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Capítulo 5

Auteur: Mausí
—¿Crees que todo lo que hay entre tú y yo puede quedar saldado con un simple acuerdo de divorcio? —se burló León.

Violeta asintió.

—Es verdad. Un simple acuerdo no basta para saldar todo lo que me debes. Lástima que en un divorcio solo se puedan repartir los bienes y no las personas. Si se pudiera, al menos podrías pagar tus deudas con tu propia vida.

—¿Siempre tienes que hablar así de mal? ¡Violeta, han pasado tantos años y sigues sin aprender a hablar como una persona normal!

El apuesto rostro de León se ensombreció por completo.

Violeta siguió impasible.

—Puedo hablarte con respeto, pero para eso tendría que estar hablando con una persona capaz de entender lo que digo.

Y, sin piedad, soltó algo todavía más hiriente:

—León, ¿tú eres una persona?

En cuanto pronunció esas palabras, un silencio sepulcral se extendió entre ambos.

Violeta conocía demasiado bien esos momentos en que la tensión entre ellos parecía a punto de hacerlos pedazos.

Tres años atrás, desde que descubrió por primera vez que León le era infiel, hacerse daño con palabras se había convertido en parte habitual de su matrimonio.

Y Violeta siempre había sido la primera en provocar las discusiones.

Odiaba su traición, pero no era capaz de marcharse con indiferencia. Así que, día tras día, entre el resentimiento y la frustración, lo atormentaba a él y se atormentaba a sí misma.

Hasta ahora.

Su amor por él, su odio, sus expectativas y sus decepciones...

Finalmente, todo se había desvanecido por completo.

León esbozó una sonrisa maliciosa y la atravesó con la mirada.

—¿Quieres divorciarte? Está bien. Ten al bebé y me divorciaré de ti aquí mismo.

Violeta sabía que León no estaba hablando en serio sobre tener un hijo.

Solo se estaba burlando de ella.

Burlándose de que era una mujer incapaz de tener hijos.

Durante los dos primeros años de matrimonio, Violeta y León habían intentado tener un bebé, pero por más que lo intentaban, no lograban concebir.

Después, ambos se hicieron estudios y descubrieron que el problema estaba en ella.

Violeta se sintió culpable. Por tener un hijo, probó todo tipo de tratamientos, se sometió a inyecciones y tomó medicamentos hasta quedar con el abdomen cubierto de pequeños puntos de las agujas.

León se preocupaba por ella. La abrazaba y le decía:

—Amor, no sigas soportando todo esto. No necesitamos tener hijos. Podemos pasar el resto de nuestras vidas y envejecer juntos.

Violeta pensaba que, cuando León le dijo aquello, seguramente lo había dicho de corazón.

Y que, más adelante, su incapacidad para cumplirlo también fue sincera.

—Si quieres tener hijos, firma el acuerdo. Hay muchas mujeres allá afuera. Cualquiera podría darte un montón de hijos.

Dicho esto, Violeta entró en la sala.

La puerta se cerró de golpe.

Fue rápido y definitivo.

Como si con aquel sonido todo hubiera quedado finalmente decidido.

***

El fin de semana, Violeta fue a comer a casa de Claudia.

Después de la comida, Claudia sacó de algún lugar un paquete cuidadosamente envuelto y lo puso frente a ella.

Incluso a través del papel marrón, el olor era tan fuerte que Violeta frunció el ceño.

Claudia también le entregó una receta.

—Violeta, llévate estas medicinas a casa. Prepáralas y tómate el tratamiento siguiendo la receta. Después vuelve a intentar tener un hijo con León.

—Mamá, León y yo ya estamos hablando de divorcio. ¿Para qué me das esto?

Violeta frunció el ceño.

Claudia respondió:

—Tienes un carácter fuerte y pedir el divorcio fue solo un impulso. Después de tantos problemas entre tú y León, en el fondo, todo se debe a que no tienen hijos. Solo necesitan tener un hijo y todo se arreglará.

"Solo necesitan tener un hijo y todo se arreglará".

No era la primera vez que Violeta escuchaba aquello.

Tres años atrás, cuando descubrió que León tenía otra mujer, en realidad había pensado en divorciarse.

Fue a llorar con Claudia.

Pero después de consolarla, Claudia volvió a decirle lo mismo de siempre:

—Cuando tengan un hijo, todo se arreglará. Con un hijo, León sentará cabeza.

En aquel entonces, Violeta estaba atrapada entre el amor y el resentimiento y creyó aquellas palabras.

Mientras discutía con León, se obligaba a seguir recibiendo aquellas inyecciones que no servían de nada.

Pero después de las inyecciones, cuando León volvía a abrazarla, Violeta sentía tanto rechazo que terminaba apartándolo.

Con tristeza, descubrió que ya no soportaba que él la tocara.

Y el asunto de tener hijos volvió a quedar sin resolverse.

