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Capítulo 4

Auteur: Mausí
Violeta siguió caminando sin siquiera mirar a los lados.

Al pasar Violeta junto a León, él esbozó una sonrisa burlona.

—¿Te doy asco?

Violeta respondió con otra pregunta:

—¿Acaso no estás sucio?

León soltó una risa.

—¿Y qué importa? Aunque esté así de sucio, ¿acaso no te has acostado conmigo tantas veces?

Antes de casarse, Violeta había escuchado muchas historias sobre hombres que engañaban a sus esposas.

Amores puros de juventud, romances de infancia o vínculos capaces de desafiar la vida y la muerte... Por hermosa que fuera una relación, podía terminar convertida en una amarga tragedia.

Ella siempre había creído que era la elegida por el destino.

León nunca la traicionaría. Tendrían un matrimonio feliz, se amarían para siempre y tendrían hijos juntos.

Pero ¿y la realidad?

Su matrimonio no era feliz. Ella y León nunca tendrían hijos. Ya no solo habían dejado de amarse, sino que habían llegado al punto de usar su pasado más íntimo para herirse mutuamente, como estaban haciendo ahora.

—León.

Violeta cerró los ojos un instante. Cuando volvió a abrirlos, solo había hielo en su mirada.

—No me obligues a arrepentirme de haberte amado.

León se quedó rígido por un instante.

En ese momento, una enfermera se acercó y le recordó a Violeta:

—Doctora Ferrer, la cirugía comienza en media hora. Tiene que ir a prepararse.

—Sí.

Violeta era residente de Neurocirugía en el Hospital de Villa Serena. Aún no tenía suficiente experiencia para ser la cirujana principal, así que en el quirófano solo podía trabajar como asistente.

Pero incluso como asistente, una cirugía cerebral podía ser agotadora tanto física como mentalmente.

Además, esa noche Violeta tenía turno de guardia.

Después de terminar las rondas nocturnas, regresó a la sala de descanso.

Al cerrar los ojos, recordó la desagradable discusión que había tenido con León esa tarde.

León era extremadamente ambicioso con su carrera y trabajaba hasta el límite. Tampoco era la primera vez que terminaba hospitalizado por llevar su cuerpo al límite para sacar adelante el negocio.

En sus primeros años juntos, cuando bebía demasiado, temía que Violeta se enfadara y no quería preocuparla. A pesar de ser hijo de una familia poderosa, solo se atrevía a acudir en secreto a una clínica para recibir tratamiento.

Pero tuvo la mala suerte de caer en una clínica sin escrúpulos que terminó agravando su úlcera gástrica hasta provocarle una hemorragia gastrointestinal.

Lo llevaron de madrugada al hospital de la ciudad, donde se encontró con Violeta, que por entonces estaba haciendo sus prácticas.

Violeta estaba furiosa, pero también preocupada por él.

Lo reprendió sin parar, pero no se apartó de su lado ni un solo paso.

—León, si sigues bebiendo así, ¿sabes qué? ¡Voy a divorciarme de ti! ¡Ya no te quiero!

—Amor, lo siento. Te prometo que la próxima vez no te ocultaré nada.

—¡No vuelvas a ocultarme nada y tampoco vuelvas a beber!

—Sí, sí, sí. Lo que digas.

En aquel entonces, aquella escena parecía una prueba de lo mucho que se querían.

Pero ahora, al recordarla, Violeta podía ver que ya escondía ciertas señales de lo que vendría después.

Ella no quería que volviera a beber.

Pero León nunca se lo tomó en serio.

Cuando todavía se amaban, hasta hablar de divorcio parecía una simple forma de jugar el uno con el otro.

En cambio, a medida que se fueron distanciando, las peleas y los insultos se hicieron cada vez más frecuentes, pero ninguno de los dos se atrevía a hablar de divorcio.

Hasta ayer.

Ayer ella puso el acuerdo de divorcio frente a él.

Violeta descansó media hora en la sala de guardia. Luego se quitó la bata blanca, se puso la chaqueta de plumas y bajó a buscar algo de comer.

Las puertas del ascensor se abrieron.

Violeta levantó la mirada y se quedó paralizada.

No esperaba encontrarse con Bruno.

Llevaba un traje de alta costura completamente negro. Su porte era distinguido y, al verla, su expresión volvió a ser tan fría y distante como siempre.

Violeta entró en el ascensor.

El espacio era pequeño y cerrado, y solo estaban ellos dos.

Bruno era alto y erguido. Violeta alzó la mirada y se encontró con el marcado contorno de su mandíbula.

