INICIAR SESIÓNRebeca se puso pálida como un fantasma; sintió un escalofrío helado que le recorrió la espina dorsal.
Dejó el sándwich a medio comer sobre el escritorio y fue directo a la oficina de su jefe a pedirle ese permiso urgente. El señor Harrison la observó de pies a cabeza desde su silla de piel. En sus pupilas opacas no se podía disimular del todo la lujuria, una mirada que la recorrió sin pudor. Incómoda, ella se acomodó la falda ejecutiva en un intento por recuperar la compostura. —Rebeca —él pronunció su nombre con cierto recelo, mientras se echaba hacia atrás—. No sé si lo sepas. Lo más seguro es que sí, eres una mujer inteligente. Pero desde el día en que viniste a esta empresa con tu poca experiencia, me advirtieron sobre los peligros de contratarte Rebeca apretó los dedos alrededor de su teléfono, presa de la desesperación. Lo que menos quería en ese momento era un discurso corporativo. Necesitaba irse, correr al colegio y ver a su hija. —Entiendo, señor Harrison, pero yo de verdad... —Shh. Estoy hablando —la cortó él con un ademán autoritario de la mano. —Lo siento. —Bueno. Tú sabes perfectamente qué familia se opuso a que fueras contratada. Entonces, si sabes la respuesta, entenderás que no es posible que te permita irte de la oficina así como así. —Señor Harrison… —No me interrumpa. La respuesta es un no. Vuelva a sus actividades ahora mismo. Rebeca apretó los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Claro que sabía el trasfondo de la negativa; los Briggs le habían cerrado todas las puertas en el ámbito laboral mediante sus influencias. En los últimos meses de su matrimonio, Gael le insistió hasta el cansancio que no trabajara, bajo la excusa de no descuidar a la niña. Pero esas palabras, que en apariencia eran el sueño de toda madre joven, en realidad escondían los barrotes de una prisión de oro. La familia Briggs pretendía controlarla a través del dinero. ¿De qué servía una casa gigante si a la hora de invitar a sus amigas o simplemente desear una vida normal, siempre surgían cuestionamientos clasistas sobre con quién podía relacionarse y con quién no? Recibir una pensión excesiva de esa gente significaba convertirse en una esclava más a sus órdenes. Así que no. Ella disfrutaba de su autonomía y, tal como se lo acababa de recordar el señor Harrison con malicia, este lugar fue el único donde la aceptaron. Salió de la oficina principal con el orgullo herido. Tomó su celular con manos temblorosas y marcó el número de su insufrible exmarido. Al tercer intento, él respondió con un tono molesto. —La niña sufrió un desmayo. La maestra me pidió que fuéramos por ella de inmediato —explicó Rebeca lo más rápido que pudo. —¿Qué? ¿Ya fuiste por ella? ¿Qué tiene? —La voz de Gael cambió por completo, ahora llena de alarma. —No puedo ir por cuestiones de trabajo… —¿Qué? ¿Es en serio? Esto tiene que ser una broma de mal gusto, Rebeca. —No es ninguna broma —se quejó ella, indignada ante su incredulidad. —¿Me dices que tu empleo de llevar cafés en una oficina es más importante que mis negocios? Estoy a quince minutos de entrar a una junta urgente. No seas ridícula y ve por la niña ahora mismo. —Vete a la m****a, idiota —escupió ella y colgó el teléfono de golpe. ¿Qué más podía esperar de ese imbécil? La rabia le devolvió el color a las mejillas, mezclada con la angustia de saber a su hija sola en una camilla escolar. Rebeca volvió a tocar la puerta de la oficina del señor Harrison. Esta vez iba dispuesta a usar un timbre de voz más dulce y a mostrarse en extremo amable; haría lo que fuera necesario con tal de reunirse con su niña. —Rebeca, le he dicho que vuelva a su trabajo —el hombre se enderezó las gafas con su dedo índice, gordo y velludo, sin levantar la vista de sus papeles. —Señor Harrison —articuló ella con suavidad, al tiempo que batía las pestañas en un gesto ensayado—. De verdad, necesito ir por mi hija. Por favor. —No —respondió el hombre de inmediato, aunque fue consciente del repentino cambio de actitud en su subordinada—. A menos que esté dispuesta a darme algo a cambio. Rebeca