LOGINMe dirigí con pasos torpes a la casa. Mi hermanita Udri, me esperaba frente a la puerta, moviéndose de un lado hacia el otro; apenas me vió, dejó de dar vueltas y anunció mi llegada. Primero salió mi mamá y luego mi papá se asomó a la puerta para ver si era cierto.
—Ven acá, niña, ¿qué te has creído, eh? —se acercó con una escoba—. ¿Estás planeando matar a tu padre y a mí, eh? ¿No te basta que te mantengamos? Al primer escobazo, corrí echándome a un lado para esquivar el golpe. Di vuelta a la casa huyendo de ella, pero ella me perseguía, gritando y lanzando golpes al aire con toda la intención de golpearme. Udri lloraba. Papá vociferaba a un lado que me dejara, pero ella no le prestó ni la menor atención. Continuó acusándome de odiarla y de querer matarla. —Mamá, para ya, deja que te explique. —¡¿Qué vas a explicar tú, pequeña ingrata?! —replicó. —¡Cleuris! ¡Ya deja a la niña! —¡Tú no te metas, James! Por tu culpa está así de malcriada —se detuvo, inclinándose a respirar con dificultad—. Se han puesto de acuerdo para acabar conmigo. ¿Por qué tuve que parirte, mocosa? Su cuerpo cayó al suelo del patio y ni con eso dejó de señalarme con la escoba. —No hables así, mamá —me acerqué preocupada—. Te va a hacer daño tanta ira. Te prometo que no lo volveré a hacer, ¿sí? Tranquilízate, por favor. —¡Cállate! —aprovechando que estaba cerca, me dio en la pierna con el palo de la escoba—. No más mira a qué hora te atreves a volver a casa sin ni siquiera avisar. Voy a romperte las piernas a ver con qué sales después. —¡Mamá, no pegues a mi hermana! —intervino Udri. Se aproximó con lágrimas en los ojos, sosteniéndole la escoba a mamá—. Ella dijo que no lo volverá a hacer, ¿verdad, hermana? —Lo prometo —respondí con la voz suave—. No lo volveré a hacer. La respiración de mamá estaba agitada, con los ojos desorbitados y la escoba todavía temblándole entre las manos. Por un segundo temí otro golpe, no era la primera vez que me golpeaba con el palo hasta dolerle las manos, pero esta vez, quizás por los ojitos de Udri que pedían clemencia, soltó el palo. Papá se acercó por fin. —Cleuris, ya basta… —solicitó con esa calma cansada que siempre usaba cuando las cosas le salían de control—. Mira a la niña, cómo está asustada. —¿Te parece que Ayling está en edad de entrar a estas horas, James? ¡Pasó toda la noche, quién sabe dónde! —Ay, por favor, mujer, Ayling ya tiene 20. —¡Tú… —apretó los labios. Nos observó a ambas, a Udri aferrada a la escoba y a mí medio inclinada sobando la pierna golpeada. Algo en su rostro se suavizó por un instante.—Métanse a la casa —ordenó al final, sin mirarme. No lo pensé dos veces. Tomé a Udri de la mano y entramos. Mi cuerpecillo entero aún estaba tenso. Mi hermana no decía nada, solo apretaba mis dedos con fuerza, secándose las lágrimas. Cerré la puerta de la habitación suavemente, lanzándome a la cama. El cansancio me cayó de golpe, una clara señal de que, de no haberlo hecho, me habría odiado. —¿Dónde estabas, hermana? Udri se sentó a mi lado. Tan pequeña y tan inocente. La miré sin saber qué respuesta darle. En realidad, ¿cómo le explicaría a una niña que no sabía ni dónde ni por qué desperté al lado de la persona menos indicada? —Estuve con unos amigos, hermanita. Iba a volver a casa, pero sin querer me quedé dormida. —¿Eiden también estaba ahí? Mi corazón dio un salto brutal en el pecho. —¿Por qué preguntas eso? —Anoche, antes de que salieras, dijiste que pasarías la noche con Eiden para que Zoe se quedara con Ryan —dijo como si nada—. Zoe dijo que esta vez debía amanecer con Ryan. Me quedé boca abierta. Mi hermanita apenas tenía siete años de edad. La naturalidad y la inocencia con la que explicaba la brutal situación me descolocó de mi sitio. Claro, es imposible que estuviera al tanto de los acontecimientos reales, aun así… —Las conversaciones de los demás no se escuchan a escondidas, ¿me oyes? —Sí, hermana —asintió, bajando la cabeza—. Perdón. —Esta bien... Ven ahí, hermanita La atraje hasta mi pecho y la envolví en un cálido abrazo, repartiendo besos por su cabeza. Su risa rápidamente llenó las paredes de la habitación. —Te amo mucho. Sus manitas rodearon mi cuerpo y se alejó solo un poco para dejar un beso en mi mejilla. —Yo te quiero mucho más. Al final se levantó de la cama y se dirigió a la puerta dando saltitos de alegría. —No te