LOGINGael Briggs le rompió el corazón a Rebeca Urdiales cuando su hija tenía apenas un año. Rebeca lo descubrió en la cama con otra mujer. Aunque él suplicó perdón durante doce meses enteros, ella jamás perdonó su traición. Años después del divorcio, Gael sigue presente en la vida de su hija, pero bajo sus propias reglas. Es un CEO seductor y mujeriego que adora a la pequeña Regina, pero su estilo de vida siempre interfiere. Cumpleaños compartidos con sabor a disculpa, recitales donde su asiento queda vacío a última hora y promesas rotas que intenta compensar con regalos caros. Rebeca tolera su presencia por el bien de la niña. Odia compartir la crianza de su hija con el hombre que la traicionó. Atrapada en discusiones interminables. En esa dinámica incómoda. Sin embargo, una noticia devastadora destruye esa frágil estabilidad. Regina necesita un milagro para sobrevivir. Y en esta batalla, el dinero del poderoso CEO no sirve de nada. Dos enemigos unidos por el amor a una hija. Una carrera contrarreloj donde el perdón ya no es una opción, sino la única salida. ¿Podrán sanar el pasado antes de que el tiempo se agote?
View More—Cuando algo se rompe… ya no se puede reparar —repitió Rebeca en voz alta en la soledad de la penumbra. Entonces más recuerdos crueles emergieron en su mente en una ráfaga despiadada. Gritos, reclamos, dolor contenido. —Cuando algo se rompe… Cerró los ojos y buscó refugio en el descanso, pero el sueño le fue imposible. Salió hacia la cocina en busca de otro vaso de agua. ¿Acaso transcurrió una hora o dos desde la partida de Ana Miller? No lo sabía; la noción del tiempo se le había extraviado por completo. Avanzó descalza sobre la baldosa fría. Bebió el agua con lentitud, trago a trago. Soltó un suspiro pesado que le quemó la garganta. —Ya no se puede reparar —se dijo en un susurro, con una resignación que le oprimió el pecho. —Qué bueno que estás despierta. Rebeca giró hacia el punto exacto de donde provino esa voz profunda. Era Gael. ¿De verdad se trataba de él o solo era otro fantasma de su memoria que venía a atormentarla? Ella lo vio avanzar a paso firme por el pasi
Alfonso cruzó la entrada de la residencia con la única intención de verificar que Rebeca estuviera bien. La preocupación le contraía las facciones del rostro. —Rebeca, ¿qué pasó? —Hola, Alfonso —lo saludó ella con un hilo de voz cansado—. Bueno, mi bebé sigue en el hospital, pero yo confío en que estará bien… —Sí, verás que sí. Alfonso dirigió la mirada hacia la enfermera; en sus ojos había una muda exigencia de respuestas. La llamada que recibió de Rebeca minutos atrás le dejó un amargo sabor en la boca. Ella le preguntó si cuando algo se rompe resulta imposible de reparar, y después confesó que sentía un enorme hueco en el pecho, aunque intentó convencerse de que aquello debía ser normal. —Sí, bueno, tengo mucho sueño. Debo descansar porque el doctor me dijo que si quería que todo el proceso fuera bien, tenía que tener mucho reposo y estar tranquila. Así que me voy a dormir —Rebeca se levantó del sofá con lentitud; su piel lucía de un tono cetrino por la fatiga. Le extendió
Rebeca dejó de escuchar las súplicas insistentes de Ana Miller; los ruidos del exterior se convirtieron en ecos lejanos y carentes de sentido. La presión arterial le bajó de golpe y su visión se volvió borrosa. El zumbido en sus oídos ahogó cualquier otro sonido.Ana Miller la agitó con fuerza por los antebrazos.—Tienes que darme algo por decirte la verdad —le exigía la mujer, mientras detrás de ella Zully forcejeaba sin descanso para que dejara en paz a la señora Urdiales.Entonces Rebeca parpadeó. De un movimiento brusco, se sacudió las manos de Ana de encima y, acto seguido, le estampó la palma con todas sus fuerzas en la mejilla.El sonido que hizo el golpe fue seco, rotundo, helado.Ana se quedó inmóvil; la piel del rostro le ardió al instante bajo la marca roja.—¿Quieres dinero después de todo lo que me hiciste? —logró articular Rebeca con la voz ahogada por la rabia y el asco.Zully abrazó a la señora por la cintura y le gritó a la intrusa que se fuera en ese mismo instante s
—Yo soy Ana Miller —dijo la mujer, segura de que la revelación de su nombre completo no le daría ningún indicio real a Rebeca de quién era ella—. Gaia Briggs me contrató para… hacer algo. Rebeca entrecerró los ojos. El nombre de su exsuegra resonó en su mente, pero la cara demacrada de la desconocida no le evocaba ningún recuerdo. —Bueno, ¿dime en qué puedo ayudarte? Ana se humedeció los labios resecos. —Necesito que me des dinero; si tú me das dinero yo te voy a contar un secreto sucio de esa mujer —Ana le reveló la desorbitada cifra que pedía por revelar dicha información. Rebeca parpadeó sin creerlo. La suma que escuchó era desmedida. —Yo no tengo ese dinero. —Necesito eso para salvar a mi hijo —suplicó Ana con la voz ronca. —Podemos llevarlo a consulta —le sugirió Rebeca. —No, en un hospital ordinario lo dejarán morir. Necesito ese dinero, ¡lo necesito ahora mismo! —Lo siento mucho, yo no tengo esa cantidad. —¡Entonces pídeselo al hombre de traje, al hijo de












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