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Capítulo 7

Auteur: Mausí
León se tiró de la corbata y la miró de mal humor.

—¿Cuál es la nueva contraseña de la puerta?

Había probado la fecha de su aniversario de bodas, la fecha en que empezaron a salir, sus cumpleaños y hasta otras combinaciones.

Ninguna funcionaba.

Además, Violeta había borrado su huella digital.

León estaba furioso.

—Para eso cambio la contraseña, para evitar que cualquiera entre a hacer de las suyas. Si te la digo, ¿cómo voy a protegerme?

Violeta ni siquiera le dirigió una mirada. Caminó hasta la puerta y levantó la mano para desbloquearla con la huella.

León le agarró la muñeca de golpe.

La empujó contra la puerta, la inmovilizó y dijo con una voz cargada de furia:

—¿Sabes por qué terminamos así, Violeta? Porque nunca reconoces tus propios errores. Siempre pisoteas la dignidad de los demás sin pensar en cómo los haces sentir.

La espalda delgada de Violeta quedó pegada a la puerta.

Era como apoyarse contra un bloque de hielo que le calaba hasta los huesos.

—Vaya, así que todavía sabes lo que es la dignidad.

Violeta soltó una sonrisa fría y sarcástica.

—Cuando te acostabas con otras mujeres, ¿no se te ocurrió pensar en la dignidad de nadie?

León ignoró sus palabras.

Bajó la cabeza, pero entonces percibió en ella el aroma de un perfume masculino.

Su voz se volvió de inmediato más grave.

—¿Con quién estuviste?

—Fui a ver al mismísimo diablo para preguntarle cuándo piensa venir a llevarse tu miserable alma.

El rostro de León se ensombreció todavía más.

Violeta levantó los ojos y lo miró con desprecio.

—León, te lo advierto por última vez: si sigues retrasando el divorcio, no me culpes por contratar a un abogado y llevar el asunto ante los tribunales.

León la observó durante unos segundos.

De pronto, sonrió.

—Violeta, creo que hace mucho que no hacemos el amor.

—León, no me das más que asco.

Sus ojos estaban llenos de repulsión.

León hizo caso omiso.

Su mano cayó descaradamente sobre la cintura de Violeta.

Cuando Violeta levantó el bolso, dispuesta a estampárselo en la cabeza, el ascensor emitió un sonido.

Las puertas se abrieron.

Bajo la luz anaranjada, Bruno salió del ascensor.

—¿Bruno?

León frunció el ceño. Soltó a Violeta y miró a su amigo con desconcierto.

—¿Qué haces aquí?

—Nos encontramos en el hospital. La llevé a casa de paso.

Bruno le entregó a Violeta una bolsa de una marca de lujo.

—Te dejaste esto en mi auto.

Violeta miró la bolsa, apretó los labios y la tomó.

—Gracias.

León sabía que Bruno solía sacar tiempo cada semana para visitar personalmente a su madre, así que no sospechó nada y tampoco hizo más preguntas.

Bruno miró a León y preguntó con indiferencia:

—¿Interrumpo?

—No pasa nada.

Por grande que fuera el conflicto entre León y Violeta, ninguno iba a montar una escena delante de Bruno.

León respiró hondo y miró a Violeta.

Sus ojos oscuros parecían anunciar una tormenta.

Pero Violeta no mostró ninguna emoción.

Se dio la vuelta y entró en el apartamento.

***

Abajo del edificio, las farolas proyectaban las sombras alargadas de los dos hombres.

—Me pidió el divorcio.

León encendió un cigarrillo tras otro.

Bruno lo miró de reojo.

—Hasta ahora se decidió a pedirlo. Parece que sabe mucho aguantar.

León apretó los dientes.

—¡Mi esposa ya me tiene harto! ¿Y tú, que eres mi amigo, también tienes que echarme sal en la herida?

—¿Decirte la verdad también es echarte sal en la herida?

—Eso lo dices porque nunca te has casado. Cuando lo hagas, me entenderás.

Bruno guardó silencio.

León apagó el cigarrillo y encendió otro.

Levantó la mirada hacia el apartamento de Violeta. Las luces anaranjadas seguían encendidas.

Por alguna razón, comenzó a sentirse inquieto.

No quería seguir hablando de Violeta, así que le preguntó a Bruno:

—Oye, llevamos años sin verte con una mujer. ¿No piensas casarte?

Bruno respondió con calma:

—Sí pienso hacerlo. Solo que todavía no es el momento.

