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Capítulo 2

Auteur: Mausí
Su voz, grave y cautivadora, sonaba más fría que la nieve.

Violeta bajó la mirada.

—Ya iba de regreso a casa.

Bruno miró en la dirección de la que ella había venido.

Permanecía impasible e indescifrable, pero Violeta no pudo evitar sentirse profundamente incómoda.

Bruno era uno de los mejores amigos de León. Naturalmente, sabía que ella conducía justo en dirección contraria a Residencial Bellavista. Tampoco podía ignorar todo lo que León había hecho durante aquellos años.

Ella se había convertido en el tema de conversación y en el blanco de las burlas de todo su círculo.

—Calcula cuánto cuesta reparar el golpe y mándame la cuenta. Te transfiero el dinero.

No quería quedarse junto a nadie que tuviera una relación cercana con León.

Bruno echó un vistazo a la parte de los dos vehículos que había quedado dañada. Al bajar la mirada, reparó en el rabillo de los ojos de Violeta, todavía enrojecido por las lágrimas que había derramado.

Luego miró sus manos, caídas a los costados, con los dedos completamente desnudos.

—Ponte en el asiento del copiloto.

Su tono era firme.

Violeta todavía no entendía qué estaba pasando cuando vio que el hombre ya se había inclinado para entrar en su auto. Al mismo tiempo, le ordenó a su asistente que se llevara su auto al taller para repararlo.

El asistente estuvo a punto de recordarle que en un rato tenía que recibir a un cliente importante, pero al ver la expresión de su jefe, que no admitía discusión, decidió guardar silencio.

Bruno miró a la mujer que seguía de pie afuera.

—Sube. Yo te llevo.

—Gracias, pero no hace falta.

Violeta le indicó que bajara del auto.

Bruno actuó como si no la hubiera escuchado.

—¿En tu estado puedes conducir? ¿Quieres volver a chocar contra otro auto de lujo?

El viento y la nieve le habían enrojecido la punta de la nariz. Violeta lo miró con indignación, sin poder creer que alguien con un rostro tan atractivo fuera capaz de decir cosas tan hirientes.

Pero todavía no había escuchado lo peor.

Bruno se mantuvo impasible.

—Si no subes, me voy.

Violeta respondió furiosa:

—¡Este es mi auto!

—Por eso te estoy diciendo que subas.

Al final, Violeta se sentó en el asiento del copiloto de su propio auto.

Le dio su dirección a Bruno.

Él solo asintió. Ni siquiera encendió el GPS. Con sus dedos largos y bien definidos sobre el volante, la llevó en silencio hasta su destino.

Cuando el auto se detuvo, Violeta se desabrochó el cinturón y estaba a punto de bajar cuando Bruno la miró de reojo.

—¿No olvidas algo?

Violeta lo miró, confundida.

—La reparación.

Violeta, por supuesto, no pensaba hacerse la desentendida con el pago. Pero, al recordárselo, se dio cuenta de que todavía no tenía su número de contacto.

Sacó el teléfono de inmediato.

—Agrégame a WhatsApp y, cuando tengas la cuenta, mándamela por ahí.

Bruno no puso ninguna objeción.

Violeta guardó el teléfono y, después de pensarlo un momento, le dijo con seriedad:

—Gracias por traerme.

Luego añadió:

—Aquí es difícil conseguir un taxi. Puedes llevarte mi auto y volver con él. Mañana pasaré a recogerlo.

Bruno asintió ligeramente y se marchó.

***

Esa noche, Violeta recibió un mensaje de Bruno.

Era una ubicación. Probablemente le indicaba dónde podía recoger el auto al día siguiente. No había nada más.

Violeta respondió:

"Entendido. Gracias."

No recibió respuesta.

Abrió la ubicación y comprobó en el mapa que, incluso en condiciones normales, se tardaba una hora en llegar en auto, y mucho más con la intensa nevada y las pésimas condiciones del camino.

Entonces, ¿Bruno había llegado allí a esa hora?

Habían sido tres horas enteras.

Para alguien con la posición y el estatus de Bruno, Violeta sabía mejor que nadie lo valioso que era su tiempo.

Se quedó mirando durante un rato la foto de perfil completamente negra de Bruno.

Violeta, en realidad, conocía a Bruno desde antes que a León.

Bruno y León habían sido compañeros de universidad, pero Violeta había estudiado con Bruno en la misma escuela secundaria, en el mismo salón, e incluso había compartido pupitre con él durante un tiempo.

En aquella época, Bruno siempre ocupaba el primer lugar de su generación. En su primer año de secundaria incluso había ganado el primer premio en una competencia regional de matemáticas. Sin embargo, también era extremadamente callado, orgulloso y distante. Ni siquiera Violeta, que se sentaba a su lado, había conseguido hablar mucho con él.

