LOGINElena Salcedo pasó cinco años intentando darle un hijo al hombre que amaba. Se sometió a tratamientos. Hasta que, en el quinto aniversario de su matrimonio, descubrió la verdad: Ulises Carvajal se había hecho una vasectomía a sus espaldas y nunca había querido tener hijos con ella. Expulsada de su hogar, abandonada por sus amigos y amenazada por un hombre que creía controlar su vida, Elena decidió dejar de esperar por la felicidad que otros le negaban. Ese mismo día se sometió a una inseminación artificial con un donante anónimo. Después, huyó a Madrid. Cuatro años después, Elena ha reconstruido su vida. Su mayor tesoro es Tadeo, su hijo de tres años, a quien protege por encima de todo. Pero un encuentro en un aeropuerto amenaza con derrumbar la tranquilidad que tanto le costó conseguir. Tadeo ve a Gael Villanueva, un multimillonario, y queda sorprendido por el parecido entre ambos. «¡Tenemos los mismos ojos!», exclama. Gael lo nota. Cuando Elena descubre quién está frente a su hijo, el miedo la invade: aquel hombre podría cambiarles la vida para siempre. Lo que ella no esperaba era encontrarlo nuevamente en el trabajo. Gael será su jefe, y mantener las distancias resultará cada vez más difícil. Mientras él intenta comprender por qué aquel niño le resulta tan familiar, Elena hará todo lo posible por proteger el secreto que podría unirlos… o destruir su nueva vida. Ulises podría regresar para recordarle a Elena que escapar no significa estar a salvo. Entre heridas que aún no cierran, una atracción inesperada y una verdad que ninguno está preparado para enfrentar, Elena tendrá que decidir cuánto está dispuesta a arriesgar. ¿Descubrirá Gael el secreto que los une? Y cuando la verdad salga a la luz, ¿será el amor suficiente para convertirlos en una familia?
View MoreGael Villanueva, el hombre más famoso del país, subió al escenario, tomó el micrófono y dijo delante de trescientas personas que el hijo de Elena Salcedo era suyo.
Ella apenas lo conocía, y su hijo había nacido de un donante anónimo. Todo empezó cuatro años antes, el día de su quinto aniversario de bodas. Ulises Carvajal estaba "de viaje de trabajo en Monterrey", el tercer viaje del mes, y Elena le tenía una sorpresa guardada en una caja pequeña: dos zapatitos de bebé, blancos, de estambre, con un listón amarillo, y una nota que decía: El doctor dice que el nuevo tratamiento puede funcionar. Esta vez sí, amor. Había comprado esos zapatitos el primer año de tratamientos y los tenía escondidos en el fondo de un cajón, debajo de sus suéteres. Cada vez que una prueba salía negativa, abría el cajón, los tocaba y lo volvía a cerrar. A las nueve de la noche, su teléfono vibró con una historia de I*******m de Priscila Duarte, la mejor amiga de Ulises desde la universidad, la mujer que se sentaba a su lado en cada cena. En la foto había una copa de vino frente a una ventana, y detrás se veía el letrero del Hotel Almar, el hotel de su luna de miel. En una esquina, sobre la mesa, había un reloj de hombre con las iniciales de Elena grabadas: el reloj que ella le regaló a Ulises en su primer aniversario. Manejó cuarenta minutos sin soltar la caja. En la recepción dijo que era la señora Carvajal y que había perdido su llave, y le dieron la habitación 804, la misma de la luna de miel. Abrió Priscila, descalza y con la camisa blanca de Ulises puesta. No se sorprendió; al contrario, sonrió. —Ulises, amor, llegó tu esposa. Ulises salió del baño con una toalla en la cintura. —¿Qué haces aquí? —¿Qué hago yo aquí? —Elena entró sin pedir permiso—. ¡Estás en nuestra habitación, con ella, el día de nuestro aniversario! —No hagas un escándalo. —¡Voy a hacer el escándalo que me dé la gana! Le lanzó la caja al pecho y la caja se abrió en el suelo, de modo que los zapatitos rodaron hasta los pies de Priscila. —Te traje esto. Cinco años tratando de tener un hijo contigo, y tú me mientes en la cara. Priscila levantó uno de los zapatitos y se echó a reír. —Díselo, Ulises. —Cállate. —Si no se lo dices tú, se lo digo yo. Ulises soltó un suspiro largo, aburrido. —Me hice la vasectomía hace dos años. Elena se quedó quieta. —¿Qué? —Que no puedo tener hijos. Me operé antes de que empezaras con tus tratamientos, porque nunca quise un hijo contigo, Elena. Nunca. Las agujas en la barriga todas las noches, los