MasukLa joven frente a mí llevaba puesto un sencillo vestido celeste, con cuello de encaje y mangas cortas. Intuí que tal vez tendría unos veinte años, pero el vestido la hacía ver como una niña, aunque su belleza intrigante opacaba por completo ese vestido. La hermosa muchacha era más alta que la mayoría de las mujeres del pueblo, al menos las que había conocido antes de vista, tenía un rostro casi angelical, el de una niña, pero con cuerpo de mujer y grandes ojos azules en los que me perdí por un instante en los que sentí como si me atravesaran el alma.
Con su larga mano apartó de su bello rostro un mechón de cabello rubio platino. Quedé petrificado por el asombro de su belleza. Jamás en mi vida había visto una muchacha tan hermosa e inocente. Sentí vergüenza ante aquel deseo inexplicable de mantenerla sujeta a mis brazos.
Poco a poco ella se alejó de mi agarre.
—Hola, lo siento, venía distraído —dije ensimismado, pero ella no contestó. Quería sonreírle, al mismo tiempo estaba paralizado por ese efecto que causaban sus ojos en mí —¿cómo te llamas? —pregunté de nuevo con esas ansias por saber más de ella. Poco a poco me fue teniendo más confianza, ella sonrió y supuse que al ser un desconocido en esta fiesta ella sentía curiosidad de saber quién era —Soy Santiago Sandoval, mucho gusto, ¿y tú?
—Mi nombre es Christa Bauer —contestó añadiendo una sonrisa tierna al final.
—¿Bauer? No es un apellido muy común.
Ella negó con una gracia encantadora.
—Mi papá tiene raíces alemanas, mi abuelo se asentó en estas tierras después de la Segunda Guerra Mundial.
Asentí. Ahora comprendía.
—Menonitas —afirmé.
Ella asintió —pero somos liberales, más bien a mamá nunca le gustaron mucho las costumbres alemanas, así que nos hemos educado con las costumbres mexicanas —su voz era profunda y suave, emanaba una delicada sensualidad semejante a la de una flor silvestre. Ello explicaba su peculiar aspecto europeo.
Recordé que tenía poco tiempo antes de marcharme, sentí una opresión en el pecho, no deseaba despegar la mirada de aquella joven.
—¿Qué edad tienes Christa?
—Dieciséis —contestó tímidamente.
Me escandalicé por dentro, ella era tan solo una niña y estaba despertando en mí sensaciones que ninguna otra mujer había logrado. Sacudí mi cabeza eliminando esos pensamientos.
—¿Conoces a Bruno Pérez? Es hijo del señor Arnulfo Pérez, minero de la mina Sandoval.
Ella asintió —sí, está junto a su esposa Margarita, cerca de la mesa de los novios, por allá.
Miré en la dirección donde apuntaba, ahí estaba mi amigo, sentado en una silla de frente a quien al parecer era su esposa, la mujer castaña se veía al igual que Christa demasiado joven, sería que en este pueblo acostumbraban casarse a más temprana edad a comparación con la ciudad. Tal vez, las personas de aquí, por lo regular, se dedicaban al ganado, la agricultura o la minería.
Por un momento imagine el mismo destino para Christa, me estremecí al pensar en que ella terminará siendo ama de casa y esposa de uno de los trabajadores de este rancho y si le tocaba un poco de suerte de alguno de los ejidatarios. Yo tenía veintidós años y por ahora lo único que estaba en mi mente era terminar mi carrera universitaria.
—Gracias, Bruno es mi amigo, iré a saludarlo, gusto en conocerte Christa
Ella me miró en silencio, caminé a paso rápido, deseaba salir cuánto antes de estas tierras, alejarme de esos ojos azules que me atraían hasta ella como si se tratara de un imán poderoso. Dejando a ella atrás.
Bruno me miró a lo lejos, apenas me vio, se puso de pie sonriendo de lado a lado, abrí mis brazos, estrechándolo en un abrazo cálido.
—¡Santiago! No sabía que estabas en el pueblo —exclamó.
Sonreí alegre de verle.
—Vine solo un par de días por una encomienda de mi padre, quería verte antes de regresar a la Capital, supe por tu abuela que te casaste.
Bruno sonrió feliz.
—Ella es Margarita, mi esposa —al momento de decirlo, tomó la mano de la joven.
