INICIAR SESIÓNRebeca cerró los ojos de puro coraje; sintió una punzada caliente detrás de los párpados.
La pequeña Regina corrió en dirección a su padre con los brazos abiertos. Gael se agachó sobre el umbral para recibirla, un movimiento que desacomodó el cuello de su ropa. Fue en ese instante cuando la camisa, que ya tenía un botón desabrochado, reveló una marca rojiza sobre la piel clara de su cuello. No era la picadura de ningún insecto; era la señal clara del porqué Gael Briggs había llegado a esa hora y no cuando ella le llamó por teléfono para recordarle su promesa. El enojo hizo que a Rebeca se le revolviera el estómago con una náusea amarga. Él estrechó el cuerpo menudo de su hija contra su pecho y de inmediato le tendió la bolsa de marca. Regina metió las manos con ansiedad y sacó otro peluche gigante del unicornio bailarín. Un canturreo feliz escapó de sus labios rosados. —Es hermoso. —Lo mejor para mi princesa —declaró él, al tiempo que le acariciaba las mejillas con los pulgares. —Es necesario tener una charla de padres ahora mismo —intervino Rebeca. La frialdad de su voz cortó el ambiente festivo y provocó una mirada de desconcierto en la pequeña. Regina acababa de cumplir siete años una semana atrás, pero poseía una gran inteligencia para su edad. Sabía a la perfección que esa "charla de padres" siempre terminaba de la misma forma: su papá con el rostro enrojecido por la molestia, un beso rápido en la frente a modo de despedida y el portazo final. En otras ocasiones, su mamá le pedía amablemente que guardara los obsequios nuevos en sus envoltorios para confinarlos en un armario por tiempo indefinido. La niña se aferró al unicornio contra su pecho con dedos rígidos. —Quiero que mi papá se quede conmigo —le dijo a su mamá. El quiebre en su voz anunció un llanto inminente. —Sí, cariño. Tu papá se va a quedar, solo que mamá necesita hablar unos minutos con él, ¿sí? —Rebeca suavizó las facciones a regañadientes. Regina volteó hacia su padre en busca de una confirmación. Gael asintió ante la visible indecisión de su hija, con una sonrisa tensa. —Iremos a la azotea. No tardamos —le aseguró Rebeca al hombre, con una mirada que gritaba "te odio". —Cinco minutos, ¿verdad? —insistió la pequeña. —Sí —prometió Rebeca. En cuanto pisaron la azotea, ella no pudo contener más la rabia que le quemaba el pecho. —¡Eres un hijo de puta! —soltó en un siseo venenoso—. Te atreves a dejar plantada a tu hija por no aguantar las ganas e irte a tirar a una fulana. Gael sonrió de lado, una mueca cargada de una prepotencia insufrible. —¿Estás celosa? —se burló, mientras se acomodaba los puños del saco—. Mi vida personal no es de su incumbencia, señora. —Tu vida personal me importa una m****a, Gael. Pero de verdad eres un maldito egoísta como para preferir una de tus aventuras de paso sobre tu propia hija. Gael chasqueó la lengua con fastidio. —Aquí estoy —replicó él en el mismo tono bajo y controlado que usaba su exesposa, para evitar que el sonido viajara planta abajo. —¿De qué sirve? ¿De verdad crees que lo que haces está bien? ¿Darle las sobras de tu tiempo a tu hija? —¿De qué sobras hablas? Escúchate, estás loca. Amo a mi hija. Y el hecho de que vivas con un resentimiento ciego hacia mí por un error del pasado no te da derecho a sembrar ese odio en ella. —Eres un imbécil. Todo tiene que tratarse de ti —Rebeca dio un paso al frente, con los puños firmes a los costados—. Eres incapaz de entender que lo único que quiero es evitar que sigas lastimando a la niña. —¿En qué la lastimo? —Gael soltó una carcajada seca—. Va al mejor colegio de la ciudad. Asiste a la escuela de ballet más exclusiva. Viste la mejor ropa y cada capricho que pide se lo concedo en el acto. Disculpa, Rebeca, pero el estilo de vida de Regina no se paga con tu sueldo mediocre de secretaria. Las palabras fueron un golpe bajo que encendió el orgullo de la mujer. —¡Vete a la m****a! Lárgate de mi casa ahora mismo. —Vine a ver a mi hija —insistió él, inmutable en su sitio. —Vete —repitió ella con la voz ahogada en la garganta. Apretó la mandíbula al límite; se rehusaba a elevar el volumen y permitir que Regina