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Empezando desde cero

Penulis: Anita
last update Tanggal publikasi: 2026-09-01 02:41:08

POV de Gabrielle

Las palabras del médico aún resonaban en mis oídos mientras me sentaba al borde de la cama del hospital, con las piernas colgando como una niña esperando a que le dijeran qué venía después.

Unas pocas semanas de embarazo. El bebé era todavía tan pequeño, apenas algo más que una posibilidad, y sin embargo ya había puesto mi mundo entero patas arriba de formas que apenas empezaba a comprender.

«Estás en las etapas más tempranas», me explicó la doctora con suavidad, pasando las hojas de su portapapeles sin levantar del todo la mirada.

«Hasta ahora todo parece normal, pero te recomiendo encarecidamente que evites el estrés en la medida de lo posible, que comas adecuadamente y que acudas a los controles prenatales con regularidad. Tu cuerpo ha pasado por mucho últimamente».

Asentí en silencio, forzando una pequeña sonrisa en el rostro mientras por dentro mi mente se agitaba, calculando ya cifras para las que no tenía respuesta.

«Gracias, doctora».

Dentro de mí, el pánico giraba en silencio, de esa clase que no se refleja en la cara pero se asienta pesado en el pecho como una piedra que no se puede soltar.

¿Cómo iba a costear vitaminas prenatales, visitas al médico y una alimentación adecuada cuando apenas tenía dinero para unas pocas noches en aquel motel barato al otro lado de la ciudad? Me había alejado de Charlie sin nada más que mi dignidad y una pequeña cantidad de efectivo sacada de una cuenta a la que él ni siquiera sabía que aún tenía acceso.

Ahora tenía un hijo en quien pensar, una vida entera que dependía de decisiones que ni siquiera había empezado a tomar, y el peso de esa responsabilidad me aplastaba cada segundo que pasaba.

La doctora salió de la habitación después de entregarme un montón de folletos y una receta que ya sabía que no podría comprar esa semana, no con el saldo que tenía en la cuenta.

Me quedé sola en el silencio estéril de la habitación, con el zumbido de las luces fluorescentes como único sonido, la mano apoyada con suavidad sobre el vientre todavía plano, permitiendo que sintiera por completo el peso de lo que ahora llevaba dentro.

Las lágrimas me picaron de nuevo en los ojos, pero esta vez se sentían distintas de las que había llorado por Charlie en las semanas anteriores. Provenían de un lugar más fiero, de algo protector e instintivo que no esperaba sentir tan pronto ni con tanta intensidad.

«Te lo prometo», susurré a la pequeña vida que llevaba dentro, con la voz apenas audible en la habitación vacía, quebrándose un poco en las palabras.

«Nunca te sentirás no deseado. Ni un solo día. Lucharé por ti. Construiré una vida para nosotros aunque tenga que empezar desde cero».

Charlie nunca podría saber de este bebé. Había tomado su decisión en el momento en que me entregó aquellos papeles de divorcio sin ni siquiera un destello de vacilación, eligiendo a Bianca por encima de todo lo que habíamos construido juntos a lo largo de los años.

No usaría a este niño como una cuerda para arrastrarlo de vuelta a un matrimonio que ya no quería, ni siquiera si eso significaba cargar con esto sola el resto de mi vida.

Este bebé era mío para proteger. Mío para amar. Solo mío para criar, costara lo que costara en los meses y años que vendrían.

Una nueva resolución se instaló en mí mientras me cambiaba de ropa, alisando la tela con unas manos que por fin habían dejado de temblar después de la cita.

Ya no era solo Gabrielle, la mujer a la que Charlie había descartado sin pensarlo dos veces después de todo lo que le había dado. Iba a ser madre.

Y tenía la intención de ser una madre fuerte, de esas que nunca permiten que su hijo sienta ni una fracción del abandono que ella misma había sentido de pie en aquel salón con los papeles de divorcio en las manos.

Salí del hospital solo con mi maleta y el poco dinero doblado con cuidado en el bolsillo del abrigo, contándolo en silencio mientras caminaba.