Estreche su mano con la mía en un saludo —mucho gusto Margarita, Bruno ha sido mi mejor amigo en este pueblo, desde niño es un gran hombre.
—Gracias, señor Sandoval, Bruno es un esposo muy cariñoso y protector.
—No me llames, señor, mi nombre es Santiago.
—Está bien
—¿Dónde están viviendo? —pregunté mirándolo a los ojos.
—En un pequeño cuartito al fondo del terreno de la casa de mis padres, es temporal —se encoge de hombros.
Frunzo el ceño.
—Si necesitas, puedo pedirle a mi tío que te dé trabajo en la mina, se gana mucho mejor que dependiente de la gasolinera, sé lo responsable que eres y puedes llegar a ser hasta supervisor como tu padre.
Sorpresivamente negó.
—Gracias, y perdona mi franqueza, pero hay gente que piensa que las minas de tu familia ya no son tan seguras como antes.
Alcé una ceja incrédula ante lo que estoy escuchando.
—¿Por qué lo dices?
Baja la vista, mira a Margarita, quien desvía la mirada, como si supiera algo que yo no.
—Iré a donde mi madre, enseguida vuelvo.
—Sí, está bien, ve.
Nos quedamos solos al mismo tiempo que yo no entiendo nada, mi tío Ignacio no ha dicho algo sobre problemas con las minas.
—Ahora sí, dime Bruno, tú sabes que papá y yo no venimos tan seguido como para estar al tanto de lo que pasa en las minas.
Se lleva una mano a la nuca.
—Está bien Santiago, hace un par de meses hubo un derrumbe en la mina, varios accidentados y un muerto, los trabajadores dicen que hasta ahora no han recibido una indemnización del accidente, muchas cosas cambiaron desde la muerte de tu abuelo, puede que tú y tu padre vengan uno o dos días cada año, pero no es lo mismo a ver lo que todos nos damos cuenta.
Fruncí los labios.
—Hablaré con mi tío, no tenía ni idea.
—Solo no le digas que yo te lo dije, por favor, no quiero que me despidan de la gasolinera.
Asentí —no te preocupes, nadie te quitará tu trabajo, me ha dado gusto verte de nuevo, te deseo lo mejor en esta nueva etapa de tu vida, cuídate y si pronto deciden ser padres, me encantaría ser padrino de tus hijos.
—¡Honor que me harías! —suelta a manera de broma.
Los dos reímos y nos abrazamos nuevamente. Me despedí de él y le pedí que me despidiera de Margarita, le prometí que nos veríamos en unos meses, ya fuera para Navidad o en la próxima primavera. Metí las manos a los bolsillos de los pantalones y caminé hacia la salida.
Justo cuando acababa de cruzar la puerta, una voz conocida me hizo girar.
—Santiago…
—Sí.
De nuevo me perdí en esos ojos azules.
—Hay algo que no te pregunté.
—Dime.
Me acerqué un paso a ella, sintiendo como mi corazón se agitaba desbocado.
—¿Te volveré a ver?
Mi corazón se desarmó. Ella era solo una niña, pensé con tristeza, nuestros estilos de vida eran completamente diferentes. Incluso nuestras edades.
—Si el destino así lo quiere —contesté sin afirmar ni negar. Qué más podía hacer, y yo esperaba que algún día nos volviéramos a ver.
—¿De dónde eres? No eres de Montenegro.
—Vivo en La Capital, vine a visitar a mi tío un par de días, no suelo venir seguido, una o dos veces al año.
Christa asiente en silencio. Un aura de nostalgia nos envuelve.
—¿Ya te vas?
—Sí.
—Te acompaño afuera.
Asiento. Caminamos uno al lado del otro hasta llegar a estar frente a mi auto, ella lo observa con detenimiento.
—¿Cómo va la escuela? —pregunto de pronto, me siento como un tonto alargando el momento de la despedida. Ni siquiera sé si volveré a verla.
—Bien, en un año culminaré el bachillerato.
—¿Tú estudias?
Su curiosidad me gusta.
—Sí, ingeniería en la Capital.
—Mi padre dice que si tengo buenas notas podré estudiar Contabilidad en la Capital.
Por un momento mi corazón palpita de alegría sin saber el porqué.
