INICIAR SESIÓNGael Briggs le rompió el corazón a Rebeca Urdiales cuando su hija tenía apenas un año. Rebeca lo descubrió en la cama con otra mujer. Aunque él suplicó perdón durante doce meses enteros, ella jamás perdonó su traición. Años después del divorcio, Gael sigue presente en la vida de su hija, pero bajo sus propias reglas. Es un CEO seductor y mujeriego que adora a la pequeña Regina, pero su estilo de vida siempre interfiere. Cumpleaños compartidos con sabor a disculpa, recitales donde su asiento queda vacío a última hora y promesas rotas que intenta compensar con regalos caros. Rebeca tolera su presencia por el bien de la niña. Odia compartir la crianza de su hija con el hombre que la traicionó. Atrapada en discusiones interminables. En esa dinámica incómoda. Sin embargo, una noticia devastadora destruye esa frágil estabilidad. Regina necesita un milagro para sobrevivir. Y en esta batalla, el dinero del poderoso CEO no sirve de nada. Dos enemigos unidos por el amor a una hija. Una carrera contrarreloj donde el perdón ya no es una opción, sino la única salida. ¿Podrán sanar el pasado antes de que el tiempo se agote?
Ver másEl silencio tibio de la habitación se quebró en un instante. Regina estaba sentada en la orilla de la cama, descansando del dibujo, mientras Rebeca le daba en la boca pequeñas uvas peladas y picadas a la mitad. La niña reía suavemente por un chiste torpe de los dibujos animados que sonaban en la televisión. Zully, su enfermera a cargo, revisaba el puerto intravenoso y la hidratación de rutina de Regina a un costado de la cama, atenta a cada detalle de la pequeña paciente. Fue un segundo de distracción: Regina tomó una de las uvas por su cuenta, inhaló entre risas para responder a algo en la pantalla y el trozo de fruta se le fue por el camino equivocado. El sonido de la risa se cortó de golpe. Regina soltó los crayones, se llevó ambas manos al cuello y abrió los ojos de par en par, invadida por un pánico mudo y repentino. Su pecho se contrajo en un intento desesperado por jalar aire, pero ningún sonido salió de su garganta. El rostro de la pequeña comenzó a tornarse rojo en cuestió
Gael terminó el trago de whisky de un solo sorbo y dejó el vaso sobre la barra del minibar con un golpe seco que resonó en la suite en penumbras. La voz metódica del investigador aún retumbaba en sus oídos, pero la necesidad de acallar la paranoia y el orgullo herido le pesaban demasiado. Necesitaba salir de ese encierro, despejar la mente y recordar quién era.Bajó al exclusivo bar del hotel, un espacio envolvente de luces tenues, persianas de madera oscura y un hilo tenue de jazz que se amortiguaba entre las alfombras espesas. Se acomodó en una de las banquetas altas de cuero y pidió una ginebra con hielo. El cristal sudaba en su mano mientras el perfume a granadina y licores caros impregnaba el ambiente. Apenas dio el primer trago, una presencia femenina ocupó la banqueta contigua.—Un lugar bastante tranquilo para alguien que parece traer el mundo sobre los hombros —comentó una voz seductora y pausada.Gael giró el rostro despacio. Se topó con una mujer despampanante, de melena os
El ambiente en la habitación del hospital era pacífico por primera vez en días. El sol de la tarde filtraba una luz cálida a través de la ventana, iluminando la pequeña mesa donde Regina dibujaba concentrada. Rebeca la observaba desde el sillón con el rostro relajado y una sensación de alivio en el pecho; Gael no había vuelto a enviar un solo mensaje desde la discusión en el pasillo, y ese silencio, aunque frágil, le devolvía un poco de paz. El teléfono de trabajo sonó con una melodía suave. Al ver la pantalla, Rebeca comprobó que era una llamada de video dirigida a la niña. Aceptó la señal y le acomodó el aparato a Regina en un soporte sobre la mesa. —¡Papá! —exclamó la pequeña con una sonrisa enorme en cuanto vio el rostro de Gael. —Hola, mi princesa. ¿Cómo estás hoy? ¿Qué estás haciendo? —preguntó Gael, suavizando la voz por completo, mostrando esa faceta afectuosa que reservaba únicamente para su hija. —Hago un dibujo de nosotros en el parque —respondió Regina, mostrando con o
Alfonso aflojó el nudo de su corbata, se reclinó sobre el sillón de piel de su oficina y contempló la pantalla del teléfono. Una sonrisa involuntaria, casi imperceptible, se le dibujó en el rostro. Los números y la lógica impecable con la que Rebeca desglosó el caso le rondaban la cabeza. Sin pensarlo demasiado, desbloqueó el aparato y le redactó un mensaje directo:“Rebeca, solo quería reiterar que tu análisis de hoy fue brillante. Tienes una inteligencia analítica impresionante. No dudes de tu capacidad”.Presionó enviar y dejó el aparato sobre el escritorio. Al levantar la mirada, se topó de frente con Alán, de pie junto al marco de la puerta con los brazos cruzados y una sonrisa burlona.—Estás loco —soltó Alán sin preámbulos. Caminó hacia uno de los sillones de visitas y se dejó caer en él—. ¿Qué carajos te pasa estos días? Te noto más tonto que de costumbre. Te pasas las horas con esa sonrisa de adolescente frente al teléfono.Alfonso se acomodó las gafas con parsimonia, recuper






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