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Capítulo 6

Auteur: Mausí
Violeta tenía la mirada baja y sus largas y espesas pestañas proyectaban una sombra sobre sus párpados.

Tenía una aguja clavada en el dorso de su pálida mano y sostenía un libro de medicina con la otra.

Bajo la luz blanca y fría del hospital, se veía aún más pálida.

Bruno la observó fijamente.

Vio cómo sus pestañas temblaban ligeramente y, al segundo siguiente, Violeta levantó la mirada y sus ojos se encontraron.

No esperaba volver a encontrarse con Bruno en el hospital.

Un poco sorprendida, curvó ligeramente los labios y levantó la mano para saludarlo.

Los labios de Bruno se tensaron. Con expresión fría, apartó la mirada.

Luego se dio la vuelta y se marchó.

Violeta bajó la mano, incómoda.

Claudia decía que tenía un carácter fuerte, y tampoco era algo que se hubiera inventado.

Sobre todo durante la adolescencia, cuando estaba en secundaria.

Cuanto más intentaban impedirle hacer algo, más empeñada estaba ella en conseguirlo. Cuando intentaba conquistar a Bruno y él la ignoraba, ella no hacía más que insistir.

—Bruno, que una chica como yo se haya fijado en un pobre chico como tú debería ser todo un honor. No te hagas el difícil. ¡Si no quieres estar conmigo, prepárate para seguir siendo pobre toda la vida! ¡Bruno, de verdad eres un tronco!

En aquel entonces solo pensaba en lo que ella sentía. Decía todo lo que se le pasaba por la cabeza.

Ahora, al recordarlo, reconocía que había sido bastante desconsiderada y que no había pensado en absoluto en el orgullo de Bruno.

Pero, pensándolo bien...

Habían pasado más de diez años. ¿De verdad Bruno todavía le guardaba rencor?

Violeta no pudo evitar sentirse impotente.

No le dio más vueltas. Después de leer un rato, sintió sed y estaba a punto de quitar el suero para ir a buscar agua cuando una sombra se proyectó frente a ella.

Una mano de dedos largos le ofreció un vaso de papel desechable lleno de agua.

Violeta levantó la mirada y en sus ojos oscuros se reflejó el rostro frío de Bruno.

—Gracias.

Tomó el vaso y bebió un pequeño sorbo.

La voz de Bruno sonó baja y fría:

—¿Estás sola?

Los dedos de Violeta se tensaron alrededor del vaso hasta ponerse ligeramente blancos.

—Sí.

Bruno miró el asiento vacío junto a ella y luego el suero, del que todavía quedaba aproximadamente la mitad.

Se acercó y se sentó a su lado, dejando un asiento de distancia entre ambos.

No dijo nada más. Simplemente permaneció sentado junto a ella en silencio.

Violeta percibió el aroma fresco que emanaba de Bruno.

Como menta helada.

—¿Tu mamá está mejor?

Imaginó que había ido al hospital por lo de su madre.

Bruno la miró de reojo.

Violeta pensó que no quería hablar del tema y estaba a punto de guardar silencio cuando escuchó su voz grave:

—Mucho mejor que antes.

Violeta sonrió.

—Me alegra mucho.

—Sí.

Bruno respondió con indiferencia.

Su perfil estaba perfectamente definido, con facciones bien marcadas.

Se veía más imponente y tenía una presencia más intimidante que en la secundaria. También parecía aún más difícil de acercarse.

Pero era imposible ignorar lo atractivo que era.

En apenas unos minutos sentado allí, ya había atraído varias miradas de admiración.

Violeta recordó el accidente de la otra vez y preguntó:

—Sobre el accidente de la otra vez, todavía no me has dicho cuánto te debo por los daños.

—No fue mucho.

—Aunque no haya sido mucho, no puedo hacer como si nada.

Violeta no quería deberle nada y se mantuvo firme.

—Además, aquel día, cuando me llevaste a casa, ¿no me recordaste que tenía que pagarte los daños?

Bruno se quedó quieto al escucharla.

Violeta sintió de inmediato que el ambiente a su alrededor se había vuelto todavía más frío.

Bruno le dio una cifra cualquiera.