—Entonces, tal vez coincidamos en la Capital —respondo gustoso.
Asiente sonriente.
—Me encantaría —responde sonrojándose, lo que me causa ternura.
Miro a mi alrededor, pareciera que nadie ha echado en falta la presencia de Christa en la fiesta.
—¿Eres amiga o familiar de la novia?
—Mi hermana es la novia.
Ahora entiendo.
—Es un rancho precioso, debe ser bonito vivir aquí.
La mirada de Christa se iluminó por completo.
—Aún es mucho más bonito al pie de las colinas, hay un río que forma una laguna que no se ve desde aquí, es como mi jardín secreto, papá y yo cabalgamos juntos hasta allá, ¿sabes montar?
Sonreí apenado recordando la vez que Bruno y yo subimos a unos caballos que encontramos en unos matorrales en la sierra, alguien los había dejado pastando y se nos hizo fácil, no tenía idea de cómo montar y terminé en el suelo.
—No, muy bien, pero a lo mejor vengo un día para que tú y tu papá me enseñen.
—¡Sería genial!
De pronto escuchamos la voz de una mujer que la llamaba desde la puerta de forja de la casona.
—¡Es mamá, tengo que irme! Adiós Santiago, ha sido un placer conocerte.
—Lo mismo digo, Christa Bauer —me atreví a despedirme con un beso en la mejilla.
Me quedé mirándola mientras ella se reunía con su madre, quien parecía regañarla por algo, se adentró en la casona y ya no salió. No sé si había sido la sorpresa de que ella fuera diferente a los pueblerinos de Montenegro, su tímida sonrisa o su tierna mirada.
Entré de nuevo al auto, me alejé pensando en la niña que había conocido. Sonreí al pensar que ella era como un potro salvaje, indómito, libre y hermoso, una niña con ojos de mujer. ¡Era una locura o yo estaba loco! No había razón para que me sintiera atraído por una niña, yo era mayor de edad, mi vida estaba muy lejos de este rancho, aunque regresará al finalizar mis estudios, dudo mucho que ella me recuerde. Solo era un extraño que conoció en la boda de su hermana.
Christa BauerEl sol estaba en su punto más alto cuando llegamos al rancho, mi corazón palpitaba en un ritmo acelerado, anticipando la sorpresa que le tenía preparada a Santiago. Había esperado este momento con ansias, no solo porque fuera nuestro primer aniversario de casados, sino porque sentía que merecíamos una celebración, un pequeño escape del caos que a veces nos rodeaba. Quería que este día fuera solo nuestro.Al verlo desmontar del caballo, un resplandor de felicidad iluminó mi rostro. El sudor brillaba sobre su piel bronceada, su cabello algo despeinado después de la mañana de trabajo en la mina. Me acercó con una sonrisa, pero sus ojos, siempre atentos, me escanearon de inmediato, buscando en mí algo más.—¿Qué trama mi hermosa esposa? —su voz cálida, profunda, hizo que mi corazón se acelerara aún más.No pude evitar soltar una pequeña risa y rodearlo con mis brazos, abrazándolo con fuerza. Me sentía tan completa a su lado, tan llena de amor.—Primero, feliz aniversario, mi
Christa BauerCuando abrí los ojos, lo primero que vi fue el rostro del amor de mi vida mirándome con ternura. Me detuve a observar cada detalle de sus facciones, encantada de tenerlo cerca. Nunca había conocido lo que significaba amar de esta manera hasta que lo conocí a él. Ahora, después de tanto tiempo esperando estar juntos, su brazo yacía reposando en la curvatura de mi cintura mientras ambos disfrutábamos de la calidez de nuestros cuerpos desnudos.Mis dedos acariciaron su mejilla y la comisura de sus labios se curvó en una suave sonrisa.—¿Estás despierto? —pregunté tímidamente, sintiendo cómo el rubor subía por mis mejillas.—Sí —respondió él al mismo tiempo que abría sus ojos y me besaba con ternura en los labios.—Me encanta estar así contigo, Christa —susurró mientras acariciaba mi mejilla con la yema de sus dedos —Te amo.Sonreí, una sensación de felicidad pura me invadió en ese momento. Sentir su cuerpo junto al mío y escuchar sus palabras de amor era lo que siempre habí