vuelvas a perder así —dijo antes de salir—. Me dio miedo. Volví a desplomarme encima del colchón, llevándome las manos al rostro. La culpa era un animal salvaje arañándome por dentro, recordándome cada segundo que Ryan no era solo el chico que había amado en silencio... era el chico de mi amiga, o estaba por serlo. Y Eiden… lo de Eiden era lo único que no debió pasar jamás. Unas horas después sonó mi celular. El nombre de Zoe, en letras grande en pantalla, revolcó mi estómago; me daba vergüenza y asco saber que a las dos nos gustaba Ryan. Como ella dió el primer paso con él, yo no tenía que seguir amándolo, pero no era tan fácil. —¡Ayling! —habló en la línea—. Hoy llegué tardísimo a casa. —Su risa resonó como un timbre presionado por tiempo demasiado prolongado—. Te contaré ¡todo! más tarde. Por cierto, ¿nos vemos en la noche para la clase? —Yo… no me apetece nada, la verdad. No quiero salir. —Claro que no. Tenemos que entregar esa clase la próxima semana; además, Eiden va a estar ahí. Dime tú cómo paso tiempo con Ryan con él al lado. ¡Es incómodo, amiga! Tragué saliva. Mi mirada se paseó por el techo de mi habitación, como si allí estuvieran escritas las respuestas que no tenía. —Oye, creo que tú y Ryan han avanzado mucho; dudo que necesites mi ayuda. —No es cierto —gruñó—. Apenas estamos empezando con esto, Ayling. Te necesito activamente en esto, amiga, por favor. Solo tendrás que interactuar con Eiden —añadió con una calma irritante. Yo suspiré. Eiden y yo ya habíamos interactuado más de lo que la decencia y mi cordura permitían. No creo que quiera seguir interactuando con él, pero, claro, no había manera de decirle eso a Zoe. —Está bien —cedí—. Nos vemos allí. Te avisaré cuando esté cerca de la casa. —¡Eso! Colgué antes de que añadiera otra cosa. Dejé caer el celular sobre la cama y me pasé una mano por la cara. Al tacto, la vena de mi frente no huía porque le faltaba espacio. En mi cabeza, los pensamientos iban y venían demasiado rápido. La situación era una locura para mí: Ryan, Eiden, Zoe y esa estúpida e inoportuna noche. Todo se mezclaba como un lodo hediondo. Me giré de lado, apretando una almohada contra el pecho. —¡No podrías enamorarte de otra gente! —pateé al aire, mordiendo enrabietada la almohada—. ¡Y tú, pedazo de imbécil, qué hacías ahí conmigo! Hice la idea de que con un poco de sueño la tensión desaparecería. Cerré los ojos, pero no dormí. Cada vez que lo intentaba, imágenes borrosas me sacudían la mente: risas ahogadas, la música fuerte y las luces mareando alrededor, una mano en mi cintura, y otra deslizándose por mi espalda. Un aliento demasiado cerca, mezclándose con el mío, y una voz grave murmurando algo que no lograba entender.Subí los escalones que llevaban a mi siguiente clase. La sonrisa en mis labios no se había borrado, sin importar las sacudidas de cabeza para ahuyentar el beso de Eiden, el contacto fantasmal de sus labios sobre los míos seguía ahí.Bajé la mirada a la bolsa de maquillaje. Qué locura.Apreté la pequeña bolsa contra mi pecho un segundo antes de deslizarla en mi bulto. Limpié el sudor en mis manos y empujé la puerta del aula, esperando pasar desapercibida, pero mis mejillas seguían ardiendo como chispas de llama flotando en una chimenea.La profesora ya estaba en el aula, pero por suerte aún no había iniciado la clase.Me apresuré rápidamente a mi asiento de siempre al lado de Vayolet. Pareció enterarse de lo sucedido con un solo vistazo.—¿Y esos labios fuego, diva? —susurró, analizando cada expresión de mi rostro.—Oh, ¿eso? —tartamudeé—. Tenía tiempo sin darle uso, ¿me queda bien?Achinó los ojos, un poco dudosa, luego asintió, desviando sus ojos a su bulto.—Te queda lindo.Exhalé e
—No me refería a eso. Solo digo que es injusto que la persona que puede tenerlos no tiene ni la menor idea de eso y la persona que sí los quiere no tenga ese derecho. Subí los hombros, restándole importancia. Odiaba admitirlo, pero lo que dijo sí hizo efecto en mi cabeza, no de forma negativa, más bien porque todavía no me cabía en la cabeza que ese chicó frente a mi realmente quería estar conmigo. Recogí mis cosas y me levanté, llevándome el bulto al hombro. Eiden se levantó justo en ese momento, como si lo hubiéramos ensayado. —Deja que te lleve a un sitio. Negué. —No puedo, tengo clases de psicología general. —Prometo que no nos tardaremos —insistió. —Yo… No dejó que hablara, tomó mi mano y corrió hacia la puerta. Traté de zafarme, pero hizo firme su agarre mientras me llevaba a la salida. Giraba el cuello hacia los lados inconscientemente, asustada de que alguien nos malinterpretara, o no queriendo, más bien, que Ryan o Zoe nos viera tomados de las manos. Llegando a su a