En cambio, durante un tiempo Violeta había perseguido a Bruno con bastante insistencia.

Decir simplemente que la familia de Bruno era pobre se quedaba corto.

Hasta Violeta había escuchado que el padre de Bruno estaba en prisión por haber provocado la muerte de alguien y que debía pagar cientos de miles de dólares en indemnizaciones. Su madre padecía una enfermedad mental y, además, Bruno tenía un hermano cinco años menor del que debía hacerse cargo.

Tres personas de su familia tenían que vivir de lo que ganaba Bruno, un estudiante de secundaria.

Pero la escuela seguía siendo una especie de torre de marfil, donde las calificaciones lo determinaban todo.

Por aquel entonces, Violeta todavía era una adolescente criada en una familia acomodada y difícilmente podía comprender de verdad una realidad así.

Ni siquiera sabía si lo que sentía era admiración por alguien que consideraba más fuerte que ella o si, simplemente, se había sentido atraída por su rostro.

Un día, mientras estudiaban en el aula después de clases, le escribió una nota a Bruno:

"Bruno, eres muy guapo. ¿Qué te parece si te doy la oportunidad de ser mi novio?"

Bruno no le respondió.

Por aquel entonces, la familia de Violeta todavía no había quebrado ni acumulado deudas de varios millones de dólares. Ella seguía siendo una princesa despreocupada, sin miedo a nada, e incluso persiguió a Bruno con entusiasmo durante un tiempo.

Eso continuó hasta que Bruno cambió voluntariamente de asiento y dejó de dirigirle siquiera una mirada.

Después de eso, Violeta apenas volvió a relacionarse con él.

Cuando volvieron a coincidir, ella ya era la novia de León.

Según le había contado León, cuando intentaba conquistarla, incluso le había preguntado a Bruno cuáles eran sus gustos. Había dicho que Bruno había sido un gran apoyo para conquistarla.

Violeta nunca supo si aquello era verdad.

***

Al día siguiente, después de que la nieve se disipara y saliera el sol, Violeta recogió su auto y recibió una llamada de Claudia Navarro.

Su madre quería que ella y León regresaran a casa el fin de semana para comer juntos.

—Mamá, ya le pedí el divorcio a León. A partir de ahora, cuando haya comida familiar, no hace falta que lo invites.

Claudia guardó silencio unos segundos.

—¿Solo porque está saliendo con otra mujer?

¿Solo por eso?

La rabia se acumuló en el pecho de Violeta, como un volcán a punto de entrar en erupción.

A ojos de todos, casarse con León había sido la mayor fortuna que Violeta podía haber tenido.

Porque el padre de León ocupaba un alto cargo en Villa Serena. Porque León tenía una enorme fortuna. Y porque, cuando Violeta se casó con él, la familia Ferrer ya no era más que una fachada.

León, en su supuesta generosidad, le había devuelto a aquella princesa caída en desgracia una vida llena de comodidades.

Como todo lo que tenía se lo debía a él, ella debía ceder en todo y retroceder a cada paso.

—El divorcio es una decisión que te cambiará la vida, Violeta. Piénsalo bien. Ya casi tienes treinta años. No será fácil encontrar a otro hombre que esté a la altura de León, y empezar de nuevo a estas alturas tampoco será sencillo. El matrimonio requiere esfuerzo. Con ese carácter tuyo, no puedes esperar que León te tolere toda la vida. Los hombres también tienen su orgullo y su dignidad. Tú deberías aprender a ceder un poco.

La rabia que ardía en el pecho de Violeta rugió por dentro, a punto de estallar.

—Mamá, no te lo estoy contando para que vengas a sermonearme. Durante estos cinco años de matrimonio con León, siempre puse sus sentimientos y sus intereses por encima de los míos en todo lo relacionado con nuestra familia. Y jamás hice nada para traicionarlo. ¿Y qué recibí a cambio? ¡Me trató como si fuera un simple adorno y me engañó una y otra vez! ¿Ahora ni siquiera tengo derecho a quitármelo de encima? ¿O es que, al igual que todos los demás, tú también crees que lo único que cuenta como sacrificio es su dinero, su casa y su poder? ¿Todo lo que hice por nuestra familia, todas las veces que cedí y todos los agravios que soporté no significan absolutamente nada?

Violeta gritó fuera de sí.

Pero una sola frase de Claudia, pronunciada con absoluta calma, la devolvió a la realidad.

—Violeta, no lo olvides: fuiste tú quien eligió a León. Nadie te obligó.

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