LOGINLeonardo
Recorro el cuartel de La Cosa Nostra siguiendo a mi padre de cerca, mientras me muestra los nuevos diseños de armas y explosivos que se encuentra a punto de armar, y no puedo evitar lanzar un bostezo que capta la atención del hombre que me mira con reproche cuando interrumpo su explicación.
—Pon atención, Leonardo —me ordena con autoridad, obligándome a enderezar mi postura y palmear mi rostro con mi mano.
—Lo siento, ha sido una larga semana —me excuso. Él solo asiente dándome la razón, pues sabe mejor que nadie todo lo que me está exigiendo últimamente.
—Sé que he sido algo intenso estos días, pero nunca está de más estar preparado cuando ante cualquier amenaza. Podría morir mañana mismo y tú tendrías que hacerte cargo de la organización y necesitas tener dominio sobre todo lo que implica ser el líder de una mafia como la nuestra.
—No digas eso, padre. —Me estremezco ante la posibilidad de perderlo en un futuro cercano, y ese simple comentario de su parte me hace despertar por la fuerza.
Me dedico a escucharlo y le presento un diseño propio en el que he estado trabajando por mi parte. He decidido seguir sus pasos y enfocarme en el diseño, tanto de armas, como de vehículos blindados y bunkers. Mientras que mi hermano tomó el camino de la administración y le ayuda a mi padre con el manejo de los negocios.
Parece una ironía que siendo el más intrépido de los dos, Angelo haya optado por una profesión relativamente tranquila en el medio en el que nos desenvolvemos.
—¿Vas a salir esta noche? —pregunta una vez que salimos del cuartel. Lo observo por unos segundos, tratando de decidir qué tan buena idea sería desvelarme con mis amigos, para tener que despertar temprano por la mañana y continuar con el trabajo—. Anda, sal con tus amigos. Te daré el día libre para que puedas despertar tarde —me ofrece, dando un apretón en mi hombro.
—Siendo así, tal vez invite a Angelo a beber algo —le informo.
—Tengan cuidado —dice separándose de mí—. Aún debo terminar algunos diseños, dile a tu madre que llegaré un poco tarde.
—Cuídate también —pido antes de encaminarme hacia mi auto. Subo y enciendo el motor adentrándome a la carretera.
Marco el número de mi hermano en mi celular y lo escucho timbrar dos veces antes de que responda:
—¿Te estás muriendo? —pregunta con aburrimiento.
—No.
—¿Te secuestraron?
—No —repito con diversión.
—¿Necesitas ayuda con alguna mujer?
—No.
—¿Entonces para qué me hablas un viernes por la noche? ¿No se supone que estás lamiéndole las botas a nuestro padre?
—Vamos por algo de tomar —propongo.
—¿No tienes amigos? —cuestiona aparentemente fastidiado.
—Sí, pero quiero salir con mi hermano, hace mucho que no salimos juntos.
—Awww, me vas a hacer llorar —exclama fingiendo emoción, haciéndome reír—. Nos vemos en el bar en media hora —acepta un minuto después.
—Voy para allá —digo girando el volante hacia la desviación que me llevará hacia el bar.
Media hora después, justo como lo dijo, lo veo entrar al área VIP donde lo espero; doy un sorbo a mi vaso y me paro para saludarlo con un abrazo de medio lado que por poco rechaza, pero lo jalo de un tirón, obligándolo a corresponderme.
—Mierda, Leonardo, parece que no vivimos bajo el mismo techo —refunfuña acomodando su ropa al separarse de mí y se deja caer en el sillón.
—Así parece, nunca te veo por ahí —concuerdo.
—Si me hablaste para sermonearme mejor me voy.
Hace el ademán de levantarse del asiento y lo detengo colocando mi mano en su pecho, regresándolo al sillón.
—Cálmate, no vine aquí para eso —lo tranquilizo—. ¿Acaso no podemos compartir un trago sin tener que pelear?
Resopla, incrédulo, pero no dice nada más; hace una seña al mesero, quien viene de inmediato ante la orden de su jefe, pide nuestras bebidas y se relaja admirando la multitud más abajo, en la pista de baile.
—¿Qué te tiene tan estresado? —me pregunta, conociéndome tan bien.
—Joder, hermano, ¿por dónde empiezo? —digo, suspirando con cansancio—. Mi padre me tiene al borde de trabajo. Y por otro lado está el asunto del compromiso…
—De verdad vas a hacerlo ¿eh? —cuestiona negando con la cabeza.
