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Capítulo 3

Auteur: Mausí
El año en que Violeta y León se casaron, Claudia y Esteban Ferrer se divorciaron.

El negocio de Esteban había fracasado. Las deudas no habían logrado hundir a la familia, pero su infidelidad finalmente salió a la luz.

En la familia Ferrer estalló una guerra tras otra.

Violeta todavía recordaba aquella noche en que Esteban se marchó. Claudia, fuera de sí, le gritó:

—¡Si tienes el valor, vete con esa mujer y no vuelvas nunca!

Lo que había dicho en un intento desesperado por retenerlo terminó dándole a Esteban la oportunidad perfecta para marcharse sin mirar atrás.

Aquel día, Violeta había permanecido tan tranquila como Claudia ahora.

Escuchó en silencio cómo su madre le decía:

—Esto es el matrimonio. Piénsalo bien antes de decidir si quieres casarte con León.

Violeta tampoco quiso hacer caso de sus palabras.

Como cualquier mujer enamorada, estaba completamente segura de ser diferente a todas las demás. Incluso había sido cruel con su madre y le había dicho:

"Yo no soy como tú. León tampoco es como papá."

¿Y después?

Terminó siguiendo el mismo camino que su madre.

La llamada terminó mal y Violeta se quedó apoyada débilmente contra la pared.

Se cubrió el rostro con las manos y sintió una profunda aversión.

No era aversión hacia León.

Tampoco hacia Claudia.

Era hacia ella misma.

Las discusiones y los períodos de silencio en un matrimonio en crisis eran solo la parte visible, aunque aterradora, de un problema mucho más profundo.

Lo verdaderamente cruel era lo que sucedía en su interior: la lenta erosión que la llevaba a dudar de sí misma, a menospreciarse y, finalmente, a detestarse.

Mientras se secaba las lágrimas, Violeta vio a Bruno salir por la puerta trasera, a pocos pasos de ella.

El hombre llevaba un traje impecable. Su porte era frío y distinguido, y un cigarrillo sin encender descansaba entre sus largos y pálidos dedos.

Sus ojos oscuros la miraron sin mostrar emoción alguna.

—¿Viniste a recoger el auto? —preguntó con indiferencia.

—Sí.

Las lágrimas que ya se le habían acumulado en los ojos quedaron contenidas a la fuerza.

—Gracias por lo de ayer.

Bruno la miró.

—Antes no te gustaba tanto dar las gracias.

Violeta no sabía a qué momento se refería con "antes".

Pero en secundaria, cuando lo perseguía sin descanso, no tenía ningún reparo en acercarse a él.

Como compartían pupitre, casi nunca se sentaba en su propio lugar. Esperaba a que Bruno se ausentara para ocupar su asiento, con la excusa de que le gustaba sentarse junto a la ventana.

Por supuesto, en aquella época Violeta tenía mucha menos vergüenza.

Cuando Bruno regresaba, se sentaba en su lugar con el rostro frío y sin decir una palabra. Entonces ella se acercaba y le susurraba:

—A mí también me gustas.

Naturalmente, nunca recibía respuesta.

No solo no respondía, sino que Bruno se mostraba aún más frío y sombrío.

La Violeta de ahora ya no sentía aquel nerviosismo adolescente al estar frente al hombre que le gustaba, mucho menos tenía el valor de antes para hacer algo al respecto.

Los diez años junto a León habían ido apagando su personalidad y aquella pasión.

Las palabras de Bruno sobre el pasado la dejaron sin saber qué responder.

El hombre tampoco parecía tener intención de prolongar la conversación. Apartó sus oscuros ojos de ella y se alejó para fumar.

***

Violeta condujo de regreso al hospital.

Después de ponerse la bata blanca, fue al baño. Al salir, encontró a Viviana frente al lavabo.

Al verla, Viviana mostró cierta timidez. Aun así, reunió el valor para preguntarle con preocupación:

—Señorita Ferrer, ayer nevó muchísimo. ¿No se resfrió de camino a casa?

Violeta abrió el grifo y se lavó las manos sin siquiera levantar los párpados.

—Si me hubiera resfriado, ¿estarías viéndome aquí?

Su tono era frío y no hizo ningún esfuerzo por mostrarse amable.

Viviana se volvió incómoda.

—Señorita Ferrer, ¿no le caigo bien?

Violeta cerró el grifo y la miró de reojo.

—¿Por qué tendría que caerte bien? ¿Acaso eres alguien que merezca ser querida?

Viviana apretó los labios.

