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Capítulo 9

Author: Paz Maré
last update publish date: 2026-09-27 09:31:53

El comedor principal de Blackmoor Hall se llenaba esa mañana de risas juveniles y conversaciones ligeras. Lydia y Celia, las hermanas menores de Nathaniel, se disputaban un panecillo recién servido mientras su doncella les reprendía en voz baja. Evelina, sentada junto a su esposo, se mantenía en silencio, las manos entrelazadas sobre el regazo y la vista fija en la porcelana de su taza.

Isolda, la duquesa, ocupaba la cabecera opuesta a la que correspondía al duque. Vestía con elegancia serena y
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  • Destino Impuesto   Capítulo 64

    Dos días habían transcurrido desde que el duque partió hacia Brighton, a la casa que heredó Nathaniel, y la mansión parecía contener la respiración en su ausencia. La rutina continuaba, pero el ambiente estaba cargado de expectación y silenciosa inquietud. Aquella tarde, el calor de agosto se filtraba por los ventanales abiertos; una brisa tibia movía apenas las cortinas, trayendo el olor dulce de los jardines humedecidos por una lluvia pasajera. Isolda se encontraba en la sala de diario, acompañada por Aurelia, quien mantenía el porte altivo que la caracterizaba, cuando el mayordomo entró y, con una leve inclinación, anunció: —Su Gracia… ha llegado un caballero que solicita ser recibido de inmediato. Isolda alzó una ceja, sorprendida, pero asintió con su calma habitual. —Hágalo pasar. Un instante después, un hombre alto, de porte impecable y mirada severa, cruzó el umbral. Su abrigo oscuro aún mostraba las salpicaduras de

  • Destino Impuesto   Capítulo 63

    El viaje hacia Escocia fue agotador. Nathaniel había dispuesto que solo se detuvieran lo imprescindible para cambiar de carruaje o de caballos, evitando cualquier demora innecesaria. El miedo de que el duque pudiera descubrir su verdadera ruta y alcanzarlos era una sombra constante sobre ellos. Margaret y Thomas, el ayuda de cámara de Nathaniel, soportaban el cansancio como podían. Tras tantas horas de camino, apenas se sentían personas. Sus cuerpos pesaban como plomo, y cada movimiento les recordaba lo interminable del viaje. En cambio, Nathaniel y Evelina, aunque agotados, se mantenían en pie gracias a la tensión que sentían; su inquietud superaba por mucho al sueño o al dolor de espalda. En una de las paradas para cambiar caballos, Nathaniel le pidió a Margaret que fuera a la posada cercana a conseguir comida y agua. A Thomas le encargó solicitar mantas y calentadores de pies para proteger a las damas del frío de la madrugada. Mientras esperaban a qu

  • Destino Impuesto   Capítulo 62

    El silencio que quedó tras la partida del duque era espeso, como si la casa misma contuviera la respiración. Isolda lo sentía en las paredes, en el crujir de la madera, en cada eco lejano de pasos que se apagaban antes de llegar a ninguna parte. Sin proponérselo, sus pies la llevaron a la biblioteca. Allí, reclinada en un sillón junto a la ventana, estaba Aurelia. Tenía un libro abierto sobre el regazo, pero sus ojos no seguían las líneas. No había concentración en ellos, solo un vacío distante. —¿Por qué lo hiciste? —preguntó Isolda desde el umbral, con una voz tan suave que parecía no querer romper el aire que las separaba. Aurelia alzó la vista despacio, como si esa pregunta hubiera tardado en atravesar las capas de su distracción. Un destello de aburrido desinterés cruzó su rostro. —¿Por qué hice qué? —replicó, casi con desgana. Isolda entró, sus dedos rozando distraídamente el lomo de los libros mientras avanzaba por la estancia

  • Destino Impuesto   Capítulo 61

    A la mañana siguiente de su regreso de Londres, el duque avanzó por el pasillo con el ceño fruncido, la determinación marcada en cada línea del rostro. Sus pasos resonaban como golpes de tambor hasta que se detuvo frente a la habitación de Nathaniel y Evelina. Llamó con fuerza. Silencio. Golpeó de nuevo, más fuerte. —Abran. Soy yo —ordenó con voz de mando. Nada. La mandíbula se le tensó. “Me está ignorando”, pensó, y un calor de ira comenzó a treparle por el cuello. —¡Nathaniel! —tronó, elevando la voz—. Desde el día en que naciste tienes responsabilidades. No solo por tu título, también por tu herencia. ¡No puedes dejarlo todo tirado para quedarte encerrado con tu estúpida esposa! Su tono se volvió un látigo: —El ducado no se mantiene solo. —No pienso tolerar que me avergüences descuidando tus deberes. —¡Sal de ahí ahora mismo y compórtate como el heredero que se supone que eres!

  • Destino Impuesto   Capítulo 60

    El tercer día en la mansión transcurrió sin incidentes, aunque el ambiente seguía cargado de tensión. Isolda mantenía la rutina como si todo estuviese en orden, y nadie se atrevía a cuestionar demasiado. Nathaniel y Evelina continuaban, según la versión oficial, encerrados en su habitación: ella supuestamente enferma, él vigilante y desconfiado. Los criados evitaban el ala este por temor a una discusión violenta. La sola posibilidad de presenciar otra escena entre los recién casados bastaba para que todos caminaran en puntillas. Solo Maggie, la doncella de Isolda, se acercaba a la puerta con las bandejas de comida, y aseguraba que alguien las tomaba desde adentro. Nada más. En medio de ese silencio expectante, el carruaje del duque apareció por la reja principal poco antes del mediodía. Su regreso fue tan repentino como su partida. No pidió ser anunciado. Apenas cruzó la entrada, avanzó directamente hacia su despacho y cerró la puerta tras de sí. El air

  • Destino Impuesto   Capítulo 59

    La mañana amaneció clara y luminosa, y el comedor menor de la mansión estaba dispuesto como de costumbre para el desayuno. Un aroma tibio de pan recién tostado flotaba en el aire. Isolda se encontraba ya sentada, con la serenidad de siempre, degustando su té y una rebanada de pan con miel. Frente a ella, Lydia y Celia cuchicheaban en voz baja mientras escogían fruta fresca de una bandeja de plata. La puerta se abrió de golpe. Aurelia irrumpió con el ceño fruncido y la mirada encendida de cólera. Caminó con paso firme hasta la mesa y, sirviéndose ella misma una taza con movimientos bruscos, lanzó su pregunta con voz cortante: —¿Qué pasó anoche? Isolda levantó la vista de su plato, arqueando una ceja con calma. —¿De qué hablas, Aurelia? —preguntó con voz neutra. —No me vengas con rodeos, Isolda —la interrumpió, golpeando la cucharilla contra el platillo con tanta fuerza que el sonido metálico heló la sangre de las muchachas—. Lo único

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