Sorpresivamente Santiago niega. Mis ojos se abren como dos platos.—No me iré, hay algo que me detiene en este lugar.—¿Qué es? —le cuestionó de inmediato.—Christa, mi familia cree que lo que siento por ti es un capricho, eres una mujer muy joven y hermosa, tu belleza es peculiar, pero para mí eres la criatura más hermosa que mis ojos han visto en la vida.Boqueo tratando de decir algo, pero no me sale.—Pero… desde que decidiste quedarte apenas y me hablas, y cuando lo haces es solo para algo de la mina… Santiago…Él curva sus labios hacia un lado. Toma mis manos con las suyas.—Necesitaba pensar, no es fácil elegir entre mi familia y una mujer, necesitaba estar seguro de que puedo renunciar a mi familia por ti, lo he confirmado, eres la mujer que amo Christa, cada vez que te veo mi corazón se emociona, quisiera abrazarte, besarte… yo quisiera hacerte tantas cosas.—Te amo, Santiago, pero no te pondría a elegir entre tu familia y yo, no puedo… perdí a mi familia antes y el vacío que
Christa BauerCuando llegué a casa, sentía una especie de euforia que recorría por todas mis venas.—¡Maggie! ¡Maggie! —grité apenas crucé la puerta. Busqué a mi amiga mientras caminaba en dirección a su habitación, pero ella ya venía de la cocina con el pequeño Diego en brazos. —¿Qué pasa Chris? Me asustas, ¿estás bien? —pregunta preocupada mirándome de arriba abajo para cerciorarse de que estoy bien.Asiento mientras una sonrisa espontánea aparece en mi rostro.—Santiago… quiere pasear… esta tarde… conmigo… —suelto en pausas, mi respiración es agitada, me siento emocionada, tal vez me estoy haciendo demasiadas ilusiones.Maggie sonríe picaresca.—¿Al fin le dijiste de tus sentimientos?Mi sonrisa se borra del rostro.—No… —suelto haciendo un puchero —solo me invito a pasear cuando lo fui a buscar, pero ya no puedo más amiga, necesito decírselo y lo haré hoy, necesito decirle que necesito saber si aún me ama, por yo lo amo más que nunca.Maggie me mira compasiva —te quiero amiga, de
Un mes después.Caminaba de un lado a otro en mi despacho mientras jugaba con los dedos de mis manos de manera inconsciente. Estos dos últimos meses han sido una prueba muy difícil para mí, muy cobardemente opté por evadir a Santiago y dejar de ir a la mina. No soportaba verlo, él siempre era amable conmigo, como todo un caballero, pero no había mostrado señal alguna de que se hubiera quedado para estar conmigo y eso comenzaba a doler.¿Debía hacerme a la idea de que nada pasaría entre los dos?No podía más con la angustia de saber que pasaba con él. Necesitaba saber si aún me amaba como lo había dicho antes, para no hacerme más ideas en la cabeza. Era por eso que había decidido hacerle una visita a la mina.Hacía poco más de una semana que no venía, me sentía orgullosa de que Santiago estuviera haciendo un excelente trabajo administrando la mina. Costo algo de esfuerzo, pero después de unas semanas, los mineros de antes regresaron, hubo una reunión y un comité donde nos externaron el
Santiago SandovalEl aire era frío y cortante cuando salí del edificio de la comisaría a primera hora de la mañana. Mi pecho se sentía pesado, no solo por los días que pasé encerrado, sino por la incertidumbre que sabía que aún me esperaba, no sabía si al salir Christa me estaría esperando o, mis padres.A lo lejos, vi a mis padres. Su presencia debería haberme dado alivio, pero la expresión severa en el rostro de mi madre y la falta de calidez en los ojos de mi padre me hicieron detenerme un momento antes de caminar hacia ellos.—Por fin estás libre —dijo mi madre, con un tono que carecía de alegría—. Ahora vámonos. El auto está listo, me muero por largarme de una vez de este maldito pueblo que solo nos ha traído desgracias.Fruncí el ceño.—¿Irnos? —yo no planeaba irme de aquí, no sin Christa.—Sí, Santiago. Nos vamos a la capital, ahora mismo. Solo esperábamos a que te dejaran en libertad, el testamento de tu tía se ha leído, ya no tenemos nada que nos ate a este pueblo, tu vida e