El aire de la tarde se sentía más fresco de lo que esperaba al pisar la acera, y por un momento me quedé allí respirándolo, dejando que el ruido de la ciudad me recordara que la vida seguía adelante tanto si me sentía preparada como si no. Pasaban coches.

Extraños caminaban a mi lado sin dirigirme una sola mirada, envueltos en sus propias vidas, en sus propias preocupaciones, ninguno de ellos consciente de la tormenta silenciosa que se gestaba dentro de la mujer que permanecía inmóvil en el bordillo. Paré un taxi y le di al conductor la dirección del motel barato en el que me había alojado la noche anterior.

No era gran cosa: una habitación con una luz parpadeante sobre la cama y un colchón que se hundía en el centro, pero era todo lo que podía permitirme por ahora, y tendría que bastar hasta que encontrara algo mejor.

Mientras el coche se alejaba del hospital, apoyé la cabeza contra el cristal frío de la ventanilla e intenté obligar a mis pensamientos dispersos a formar algo parecido a un plan.

Encontraría un trabajo. Cualquier trabajo. Podía hacer de camarera, limpiar casas, aceptar trabajos freelance desde casa en cuanto hallara un lugar lo bastante estable para llamarlo hogar.

Tenía habilidades. Tenía una mente que Charlie solía decir que era más aguda que la de la mitad de los ejecutivos de su empresa, en aquellos tiempos en que todavía se molestaba en felicitarme, antes de que el nombre de Bianca empezara a aparecer en su agenda con más frecuencia que el mío.

Tenía determinación ardiendo en algún lugar bajo el agotamiento, bajo el duelo que todavía no me había permitido sentir del todo. Lo resolvería, un paso imposible tras otro, aunque no tuviera ni idea de cómo sería el mañana más allá de las cuatro paredes de aquella habitación de motel.

La ciudad pasaba borrosa por la ventanilla en franjas de luz naranja de las farolas y faros que se cruzaban, y por un momento casi me dejé relajar, casi permití que el cansancio del día me arrastrara hacia el sueño contra el cristal.

Pero al cabo de unos minutos noté algo extraño que me devolvió la atención con fuerza. Un sedán de lujo negro nos seguía a unos pocos coches de distancia, con los faros cortando con firmeza el crepúsculo, sin acercarse ni quedarse atrás.

Al principio me dije que me lo estaba imaginando, que el miedo y las hormonas estaban convirtiendo una tarde ordinaria en algo siniestro que no existía.

La ciudad estaba llena de coches caros. Probablemente era solo una coincidencia, alguien que se dirigía en la misma dirección después de un largo día de oficina, nada más que mi mente agotada buscando peligro donde no lo había.

El taxi giró a la izquierda por una calle más tranquila, bordeada de escaparates cerrados y ventanas a media luz. El sedán negro también giró a la izquierda, suave y sin prisa, como si tuviera todo el tiempo del mundo y ningún otro lugar al que ir.

Mi pulso se aceleró; el cuerpo reaccionó antes de que la mente terminara de ponerse al día.

Me moví en el asiento y miré otra vez hacia atrás por la ventanilla trasera; el corazón se me subió a la garganta al confirmar lo que algún instinto ya sabía antes de atreverme a admitirlo.

El coche seguía allí, manteniendo una distancia cuidadosa pero coincidiendo en cada giro con una precisión inquietante, como si hubiera estado esperándonos todo el tiempo.

«Conductor…» Mi voz salió más tensa de lo que pretendía, fina e insegura en el reducido espacio del taxi, traicionando el miedo que intentaba contener.

«¿Sí, señorita?» Me miró un instante por el retrovisor, frunciendo el ceño ante lo que vio escrito en mi rostro en aquel momento.

Tragué saliva con dificultad, forzando las palabras a salir mientras la mano se movía instintivamente para posarse sobre el vientre, como si pudiera proteger lo que llevaba dentro de lo que fuera que se acercaba a nosotros en la oscuridad.

«Creo que nos están siguiendo».

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