LOGINYa más aliviado, asintió, colocandose la camisa.
Sin esperar respuestas, volví a tomar mi camino al cuartico abierto. El pestillo, al correrse, fue el único alivio que tuve en las últimas horas. Choqué de espalda a la madera fría, cerrando los ojos con fuerza; necesitaba ordenar el caos en mi cabeza. ¿Cómo iba a mirar a Ryan a la cara? Me separé de la puerta a regañadientes para enfrentarme a mi reflejo en el espejo. Lo que vi fue un desastre. Mi aspecto ojeroso y febril por el maquillaje de la noche anterior bajo mis ojos, mi cabello se redujo a una maraña indomable, y lo peor eran las marcas innegables que florecían en la base de mi clavícula. —¿Que si soy una gata? —susurré, frotando mi piel con frenesí—. ¿Y tú qué? ¿Un vampiro? Seguí frotando las marcas como si pudiera borrar las evidencias con los dedos. No había nada que hacer. Al final, con un fuerte suspiro, dejé de estrujar vanamente mi cuerpo y me lavé la cara para bajar el rubor. Traté de acomodar mi cabello de manera que los mechones cayeran estratégicamente sobre mi cuello; no fue de tanta ayuda, pero al menos se veía que el vampiro que me atacó no andaba en manada. Salí solo para buscar mi ropa. La recogí del suelo y volví a encerrarme. Me vestí en tiempo récord con el vestido que ahora me parecía ridículamente corto y poco apropiado para la luz del día, y cómo no, si le pertenecía a mi queridísima amiga Barbie, Zoe. Cuando salí, Eiden ya estaba listo, apoyado contra el marco de la ventana, mirando hacia la calle a través de las cortinas entreabiertas. —Salgamos de aquí. Al escucharme, se giró. Su expresión había vuelto a ser esa máscara de indiferencia arrogante que solía portar, aunque había una tensión en sus hombros que lo delataba. Me escaneó de arriba abajo con rapidez; en un microsegundo se detuvo en mi cuello. Llevé instintivamente una mano allí para ajustar mi cabello. —¿No sería mejor que cada quien fuera por su lado? —interrogó, alzando las cejas. —Por supuesto, pero no tengo idea de dónde estamos. —Estamos en casa de Marcos. —¿Marcos? —¿Es en serio? —ladeó la cabeza, un poco impaciente—. ¿Te vienes a una fiesta sin conocer quién la hace? —Vine a hacerle un favor a mi amiga, no a socializar con el dueño de la casa. —Tampoco viniste por mí y mira cómo terminamos. —¡Hasta la tumba, Eiden! Rodó los ojos, pasándome de largo. —Como sea. Marcos vive en las afueras; si no tienes idea de dónde estamos, mucho menos sabrás cómo volver. —Se dirigió a la mesita de noche y descolgó una chaqueta mal puesta—. Te llevaré, pero te dejaré a unas cuadras de tu casa para evitar que se nos vea juntos. —No necesito que me lleves, puedo pedir un… —¿Uber? —me interrumpió con una sonrisa torcida y carente de humor—. ¿Con esa pinta? ¿Y tienes tu cartera? Porque yo no vi nada más que tu celular y tu ropa tirada por ahí. Fruncí el ceño con confusión. Busqué con la mirada por la habitación y efectivamente, no había rastro de mi bolso. Estaba atrapada con él. —Bien —mascullé—. Apresúrate. Eiden caminó hacia la puerta y la abrió con cautela, asomando la cabeza primero. El pasillo estaba en silencio, sumido en esa quietud pesada y viciada que queda después de una fiesta desenfrenada. El piso de abajo era un campo de batalla: vasos rojos aplastados, confeti pegado al suelo por el alcohol derramado y un par de cuerpos durmiendo en los sofás en posiciones imposibles. Caminamos casi de puntillas, el miedo de ser vistos presente en cada paso que dábamos. Justo antes de llegar a la puerta principal, Eiden se detuvo en seco, provocando que chocara contra su espalda. —No vas a salir así. Giró, viéndome. —¿Qué? —pregunté, confundida. —Si ocultar lo que pasó es lo que quieres, debes ser más estratégica. —Sin pedir permiso, estiró la mano, y se deshizo de su chaqueta para tendermela.—. Póntela. Negué con la cabeza. —Tienes un mapa de mordidas en el cuello, Ayling. — Lanzó la chaqueta, que aterrizó pesadamente en mis brazos—. Póntela. Quise protestar, quise tirarle la chaqueta a la cara, pero al final él tenía razón. Con un gruñido de frustración, metí los brazos en las mangas. La prenda me quedaba enorme; las mangas cubrían mis manos y el dobladillo me llegaba a los muslos, pero al menos me sentía protegida. Caminamos hacia su auto manteniendo una distancia prudente, como dos extraños que por casualidad caminan en la misma dirección. Mientras él buscaba las llaves, saqué mi celular discretamente. Tenía tres llamadas perdidas de Zoe, y las de mis padres eran en números alarmantes. Joder. —Hoy mis padres me matan —lamenté—, y va a ser tu culpa. No dijo nada, y solo se rió. El regreso a casa fue, hasta cierto punto, un total trance. Ninguno dijo nada de lo