descubriera la guerra que se libraba a unos metros sobre su cabeza. —Olvida tu maldito resentimiento. Deja de portarte como una loca —soltó Gael en un susurro gélido que buscó herir. —Quiero que te vayas y no pienso volver a repetirlo —sentenció Rebeca. La firmeza de su mirada no admitió réplica. Gael soltó el aire por la boca con evidente frustración; sus hombros se tensaron bajo el traje de corte impecable. Se dio la media vuelta con brusquedad para bajar los escalones hacia el primer piso. Rebeca respiró hondo, acomodó las facciones en una máscara fingida de tranquilidad y bajó detrás de él. Al llegar a la estancia, Gael se acuclilló y acarició el cabello rubio y rizado de su primogénita. —Tengo que irme, princesa. El anuncio cayó como un balde de agua fría. La niña soltó el unicornio y un llanto amargo brotó de sus ojos. —No quiero, no quiero... quédate, papá —suplicó Regina, con la voz entrecortada. —Papá tiene pendientes importantes que atender, cielo —Rebeca se acercó a toda prisa a su hija en un intento por consolarla y amortiguar la despedida. —¡No es cierto! Tú le dices que se vaya —acusó la pequeña. Rebeca quedó de piedra en su lugar. El aire se escapó de sus pulmones. —Claro que no, mi amor —de inmediato volteó a ver a Gael con una mezcla de horror y furia, como si buscara alguna respuesta en su rostro. —Sí. Yo te escuché por teléfono la otra vez. Eres mala. No quieres a mi papá. —R-Regina… —La mujer pronunció el nombre de su hija con un dolor agudo en el pecho, esas palabras eran una puñalada directa en el corazón. Solo buscaba cuidarla de las falsas promesas, protegerla del dolor, y sin embargo, ante la mente infantil de su pequeña, ella era el monstruo de la historia. —¡Quiero quedarme con mi papá! —exclamó la niña con más fuerza, al tiempo que se aferró con desesperación a la pierna del pantalón de Gael, con el rostro empapado en lágrimas. Gael contempló la escena desde arriba. Una sombra de satisfacción se asomó. —Regina —la llamó su papá—, tienes que obedecer a tu madre. —Yo quiero estar contigo, papi, no quiero que te vayas —repitió la pequeña, ciega al egoísmo del hombre al que idolatraba, hundida en un berrinche de pura tristeza. Gael miró a Rebeca por encima de la cabeza de su hija. Sus ojos decían: "¿Ves? Ella me eligió a mí". Y Rebeca sintió que lo odiaba un poco más.—Cuando algo se rompe… ya no se puede reparar —repitió Rebeca en voz alta en la soledad de la penumbra. Entonces más recuerdos crueles emergieron en su mente en una ráfaga despiadada. Gritos, reclamos, dolor contenido. —Cuando algo se rompe… Cerró los ojos y buscó refugio en el descanso, pero el sueño le fue imposible. Salió hacia la cocina en busca de otro vaso de agua. ¿Acaso transcurrió una hora o dos desde la partida de Ana Miller? No lo sabía; la noción del tiempo se le había extraviado por completo. Avanzó descalza sobre la baldosa fría. Bebió el agua con lentitud, trago a trago. Soltó un suspiro pesado que le quemó la garganta. —Ya no se puede reparar —se dijo en un susurro, con una resignación que le oprimió el pecho. —Qué bueno que estás despierta. Rebeca giró hacia el punto exacto de donde provino esa voz profunda. Era Gael. ¿De verdad se trataba de él o solo era otro fantasma de su memoria que venía a atormentarla? Ella lo vio avanzar a paso firme por el pasi
Alfonso cruzó la entrada de la residencia con la única intención de verificar que Rebeca estuviera bien. La preocupación le contraía las facciones del rostro. —Rebeca, ¿qué pasó? —Hola, Alfonso —lo saludó ella con un hilo de voz cansado—. Bueno, mi bebé sigue en el hospital, pero yo confío en que estará bien… —Sí, verás que sí. Alfonso dirigió la mirada hacia la enfermera; en sus ojos había una muda exigencia de respuestas. La llamada que recibió de Rebeca minutos atrás le dejó un amargo sabor en la boca. Ella le preguntó si cuando algo se rompe resulta imposible de reparar, y después confesó que sentía un enorme hueco en el pecho, aunque intentó convencerse de que aquello debía ser normal. —Sí, bueno, tengo mucho sueño. Debo descansar porque el doctor me dijo que si quería que todo el proceso fuera bien, tenía que tener mucho reposo y estar tranquila. Así que me voy a dormir —Rebeca se levantó del sofá con lentitud; su piel lucía de un tono cetrino por la fatiga. Le extendió