—Usted es la esposa del señor Montiel y él es mi jefe. Naturalmente, quiero contar con su aprobación.

—¿Y cuándo dije que no te aprobaba?

Violeta esbozó una sonrisa sin emoción.

—Ya acepté que eres la novia de León. ¿Eso no cuenta como aprobación? ¿O en realidad lo que quieres es ser su esposa?

Luego sonrió de nuevo.

—Ah, cierto. Un consejo de buena voluntad: si quieres ser la esposa de León, más te vale acostumbrarte a que te ponga los cuernos. ¿Entendido?

Los ojos de Viviana se enrojecieron.

—Señorita Ferrer, solo quería saber cómo estaba y saludarla. No hacía falta que me hablara con tanta hostilidad. Puede pensar lo que quiera de mí, pero ¿no cree que está siendo demasiado injusta con el señor Montiel? Anoche se sentía mal. Esta mañana lo traje al hospital, y usted ni siquiera se preocupa por él. En cambio, no hace más que burlarse de él. Eso ya es demasiado...

Viviana la miró fijamente.

Su actitud tan segura hacía que Violeta pareciera la villana de la historia.

Violeta tomó una toalla de papel y se secó las manos.

—¿León tiene algún problema en la cabeza?

Viviana se quedó atónita.

—El señor Montiel bebió demasiado y sufrió una hemorragia gástrica.

Violeta la miró de arriba abajo.

—Entonces, ¿la que tiene un problema en la cabeza eres tú?

Viviana se quedó callada por un instante.

—Señorita Ferrer, usted es médica. ¿Cómo puede hablarle así a los demás? ¿Acaso no tiene educación?

Violeta no le hizo caso y salió directamente del baño.

Con expresión fría, señaló con la mano derecha el letrero que estaba a unos pasos, mientras mantenía la mano izquierda en el bolsillo de la bata.

—León tiene una hemorragia gastrointestinal. Y tú no estás en el servicio de Gastroenterología de la planta baja, sino aquí, en Neurocirugía. Si no viniste a que te revisaran la cabeza, explícame qué haces aquí. ¿Acaso no te dejan entrar al baño de mujeres de abajo?

Viviana apretó los puños.

Miró a la mujer frente a ella.

Tenía un rostro deslumbrante y, aunque no mostraba ninguna emoción, sus ojos parecían tener un brillo capaz de cautivar a cualquiera.

Había escuchado muchos rumores en la empresa.

Decían que el jefe se había fijado en ella porque su rostro se parecía en un setenta por ciento al que tenía su esposa de joven y porque sus nombres sonaban parecidos.

Pero a ella no le importaba.

Era más dulce que Violeta y entendía mejor lo que León necesitaba.

Y, lo más importante, Violeta estaba a punto de cumplir treinta años, mientras que ella solo tenía veintidós. Era muchísimo más joven.

A ningún hombre le disgustaban las mujeres jóvenes.

—Señorita Ferrer.

Viviana sonrió con seguridad.

—Una chica joven con carácter puede ser una hermosa rosa con espinas, pero una mujer mayor con ese mismo carácter solo es una vieja amargada que nadie soporta. Creo que usted debería entenderlo mejor que nadie, ¿no?

Violeta alzó la mirada y la observó.

Su mirada era tranquila y su porte frío. La bata blanca que llevaba puesta hacía que pareciera todavía más distante e implacable.

Sin saber por qué, Viviana retrocedió dos pasos.

—¿Qué pasa? ¿Tanto te urge llamar vieja amargada a una mujer de veintiocho años? —Violeta la miró con frialdad—. ¿Es porque tu madre no llegó a los veintiocho? ¿O porque piensas morirte cuando llegues a esa edad?

Las pupilas de Viviana se dilataron. Su rostro se puso rojo de rabia.

—¡Violeta, tú...!

—¿Yo qué?

Violeta la interrumpió con impaciencia.

—Si tienes algún problema en la cabeza y quieres una consulta, primero ve a registrarte en el vestíbulo de la planta baja. Y si quieres a un hombre tan miserable como León, llévatelo. No me interesa competir contigo por el puesto de recolectora de basura.

Después de decir aquello, los ojos de Viviana se llenaron de lágrimas. Cuando su mirada se posó en algo detrás de Violeta, se tragó las lágrimas a la fuerza.

Violeta se dio la vuelta.

León llevaba una camisa y un pantalón de marca, con los primeros botones de la camisa desabrochados, y estaba apoyado contra la pared, alto y erguido.

Estaba algo pálido y parecía débil, pero sus ojos oscuros no se apartaban de ella.

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