sucedido, ni relucimos nada que opacara el silencio. Eiden, sumergido en un silencio reflexivo y confuso, manejaba en la carretera con la atención al volante. Sus hombros, totalmente rígidos, como si cargara una ciudad entera, no se aligeraban ni a la señal de los semáforos. Por otro lado, yo casi podía revivir sentada en el auto todo lo que mi mente no recordaba. Los besos, las caricias en mi piel, como si quisieran verme enloquecer, electrizaban mi cuerpo en fragmentos pequeños que poco a poco se dejaban recordar. Ya no tenía salivas para tragar. ¿En qué momento pasó todo esto? Hace unas semanas, el sueño de estar con la persona que he amado desde siempre estuvo por hacerse realidad. Llevo enamorada de Ryan desde la primaria, por no decir desde que tengo uso de razón. Como toda una cobarde, nunca encontré el momento indicado o las palabras correctas de confesarle mis tan frustrados sentimientos, pero cuando mi amiga me confesó que le gustaba un chico y enterarme de que ese chico no era más ni menos que mi amor platónico, y que, además, necesitaba a morir mi ayuda, mi mundo se detuvo. ¡¿En qué cabeza cabe?! Aunque, claro, todo fue mi culpa por no haberle dicho nada. Yo pude decirle antes, o incluso ser un poco egoísta y decirle en ese momento que yo también estaba enamorada de Ryan, y no solo eso, sino que llevo ¡años! amándolo en secreto. Pero no lo hice. Sonreí como una idiota, asentí como la mejor amiga del mundo y le prometí ayudarla a conquistarlo. ¡Yo misma estaba colaborando en empujarla directo a sus brazos! Di los primeros pasos, conversando por primera vez con Ryan, fingiendo casualidades para preguntarle gustos, cosas que más que nadie sabía por mi crecida obsesión con él. Todo para tener que decirle a Zoe, detalles con los que colaborarle. Aplaudí en silencio cada avance, fingí alegría cuando por fin comenzaron a ser más cercanos. Desde entonces aprendí a sonreír con el corazón roto. Pero ahora, sin planearlo y sin saberlo, había cometido el mayor error de mi vida, colaborándole de la mejor manera al acostarme con su mejor amigo. Había perdido cualquier oportunidad de estar con él. Lo había perdido para siempre. Qué tonta. Tragué saliva y miré por la ventana. El sol alzándose cada vez más visible sobre la ciudad, ardiendo las zonas específicas de mi piel donde Eiden me había tocado, como si mi piel se negara a olvidar, aun cuando mi cabeza suplicaba hacerlo. Las furtivas miradas venían y se iban por el retrovisor, repudiándose con vergüenza y disculpas silenciosas, mientras soñaba Don't miss it en la radio, un recordatorio de que, sin importar la evidencia innegable en nuestros cuerpos, lo sucedido no debía hablarse. El auto se detuvo frente a la cafetería Coffe Dreams, a unas cuadras de mi casa. No me apresuré a bajar. —Te veo en la noche. —¿Eh? Ladeó el cuello con un esfuerzo disimulado y me miró. —Los cuatro fuimos asignados para la clase de literatura; quedamos que iniciaríamos esta noche con la preparación. —Oh, sobre eso, no creo que… —Tienes que ir.—suspiró—. Confía en mí. Hasta la tumba, recuerda. Sonreí avergonzada, desviando la mirada. Después de lo sucedido, mirar a Ryan sería mi mayor reto, capaz hasta graduarnos de la universidad. Aunque sí, callar es lo mejor que podemos hacer, y mientras nadie se entere, todo estaría bien. —Vale… Bajé sin mirar atrás, llevándome conmigo los nervios que me hacían trizas.Subí los escalones que llevaban a mi siguiente clase. La sonrisa en mis labios no se había borrado, sin importar las sacudidas de cabeza para ahuyentar el beso de Eiden, el contacto fantasmal de sus labios sobre los míos seguía ahí.Bajé la mirada a la bolsa de maquillaje. Qué locura.Apreté la pequeña bolsa contra mi pecho un segundo antes de deslizarla en mi bulto. Limpié el sudor en mis manos y empujé la puerta del aula, esperando pasar desapercibida, pero mis mejillas seguían ardiendo como chispas de llama flotando en una chimenea.La profesora ya estaba en el aula, pero por suerte aún no había iniciado la clase.Me apresuré rápidamente a mi asiento de siempre al lado de Vayolet. Pareció enterarse de lo sucedido con un solo vistazo.—¿Y esos labios fuego, diva? —susurró, analizando cada expresión de mi rostro.—Oh, ¿eso? —tartamudeé—. Tenía tiempo sin darle uso, ¿me queda bien?Achinó los ojos, un poco dudosa, luego asintió, desviando sus ojos a su bulto.—Te queda lindo.Exhalé e