De pronto recordó aquellos años de secundaria, cuando él se sentaba a su lado y ella también solía mirarlo así.

A los diecisiete años, Bruno tenía una elegancia juvenil muy particular, pero ya era tan frío y reservado como ahora.

La diferencia era que, en aquella época, vestía ropa barata y no tenía prácticamente nada.

Lo único de valor que llevaba encima era su uniforme escolar.

En aquel entonces, nadie habría imaginado que Bruno, que no tenía nada, terminaría convirtiéndose en una figura de élite del mundo empresarial. Era casi un milagro: había llegado a una posición que los demás solo podían admirar desde lejos.

Por el rabillo del ojo, Violeta notó que el hombre llevaba una lonchera en la mano.

Ella tomó la iniciativa:

—¿Alguien de tu familia está hospitalizado?

—Sí.

Bruno seguía mostrándose indiferente. Evidentemente, no tenía intención de continuar con el tema.

Pero Violeta recordó que justo encima de Neurocirugía solo estaba Psiquiatría.

La madre de Bruno tenía una enfermedad mental.

Fue por una casualidad que se enteró de esto.

Cuando Violeta lo perseguía en aquella época, él nunca le hacía caso. Era como hablarle a una pared: por más que ella le preguntara, no conseguía sacarle una sola palabra.

Pero eso solo hacía que ella insistiera todavía más.

Incluso sobornó a un compañero de clase que se enteraba de todos los chismes para averiguar los gustos y aficiones de Bruno.

Sin imaginar que terminaría descubriendo tantos detalles de su situación familiar.

Así fue como se difundió de repente por toda la escuela que la madre de Bruno padecía una enfermedad mental.

A esa edad, los adolescentes hablaban sin medir sus palabras y usaban "loca" como un insulto para referirse a alguien con una enfermedad mental.

En aquel entonces, Violeta no conocía la verdad.

Solo le había dicho a Bruno con absoluta seguridad:

—Bruno, cuando sea médica, curaré gratis a tu mamá. Así que tendrás que casarte conmigo a cambio.

Bruno mantuvo el rostro rígido y su mirada hacia ella se volvió todavía más fría y sombría.

No fue hasta que Violeta entró en la universidad y empezó a estudiar medicina cuando comprendió que la madre de Bruno padecía una enfermedad mental, no neurológica.

Y no tenía absolutamente nada que ver con la neurocirugía que ella había elegido como especialidad.

Sin embargo, quizá fue precisamente el hecho de saber que su madre padecía una enfermedad mental lo que la llevó, sin darse cuenta, a especializarse en Neurocirugía.

Violeta sentía que era en parte responsable de que todos se hubieran enterado de la enfermedad de la madre de Bruno. Aunque ya no quedaba nada de aquellos sentimientos adolescentes que había tenido por Bruno, todavía se sentía culpable por lo ocurrido.

—¿Necesitas ayuda?

—Trabajo en neurocirugía y también conozco bien a los médicos de psiquiatría. Si necesitas algo, puedes llamarme cuando quieras.

Las puertas del ascensor se abrieron. Violeta salió y siguió el paso de Bruno.

Al escucharla, él bajó la mirada y la observó por un instante.

Después apartó la vista y respondió con frialdad:

—No necesito tu ayuda.

Su tono era frío y tajante.

Parecía incluso más molesto con ella que durante la secundaria.

La Violeta de entonces había sido muy feliz. Tan feliz que parecía tener una energía inagotable. Incluso frente a la frialdad de Bruno, nunca se sentía herida ni dudaba de sí misma.

Pero ahora...

Había perdido a aquella versión feliz de sí misma.

Ante el rechazo frío de Bruno, ya ni siquiera tenía aquella perseverancia casi incansable de su adolescencia.

Solo pudo guardar silencio.

Y, pensándolo bien, con la posición y el poder que Bruno tenía ahora, podía conseguir cualquier recurso médico que necesitara. Decírselo probablemente solo hacía que sus buenas intenciones parecieran poco sinceras.

***

Violeta cenó en un restaurante cerca del hospital.

Cuando regresó al hospital, encontró a León frente a la puerta de la sala de guardia.

Sus ojos oscuros la miraban con evidente molestia.

—¿Dónde estabas?

Su tono estaba cargado de reproche. Violeta no se molestó en responder.

León frunció el ceño.

—Violeta, ¿no te cansas de ponerme esa cara fría todo el día?

—Comparado con que tú te pases el día por ahí con otras mujeres, lo mío no es nada.

Violeta esbozó una sonrisa sarcástica.

Luego hizo una pausa y lo miró con frialdad.

—¿Ya firmaste el acuerdo de divorcio?

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