—¿Tengo otra opción?
—Claro, siempre hay otra opción —dice, encogiéndose de hombros.
—Dime una.
—Podrías dejar de besarle el culo a nuestro padre y decir que NO, para variar —propone con simpleza, como si las cosas fueran tan fáciles.
Supongo que para él lo son. Después de todo, siempre hace lo que quiere sin importarle las opiniones de los demás.
—Es mi responsabilidad continuar con el legado de la Cosa Nostra, hermanito.
Rueda los ojos con fastidio al escuchar el apodo con el que siempre lo he llamado. Aunque sólo soy dos meses mayor que él, sé cuánto le molesta que se lo recuerde.
—No siempre se puede tener todo en la vida, Ángelo. A veces se tienen que hacer sacrificios por un bien mayor —prosigo—. Nuestro padre no será el Capo di tutti capi para siempre. ¿Sabes que está pensando en retirarse? La Comisión necesitará un líder.
—¿Cómo lo sabría, si nunca soy requerido en sus reuniones privadas?
—Lo harías si mostraras más interés por conocer nuestras tradiciones —le recuerdo.
—Paso —responde, fingiendo desinterés, pero sé que en el fondo se siente desplazado, y no lo culpo; he hablado mucho con mi padre al respecto y, aunque este niega la enorme diferencia que siempre ha hecho entre ambos, no soy tan ciego como para no darme cuenta del daño que sus desplantes y exigencias le han hecho a mi hermano.
Con tal de aligerar el ambiente, decido cambiar de tema.
No he venido aquí para pelear con él; por el contrario, después de todo el estrés que estoy pasando, lo único que me apetece es pasar un buen rato a su lado, pues en verdad disfruto de su compañía.
Aunque Ángelo no lo crea.
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La casa está en silencio cuando regreso del club. Estaciono el auto junto al camino de piedra que bordea el jardín, y me dirijo hacia la entrada lateral que lleva directo a mi habitación, pero me detengo en seco al notar un movimiento que llama mi atención en la piscina.
Voy ahí, a sabiendas de lo que me encontraré, y mi pecho vibra con una furia contenida al ver a la joven que chapotea con sus piernas a medio sumergir en el agua.
—¿Qué haces aquí sola, Alice? —La sorprendo, y debo reprimir mi sonrisa al verla respingar.
—Mierda, Leo, casi me da un puto infarto.
Se lleva una mano al pecho y con la otra sostiene el cigarrillo entre sus dedos, llevándolo a su boca.
—Esa boca —la reprendo, aunque ya estoy bastante acostumbrado a escucharla proferir toda clase de improperios.
—Qué… ¿Te gu sta? —me provoca, lanzando un beso al aire con coquetería.
Mentiría si dijera que su pregunta no me descoloca, pues, la chica posee una belleza salvaje y natural de la que no cualquier mujer puede presumir.
Así es Alice, la hija mayor de la tía Lola.
No me sorprende verla por aquí, para ser honesto; es como su segunda casa.
Lo que me molesta es la razón por la que —de nuevo— la encuentro sola y en ese estado de ánimo que delata el mal momento que está pasando, gracias al imbécil de mi hermano, para variar.
Mis ojos se pasean por su rostro, absorbiendo su perfecta piel bronceada, sus cejas delineadas, esa nariz respingona y tierna a la vez; sus labios se aprietan alrededor del cigarrillo, mientras que cierra los ojos al inhalar el humo y lo suelta con una sensual exhalación.
Es tan bonita…
Y está tan enamorada de mi hermano.
—¿Dónde está? —pregunta desanimada, sacándome de mi estupor—. Se suponía que saldríamos un rato y…
—Te dejó plantada —termino por ella—. Lo vi hace rato. Tenía unos asuntos en el club, seguramente lo olvidó —lo justifico sin que se lo merezca.
Debió decirme que se reuniría con ella.
Debió llevarla consigo.
Pero no. Prefirió dejarla esperando, como el idiota que a veces puede llegar a ser.
—Sí, ya sé —asegura—, me dijo que lo esperara aquí.
Odio la manera en que baja la cabeza y suspira con pesadez. No me gusta cómo me hace sentir. Me hace desear buscar a mi hermano y romperle la cara por atreverse a lastimar los sentimientos de la única chica que lo quiere desinteresadamente, a pesar de todos los errores que comete.
—Felicidades, supongo —balbucea, dando otra calada a su cigarrillo, sacándome de mis pensamientos.