moretones que escondía con blusas largas y la tarde en que lloró sentada en el piso del baño de la clínica, mientras Ulises se agachaba a su lado y le decía: "No es tu culpa, mi amor. Lo vamos a lograr". Ese día él ya estaba operado, y aun así la abrazó. —Me viste llorar dos años —dijo Elena, con una voz que no parecía la suya—. ¡Me tomabas de la mano en la sala de espera! —Tú quisiste hacer todo eso. —¡Porque tú me dejaste creer que era mi culpa! Priscila dejó el zapatito sobre la cama. —Hay mujeres que no nacieron para ser madres, y tú naciste para ser la esposa bonita de las fotos. Elena le dio una bofetada que sonó en toda la habitación. Ulises la agarró del brazo. —¡Te volviste loca! —No, loca estuve cinco años —dijo, soltándose de un tirón—, y hoy es el primer día que estoy cuerda. Se quitó el anillo de bodas, aunque le costó sacarlo porque tenía la marca en la piel, y lo dejó caer dentro de la copa de vino de Priscila. —Quédatelo, ya que te gusta usar lo que es mío. Recogió el zapatito de la cama y salió sin cerrar la puerta, mientras Ulises le gritaba desde el pasillo: —¡Sin mí no eres nadie, Elena! ¡Mañana vas a regresar llorando! Ella no se volteó. Manejó de regreso a casa con las manos temblando en el volante; solo quería meterse a la cama, cerrar los ojos y que la noche se acabara. La casa estaba en una residencia privada, con caseta y barrera de seguridad. Elena bajó la ventanilla para saludar a don Ramón, el guardia de la noche, que llevaba cinco años abriéndole con una sonrisa, pero esa noche él no levantó la barrera. —Lo siento, señora, no la puedo dejar pasar. —¿Cómo que no? Es mi casa. Don Ramón miró el piso. —El señor Carvajal llamó y dijo que usted ya no vive aquí, que la casa está a nombre de su familia. —Eso es mentira. —Ya cambiaron la cerradura, señora, vino un cerrajero. —Señaló hacia un lado de la caseta—. Y la empleada bajó esto. Junto a la caseta había dos maletas: la suya, la azul, y otra que no cerraba bien y por cuya orilla se asomaba la manga de su suéter gris, el que tenía en el cajón de los zapatitos. Elena se bajó del auto y abrió la maleta. Su ropa estaba metida sin doblar, revuelta con zapatos y cosméticos rotos. —Don Ramón, déjeme pasar cinco minutos, solo a buscar mis papeles. —No puedo, señora, me dijeron que si la dejo pasar me corren. —Bajó la voz—. Pero la empleada le metió sus papeles en la maleta azul, el pasaporte y la carpeta de los doctores, sin que nadie la viera. Su teléfono vibró con un mensaje de Ulises. Te lo dije. Sin mí no tienes nada. Mañana, cuando se te pase el berrinche, hablamos. Enseguida vibró otra vez, ahora con un aviso del banco. Su tarjeta adicional ha sido cancelada por el titular. Don Ramón se aclaró la garganta. —Y el señor dijo otra cosa, señora: que el auto está a nombre de su empresa y que, si se lo lleva, lo reporta como robado. Elena lo miró, pero don Ramón no levantó la vista. Entonces ella sacó las llaves del auto y se las puso en la mano. Su mamá había muerto hacía ocho años, así que buscó en sus contactos y marcó a Daniela, la esposa del socio de Ulises en la constructora, con quien llevaba cinco años de cenas, vacaciones en la playa y regalos de cumpleaños. Daniela contestó al primer timbre. —Elena... —Su voz sonó rara—. Ya sé lo que pasó. —Dani, estoy en la calle. Solo necesito un lugar para dormir esta noche, mañana busco qué hacer. Hubo un silencio largo. —No puedo, Elena. Ulises ya le llamó a Mauricio y le dijo que, si te ayudábamos, rompía el contrato de la obra del hospital, que es todo lo que tenemos este año. —Dani... —Perdóname, de verdad. —Y colgó. Elena marcó a Sandra, la esposa del contador. El teléfono sonó cuatro veces y luego llegó un mensaje. No me llames, por favor. Ya sabes cómo es Ulises. Lo siento. Marcó a Karla, pero el teléfono sonó y sonó, y cuando volvió a marcar, ya la había bloqueado. Elena bajó el teléfono despacio. En cinco años, Ulises había escogido a cada una de sus amigas. Se quedó parada en la acera, entre las dos maletas y con el zapatito blanco en la mano, hasta que unas luces la alumbraron por detrás y un auto negro se detuvo frente a la caseta. Don Ramón levantó la barrera de inmediato. Era el auto de Ulises. La ventanilla del copiloto bajó despacio y Priscila la miró desde adentro, con el pelo húmedo y el reloj de Ulises en la muñeca. —Ay, Elena, ¿quieres que te pidamos un taxi? Ulises no la miró; siguió viendo al frente mientras el auto entraba a la residencia y la barrera bajaba detrás de ellos. Y Elena se quedó sola en la calle, a las once de la noche, con todo lo que le quedaba metido en dos maletas.Antes de irse al aeropuerto, Gael tocó la puerta de la suite donde dormía Tadeo.Elena abrió con los brazos cruzados. Se había bañado y cambiado de ropa, pero tenía los ojos hinchados.