Bostecé, estirando mi cuerpo frente al espejo. Mis ojos se veían ligeramente hinchados. En el momento en que terminé mi cena, no hice más que irme a dormir. A pesar de que dormí temprano, sin desvelarme ni para usar el baño, desperté gracias a los regaños de mi madre; si no, todavía estaría durmiendo.Tiempo después, me di una ducha rápida y vestí unos pantalones jeans color carbón y una sudadera roja holgada. Puse unos tenis negros en mis pies, aproximándome de nuevo al espejo para ver qué podía hacerle a mi cabello. Al final, solo lo dejé suelto... Encontré un labial viejo que pocas veces usaba. Era de un color rojo no muy intenso. Lo había comprado hace un tiempo para colorearme los labios en las clases de literatura y poder llamar la atención de Ryan, pero una semana después me enteré de que le gustaba a Zoe. Si lo compre, de todas formas debía usarlo, ¿no? No es que lo quiera poner por él… ni por Eiden.El ambiente en la cocina estaba tranquilo. Mi padre ya se había ido a trabaja
Domingo por la mañana acompañé a mi madre al supermercado. Yo hice las compras de las bebidas y ella se encargó de lo demás. De regreso a casa, acomodamos cada compra en su respectivo lugar, mi mamá luego se puso a preparar el almuerzo y no me quedó más que ayudarla. Duré todo el día sin revisar mi teléfono. Era muy probable que la bandeja de notificaciones estuviera llena de más mensajes y llamadas perdidas de Zoe, o eso quería creer, de cualquier forma, yo aún no estaba lista para hablar con ella. Aunque ahora me dolía menos lo sucedido de la otra noche, seguía dando vueltas en mi cabeza. Y no es que quería hacerme la víctima, entendía que estaba pasada de copas, pero yo me obligué a asistir a esa fiesta porque no quería que se sintiera sola en esa noche que pensaba sería importante para ella, solo para que al final ella se sumara al resto.Sacudí mi cabeza y quité la bandeja de lasaña de entre las manos de mi madre, sirviéndolo a la mesa. Ocupé mi asiento al lado de Udri y mamá hiz
Mi madre soltó una risa que se escuchó suave y de total complacencia. Por supuesto, él le devolvió el mismo gesto, sin saber que lo único que estaba haciendo era incitándose una tortura en contra.Ella no le quitaba el ojo de encima; la sonrisa en su labio tampoco desa parecía, solo aguardaba cada bocado del pelinegro, asegurándose de que no desperdiciara la comida que le había servido. Y él no la defraudaba, tragaba, llenando continuamente su boca como si no hubiera comido antes. Su estómago debía estar rogando clemencia.Mi madre no tardó en retomar la conversación. Se apoyó en las manos, iniciando una avalancha de preguntas que, gracias a Dios, Eiden contestaba sin mucho esfuerzo.—¿A qué se dedican tus padres, hijo?—Mi padre es empresario hotelero, y mi madre es propietaria de un importante grupo bancario internacional.Ella contestó encantada entre elogios y aceptación, saltando rápidamente con otra interrogativa.—Dime Ryan… ¿tienes novia?Casi me ahogo con mi saliva. La expres
No podemos mentir, uno no elige de quién enamorarse. Amar a alguien que no te ama y no tener sentimientos por quien sí lo tiene es una verdad absoluta. Claro, no aplica para todos; algunas personas simplemente conectan como piezas de puzzles, como si estuvieran predestinados a estar juntos. Lo cierto es que no podemos hacer eso, pero hay algo que sí está a nuestro poder: es la elección. No eliges a quién amar, pero sí puedes elegir con quién estar. Sé que, como yo, estás dispuesto a darlo todo por la persona que amas, a colmar de felicidad su vida, pero también necesitamos que alguien nos ame igual, necesitamos que alguien también nos haga feliz. Mientras la secadora hacía lo suyo con mi vestido, desayuné con Eiden entre risas y pesadas bromas. No estaba reconociendo a la persona que tenía enfrente. Para mí, Eiden era el chico molesto que se metía en lo que no debía, el muchacho bipolar que tenía frialdades y líneas de expresiones imposibles de descifrar. Jamás pensé que también podr







