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Capítulo dos

Author: Beika
last update publish date: 2026-01-05 02:17:48

Se levantó de la cama. Ahogué un jadeo involuntario por su desnudez y por los rasguños en su espalda.

—No te quedes así, levántate y ponte ropa, que tú y yo debemos resolver esto.

Se movilizó con la rigidez de alguien que acababa de recibir una bofetada.

—Tú y yo no vamos a resolver nada.

—No me voy a ir hasta que resolvamos esta locura —encontró unos bóxers oscuros en el suelo y se los puso con brusquedad—. Y te recuerdo, no me has dicho de quién era ese mensaje que te cortó el aliento.

—¡Ya te dije que no te importa! —escupí.

La adrenalina de la negación y la rabia me dieron fuerzas para finalmente deslizarme fuera de la cama, arrastrando la sábana conmigo. Crucé cerca de él con la intención de entrar en un cuarto más pequeño, esperando que fuera el baño, pero Eiden no me dio tiempo; ignorándome, se abalanzó sobre la cama y se adueñó de mi celular.

—¡Dame eso! —me aproximé tratando de quitárselo, pero era mucho más alto.

Me sostuvo del brazo, y sosteniendo el celular con la otra mano, frunció el ceño leyendo lo que estaba escrito. La confusión pronto le invadió. El agarre en mi brazo fue más fuerte cuando un destello de enojo poco a poco le fue invadiendo.

—¿Qué significa esto? —sus oscuros ojos cayeron sobre mí—. ¿Ideaste todo esto con Ryan?

—¿De qué estás hablando? Te acabo de decir que no recuerdo nada. No sé qué fue lo que pasó para que estuviéramos aquí.

La cercanía fue aún mayor, casi faltaba poco para que se rozaran nuestras narices. Su mirada era una clara advertencia e incredulidad por no creer nada de lo que decía. La sábana se deslizó un poco más y mi torso empezó a revelarse, pero era lo que menos me importaba en ese momento. Traté de zafarme, pero no me soltaba.

—¡Quita tus sucias manos de mí! —lancé un golpe seco en su pecho; esto provocó que apretara más su agarre—. Eiden, basta.

El pelinegro apretó la mandíbula, soltando por fin mi brazo con un brusco empujón que me hizo tropezar un par de pasos hacia atrás. Me sostuve de la pared para no caer, y la sábana, por suerte, siguió ajustada a mi cuerpo.

—El mensaje lo dice claro, Ayling —siseó, mostrándome la pantalla. Sus ojos oscuros irradiaban una furia contenida—. Ryan te pregunta si llegaste bien al cuarto y menciona que no querías estar sola con él. ¿Quién es él?

—¡No lo sé! ¡Ya te dije que no recuerdo nada de anoche! —mi voz se quebró un poco por el pánico y el dolor en mi muñeca; vencí los pasos de distancia, deteniéndome de nuevo frente a él, pero solo para volver a golpear su pecho.

La desesperación nos envolvía a ambos. Claro que entendía su enojo y la confusión por la situación, hasta más que él, pero era ridículo pensar que me atrevería a tenderle una trampa de esa magnitud.

—Ayling...

—Solo cállate, Eiden —corté—. Dejemos de culparnos el uno al otro y resolvamos esta situación.

—No puedo colaborar cuando la única explicación a la que le encuentro sentido es que tú y Ryan, o quien sea que fuera, me hayan arrastrado hasta aquí —su mirada recorrió la habitación, volviendo a detenerse en mí con desconfianza—. ¿Qué, pensaste que si despertabas primero podrías acusarme antes de que yo me diera cuenta de que fuiste tú?

—Di otra estupidez y te rompo la cara —murmuré entre dientes.

—Bien, entonces hablemos de Ryan. ¿Por qué te manda un mensaje así si no pasó nada? ¿Y por qué dice que no querías estar sola conmigo?

—No tengo idea —moví la cabeza—. Tal vez... tal vez me estuviste haciendo algo y fue mi única manera de evitar que siguieras. ¡Tú siempre me coqueteas! —la acusación salió como un balazo, más por la necesidad de defenderme que por la certeza de la frase.

Eiden soltó una carcajada.

—¿Yo, coquetearte? ¿A ti? Ayling, no eres la musa de mis sueños, ¿sabes?

—Es un hecho recíproco.

—Es bueno saberlo —asintió.

Pasamos de largo el uno del otro, cambiando de lugar. Se dirigió a la puerta donde las ropas tendían del suelo, agarrando unos vaqueros con rabia para ponérselos. Yo me apreté más la sábana al pecho, respirando con dificultad, mientras él forcejeaba con los vaqueros, jalándolos hacia arriba con movimientos bruscos que hablaban más de frustración que de prisa.

—¿Sabes qué es lo peor? —masculló, sin mirarme, subiendo el cierre de golpe—. Que ni siquiera puedo confiar en lo que yo mismo recuerdo... o en lo que tú dices. Todo esto parece planeado.

—Ay, por favor... —bufé entre dientes—.Si quisiera armar algo, créeme que te hubiera dejado inconsciente de verdad.

Volví a retomar el camino hacia donde creía que estaba la puerta del baño, y una vez más, me detuve a medio camino escuchándolo.

—Joder... —susurró—. ¿Por qué Ryan te escribiría esto? Me señaló como si estar conmigo fuera peligroso —lo último lo murmuró con incredulidad.

Yo no le contesté. Lo único que recordaba fue haber aceptado ir con Zoe a esa fiesta porque Ryan y sus amigos iban a estar presentes, y el plan era, precisamente, colaborar para alejarlo de sus compañeros para que ella pudiera estar a solas con él. Después de eso no recordaba nada; tampoco recordaba haberle dicho algo a Ryan. La situación era tan extraña como atemorizante.

—No hay forma de saberlo con esa actitud —suspiré con cansancio—. Probablemente recordemos los sucesos al final del día; hasta entonces, actuemos como si nada hubiera pasado.

—Claramente anoche nos revolcamos —se inclinó para recoger su camisa hecha un ovillo, pero no se la puso. La sostuvo entre las manos, estrujándola como si fuera responsable de todo—, y estoy seguro de que no te forcé a nada.

—Bien. No pienso negar lo evidente, pero ¿qué hacemos dándole vueltas a esto? ¿Se resuelve así, acaso?

—Entonces, ¿qué propones?

Apreté los labios y desvié la mirada. Lo más probable era que los dos tomamos más de lo que debíamos, y por desdichas de la vida, nos cruzamos, acabando así en tremendo desastre. Si de verdad las cosas se dieron así, no había necesidad de complicar el asunto; no podíamos culpar a nadie más que a nosotros mismos.

—Callar.

—¿Cómo? —buscó mi mirada, pero la volví a esquivar.

—Digo que lo olvidemos. Actuemos como si no hubiera pasado, sin decirle nada a nadie.

—Bien —asintió—. Estoy de acuerdo. Nos lo llevaremos a la tumba.

Esta vez, nuestras miradas se encontraron y ambos asentimos. No fue necesario entrelazar los dedos ni darnos las manos; era la mejor decisión tomada. No tendría dónde meter la cabeza si Ryan se enterara de que dormí con su amigo.

—¿Qué haremos con el mensaje de Ryan? Todavía no sabemos qué significa ese mensaje, si fue que le dijiste algo o no.

—Nadie pregunta si no te ves culpable, Eiden —apreté la sábana contra mi piel; mi corazón latía con rapidez por el susto, mas no iba a hacer nada que ignorarlo—. Sea lo que sea que le dije, estaba borracha; ¿quién se atreve a creer las palabras de una borracha?

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