LOGINEl duque estaba revisando documentos en su estudio, rodeado del habitual silencio solemne de la estancia. La luz del mediodía se filtraba a través de las cortinas pesadas, y sobre el escritorio reposaban varios informes del ducado que había traído consigo desde Londres.
De pronto, la puerta se abrió con brusquedad. Aurelia irrumpió en la habitación con paso decidido, el rostro encendido de enojo. El duque levantó la mirada lentamente, arqueando una ceja con evidente molestia.Era la mañana siguiente. Isolda desayunaba en la sala junto a Lydia y Celia. Lydia, acostumbrada a compartir la mesa con las tres mujeres, frunció el ceño al notar la ausencia de Aurelia. —¿Dónde estará Lady Aurelia? —preguntó con curiosidad. —Está indispuesta —respondió Isolda con calma. En su mente, sin embargo, rondaba otra idea. La doncella le había contado que Aurelia se sentía mal y había decidido desayunar en su habitación. Isolda comprendía bien el torbellino que debía azotar el interior de su hermana: el caos emocional, el peso de una verdad recién descubierta. Sabía que lo mejor era darle espacio, dejar que enfrentara sola esa tempestad antes de buscar consuelo o palabras. Mientras Isolda reflexionaba, el mayordomo entró con paso firme. —Lady Isolda, acaba de llegar el marqués de Greystone y solicita audiencia. Isolda se enderezó, sorprendida por la inesperada visita. —Hazlo pasar a la sala de visitas y
Aurelia subió a su habitación con pasos acelerados, intentando mantener la compostura. La visita acababa de marcharse. Aunque había aparentado timidez ante Isolda, sus manos seguían temblando. Apenas cerró la puerta, apoyó la espalda contra ella y exhaló un suspiro entrecortado. Su corazón latía con fuerza y un sudor frío le recorría la nuca. Se echó hacia adelante y comenzó a caminar de un lado a otro, como si el movimiento pudiera ordenar el caos en su mente. No era casualidad. No podía serlo. El duque de Westford en ese sector, preguntando por el duque de Blackmoor… aquello despertaba viejos fantasmas que había intentado enterrar. Imágenes de Londres comenzaron a arremolinarse en su cabeza: las veladas fastuosas del duque, que bajo el disfraz de fiestas no eran más que un escenario para la humillación, el abuso y la manipulación. Recordó las miradas calculadoras, las conversaciones cargadas de veneno disfrazado de cortesía… y el papel que
Dos días habían transcurrido desde que el duque partió hacia Brighton, a la casa que heredó Nathaniel, y la mansión parecía contener la respiración en su ausencia. La rutina continuaba, pero el ambiente estaba cargado de expectación y silenciosa inquietud. Aquella tarde, el calor de agosto se filtraba por los ventanales abiertos; una brisa tibia movía apenas las cortinas, trayendo el olor dulce de los jardines humedecidos por una lluvia pasajera. Isolda se encontraba en la sala de diario, acompañada por Aurelia, quien mantenía el porte altivo que la caracterizaba, cuando el mayordomo entró y, con una leve inclinación, anunció: —Su Gracia… ha llegado un caballero que solicita ser recibido de inmediato. Isolda alzó una ceja, sorprendida, pero asintió con su calma habitual. —Hágalo pasar. Un instante después, un hombre alto, de porte impecable y mirada severa, cruzó el umbral. Su abrigo oscuro aún mostraba las salpicaduras de
El viaje hacia Escocia fue agotador. Nathaniel había dispuesto que solo se detuvieran lo imprescindible para cambiar de carruaje o de caballos, evitando cualquier demora innecesaria. El miedo de que el duque pudiera descubrir su verdadera ruta y alcanzarlos era una sombra constante sobre ellos. Margaret y Thomas, el ayuda de cámara de Nathaniel, soportaban el cansancio como podían. Tras tantas horas de camino, apenas se sentían personas. Sus cuerpos pesaban como plomo, y cada movimiento les recordaba lo interminable del viaje. En cambio, Nathaniel y Evelina, aunque agotados, se mantenían en pie gracias a la tensión que sentían; su inquietud superaba por mucho al sueño o al dolor de espalda. En una de las paradas para cambiar caballos, Nathaniel le pidió a Margaret que fuera a la posada cercana a conseguir comida y agua. A Thomas le encargó solicitar mantas y calentadores de pies para proteger a las damas del frío de la madrugada. Mientras esperaban a qu
El silencio que quedó tras la partida del duque era espeso, como si la casa misma contuviera la respiración. Isolda lo sentía en las paredes, en el crujir de la madera, en cada eco lejano de pasos que se apagaban antes de llegar a ninguna parte. Sin proponérselo, sus pies la llevaron a la biblioteca. Allí, reclinada en un sillón junto a la ventana, estaba Aurelia. Tenía un libro abierto sobre el regazo, pero sus ojos no seguían las líneas. No había concentración en ellos, solo un vacío distante. —¿Por qué lo hiciste? —preguntó Isolda desde el umbral, con una voz tan suave que parecía no querer romper el aire que las separaba. Aurelia alzó la vista despacio, como si esa pregunta hubiera tardado en atravesar las capas de su distracción. Un destello de aburrido desinterés cruzó su rostro. —¿Por qué hice qué? —replicó, casi con desgana. Isolda entró, sus dedos rozando distraídamente el lomo de los libros mientras avanzaba por la estancia
A la mañana siguiente de su regreso de Londres, el duque avanzó por el pasillo con el ceño fruncido, la determinación marcada en cada línea del rostro. Sus pasos resonaban como golpes de tambor hasta que se detuvo frente a la habitación de Nathaniel y Evelina. Llamó con fuerza. Silencio. Golpeó de nuevo, más fuerte. —Abran. Soy yo —ordenó con voz de mando. Nada. La mandíbula se le tensó. “Me está ignorando”, pensó, y un calor de ira comenzó a treparle por el cuello. —¡Nathaniel! —tronó, elevando la voz—. Desde el día en que naciste tienes responsabilidades. No solo por tu título, también por tu herencia. ¡No puedes dejarlo todo tirado para quedarte encerrado con tu estúpida esposa! Su tono se volvió un látigo: —El ducado no se mantiene solo. —No pienso tolerar que me avergüences descuidando tus deberes. —¡Sal de ahí ahora mismo y compórtate como el heredero que se supone que eres!