Rebeca dejó de escuchar las súplicas insistentes de Ana Miller; los ruidos del exterior se convirtieron en ecos lejanos y carentes de sentido. La presión arterial le bajó de golpe y su visión se volvió borrosa. El zumbido en sus oídos ahogó cualquier otro sonido.Ana Miller la agitó con fuerza por los antebrazos.—Tienes que darme algo por decirte la verdad —le exigía la mujer, mientras detrás de ella Zully forcejeaba sin descanso para que dejara en paz a la señora Urdiales.Entonces Rebeca parpadeó. De un movimiento brusco, se sacudió las manos de Ana de encima y, acto seguido, le estampó la palma con todas sus fuerzas en la mejilla.El sonido que hizo el golpe fue seco, rotundo, helado.Ana se quedó inmóvil; la piel del rostro le ardió al instante bajo la marca roja.—¿Quieres dinero después de todo lo que me hiciste? —logró articular Rebeca con la voz ahogada por la rabia y el asco.Zully abrazó a la señora por la cintura y le gritó a la intrusa que se fuera en ese mismo instante s
—Yo soy Ana Miller —dijo la mujer, segura de que la revelación de su nombre completo no le daría ningún indicio real a Rebeca de quién era ella—. Gaia Briggs me contrató para… hacer algo. Rebeca entrecerró los ojos. El nombre de su exsuegra resonó en su mente, pero la cara demacrada de la desconocida no le evocaba ningún recuerdo. —Bueno, ¿dime en qué puedo ayudarte? Ana se humedeció los labios resecos. —Necesito que me des dinero; si tú me das dinero yo te voy a contar un secreto sucio de esa mujer —Ana le reveló la desorbitada cifra que pedía por revelar dicha información. Rebeca parpadeó sin creerlo. La suma que escuchó era desmedida. —Yo no tengo ese dinero. —Necesito eso para salvar a mi hijo —suplicó Ana con la voz ronca. —Podemos llevarlo a consulta —le sugirió Rebeca. —No, en un hospital ordinario lo dejarán morir. Necesito ese dinero, ¡lo necesito ahora mismo! —Lo siento mucho, yo no tengo esa cantidad. —¡Entonces pídeselo al hombre de traje, al hijo de
Rebeca arrugó el entrecejo, sorprendida por las palabras de la enfermera. —¿Un niño pequeño? —preguntó. —Sí, está enfermo —respondió Zully con pesadumbre—. Cuando puedo le hago curaciones; la piel de sus piernas tenía llagas bastante feas. —Zully, tu intención es muy buena, pero si de verdad quieres ayudar, lo mejor es llamar a una institución de protección infantil —intervino Rebeca con tono serio—. Ese pequeño no puede vivir en la calle bajo el cuidado de una madre en esas condiciones. —Ya llamé a los servicios de protección al menor tres veces, Rebeca, pero nunca vienen a revisar la zona —suspiró la enfermera con impotencia, mientras apretaba el plato desechable entre los dedos. —Esto que me cuentas es sumamente grave. No es posible que un niño en ese estado de vulnerabilidad permanezca en la vía pública sin que las autoridades actúen. —La mujer parece coherente cuando habla... Dice algunas cosas extrañas a veces, pero fuera de eso se expresa bien. —No importa, Zully. En est
Rebeca alcanzó al fin los catorce días del tratamiento hormonal. El ultrasonido confirmó la meta: el endometrio logró los ocho milímetros de grosor necesarios, la medida idónea para recibir el embrión. Antes de dirigirse a la unidad de reproducción asistida —ubicada en el ala especializada del mismo complejo hospitalario—, Rebeca exigió unos minutos a solas con su hija. Entró a la habitación de aislamiento con la bata estéril sobre la ropa. Regina permanecía en la cama, delgada y frágil, sumida en una sedación profunda por los analgésicos que controlaban las crisis de dolor de la leucemia. Rebeca se inclinó sobre el barandal de la cama, tomó la pequeña mano de la niña y las lágrimas calientes inundaron sus mejillas sin freno. —Tendrás un hermanito, mi vida —susurró con la voz rota por el llanto—. Me decías tantas veces que querías uno para jugar... y ahora lo tendrás, mi amor. Tienes que resistir mientras tanto, por favor. Aguanta un poco más. Se limpió el rostro con torpeza, con