León lo miró, sorprendido.

¿Acaso ya había alguien que le gustara?

—Ahora sí tengo curiosidad.

León sonrió.

—Me gustaría saber qué clase de mujer es capaz de conquistarte.

Bruno no respondió.

Solo desvió discretamente la mirada hacia la ventana del apartamento, todavía iluminada con aquella luz anaranjada.

***

Violeta no se había dejado nada en el auto de Bruno.

Era evidente que él le había entregado aquella bolsa solo para ayudarla a salir de la situación incómoda.

Violeta ni siquiera había abierto el paquete, pero tenía un collar de diamantes de aquella misma marca y sabía que sus productos eran de edición limitada y muy costosos.

Además, por el empaque era evidente que se trataba de un regalo para una mujer.

Al día siguiente, Violeta fue a la empresa de Bruno.

Como necesitaba una cita para verlo, dejó la bolsa en recepción y pidió que se la entregaran.

De regreso en el auto, quiso transferirle a Bruno los daños de siete cifras que le debía por el accidente.

Pero al intentar hacerlo, descubrió que su tarjeta estaba bloqueada.

Violeta sintió que se le hundía el corazón.

Revisó las otras tarjetas.

Todas estaban bloqueadas.

Sin pensarlo, pisó el acelerador y condujo hacia Residencial Bellavista.

Cuando llegó, las luces de la mansión estaban encendidas y el interior resplandecía de lujo.

Al entrar, vio un par de tacones de mujer.

Eran los mismos que Viviana llevaba cuando se habían encontrado en el hospital.

Violeta no se había equivocado.

Viviana había vuelto aquí.

Pero lo que Violeta no esperaba era verla bajar las escaleras usando su ropa.

—Señorita Ferrer.

Al verla, Viviana se sonrojó con incomodidad.

Violeta la observó sin cambiar de expresión.

El vestido que llevaba Viviana era uno que Violeta había usado durante la universidad. El diseño era juvenil y transmitía mucha vitalidad.

Con ese rostro terso y juvenil, Viviana realmente se parecía bastante a Violeta cuando tenía poco más de veinte años.

—Señorita Ferrer, no me puse su ropa a propósito —explicó Viviana en voz baja—. El señor Montiel me lo pidió.

Violeta levantó ligeramente los párpados, sin mostrar emoción alguna.

—Si te pidiera que comieras mierda, ¿también lo harías?

Viviana se quedó callada y sus ojos se enrojecieron.

Sin embargo, su mirada pasó por encima del hombro de Violeta y se posó en alguien detrás de ella.

Violeta no necesitaba darse la vuelta para saber que estaba mirando a León.

Las intenciones de Viviana eran fáciles de adivinar.

No era más que una estrategia para hacerse la víctima y despertar la compasión de León, haciendo que ella, la supuesta señora Montiel, pareciera todavía más una bruja malvada.

En realidad, no hacía falta.

A los ojos de León, ella ya había dejado de ser la misma.

—Sube arriba primero —le dijo León a Viviana.

Viviana se mordió el labio.

Quería quedarse, pero no se atrevió a desobedecerlo y terminó dándose la vuelta para subir.

—¿No te habías mudado? ¿Para qué volviste?

León encendió un cigarrillo y se recostó perezosamente en el sofá.

Violeta percibió el fuerte olor a humo y frunció el ceño.

León lo notó. Sus dedos, que sostenían el cigarrillo, se detuvieron un instante.

Luego lo apagó y lo arrojó al cenicero.

—¿Por qué bloqueaste todas mis tarjetas? —preguntó Violeta con frialdad.

—¿Qué crees que significa?

León sonrió con descaro.

—Violeta, claro que significa que no quiero divorciarme de ti.

—Traes a otra mujer a casa, la dejas usar mi ropa y luego me dices que no quieres divorciarte.

Violeta curvó los labios con sarcasmo.

—León, si tienes el lóbulo frontal poco desarrollado, ve al hospital y pide una cita. No vengas a jugar conmigo con estas tonterías.

León soltó una risa burlona. Sus ojos se volvieron sombríos.

—A ver, ¿quién empezó realmente con los caprichos?

—Si crees que estoy haciendo un drama por nada, firma el acuerdo de divorcio y se acabará todo. ¿No sería mejor así?

—¿Mejor?

León le devolvió la pregunta.

—Juraste que harías todo lo posible para no dejarme vivir en paz. Si te concedo el divorcio tan fácilmente, ¿no sería como echar por tierra todo tu empeño?

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