—Cinco minutos —le dijo Gael—. Solo quiero verlo antes de irme.Elena lo miró un momento y, sin decir nada, se hizo a un lado.Tadeo estaba despierto, sentado en el centro de la cama, entre las dos almohadas, con el dinosaurio en las piernas. Cuando vio a Gael, se le iluminó la cara.—¿Ya es mañana?Gael se detuvo junto a la cama.—¿Mañana?—Dijiste que mañana íbamos a platicar.Gael se sentó en el borde del colchón. Detrás de él, Elena se quedó de pie junto a la puerta, sin moverse.—Todavía no es mañana. Tengo que irme de viaje unos días.Tadeo apretó el dinosaurio contra el pecho y frunció el ceño, igual que él.—¿Vas a volver?Gael levantó la vista hacia Elena. Ella no dijo nada, pero tampoco apartó la mirada.—Sí —contestó Gael, mirándola a ella—. Voy a volver.***El jet despegó de Cancún al medio
Elena abrió la boca para contestar.—Yo...Alguien tocó la puerta, justo detrás de su espalda, y los dos se quedaron quietos.—Señor, soy Bruno.Gael no se apartó de ella.—Ahora no.—Es su padre, señor. —La voz de Bruno sonaba apurada al otro lado de la puerta—. No ha dejado de llamar desde las cinco, y contesté para que dejara de sonar en la suite. Dejé a otro hombre cuidando al niño.Gael cerró los ojos un segundo. Después quitó la mano de la puerta, se apartó de Elena y abrió.Bruno le entregó el teléfono con la llamada abierta y se quedó en el umbral, sin entrar. Gael se lo llevó a la oreja.—¿Dónde mierda estás? —La voz de Octavio Villanueva llenó la oficina, tan fuerte que Elena la escuchó desde la puerta—. El piloto me dijo que sigues en Cancún.—Efectivamente.—¿Efectivamente? ¿Eso es todo lo que tienes que decirme? La familia de Marcela está sentada en mi sala, la prensa está confirmada para esta noche y mi hijo está en un hotel de playa, descalzo y sin camisa, cargando al b
Gael se quedó inmóvil, con el niño en brazos, mirando a Tadeo como si no hubiera entendido la pregunta.Tardó en contestar.—Es hora de dormir —dijo al fin, en voz baja—. Mañana platicaremos sobre eso.Tadeo sonrió, se acomodó mejor en sus brazos con el dinosaurio apretado contra el pecho, bostezó y se quedó dormido antes de que Gael diera el primer paso.Gael salió del cuarto de servicio con él, y Elena le pisó los talones.—Dame a mi hijo —le dijo en voz baja, para no despertarlo—. Dámelo ahora.Gael siguió caminando.—¿Quién te crees tú para pasar por encima de mí? Es mi hijo, no uno de tus hoteles.Gael no le contestó. Atravesó el vestíbulo descalzo y sin camisa, con el niño dormido en los brazos, y los huéspedes que se habían despertado con la búsqueda levantaron los teléfonos para grabarlo. Gael no se detuvo ni los miró. Entró al ascensor, y Elena entró detrás de él, con la pijama mojada y los ojos rojos, mientras las puertas se cerraban sobre una docena de pantallas encendidas.
—¿Tadeo?Elena revisó el baño, el clóset y debajo de la cama, y después salió a la terraza descalza. Se asomó por el barandal con el corazón golpeándole el pecho, pero abajo solo estaban la piscina iluminada y la arena vacía.Corrió al pasillo, pero estaba vacío y en silencio, con todas las puertas cerradas. Pensó que su hijo había bajado, empujó la puerta de las escaleras y bajó los diez pisos gritando el nombre de Tadeo, hasta llegar a la recepción sin aire y con los pies lastimados.—¡Mi hijo no está! ¡Tiene tres años y no está en el cuarto!En cinco minutos, todo el personal del hotel estaba despierto. Los meseros revisaban el restaurante, los de seguridad recorrían el estacionamiento con linternas y don Rubén llegó en pijama, con el teléfono en la mano, preguntando a todos si alguien había visto a un niño. Lo primero que hizo fue llamar a la habitación de Bruno.***Bruno subió descalzo y con la camisa mal abotonada, y tuvo que tocar tres veces la puerta de la suite presidencial












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