LOGINEvelina Fairburn no tuvo elección. Para saldar las deudas de su padre, deberá casarse con Nathaniel Ashcombe, marqués de Ravenshire, un hombre al que recuerda como el muchacho arrogante que alguna vez la hizo llorar. Nathaniel tampoco desea aquel matrimonio. Obligado a abandonar la vida militar que ama, ve en Evelina el símbolo de todo aquello que ha perdido. Pero lo que comienza como un matrimonio impuesto pronto se vuelve mucho más complicado. En una casa llena de secretos, apariencias e intereses ocultos, Evelina descubrirá que el verdadero peligro puede estar mucho más cerca de lo que imagina. Y Nathaniel tendrá que decidir qué está dispuesto a hacer por la mujer que nunca eligió como esposa. Porque algunos matrimonios nacen del amor. El suyo nació del destino.
View MoreEl viaje hacia Escocia fue agotador. Nathaniel había dispuesto que solo se detuvieran lo imprescindible para cambiar de carruaje o de caballos, evitando cualquier demora innecesaria. El miedo de que el duque pudiera descubrir su verdadera ruta y alcanzarlos era una sombra constante sobre ellos. Margaret y Thomas, el ayuda de cámara de Nathaniel, soportaban el cansancio como podían. Tras tantas horas de camino, apenas se sentían personas. Sus cuerpos pesaban como plomo, y cada movimiento les recordaba lo interminable del viaje. En cambio, Nathaniel y Evelina, aunque agotados, se mantenían en pie gracias a la tensión que sentían; su inquietud superaba por mucho al sueño o al dolor de espalda. En una de las paradas para cambiar caballos, Nathaniel le pidió a Margaret que fuera a la posada cercana a conseguir comida y agua. A Thomas le encargó solicitar mantas y calentadores de pies para proteger a las damas del frío de la madrugada. Mientras esperaban a qu
El silencio que quedó tras la partida del duque era espeso, como si la casa misma contuviera la respiración. Isolda lo sentía en las paredes, en el crujir de la madera, en cada eco lejano de pasos que se apagaban antes de llegar a ninguna parte. Sin proponérselo, sus pies la llevaron a la biblioteca. Allí, reclinada en un sillón junto a la ventana, estaba Aurelia. Tenía un libro abierto sobre el regazo, pero sus ojos no seguían las líneas. No había concentración en ellos, solo un vacío distante. —¿Por qué lo hiciste? —preguntó Isolda desde el umbral, con una voz tan suave que parecía no querer romper el aire que las separaba. Aurelia alzó la vista despacio, como si esa pregunta hubiera tardado en atravesar las capas de su distracción. Un destello de aburrido desinterés cruzó su rostro. —¿Por qué hice qué? —replicó, casi con desgana. Isolda entró, sus dedos rozando distraídamente el lomo de los libros mientras avanzaba por la estancia
A la mañana siguiente de su regreso de Londres, el duque avanzó por el pasillo con el ceño fruncido, la determinación marcada en cada línea del rostro. Sus pasos resonaban como golpes de tambor hasta que se detuvo frente a la habitación de Nathaniel y Evelina. Llamó con fuerza. Silencio. Golpeó de nuevo, más fuerte. —Abran. Soy yo —ordenó con voz de mando. Nada. La mandíbula se le tensó. “Me está ignorando”, pensó, y un calor de ira comenzó a treparle por el cuello. —¡Nathaniel! —tronó, elevando la voz—. Desde el día en que naciste tienes responsabilidades. No solo por tu título, también por tu herencia. ¡No puedes dejarlo todo tirado para quedarte encerrado con tu estúpida esposa! Su tono se volvió un látigo: —El ducado no se mantiene solo. —No pienso tolerar que me avergüences descuidando tus deberes. —¡Sal de ahí ahora mismo y compórtate como el heredero que se supone que eres!
El tercer día en la mansión transcurrió sin incidentes, aunque el ambiente seguía cargado de tensión. Isolda mantenía la rutina como si todo estuviese en orden, y nadie se atrevía a cuestionar demasiado. Nathaniel y Evelina continuaban, según la versión oficial, encerrados en su habitación: ella supuestamente enferma, él vigilante y desconfiado. Los criados evitaban el ala este por temor a una discusión violenta. La sola posibilidad de presenciar otra escena entre los recién casados bastaba para que todos caminaran en puntillas. Solo Maggie, la doncella de Isolda, se acercaba a la puerta con las bandejas de comida, y aseguraba que alguien las tomaba desde adentro. Nada más. En medio de ese silencio expectante, el carruaje del duque apareció por la reja principal poco antes del mediodía. Su regreso fue tan repentino como su partida. No pidió ser anunciado. Apenas cruzó la entrada, avanzó directamente hacia su despacho y cerró la puerta tras de sí. El air












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