Ahora, al recordarlo, comprendía que la idea de retener a León a su lado teniendo un hijo había sido, en sí misma, la mayor ironía de todo lo que habían vivido.

Dos personas que se habían casado porque se amaban habían llegado al punto de necesitar un hijo para mantener su matrimonio.

Qué absurdo.

—No voy a tomar esas medicinas.

Violeta empujó la receta y el paquete de medicamentos de vuelta hacia Claudia.

—Mamá, no estoy pidiendo el divorcio por un impulso. Ya no amo a León. De verdad quiero empezar una vida completamente nueva.

—Violeta.

Claudia la miró.

—El amor y el matrimonio nunca han sido una cuestión de causa y efecto.

Violeta respondió sin expresión:

—Entonces, ¿por qué te divorciaste de papá?

La expresión de Claudia se ensombreció.

En sus ojos arrugados apareció un destello de dolor.

Violeta apretó los labios y bajó la voz.

—Perdón, mamá. No quería decir eso.

Claudia negó con la cabeza.

Después de un largo silencio, dijo:

—Cuando el negocio de tu padre fracasó y nuestra familia estaba pasando por el peor momento, León nos ayudó muchísimo. Incluso cuando tuve que ser hospitalizada para una cirugía, él consiguió que los mejores especialistas me atendieran. En aquel entonces ustedes solo eran novios. Ni siquiera habían hablado de casarse, y aun así él estuvo dispuesto a hacer todo eso por nosotros. Ahora quieres divorciarte de él. ¿Cómo piensas devolverle todo lo que le debemos?

Antes de casarse con León, Violeta solía escuchar que, en los círculos de las familias adineradas, ningún hombre dejaba de tener una amante.

En aquel entonces, ella solo había hecho una pregunta muy sencilla:

"¿Y qué pasa con sus esposas? ¿No se divorcian?"

Los demás simplemente se reían y respondían que el matrimonio no era lo mismo que estar de novios. Que divorciarse no era tan fácil.

Había que pensar en el dinero, el poder, la posición social y lo que diría la gente.

Mientras cada uno hiciera su vida por su lado, tampoco estaba tan mal.

En aquel entonces, Violeta no lograba comprenderlo del todo.

Mucho menos había imaginado que algún día ella misma se convertiría en una de esas mujeres de las que otros decían que preferían soportar una infidelidad antes que divorciarse.

Su decisión de soltarlo había tardado tres años.

Pero, al menos, finalmente lo había hecho.

Era algo bueno, ¿no?

Violeta se levantó y caminó hasta la puerta.

—Lo que le deba a León se lo dejaré a mi abogado. Y si mi abogado no puede resolverlo, será asunto del tribunal. Aceptaré lo que determine el tribunal. Mamá, no te preocupes más por esto.

Claudia no respondió.

Pero aun así metió el paquete de medicamentos en las manos de Violeta.

—Aunque de verdad te divorcies, el hecho de que no puedas tener hijos sigue siendo un problema. Ya casi tienes treinta años. ¿Qué vas a hacer después?

—¿Qué tiene de malo tener treinta años? ¿Y qué tiene de malo estar sola? ¿Acaso todas las personas solteras mayores de treinta años tienen que morirse?

Violeta no cedió ni un poco.

Claudia estaba exasperada.

—Otras mujeres llegan a los treinta sin haberse casado. ¿Y tú? ¡Tú eres una mujer divorciada que ni siquiera puede tener hijos! Violeta, no me malinterpretes, pero con ese carácter tuyo tampoco puedes culpar a León por no soportarte. Si una mujer ni siquiera sabe ser cariñosa, ¿sigue siendo una mujer?

Claudia había hablado sin pensar, pero Violeta no mostró ninguna emoción.

Cuando su madre terminó de reprenderla, Violeta respondió con calma:

—Permíteme corregirte: el sexo de una persona se determina por sus cromosomas sexuales, no por si es cariñosa o no.

Claudia se quedó sin palabras.

—Voy a divorciarme, y punto. Tampoco desperdicies saliva intentando convencerme.

Después de decirlo, Violeta salió de casa de Claudia.

Regresó al hospital para hacer su turno.

Después de terminar de redactar las historias clínicas, comenzó a sentirse mareada. Buscó un termómetro para tomarse la temperatura y descubrió que tenía fiebre.

Durante los dos días siguientes, los cirujanos principales con los que trabajaba tenían cirugías programadas. Aunque ella solo fuera asistente, no quería faltar por estar enferma, así que pidió que le administraran medicamentos por vía intravenosa para bajar la fiebre lo antes posible.

La sala de infusión estaba llena de pacientes. Violeta se sentó en una silla del pasillo, afuera de la sala, mientras recibía el tratamiento.

Bruno había ido al hospital a visitar a su madre. Cuando estaba a punto de marcharse, vio a Violeta sentada afuera de la sala de infusión.

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