abrió con una parsimonia irritante. Nathan entró, impasible como siempre, sosteniendo un teléfono satelital en la mano. Ni siquiera se inmutó cuando un frasco de alcohol rodó hasta sus pies, deteniéndose contra la punta de sus zapatos de cuero italiano.

—Destrozar el equipo médico no hará que sus sinapsis disparen más rápido, Rousse

dijo él, con una calma que a ella le resultó un insulto personal.

—¡Cállate con tus palabras elegantes y tu lógica de hielo!

Rousse se abalanzó sobre él y lo agarró por las solapas del abrigo, sacudiéndolo con una fuerza que habría hecho retroceder a cualquier otro hombre

— ¡Tú estás ahí fuera jugando al ajedrez, moviendo numeritos en una pantalla y planeando quiebras bancarias, mientras ella está aquí... muriéndose en vida! ¡Mírala, por el amor de Dios! ¡Es una niña, Nathan! ¡Una Omega que debería estar floreciendo y la destruyeron!

Nathan dejó que ella descargara su furia. No se defendió, ni siquiera cuando los nudillos de Rousse golpearon su pecho en un gesto de desesperación pura. El aroma de ambos Alfas chocó en el aire: el fuego de Rousse contra la escarcha de Nathan. Solo cuando ella se quedó sin aire, sollozando contra su hombro, él puso una mano firme y sorprendentemente cálida sobre sus muñecas, obligándola a soltarlo.

—Tú gritas porque te duele, porque tu instinto de protección está herido

susurró Nathan, inclinándose hacia ella. Su mirada era un pozo oscuro donde no se reflejaba la luz

— Yo no grito porque estoy demasiado ocupado asegurándome de que Julián Mondragón termine deseando no haber nacido nunca. Tu fuego es útil para mantenerla caliente y cuidarla, leona. Pero mi hielo es el que va a ejecutar la sentencia de muerte de esos bastardos.

Rousse lo soltó, retrocediendo un paso, temblando de pies a cabeza. El contraste era aterrador. Ella era el caos emocional, el grito de auxilio de una especie que sufre; él era el verdugo implacable que ya había decidido el método, la hora y el lugar de la ejecución.

—No eres humano, Nathan

susurró ella, limpiándose las lágrimas con rabia

— A veces olvido que compartimos la misma sangre.

—En este momento, para lo que tengo que hacer... no me conviene serlo

respondió él, volviendo su vista hacia la cama de la joven

— Ella no necesita un humano a su lado ahora. Necesita un monstruo que devore a los monstruos que la asustaron.

Mientras ellos discutían, algo cambió en la atmósfera de la habitación. Fue sutil, casi imperceptible para un oído humano, pero para los dos Alfas presentes, fue como un estallido de luz en la oscuridad.

El monitor cardíaco, que había mantenido un ritmo monótono durante quince días, de repente saltó. Pip-pip... pip-pip-pip.

Nathan se giró instantáneamente, sus sentidos agudizados al máximo. Un aroma casi olvidado, el rastro de flores silvestres y tierra mojada tras la lluvia

el aroma natural de la Omega de Larissa, comenzó a filtrarse muy débilmente a través de los químicos del hospital. Era un aroma fracturado, asustado, pero real.

Larissa estaba despertando.

En la profundidad de su mente, el océano negro comenzó a retirarse. Sintió una presencia. No era el calor maternal de Rousse, sino algo más... algo que vibraba en una frecuencia que su cuerpo recordaba de otra vida. Era una presencia gélida pero sólida, un ancla en medio de la tormenta.

Sus párpados, pesados como el plomo, temblaron. En el aire, el aroma de Nathan, café amargó y madera quemada, actuó como un faro. Su instinto de Omega, herido y desconfiado, reconoció la marca de ese Alfa. No era la opresión de Julián, ni la violencia de su padre. Era algo antiguo. Algo que le pertenecía.

Nathan se acercó a la cama, y por primera vez en años, su máscara de hierro se resquebrajó.

—Larissa

dijo, y su voz no fue la de un verdugo, sino la de un hombre que ha encontrado un tesoro perdido en medio de un campo de batalla

— Regresa. El tablero está listo, y esta vez, tú eres la reina.

Afuera, la ciudad de los Mondragón seguía brillando, sin saber que el depredador más grande de su historia acababa de encontrar su razón para no tener piedad. La guerra por el alma de la Omega perdida apenas comenzaba, y Nathan Dubios estaba listo para quemar el mundo con tal de verla abrir los ojos una vez más.

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