LOGINSe levantó de la cama. Ahogué un jadeo involuntario por su desnudez y por los rasguños en su espalda.
—No te quedes así, levántate y ponte ropa, que tú y yo debemos resolver esto. Se movilizó con la rigidez de alguien que acababa de recibir una bofetada. —Tú y yo no vamos a resolver nada. —No me voy a ir hasta que resolvamos esta locura —encontró unos bóxers oscuros en el suelo y se los puso con brusquedad—. Y te recuerdo, no me has dicho de quién era ese mensaje que te cortó el aliento. —¡Ya te dije que no te importa! —escupí. La adrenalina de la negación y la rabia me dieron fuerzas para finalmente deslizarme fuera de la cama, arrastrando la sábana conmigo. Crucé cerca de él con la intención de entrar en un cuarto más pequeño, esperando que fuera el baño, pero Eiden no me dio tiempo; ignorándome, se abalanzó sobre la cama y se adueñó de mi celular. —¡Dame eso! —me aproximé tratando de quitárselo, pero era mucho más alto. Me sostuvo del brazo, y sosteniendo el celular con la otra mano, frunció el ceño leyendo lo que estaba escrito. La confusión pronto le invadió. El agarre en mi brazo fue más fuerte cuando un destello de enojo poco a poco le fue invadiendo. —¿Qué significa esto? —sus oscuros ojos cayeron sobre mí—. ¿Ideaste todo esto con Ryan? —¿De qué estás hablando? Te acabo de decir que no recuerdo nada. No sé qué fue lo que pasó para que estuviéramos aquí. La cercanía fue aún mayor, casi faltaba poco para que se rozaran nuestras narices. Su mirada era una clara advertencia e incredulidad por no creer nada de lo que decía. La sábana se deslizó un poco más y mi torso empezó a revelarse, pero era lo que menos me importaba en ese momento. Traté de zafarme, pero no me soltaba. —¡Quita tus sucias manos de mí! —lancé un golpe seco en su pecho; esto provocó que apretara más su agarre—. Eiden, basta. El pelinegro apretó la mandíbula, soltando por fin mi brazo con un brusco empujón que me hizo tropezar un par de pasos hacia atrás. Me sostuve de la pared para no caer, y la sábana, por suerte, siguió ajustada a mi cuerpo. —El mensaje lo dice claro, Ayling —siseó, mostrándome la pantalla. Sus ojos oscuros irradiaban una furia contenida—. Ryan te pregunta si llegaste bien al cuarto y menciona que no querías estar sola con él. ¿Quién es él? —¡No lo sé! ¡Ya te dije que no recuerdo nada de anoche! —mi voz se quebró un poco por el pánico y el dolor en mi muñeca; vencí los pasos de distancia, deteniéndome de nuevo frente a él, pero solo para volver a golpear su pecho. La desesperación nos envolvía a ambos. Claro que entendía su enojo y la confusión por la situación, hasta más que él, pero era ridículo pensar que me atrevería a tenderle una trampa de esa magnitud. —Ayling... —Solo cállate, Eiden —corté—. Dejemos de culparnos el uno al otro y resolvamos esta situación. —No puedo colaborar cuando la única explicación a la que le encuentro sentido es que tú y Ryan, o quien sea que fuera, me hayan arrastrado hasta aquí —su mirada recorrió la habitación, volviendo a detenerse en mí con desconfianza—. ¿Qué, pensaste que si despertabas primero podrías acusarme antes de que yo me diera cuenta de que fuiste tú? —Di otra estupidez y te rompo la cara —murmuré entre dientes. —Bien, entonces hablemos de Ryan. ¿Por qué te manda un mensaje así si no pasó nada? ¿Y por qué dice que no querías estar sola conmigo? —No tengo idea —moví la cabeza—. Tal vez... tal vez me estuviste haciendo algo y fue mi única manera de evitar que siguieras. ¡Tú siempre me coqueteas! —la acusación salió como un balazo, más por la necesidad de defenderme que por la certeza de la frase. Eiden soltó una carcajada. —¿Yo, coquetearte? ¿A ti? Ayling, no eres la musa de mis sueños, ¿sabes? —Es un hecho recíproco. —Es bueno saberlo —asintió. Pasamos de largo el uno del otro, cambiando de lugar. Se dirigió a la puerta donde las ropas tendían del suelo, agarrando unos vaqueros con rabia para ponérselos. Yo me apreté más la sábana al pecho, respirando con dificultad, mientras él forcejeaba con los vaqueros, jalándolos hacia arriba con movimientos bruscos que hablaban más de frustración que de prisa. —¿Sabes qué es lo peor? —masculló, sin mirarme, subiendo el cierre de golpe—. Que ni siquiera puedo confiar en lo que