INICIAR SESIÓNGracias por leer ( ◜‿◝ )♡ *Ansiolítico es un medicamento que sirve para reducir o calmar la ansiedad y relajar el sistema nervioso*
—Bueno, ¿y dónde está mi sándwich? —soltó Gael sin dejar de mirar esas pestañas tupidas que enmarcaban sus hermosos ojos. Rebeca se pasó la mano por el cabello, agotada. —Ah, eso... Es que el premio completo es que vayas a la cocina y lo prepares tú mismo —le dijo, y cerró la laptop de golpe. —Prepáralo tú. —No. —Sí. —No —esa fue una respuesta que no iba a cambiar. Él soltó un gran suspiro y se puso de pie. —Tus premios son una e****a —le dijo antes de irse a la cocina, sin esperar la reacción de su exesposa. Gael sacó del refrigerador los ingredientes y, del tramo más alto del mueble de la cocina, tomó el paquete de pan integral. Rebeca era una experta en ser indiferente. Debió ser una señal clara, la manera estúpida en la que lo hizo sentir una semana después de escucharla exponer sobre aquel libro en su etapa de universitario. Esa vez, el interés de Gael por ir a la biblioteca no tenía nada que ver con el papel ni con la tinta, sino con la presencia de ella entre los est
—Gracias, yo lo haré sola —le dijo ella con voz helada y desplazó la laptop sobre la mesa, lejos de su alcance. Gael alargó el brazo con tranquilidad, sujetó el aparato por el borde de plástico y lo acomodó frente a él de nuevo. Rebeca abrió la boca para exigirle que no se metiera en sus asuntos, pero la maraña de números y esos malditos balances la tenían exhausta, así que se tragó la molestia con un suspiro pesado. Él señaló la pantalla con el dedo e indicó las correcciones exactas que debía hacerle al documento para que la cifra final cuadrara. Rebeca comprendió al instante en qué estaba fallando; con los dedos ágiles sobre el teclado, terminó las modificaciones y le envió el archivo a Alfonso Montoya. Aún le quedaban dos tareas pendientes en la bandeja de entrada. Puso en práctica las breves lecciones de Gael y resolvió el resto de la carga en un lapso mucho más corto. —Soy muy buen maestro. Así que merezco un premio por esto —presumió él mientras una pequeña sonrisa bur
Gael procedió a quitarse el saco de corte impecable y lo colgó en el perchero junto a la entrada. Fue al sanitario, abrió la llave e hizo correr un chorro abundante; se lavó las manos con suficiente agua y jabón, meticuloso con la higiene antes del contacto con la pequeña. Después de eso fue directo a la recámara de Regina. Tocó la puerta de madera con tres golpes suaves y la enfermera le indicó que podía entrar. —No, no, no... me estoy cambiando. Escuchó la voz débil de Regina desde el otro lado, quebradiza por el cansancio. —Espero aquí hasta que termines —le contestó él; era obvio que no iba a pasar a la habitación en esas condiciones para respetar la intimidad de su hija. Cuando la niña estuvo lista, Gael entró y lo primero que hizo fue dirigirse con severidad a la enfermera. Con el rostro rígido, le dejó claro que solo Rebeca tenía autorización para entrar al cuarto de su hija si la niña se estaba cambiando. —Entiendo, me disculpo —asintió la empleada con la mirada abajo.
Así fue su infancia. Y al final, Abril estuvo de acuerdo en que la educación de sus padres los había convertido en adultos funcionales.—Entonces mi hermano no asistirá a mi boda —concluyó ella con un tono de voz seco y decepcionado.—Mi hija está enferma y tú insinúas que el egoísta soy yo por no querer ir a tu fiesta.Abril frunció los labios con evidente molestia.—Todo siempre tiene que tratarse de ti.—Lo mismo digo —Gael cerró los ojos por un par de segundos para contener el fastidio.—Ya ni siquiera respetas a mamá. Ya me contó todo lo que le dijiste. Porque aunque ya estés separado de esa mujer, te sigue controlando.—Felices nupcias. ¿Me pregunto cuánto tiempo tardará mamá en decirle a todos que tu esposo es una mierda de hombre? —le sonrió de lado con una marcada sorna.Abril apretó los puños con rabia y torció el gesto. En parte, le encendía la sangre porque sabía que Gael tenía la razón. Así como su madre destruyó a Rebeca en el pasado con comentarios hirientes, también ex
Después de eso, Gael tuvo que ir hasta su casa y darse una ducha con agua fría para espantar el cansancio. Bebió un suero oral de un solo trago, directo del envase. Hizo de todo para quitarse esa sensación incómoda de pesadez en los párpados antes de tomar las llaves e ir a la oficina. El ardor en los ojos le recordaba que la falta de sueño acumulada ya le pasaba factura al cuerpo. Sin embargo, su disciplina siempre terminaba por imponerse ante la fatiga. Al llegar a la cima del edificio corporativo, nadie le cuestionó nada. El silencio en los pasillos de la alta dirección era absoluto a esa hora de la mañana. Él siempre llegaba treinta minutos antes de la hora oficial de ingreso y se quedaba en su despacho hasta terminar todo su trabajo. Rara vez Gael dejaba cosas pendientes; para él, el orden en sus obligaciones representaba la única manera conocida de mantener el control sobre su entorno. Luego de atender unos documentos prioritarios y de que la carga del trabajo consumiera toda
Gael permanecía recostado en el sofá con la camisa desabrochada; no sintió los zapatos en los pies. El roce de la tela del tapizado contra su piel revelaba lo incómodo de su postura. Afuera, la claridad matutina indicaba que ya había amanecido. Al sentir el aire frío del salón sobre el pecho, bajó la mirada y observó su torso desnudo. Giró la cabeza sin levantarse de la cojinería y entrecerró los ojos para enfocar la vista en Rebeca, quien permanecía sentada en el sofá individual con una carpeta de papeles entre las manos. —¿Qué cosa me hiciste? —preguntó él, con un matiz a medio camino entre el drama y la broma. Rebeca alzó la vista, puso los ojos en blanco y dejó escapar un suspiro de fastidio antes de responder lo más serena posible: —Por favor, no vuelvas a tomar alcohol si te has tomado… tu medicamento. En ese instante, las piezas de la noche anterior comenzaron a ensamblarse en la cabeza de Gael, pesadas y algo distorsionadas, como si su cerebro hubiera quedado anestesi







