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Capítulo cinco

Author: Beika
last update publish date: 2026-01-05 02:57:07

A las seis y media ya estaba de pie frente al espejo. Mis ojos estaban inyectados, ilustrando las ojeras marcadas debajo de ellos. Estaba hecha un desastre. Me sentía como alguien que iba directo a su tumba.

Me cambié tres veces de ropa antes de decidirme por un vestido sencillo y una chaqueta encima. Nada llamativo. Nada que pudiera interpretarse de alguna forma equivocada. Sin embargo, tuve que volver a aproximarme al armario, cambiándome por cuarta vez. Necesitaba tapar las marcas en mi cuello por tiempo prolongado; la maniobra que hice en la mañana ya no me serviría. Intenté, fallando todas las veces en ocultar las marcas con un corrector que no servía.

Por fin, a las 7 de la tarde, vestida con unos jeans anchos y una camisa de cuello alto para ocultar la evidencia, estaba lista para dirigirme a la casa de Ryan. El corazón me latía en los oídos.

Cuando bajé a la cocina, papá estaba sentado viendo la televisión. Notó mi presencia apenas puse un pie en la sala.

—Tu mamá está dormida —informó, sin preguntale—. Después hablamos.

Asentí.

—Este… —tragué duro—. Voy a salir un rato. —Entrecerró la mirada, pero antes de que pudiera decir algo, añadí—. Es para una clase. Tenemos clase pendiente en equipo para la próxima semana.

Suspiró. Se levantó de su asiento y se acercó a pasos cortos.

—Le diré a tu madre.

—Gracias, padre, eres el mejor.

—Por favor, no la hagas enojar, hija. Vuelve a casa temprano.

—Lo sé, papá, te lo prometo.

Preocupado, me hizo llamar a Zoe para que pasara a recogerme y que no tuviera que salir al auto de cualquier señor taxista. A la llegada de mi amiga, mi padre me abrazó y dejó que saliera.

El camino hasta la casa de Ryan fue un castigo. Zoe no dejaba de hablar de la noche anterior: de cómo Ryan la había llevado a casa, y de cómo casi se besan en la puerta. Dijo que todo iba por fin tomando forma.

Yo sonreía y asentía… fingía. Pero por dentro me estaba desmoronando.

Cuando llegamos, la puerta ya estaba abierta. Desde adentro se escuchaban voces y el sonido de una melodía suave que, apenas lo escuché, no pude evitar sonreír. Ryan dependía de la música para hacer cualquier cosa. Siempre estaba rodeado de algún instrumento, o a lo mínimo, de su iPad.

Entré junto con mi amiga. Fui llevada por ella al inmenso patio trasero de la casa.

Mi corazón dio un vuelco cuando vi a Ryan. Se veía tan apuesto. Su cabello castaño, recién cortado; vestía un pantalón jeans y una camiseta azul. Dialogaba amenamente hablando por teléfono, pero enseguida nos vio, colgó, acercándose sin perder esa sonrisa amable que siempre me desalmaba. 

—Ya llegaron, chicas —saludó—. Vengan, vengan, las estábamos esperando.

Fue cuando vi a Eiden de espalda, apoyado sobre una mesa de aperitivos, con el celular en la mao. Llevaba una ajustada camiseta negra, y al igual que Ryan, unos jeans azules. Al girarse, nuestros ojos se encontraron.

—Llegaron —anunció, forzando una sonrisa.

—¡Tarde, como siempre! —bromeó Zoe—. Bueno, ¿por dónde empezamos?

—Primero vamos a tomar algo, todavía es temprano —sugirió Ryan, a la vez que se alejaba hacia los asientos listos para la ocasión—. No tengo idea de cómo haremos esto.

Cuando nos sentamos, lo hice lo más lejos posible de Eiden, pero la mesa era demasiado pequeña para la distancia que necesitaba. Ryan quedó justo a mi lado, y del otro lado estaba mi amiga.

Mientras bebían de las bebidas dispuestas y hablaban de la clase, apenas escuchaba. Sentía el peso de dos presencias distintas aplastándome desde lados opuestos: Ryan, tan cerca, tan intocable; y Eiden, al frente, mirándome de vez en cuando como si ambos compartiéramos un secreto prohibido que me quemaba por dentro, y tan falso no era.

En un descuido, bajo la mesa, su rodilla rozó la mía. Fue un contacto mínimo, pero mi cuerpo reaccionó como si hubiera sido una descarga eléctrica.