yo mismo recuerdo... o en lo que tú dices. Todo esto parece planeado. —Ay, por favor... —bufé entre dientes—.Si quisiera armar algo, créeme que te hubiera dejado inconsciente de verdad. Volví a retomar el camino hacia donde creía que estaba la puerta del baño, y una vez más, me detuve a medio camino escuchándolo. —Joder... —susurró—. ¿Por qué Ryan te escribiría esto? Me señaló como si estar conmigo fuera peligroso —lo último lo murmuró con incredulidad. Yo no le contesté. Lo único que recordaba fue haber aceptado ir con Zoe a esa fiesta porque Ryan y sus amigos iban a estar presentes, y el plan era, precisamente, colaborar para alejarlo de sus compañeros para que ella pudiera estar a solas con él. Después de eso no recordaba nada; tampoco recordaba haberle dicho algo a Ryan. La situación era tan extraña como atemorizante. —No hay forma de saberlo con esa actitud —suspiré con cansancio—. Probablemente recordemos los sucesos al final del día; hasta entonces, actuemos como si nada hubiera pasado. —Claramente anoche nos revolcamos —se inclinó para recoger su camisa hecha un ovillo, pero no se la puso. La sostuvo entre las manos, estrujándola como si fuera responsable de todo—, y estoy seguro de que no te forcé a nada. —Bien. No pienso negar lo evidente, pero ¿qué hacemos dándole vueltas a esto? ¿Se resuelve así, acaso? —Entonces, ¿qué propones? Apreté los labios y desvié la mirada. Lo más probable era que los dos tomamos más de lo que debíamos, y por desdichas de la vida, nos cruzamos, acabando así en tremendo desastre. Si de verdad las cosas se dieron así, no había necesidad de complicar el asunto; no podíamos culpar a nadie más que a nosotros mismos. —Callar. —¿Cómo? —buscó mi mirada, pero la volví a esquivar. —Digo que lo olvidemos. Actuemos como si no hubiera pasado, sin decirle nada a nadie. —Bien —asintió—. Estoy de acuerdo. Nos lo llevaremos a la tumba. Esta vez, nuestras miradas se encontraron y ambos asentimos. No fue necesario entrelazar los dedos ni darnos las manos; era la mejor decisión tomada. No tendría dónde meter la cabeza si Ryan se enterara de que dormí con su amigo. —¿Qué haremos con el mensaje de Ryan? Todavía no sabemos qué significa ese mensaje, si fue que le dijiste algo o no. —Nadie pregunta si no te ves culpable, Eiden —apreté la sábana contra mi piel; mi corazón latía con rapidez por el susto, mas no iba a hacer nada que ignorarlo—. Sea lo que sea que le dije, estaba borracha; ¿quién se atreve a creer las palabras de una borracha?Mi pecho subía y bajaba frenéticamente. Mis ojos apenas se esforzaban por abrirse en la penumbra de la habitación; con tantas emociones y sensaciones mezcladas, no había tenido tiempo para eso.Eiden, a mi lado, jadeaba igualmente, con la respiración agitada, pero todavía con las manos envueltas en mi estómago, como si temiera que escapara. Esto era una locura. Se suponía que debía estar en mi casa, no completamente desnuda en ese cuarto oscuro con la persona más molesta del mundo. Lo peor era que no tenía remordimiento; de hecho, por el alivio que sentía, no había dudas de que mi cuerpo estuviera deseando eso mucho antes de que pasara en mi cabeza.Volteé el rostro en su dirección, averiguando si encontraría su mirada en la oscuridad. Gracias a la tenue luz de la noche, logré verlo. Estaba con los labios entreabiertos y los ojos oscuros puestos sobre mí, recorriendo mi cuerpo con paciencia.—Confieso que me gustaría quedarme, pero si no llego a casa esta noche, seré carne muerta —mur
Mantuve la mirada en la suya, esperando el rastro de una burla o que rompiera de pronto con una carcajada, o al menos, que añadiera otra cosa a su comentario, pero se mantuvo impasible, sosteniendo la misma genuinidad con la que había hablado.El ardor en mi pecho subió a mis mejillas con una velocidad preocupante. Quise retroceder, pero mis pies no cedieron. Apreté las uñas ligeramente en mis brazos cruzados para ver si así reaccionaría, no podía ser que un simple comentario me dejara sin palabras.—¿Sabes? Últimamente me está costando sacarte de mi cabeza —confesó ante el prolongado silencio—. Pasé toda la tarde ignorando las ganas de escuchar tu voz, al final no pude más y vine a verte. Merezco un beso por eso, ¿no?—¿Por qué dices esas cosas? —murmuré al fin, desviando la mirada.Eiden soltó una carcajada ronca y luego hizo una mueca que parecía mezclar sorpresa y decepción.—Veo que todavía te cuesta aceptarlo. Tú me gustas, Ayling. ¿Cómo meto eso en tu cabeza?Tragué saliva, for
