LOGINGael la contempló en silencio. Siempre que Rebeca lloraba, él se sentía peor que una escoria. Quería acercarse, tocar su hombro y ofrecer un consuelo sincero, pero recordaba bien que ella se irritaba cada vez que él intentaba aproximarse de más. En el pasado, una situación penosa fue el detonante que los obligó a dar el paso para dejar de ser dos extraños. Él la vio a través del cristal del auto. Rebeca lloraba en la solitaria parada del autobús; tenía la cara agachada y una postura abatida. En ese instante, Gael no pudo evitar el impulso de salir del vehículo para alcanzarla. Se sentó a su lado en la banca. Ella, al notar su presencia cercana, apartó el rostro hacia la dirección opuesta. Gael no supo qué hacer para no incomodarla. Tal vez lo más sensato era dar media vuelta e irse a su casa, pero cuando lo intentó, sus pies parecían clavados al suelo sin remedio. —¿Necesitas ayuda en algo? —preguntó al fin, tras tragarse la vergüenza. —E-estoy bien, gracias por preguntar. —E
Alfonso, a los ojos de Gael, era aún más peligroso que Alan. Porque Alan seducía a las mujeres, pero al menos no les quitaba el tiempo con falsas expectativas. En cambio, Alfonso Montoya iba por la vida envuelto en una imagen de integridad absoluta. Resultaba imposible señalarle una sola falta en público. Sin embargo, en los círculos ejecutivos todos sabían que existía algo sumamente extraño en su vida personal: mantenía relaciones largas y estables que, de manera conveniente, jamás llegaban al matrimonio. Así quedaba claro que esa reputación intachable era solo la máscara social con la que Alfonso engañaba a los demás. Su falta de compromiso real representaba el verdadero motivo de sospecha para Gael. ¿Quién era más sinvergüenza? ¿El hombre que no se andaba por las ramas y ofrecía un encuentro casual de una noche, o el que alimentaba promesas vacías hasta que la otra persona se cansaba de esperar y decidía finalizar la relación? Antes de que Gael pudiera reclamar algo sobre
—Bueno, ¿y dónde está mi sándwich? —soltó Gael sin dejar de mirar esas pestañas tupidas que enmarcaban sus hermosos ojos. Rebeca se pasó la mano por el cabello, agotada. —Ah, eso... Es que el premio completo es que vayas a la cocina y lo prepares tú mismo —le dijo, y cerró la laptop de golpe. —Prepáralo tú. —No. —Sí. —No —esa fue una respuesta que no iba a cambiar. Él soltó un gran suspiro y se puso de pie. —Tus premios son una e****a —le dijo antes de irse a la cocina, sin esperar la reacción de su exesposa. Gael sacó del refrigerador los ingredientes y, del tramo más alto del mueble de la cocina, tomó el paquete de pan integral. Rebeca era una experta en ser indiferente. Debió ser una señal clara, la manera estúpida en la que lo hizo sentir una semana después de escucharla exponer sobre aquel libro en su etapa de universitario. Esa vez, el interés de Gael por ir a la biblioteca no tenía nada que ver con el papel ni con la tinta, sino con la presencia de ella entre los est
—Gracias, yo lo haré sola —le dijo ella con voz helada y desplazó la laptop sobre la mesa, lejos de su alcance. Gael alargó el brazo con tranquilidad, sujetó el aparato por el borde de plástico y lo acomodó frente a él de nuevo. Rebeca abrió la boca para exigirle que no se metiera en sus asuntos, pero la maraña de números y esos malditos balances la tenían exhausta, así que se tragó la molestia con un suspiro pesado. Él señaló la pantalla con el dedo e indicó las correcciones exactas que debía hacerle al documento para que la cifra final cuadrara. Rebeca comprendió al instante en qué estaba fallando; con los dedos ágiles sobre el teclado, terminó las modificaciones y le envió el archivo a Alfonso Montoya. Aún le quedaban dos tareas pendientes en la bandeja de entrada. Puso en práctica las breves lecciones de Gael y resolvió el resto de la carga en un lapso mucho más corto. —Soy muy buen maestro. Así que merezco un premio por esto —presumió él mientras una pequeña sonrisa bur
Gael procedió a quitarse el saco de corte impecable y lo colgó en el perchero junto a la entrada. Fue al sanitario, abrió la llave e hizo correr un chorro abundante; se lavó las manos con suficiente agua y jabón, meticuloso con la higiene antes del contacto con la pequeña. Después de eso fue directo a la recámara de Regina. Tocó la puerta de madera con tres golpes suaves y la enfermera le indicó que podía entrar. —No, no, no... me estoy cambiando. Escuchó la voz débil de Regina desde el otro lado, quebradiza por el cansancio. —Espero aquí hasta que termines —le contestó él; era obvio que no iba a pasar a la habitación en esas condiciones para respetar la intimidad de su hija. Cuando la niña estuvo lista, Gael entró y lo primero que hizo fue dirigirse con severidad a la enfermera. Con el rostro rígido, le dejó claro que solo Rebeca tenía autorización para entrar al cuarto de su hija si la niña se estaba cambiando. —Entiendo, me disculpo —asintió la empleada con la mirada abajo.
Así fue su infancia. Y al final, Abril estuvo de acuerdo en que la educación de sus padres los había convertido en adultos funcionales.—Entonces mi hermano no asistirá a mi boda —concluyó ella con un tono de voz seco y decepcionado.—Mi hija está enferma y tú insinúas que el egoísta soy yo por no querer ir a tu fiesta.Abril frunció los labios con evidente molestia.—Todo siempre tiene que tratarse de ti.—Lo mismo digo —Gael cerró los ojos por un par de segundos para contener el fastidio.—Ya ni siquiera respetas a mamá. Ya me contó todo lo que le dijiste. Porque aunque ya estés separado de esa mujer, te sigue controlando.—Felices nupcias. ¿Me pregunto cuánto tiempo tardará mamá en decirle a todos que tu esposo es una mierda de hombre? —le sonrió de lado con una marcada sorna.Abril apretó los puños con rabia y torció el gesto. En parte, le encendía la sangre porque sabía que Gael tenía la razón. Así como su madre destruyó a Rebeca en el pasado con comentarios hirientes, también ex