Alcé la mirada de golpe.

Nuestros ojos se encontraron. Los suyos, casi vacíos, logrando exitosamente eliminar cualquier expresión; los míos, llenos del terror desbordado en mi pecho. Esto era tan incómodo.

—¿Todo bien? —preguntó Ryan.

Asentí demasiado rápido y aparté la mirada.

—Bueno —sonrió—, la profe dejó claro el trabajo. No es solo leer y resumir. Debo confesar que me estaba pareciendo un trabajo fácil, pero… —ladeó la cabeza de lado a lado, viendo fijamente las hojas en la mesa— ahora no estoy tan seguro.

—Tenemos que hacer un análisis psicológico de un personaje literario. Elegir uno y desmenuzarlo por completo —opiné—. Es pan comido.

—Claro que no —levantó la vista—. Tenemos que desmenuzar decisiones, contradicciones, culpas y hasta los deseos de los personajes.

—Y relacionarlo con situaciones reales —completó Eiden, soltando un suspiro.

Mi amiga y yo intercambiamos miradas.

—¿Situaciones reales? —repetí, sin querer.

—Sí —continuó Ryan—. La profe quiere que expliquemos cómo la culpa, el deseo o el miedo influyen en lo que el personaje hace, incluso cuando sabe que está mal.

Eiden cruzó los brazos. Su mandíbula se tensó apenas un segundo antes de hablar.

—Propongo como ejemplo a Raskólnikov —dijo—. Crimen y castigo. Un tipo que cree que puede vivir con lo que hizo hasta que no puede.

—O Emma Bovary —aportó Zoe, entusiasmada—. Todo lo que desea y lo que destruye por no saber conformarse.

Ryan negó suavemente con la cabeza.

—Yo había pensado en algo más cercano. El retrato de Dorian Gray. —Sus dedos tamborilearon la mesa—. La idea de esconder la culpa, de fingir que nada te afecta mientras por dentro te estás pudriendo.

El silencio cayó como una losa. La explicación de Ryan nos hizo reflexionar a todos. Para mí, en particular, fue impactante, porque la idea no solo era perturbador de cierto modo, sino que también atravesó mi mente y se conectó con lo que todavía trataba de olvidar.

Eiden alzó la vista hacia mí. Y de nuevo tuve que esquivarle la mirada.

—Es buen personaje —dijo al fin—. Funciona para trabajo en grupo.

—Entonces queda decidido —sentenció Ryan—. Dorian Gray. Cada uno analiza un aspecto psicológico y luego lo unimos.

Zoe chocó palmas, satisfecha.

—Perfecto. Yo me encargo del deseo y la obsesión. ¡Yes!

—Yo puedo hacer la parte moral —añadió Ryan—. La doble cara, lo que muestra y lo que oculta.

Eiden no dejó de mirarme cuando habló:

—La culpa. —Hizo una pausa breve—. Yo hago la culpa.

—Entonces… —mi voz salió más baja de lo que esperaba— yo puedo analizar la negación. Cómo uno se convence de que todo está bien, aunque no lo esté.

Ryan sonrió, orgulloso.

—Miren qué equipo.

Bajo la mesa, la rodilla de Eiden volvió a rozar la mía. Esta vez no fue un accidente. Me quedé rígida, el corazón golpeándome con violencia.

Ryan se levantó para buscar unas sodas, dejando un vacío en la mesa que Zoe aprovechó para acercarse más a Eiden, tratando de llamar su atención con preguntas sobre el trabajo. Yo, sin embargo, no podía dejar de mirar mis manos. Sentía la piel de mi rodilla, donde él me había tocado, ardiendo como si conservara la memoria de su temperatura.

—La negación es un tema difícil, Ayling —soltó Eiden de pronto, interrumpiendo el parloteo de Zoe—. A veces, el personaje se niega a aceptar la realidad no porque sea fuerte, sino porque es un cobarde. ¿No crees?

Levanté la vista. Él no estaba bromeando. Había un desafío directo en sus ojos oscuros, una invitación a que explotara allí mismo. Estoy segura de que él había recordado algo, y eso daba escalofríos. 

—La negación es un mecanismo de defensa. —respondí—. No es cobardía querer proteger algo que se estime.

—Yo creo que sí lo es.

Zoe nos miró alternadamente, frunciendo el ceño.

—¿De qué hablan ustedes dos? Parecen estar en una película de suspenso.

—Solo discutimos sobre el libro, Zoe —expliqué rápidamente.—No exageres. 

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