Suspiro aliviada tras la línea.—Ay, gracias, amiga, sabía que lo entenderías. Eres la mejor amiga que cualquiera desearía tener. —Su tono angustiado cambió rápidamente a uno alegre. Sentí náuseas por unos segundos por la falsedad del repentino cambio. —Te lo voy a recompensar. Tomemos un helado mañana en la tarde, ¿sí? Me siento súper mal, de verdad.—Ya veremos —murmuré en respuesta—. Tengo cosas que hacer, Zoe. Hablemos más tarde.Colgué sin darle tiempo a hablar. Supongo que, después de todo, debía dejar a Zoe ser; ya no tenía energías para lidiar con lo que pasó.Me tomé una ducha rápida y luego me vestí con un pantalón deportivo, camiseta desmangada y tenis de uso diario. Até mi cabello en una coleta. Iba a salir apenas terminé, pero recordé la bolsa de maquillaje y bajé apurada a la sala para regresar a la habitación con ella.Ahora que lo recuerdo, Eiden no me había llamado desde que salimos de la boutique de cosméticos. Lo sé, solo habían pasado unas pocas horas, pero ya lo e
Nuestra conversación continuó unos minutos más. Dejamos el tema acerca de Eiden a un lado y ella me contó que las cosas no habían sido tan fáciles en las últimas semanas para ella. A pesar de que era súper atenta y buena dando consejos, raras veces hablaba de su vida personal. Hasta ahora, creo que lo único que sabía de ella era que era dos años mayor que yo y que vivía con su padre y su madrastra, con los cuales no tenía buena relación.—Entonces, ¿qué piensas hacer? Necesitas terminar la carrera —pregunté tras un breve silencio.—Buscare empleo. Sé que mi padre jamás dejaría de apoyarme con la universidad, pero, a este punto, creo que más vale prevenir. Además, ya soy grande, debo hacerme cargo de mis propios asuntos.—Cuenta conmigo para lo que sea —entrelacé mi mano con la suya sobre la mesa—. Es más, mañana mismo podemos empezar a regar currículums.Ella rió divertida, como si acabara de decir algo gracioso, pero, sin hacer comentario, asintió, aceptando mi propuesta. La verdad e
Subí los escalones que llevaban a mi siguiente clase. La sonrisa en mis labios no se había borrado, sin importar las sacudidas de cabeza para ahuyentar el beso de Eiden, el contacto fantasmal de sus labios sobre los míos seguía ahí.Bajé la mirada a la bolsa de maquillaje. Qué locura.Apreté la pequeña bolsa contra mi pecho un segundo antes de deslizarla en mi bulto. Limpié el sudor en mis manos y empujé la puerta del aula, esperando pasar desapercibida, pero mis mejillas seguían ardiendo como chispas de llama flotando en una chimenea.La profesora ya estaba en el aula, pero por suerte aún no había iniciado la clase.Me apresuré rápidamente a mi asiento de siempre al lado de Vayolet. Pareció enterarse de lo sucedido con un solo vistazo.—¿Y esos labios fuego, diva? —susurró, analizando cada expresión de mi rostro.—Oh, ¿eso? —tartamudeé—. Tenía tiempo sin darle uso, ¿me queda bien?Achinó los ojos, un poco dudosa, luego asintió, desviando sus ojos a su bulto.—Te queda lindo.Exhalé e
—No me refería a eso. Solo digo que es injusto que la persona que puede tenerlos no tiene ni la menor idea de eso y la persona que sí los quiere no tenga ese derecho. Subí los hombros, restándole importancia. Odiaba admitirlo, pero lo que dijo sí hizo efecto en mi cabeza, no de forma negativa, más bien porque todavía no me cabía en la cabeza que ese chicó frente a mi realmente quería estar conmigo. Recogí mis cosas y me levanté, llevándome el bulto al hombro. Eiden se levantó justo en ese momento, como si lo hubiéramos ensayado. —Deja que te lleve a un sitio. Negué. —No puedo, tengo clases de psicología general. —Prometo que no nos tardaremos —insistió. —Yo… No dejó que hablara, tomó mi mano y corrió hacia la puerta. Traté de zafarme, pero hizo firme su agarre mientras me llevaba a la salida. Giraba el cuello hacia los lados inconscientemente, asustada de que alguien nos malinterpretara, o no queriendo, más bien, que Ryan o Zoe nos viera tomados de las manos. Llegando a su a