—No me refería a eso. Solo digo que es injusto que la persona que puede tenerlos no tiene ni la menor idea de eso y la persona que sí los quiere no tenga ese derecho. Subí los hombros, restándole importancia. Odiaba admitirlo, pero lo que dijo sí hizo efecto en mi cabeza, no de forma negativa, más bien porque todavía no me cabía en la cabeza que ese chicó frente a mi realmente quería estar conmigo. Recogí mis cosas y me levanté, llevándome el bulto al hombro. Eiden se levantó justo en ese momento, como si lo hubiéramos ensayado. —Deja que te lleve a un sitio. Negué. —No puedo, tengo clases de psicología general. —Prometo que no nos tardaremos —insistió. —Yo… No dejó que hablara, tomó mi mano y corrió hacia la puerta. Traté de zafarme, pero hizo firme su agarre mientras me llevaba a la salida. Giraba el cuello hacia los lados inconscientemente, asustada de que alguien nos malinterpretara, o no queriendo, más bien, que Ryan o Zoe nos viera tomados de las manos. Llegando a su a
Bostecé, estirando mi cuerpo frente al espejo. Mis ojos se veían ligeramente hinchados. En el momento en que terminé mi cena, no hice más que irme a dormir. A pesar de que dormí temprano, sin desvelarme ni para usar el baño, desperté gracias a los regaños de mi madre; si no, todavía estaría durmiendo.Tiempo después, me di una ducha rápida y vestí unos pantalones jeans color carbón y una sudadera roja holgada. Puse unos tenis negros en mis pies, aproximándome de nuevo al espejo para ver qué podía hacerle a mi cabello. Al final, solo lo dejé suelto... Encontré un labial viejo que pocas veces usaba. Era de un color rojo no muy intenso. Lo había comprado hace un tiempo para colorearme los labios en las clases de literatura y poder llamar la atención de Ryan, pero una semana después me enteré de que le gustaba a Zoe. Si lo compre, de todas formas debía usarlo, ¿no? No es que lo quiera poner por él… ni por Eiden.El ambiente en la cocina estaba tranquilo. Mi padre ya se había ido a trabaja
Domingo por la mañana acompañé a mi madre al supermercado. Yo hice las compras de las bebidas y ella se encargó de lo demás. De regreso a casa, acomodamos cada compra en su respectivo lugar, mi mamá luego se puso a preparar el almuerzo y no me quedó más que ayudarla. Duré todo el día sin revisar mi teléfono. Era muy probable que la bandeja de notificaciones estuviera llena de más mensajes y llamadas perdidas de Zoe, o eso quería creer, de cualquier forma, yo aún no estaba lista para hablar con ella. Aunque ahora me dolía menos lo sucedido de la otra noche, seguía dando vueltas en mi cabeza. Y no es que quería hacerme la víctima, entendía que estaba pasada de copas, pero yo me obligué a asistir a esa fiesta porque no quería que se sintiera sola en esa noche que pensaba sería importante para ella, solo para que al final ella se sumara al resto.Sacudí mi cabeza y quité la bandeja de lasaña de entre las manos de mi madre, sirviéndolo a la mesa. Ocupé mi asiento al lado de Udri y mamá hiz
Mi madre soltó una risa que se escuchó suave y de total complacencia. Por supuesto, él le devolvió el mismo gesto, sin saber que lo único que estaba haciendo era incitándose una tortura en contra.Ella no le quitaba el ojo de encima; la sonrisa en su labio tampoco desa parecía, solo aguardaba cada bocado del pelinegro, asegurándose de que no desperdiciara la comida que le había servido. Y él no la defraudaba, tragaba, llenando continuamente su boca como si no hubiera comido antes. Su estómago debía estar rogando clemencia.Mi madre no tardó en retomar la conversación. Se apoyó en las manos, iniciando una avalancha de preguntas que, gracias a Dios, Eiden contestaba sin mucho esfuerzo.—¿A qué se dedican tus padres, hijo?—Mi padre es empresario hotelero, y mi madre es propietaria de un importante grupo bancario internacional.Ella contestó encantada entre elogios y aceptación, saltando rápidamente con otra interrogativa.—Dime Ryan… ¿tienes novia?Casi me ahogo con mi saliva. La expres
No podemos mentir, uno no elige de quién enamorarse. Amar a alguien que no te ama y no tener sentimientos por quien sí lo tiene es una verdad absoluta. Claro, no aplica para todos; algunas personas simplemente conectan como piezas de puzzles, como si estuvieran predestinados a estar juntos. Lo cierto es que no podemos hacer eso, pero hay algo que sí está a nuestro poder: es la elección. No eliges a quién amar, pero sí puedes elegir con quién estar. Sé que, como yo, estás dispuesto a darlo todo por la persona que amas, a colmar de felicidad su vida, pero también necesitamos que alguien nos ame igual, necesitamos que alguien también nos haga feliz. Mientras la secadora hacía lo suyo con mi vestido, desayuné con Eiden entre risas y pesadas bromas. No estaba reconociendo a la persona que tenía enfrente. Para mí, Eiden era el chico molesto que se metía en lo que no debía, el muchacho bipolar que tenía frialdades y líneas de expresiones imposibles de descifrar. Jamás pensé que también podr