—¿Por? —cuestiono sin saber a lo que se refiere.
—Por tu compromiso… ¿Por qué más va a ser?
No puedo verla con claridad por la oscuridad que nos envuelve, pero estoy seguro de que está rodando los ojos como de costumbre.
—Ah, eso… Gracias, supongo. Es un… arreglo beneficioso. —Siento la necesidad de explicar.
—Los mafiosos y sus relaciones por conveniencia —suspira de forma dramática—. ¿Angelo también tendrá un arreglo así? —pregunta, tratando de sonar desinteresada, pero no puede engañarme. Sé que le importa mucho más de lo que quiere demostrar.
—¿Por qué no le dices lo que sientes por él y se dejan ya de dramas? —cuestiono, sintiéndome malhumorado de repente.
—N-no sé de qué estás hablando —balbucea con nerviosismo y se levanta de la orilla de la piscina. Trata de escapar, pero la tomo por el codo, atrayéndola hacia mí.
—Alice, por favor… No engañas a nadie.
—¡Soy Al! —me recalca—. Solo Al. Ya deja de llamarme Alice.
—Así te llamas, Alice —le repito, enfatizando su nombre.
—Pues no me gusta —refunfuña—. Y suéltame o voy a gritar.
Suelto una carcajada antes de liberarla de mi agarre, y ella se queda en su sito, observándome con los ojos como dos rendijas, molesta por mi burla.
—Eres insufrible, Leonardo. —Coloca sus manos como jarras en su cintura, antes de continuar despotricando en mi contra—. Presumes de ser perfecto; un caballero intachable con ese cabello estirado y esa apariencia pulcra, pero sé que eres peor que Angelo —me acusa—. Solo mírate, nadie puede ser tan hermoso y perfecto como pareces.
—Así que te parezco hermoso ¿eh? —Enarco una de mis cejas, sin saber porqué con ella me siento tan diferente.
Alice saca una parte relajada y divertida de mi persona que simplemente no puedo mostrarle a los demás.
«Amo molestarla».
—Por favor, yo no dije eso. —Se balancea de un pie a otro como siempre hace cuando se pone nerviosa—. Ya te están afectando todos los productos que usas en el cabello.
—Dile a mi hermano lo que sientes —increpo con rudeza—. Tal vez eso sea suficiente para sacarlo de esa vida de excesos que lleva.
—No creo que mis tontos sentimientos por él logren cambiarlo —dice, admitiéndolo al fin y, no sé por qué, la saliva se vuelve amarga en mi boca.
No se lo digo, pero yo tampoco creo que lo logre.
LeonardoToda mi vida me entrenaron para ocupar el puesto de mi padre. Desde niño me enseñaron a leer entre líneas, a entender la política, a mover piezas en silencio como si la vida fuera un tablero de ajedrez. Crecí con la certeza de que algún día sería yo quien llevaría sobre los hombros el peso de la Cosa Nostra. Y, sin embargo, cuando llegó el momento, me di cuenta de que no bastaba con saber de política, de estrategias o de alianzas. Se necesita algo más.Se necesita coraje. Se necesita esa fuerza que no se aprende en los libros ni en las reuniones con los viejos capos. Y eso, lo entendí demasiado tarde, lo tenía Angelo.Al principio me costó admitirlo. ¿Cómo aceptar que el hermano que siempre había sido visto como el rebelde, el impulsivo, el que parecía no encajar en las reglas, era en realidad el indicado? Pero cuanto más lo pensaba, más claro lo veía. Angelo tenía lo que yo no: esa capacidad de mirar a los ojos a cualquiera y hacer que lo siguieran, esa convicción que no se
AngeloLos nervios me traicionan, joder. Tengo las manos sudadas y el corazón golpeándome como si quisiera romperme las costillas. Y ahí está ella, caminando despacio, demasiado despacio, como si cada paso le doliera. Me jode verla así, tan frágil, y me pregunto si hice mal al organizar esta boda tan pronto después de su cirugía. Pero no podía esperar más. No iba a dejar que nadie, ni mi padre ni la puta organización, me la arrebatara.Desde que mi padre me dijo que había hablado con Leonardo y que ambos habían decidido que nadie sería mejor para ocupar el puesto de líder de la Cosa Nostra más que yo, supe que no podía seguir alejado de Emily ni un segundo más. No después de todo lo que había pasado. No después de saber que estaba esperando a mi hijo.El recuerdo de aquella conversación me arrastra de nuevo al hospital.Aún puedo sentir el peso del arma en mi mano, como si hubiera sido ayer. Mi determinación al darme cuenta de que estaba dispuesto a matar al padre de Emily de ser nece
