LOGINDesde que Kerem Lancaster perdió la vista, se negó a mostrar debilidad. Siempre había sido un hombre arrogante, que ahora era extremadamente frio, cruel, imponente, y sobre todo, despiadado con sólo existir. Rechazaba su condición, rechazaba su cuerpo, su casa, y a todos los que se atrevieran a compadecerlo. Vivía como si el mundo entero debiera pagar por lo que él había perdido.Y sumado a eso, estaba aquella imposición del viejo que ya estaba bajo tierra. Una jovencita a la que debía "proteger", como si él fuera un malditø tutor y no el heredero legítimo del imperio.
View MoreLena acomodó con cuidado la manta sobre el pequeño cuerpo de su hija. La bebé, a quien había llamado Mila, respiraba con suavidad, con las mejillas sonrosadas y el cabello castaño enredado sobre la almohada. Lena se quedó un momento mirando aquella carita tranquila, los labios entreabiertos, el movimiento leve del pecho al compás del sueño. La puerta se abrió despacio y Kerem asomó la cabeza. Lena levantó la mano y le hizo una seña para que guardara silencio. Le había costado mucho lograr que se durmiera. Él avanzó con pasos lentos, quedándose junto a ella frente a la cuna. Sus ojos se suavizaron al ver a la niña dormida. La miró dormir con fascinación. Mila tenía las mejillas rosadas y el cabello tan castaño como el de su madre. Sus ojos marrones estaban cerrados, y así, inmóvil, no parecía el torbellino que era cuando estaba despierta. Kerem observó un instante más, con una ternura que pocas veces dejaba ver, antes de apartarse y dejar que Lena acomodara un último pliegue de la
Tres años después Lena caminaba entre los surcos, con el cabello recogido y algunos mechones sueltos que el viento movía con suavidad. Su vestido blanco se ceñía al cuerpo, resaltando el vientre que crecía con el paso de las semanas. Tenía cuatro meses de embarazo y aun así no había querido dejar la organización de la vendimia en otras manos. Era su primera vendimia completa al mando. Su equipo seguía sus indicaciones con respeto, aunque todos sabían que detrás de las miradas atentas estaba Kerem, observándola desde unos metros más atrás. Él se mantenía con los brazos cruzados, la camisa blanca arremangada hasta los antebrazos, los botones del cuello abiertos, el reloj oscuro brillando bajo la luz del sol. A los treinta y siete, Kerem se veía más maduro, más contenido. Había perdido algo de la impaciencia de otros años, pero su mirada seguía teniendo ese brillo autoritario que imponía respeto con solo posar los ojos sobre alguien. Y sin embargo, cuando la miraba a ella, la dureza
Marla caminaba despacio, con pasos arrastrados, como si cada uno pesara más que el anterior. El sol de Londres apenas se asomaba entre las nubes, tibio y débil, pero aun así era lo más cercano a libertad que podía sentir. Salir al patio era una rutina diaria que se había convertido en castigo, en un malditø calvario. A su alrededor, las demás presas la observaban de reojo, y algunas ni siquiera eso. No le dirigían palabra. No era por su aspecto en realidad, aunque lucía terrible. Era porque su presencia les resultaba insoportable, como si su simple existencia recordara algo que querían olvidar.El viento movió un mechón ralo de su cabeza. Su cabello apenas crecía, en partes específicas de su cabeza, su cuerpo jamás volvería a ser lo que alguna vez fue. Cada paso le recordaba el peso de lo perdido. Su espalda dolía, una punzada constante que nacía en lo profundo de su carne y se extendía hasta su cuello. No había un solo día en que el dolor no la acompañara. Caminaba encorvada, como si
Lena se agachó con cuidado, sosteniéndose el vientre con una mano mientras la otra retiraba con delicadeza una hoja seca del tallo de una de sus flores. La enorme panza apenas le permitía inclinarse, pero no podía evitar querer cuidar cada pétalo, cada color. Lucia estaba sentada unos metros más allá, acariciando a Sombra, que ya era una zorra adulta y tranquila. Su pelaje rojizo brillaba con la luz del mediodía. La niña, ahora catorce años, tenía los rasgos más definidos, la mirada más madura de acuerdo a su edad, pero esa sonrisa seguía siendo la misma que Kerem y Lena habían visto desde siempre. —¿Vas a plantar más rosas, Lena? —preguntó Lucia, jugando con las orejas de Sombra. Aunque legalmente Lena era su madre, la diferencia de ellas era de tan solo ocho años y el cariño que se tenían era más el de unas hermanas. —Solo voy a quitar las marchitas —respondió Lena con una sonrisa—. No quiero que las nuevas se sientan solas. Lucia soltó una risa pequeña y se puso de pie, ace












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