Violeta sabía que aquel auto de edición limitada costaba una fortuna. Aunque solo le hubiera raspado un poco la pintura, era imposible que esa cantidad bastara para cubrir el daño.

Después de pensarlo un momento, preguntó:

—¿Es porque conoces a León que decidiste dejarlo pasar?

Bruno giró la cabeza para mirarla.

Su mirada fría descendió hasta detenerse en sus dedos desnudos.

Al igual que la vez anterior, seguía sin llevar el anillo.

Su mirada era directa y helada. No dijo nada, pero parecía haber comprendido algo.

Violeta encogió los dedos con incomodidad.

No sabía qué sensación le provocaba aquello.

Había perseguido a Bruno sin descanso en el pasado, solo para terminar siendo ignorada por él, hasta el punto de que ni siquiera quería mirarla.

Después, conoció a León a los dieciocho años. Pasaron de ser novios a casarse, y ahora su matrimonio había terminado en un completo desastre.

Y, para colmo, ellos dos seguían siendo amigos íntimos.

Violeta sintió como si la hubieran dejado bajo un sol abrasador, con más de cuarenta grados de temperatura.

Era humillante. Incómodo.

Y, además, sentía una rabia inexplicable ardiendo en el pecho.

—Si es por León, no necesito que me perdones los daños.

Su tono sonó algo brusco.

—No tiene nada que ver con León —respondió Bruno con calma.

—Entonces no intentes hacerme pagar menos de lo que corresponde.

Violeta se relajó un poco.

Bruno no respondió. Bajó la mirada y tocó varias veces la pantalla de su teléfono.

Poco después, Violeta recibió una notificación.

La abrió.

Y se quedó atónita.

Miró a Bruno, incrédula.

—¿Una indemnización de siete cifras? ¿No te equivocaste al calcularla?

Ella misma había estimado el costo.

Ni de lejos llegaría a tanto.

Bruno respondió con absoluta calma:

—Llevarte a casa y volver me tomó casi cinco horas. Perdí una oportunidad de negocio, así que también incluí esa pérdida.

—¡Pero tú decidiste llevarme!

—Tú fuiste quien insistió en que hiciéramos las cuentas claras.

Violeta lo fulminó con la mirada. Su rostro pálido se había puesto rojo, aunque no se sabía si por la rabia o por la fiebre.

Bruno no cambió de expresión.

Levantó la mirada hacia el suero, que ya estaba a punto de terminarse.

Se puso de pie y llamó a una enfermera.

Después de que le retiraran la aguja, le dijo:

—Te llevaré a casa.

—No hace falta. Eres demasiado caro. No puedo permitirme contratarte.

Violeta se presionó el lugar donde le habían puesto la aguja y lo miró con cautela.

Bruno arqueó ligeramente una ceja.

—Hoy es gratis.

Al oírlo, Violeta no pudo evitar aprovecharse un poco más.

—Si esta vez es gratis, ¿no puedes hacerme un descuento por la vez anterior?

Bruno bajó la mirada hacia ella.

—Si compraste ropa el año pasado y este año está de oferta, ¿la tienda te devuelve la diferencia?

Violeta se quedó sin palabras.

No pudo evitar murmurar:

—Nunca te había visto hablar tanto.

—¿Qué dijiste?

—Nada.

Cerró la boca.

***

Como ya la había llevado una vez, esta vez Bruno condujo con facilidad hasta el edificio donde vivía Violeta.

Al bajar del auto, Violeta volvió a preguntar:

—¿De verdad no puedes reducir un poco la indemnización?

Bruno hizo una pausa.

—Sí puedo.

Violeta se sorprendió.

—¿De verdad?

Bruno sacó una tarjeta de presentación con detalles dorados de la guantera y se la tendió.

—Los abogados de este bufete son excelentes. Si negocias con ellos, quizá consigas que te reduzcan entre diez y veinte mil dólares. Al menos pueden redondearte la cifra.

—Gracias...

Bruno respondió con indiferencia:

—De nada.

Violeta recibió la tarjeta sin saber qué decir.

Miró el auto de lujo mientras se alejaba y luego el monto de siete cifras de la factura.

Sintió que el mareo había empeorado.

Entró en el ascensor.

Cuando salió y vio una figura alta frente a la puerta de su apartamento, frunció el ceño.

—¿Qué haces aquí?

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