EmilyLos días en el hospital se me hacen eternos. El dolor físico es soportable, apenas un ardor constante en el costado donde la bala se incrustó, pero lo que realmente me consume es el silencio. Nadie viene a verme. Nadie a excepción de mi madre y Elijah. Ni una sola visita, ni una palabra de aliento. El pasillo se mantiene vacío, y cada vez que la puerta se abre, espero ver a Angelo… pero nunca aparece. El médico me da la noticia de mi embarazo con una voz serena, como si hablara de algo cotidiano. Para mí, es como si el mundo se detuviera. Desde entonces, mi mente no deja de girar en torno a él. «¿Lo sabe? ¿Se enteró? ¿Es por eso que no ha venido?». Las preguntas llegan una tras otra, pero no hay nadie que las pueda responder. La única explicación que encuentro es que lo hizo y decidió alejarse. Y esa idea me destroza.Me paso las noches despierta, mirando el techo blanco de la habitación, escuchando el pitido constante de las máquinas que vigilan mis signos vitales. Cada sonido
Angelo—¡¿Cómo fuiste capaz de acostarte con mi prometida?! —ruge Leonardo, encestándome un puñetazo directo al pómulo izquierdo que me recuerda cómo todo esto comenzó.El golpe me sacude la cabeza hacia un lado, y el ardor en la piel se mezcla con el peso de la culpa. Me quedo quieto, permitiendo que me lance golpe tras golpe, pues sé que tiene razón. Aunque no ame a Emily, he herido su orgullo y no puedo culparlo por odiarme en estos momentos.Mierda. Yo también lo odiaría.Cada impacto me recuerda que no hay redención fácil. El sabor metálico de la sangre se acumula en mi boca, y aun así no levanto las manos para defenderme. No quiero. No debo.—No me disculparé, si es lo que estás esperando —digo fríamente, con la voz cargada de un desafío que apenas me sostiene en pie.El silencio dura apenas un segundo, roto por la voz de nuestra madre.—¡Angelo! ¡Leonardo! Paren ya —ordena, logrando que mi hermano retome la compostura—. No es ni el lugar ni el momento para esto. Emily está conv
LeonardoEl mundo se me desmorona en segundos cuando veo a Angelo apuntar a mi cabeza. Mi propio hermano, con el arma firme, con la mirada opaca, como si todo lo que alguna vez compartimos se hubiera borrado de golpe. El aire se me corta; apenas puedo respirar bajo el peso de la traición. Los recuerdos me asaltan sin piedad: las risas de la infancia, las peleas que siempre terminaban en reconciliación, las noches en que juramos cuidarnos mutuamente. Todo se derrumba en un instante, y siento que me quedo vacío.Quiero gritar, quiero detenerlo, pero mi voz se ahoga en la garganta. Entonces, algo cambia. Angelo gira el arma y apunta hacia Lorenzo. El alivio que me invade es tan brutal que me estremezco sobre la silla. Pero no tengo tiempo de asimilar nada.El eco de los pasos entrando al lugar me saca del aturdimiento. Mi padre encabeza al grupo de soldados de la Cosa Nostra. Irrumpen como una tormenta, y el caos se desata antes de que pueda entender lo que está pasando.Los disparos ll
AngeloBajo del sótano con Emily en brazos. Su cuerpo se siente frágil, demasiado ligero, como si la bala hubiera drenado toda su fuerza. El vestido de novia está empapado de sangre, y cada paso que doy me parece eterno. No espero a nadie, no escucho las voces detrás de mí, no me importa si me siguen o si me gritan. Solo sé que tengo que sacarla de aquí.El aire de la noche me golpea en la cara cuando cruzo la puerta principal. El olor a pólvora todavía flota en el ambiente, mezclado con el humo de los disparos. Aprieto los dientes y camino rápido hacia mi auto. La acomodo en el asiento trasero con cuidado, como si fuera de cristal, y me lanzo al volante.—Resiste, nena. Vas a estar bien —le prometo, aunque no sé si me escucha—. Solo tienes que resistir.El motor ruge y salgo disparado hacia el hospital. Mis manos sudan sobre el volante, mi corazón parece querer salirse de mi pecho, y cada semáforo, cada curva, cada segundo me parece una condena.Cuando llego, los médicos corren hacia







