LOGINGracias por leer ( ◜‿◝ )♡ *Ansiolítico es un medicamento que sirve para reducir o calmar la ansiedad y relajar el sistema nervioso*
George sacudió la cabeza, dio un zarpazo al aire para desechar la conversación sobre Gael y cambió el tema con un respiro profundo.—En fin. Hablemos de lo que de verdad importa —habló con tono más suave—. Regina tiene una oportunidad real ahora. La solución ya está ahí, al alcance. Una solución con adorables rizos color oro y mejillas rosaditas.Rebeca deslizó una mano sobre su abdomen. Aunque todavía no había rastro visible del embarazo, el gesto instintivo reflejó la esperanza viva. Su nuevo bebito.—Sí —murmuró ella con un brillo tenue en la mirada—. La solución está en camino.La hora de la comida llegó poco después. A petición insistente de Rebeca, Zully se unió a ellos en el comedor. La presencia de la enfermera rompió la pesadez de la charla previa y le devolvió la soltura al ambiente.Durante la comida, George desplegó su elegancia teatral y lanzó varios comentarios de coquetería ligera hacia Zully.—Una mujer de tanta belleza y dedicación como usted no debería pasar sus días
George soltó una carcajada abierta. Se acomodó en el respaldo del sofá a la espera de que ella también se echara a reír y le confesara que se trataba de una broma pesada. Sin embargo, los segundos corrieron en un silencio denso. Pasó un minuto entero y la risa de él se extinguió por completo; no hubo remate ni revelación de chiste. Su rostro se puso totalmente serio. —¿Te diste un golpe tan fuerte en el cráneo que tienes un coágulo en el cerebro? —fue su primera pregunta, con la voz helada. Rebeca vio la molestia evidente en la expresión de su amigo. —Las cosas no fueron como creímos todo este tiempo, George —le explicó ella. —¿Ah, no? ¿Y qué ocurrió entonces? —cuestionó George con pura ironía—. ¿Acaso el tipo se resbaló y le introdujo el pito a varias mujeres durante todos esos años? Rebeca apretó los labios con fuerza ante el sarcasmo punzante. —Se trata de la infidelidad, George. No fue así. —Cuéntame entonces —exigió él con los brazos cruzados sobre el pecho. Rebeca le de
Rebeca cruzó el umbral de la habitación y se acercó a la cama. Saludó a Regina con un murmullo cariñoso mientras le acariciaba la frente tibia. En ese instante, su mente viajó a las tardes luminosas del pasado: la pequeña bailaba en medio de la sala al ritmo de las canciones infantiles de su programa favorito, alegre y ajena a cualquier dolor, mientras ella avanzaba con los pendientes del trabajo sobre la mesa del comedor.El contraste con la realidad le oprimió el pecho. Pensó en lo silenciosa que lucía su casa sin el eco de esa risa viva. En lo descolorida que se había vuelto su existencia entera ante la falta de su pequeña.Un nudo espeso se le atascó en la garganta. En el silencio del cuarto, alzó una plegaria desesperada en su mente; le pidió a Dios una oportunidad para su hija, un milagro de misericordia al que aferrarse.Tomó la mano diminuta de la niña entre las suyas.—Extraño mucho tenerte en casa, mi amor…Fue en ese segundo cuando los dedos de Regina apretaron levemente la
—Me haré cargo. Fue la única respuesta que Gael le dio a la enfermera. Cortó la llamada con la furia reflejada en su mandíbula trabada y soltó un suspiro pesado que le raspó la garganta. Minutos más tarde, la rutina de la mañana los reunió en la mesa del comedor, bajo la luz que entraba por los ventanales. Frente a los platos del desayuno, la atmósfera entre ambos recuperó cierta tibieza. Justo en el centro del mantel descansaba el arreglo de Alfonso Montoya: la docena de rosas blancas. Gael clavó la vista en las flores con una mueca de evidente desprecio antes de tomar la taza de café. —Tal vez se vean costosas, pero eso no quiere decir que sean de buen gusto —soltó con tono seco. Rebeca alzó una ceja desde su sitio y apoyó los codos sobre la madera. —Vaya. No conocía ese lado tuyo. Todo un experto florista. —No se necesita ser un experto para notar lo obvio —replicó él sin inmutarse—. Si me pides sinceridad, son horribles. Tienen un tufo a ostentación ordinaria. Rebe
Rebeca hundió los dedos en la piel tibia de la espalda de Gael. La oscuridad de la habitación era casi total, solo interrumpida por el destello tenue de los faroles de la calle que se colaba entre las rendijas de las persianas. El peso del cuerpo de él a su lado y el calor constante de su pecho le devolvieron una paz que no experimentaba desde hacía seis años. —¿Y si hubieran pasado ocho años? —soltó ella en un susurro grave, cargado de una curiosidad tardía. Gael no cambió la postura, pero la rodeó con el brazo con un poco más de fuerza. —¿Ocho años de qué? —De estar separados —clarificó ella, con la mejilla pegada a sus costillas—. Si en lugar de seis años sin vernos hubieran sido ocho… ¿me habrías aceptado de vuelta? Gael no dudó ni un solo segundo. La respuesta le salió de la garganta con la firmeza de una convicción absoluta. —Sí. —¿Así de fácil? —Rebeca alzó la vista hacia la penumbra del techo. —Para volver, lo único que necesitábamos era que tú quisieras —dijo é
El impacto de tenerla repleta sobre su miembro le sacó a Gael una bocanada de aire caliente. Las manos le subieron a las caderas de ella y apretó con fuerza. Los dedos le temblaron un segundo contra la piel.Rebeca no se movió al principio. Se quedó quieta, llena hasta el fondo, con la respiración agitada. Él sintió las palpitaciones del coño alrededor de su miembro, apretado, caliente, en pleno proceso de adaptación al grosor. Ella apretó las paredes internas a propósito, una vez, y le arrancó un gruñido bajo.Luego alzó la pelvis con lentitud. La verga de Gael salió casi por completo, brillante del jugo de ella, hasta que solo la cabeza gruesa quedó dentro. Rebeca se detuvo ahí un segundo, fija su mirada en los ojos de él desde arriba, y volvió a bajar. Esta vez lo hizo más despacio. El glande empujó, abrió, y el resto de la polla se introdujo centímetro a centímetro dentro de ese coño estrecho y empapado. El sonido húmedo al tocar fondo otra vez y el golpe de sus caderas contra las