se tragó el asco que le revolvió las entrañas. Le sostuvo la mirada y le sonrió con fingida timidez. —Sí —aceptó ella. Agarró uno de sus largos rizos oscuros y lo enrolló en su dedo—. Solo que ahora tengo que marcharme de urgencia. —Una cena en Ports a las diez, sin falta —sentenció el jefe, con una gesto desagradable en el rostro regordete. Rebeca asintió con una última sonrisa falsa, una máscara perfecta que ocultó su desprecio. —Será un placer. —Vaya. Pero no se tarde más de tres horas, así cumple al menos con el medio turno —le indicó el hombre con una mueca grotesca que pretendía ser una sonrisa galante. Rebeca no esperó más. Corrió hacia la salida del edificio, subió a su auto y aceleró rumbo al colegio. El vehículo era un regalo de caridad de Gael Briggs, entregado bajo sus propias palabras: “Es necesario que lo tengas para que traslades a mi hija a sus actividades, no quiero que ande en transporte público”. —Idiota —masculló Rebeca frente al volante. En cuanto llegó a la escuela, se dirigió a la enfermería a paso apresurado. Al verla entrar, la pequeña Regina se colgó de sus brazos en busca de refugio y le confesó entre susurros que se había sentido muy mal. La doctora a cargo le explicó la situación a grandes rasgos. —Puede tratarse del esfuerzo físico o del cambio de clima tan repentino de estos días. Sin embargo, sugiero que le realicen los exámenes médicos necesarios —le recomendó la especialista con tono profesional. —Sí, sin falta la llevaré a que le hagan esos estudios —le aseguró Rebeca, con la niña acurrucada contra su pecho. El trayecto de regreso a casa transcurrió en calma. Una vez en la seguridad del hogar, la pequeña Regina relató el episodio: cómo sus ojos se nublaron de pronto, el inicio de un fuerte dolor de cabeza y el instante confuso en que despertó con sus compañeros alrededor. —¡Tuve mucho miedo, mamá! —exclamó la niña con los ojos muy abiertos. —Lo sé, amor. Pero ya estás bien, estás en casa y pronto iremos con el doctor por unas vitaminas para que te sientas fuerte —la consoló Rebeca con besos en la frente. —Sí, mami —Regina asintió, más tranquila. Rebeca la ayudó a cambiarse el uniforme escolar por ropa cómoda y la recostó en la cama. De inmediato, aprovechó para contactar por mensaje a las tres niñeras de su confianza. Fue en ese momento cuando la pantalla de su celular se iluminó con una llamada entrante de su exmarido. El ceño de Rebeca se frunció en automático. Se refugió en el cuarto de baño y cerró la puerta antes de presionar el botón de aceptar. —¿Cómo está mi hija? —soltó la voz de Gael al otro lado de la línea—. ¿Pudiste salir al fin de tu importante tarea de engrapar papeles? Responde, ¿cómo está Regina?—Cuando algo se rompe… ya no se puede reparar —repitió Rebeca en voz alta en la soledad de la penumbra. Entonces más recuerdos crueles emergieron en su mente en una ráfaga despiadada. Gritos, reclamos, dolor contenido. —Cuando algo se rompe… Cerró los ojos y buscó refugio en el descanso, pero el sueño le fue imposible. Salió hacia la cocina en busca de otro vaso de agua. ¿Acaso transcurrió una hora o dos desde la partida de Ana Miller? No lo sabía; la noción del tiempo se le había extraviado por completo. Avanzó descalza sobre la baldosa fría. Bebió el agua con lentitud, trago a trago. Soltó un suspiro pesado que le quemó la garganta. —Ya no se puede reparar —se dijo en un susurro, con una resignación que le oprimió el pecho. —Qué bueno que estás despierta. Rebeca giró hacia el punto exacto de donde provino esa voz profunda. Era Gael. ¿De verdad se trataba de él o solo era otro fantasma de su memoria que venía a atormentarla? Ella lo vio avanzar a paso firme por el pasi
Alfonso cruzó la entrada de la residencia con la única intención de verificar que Rebeca estuviera bien. La preocupación le contraía las facciones del rostro. —Rebeca, ¿qué pasó? —Hola, Alfonso —lo saludó ella con un hilo de voz cansado—. Bueno, mi bebé sigue en el hospital, pero yo confío en que estará bien… —Sí, verás que sí. Alfonso dirigió la mirada hacia la enfermera; en sus ojos había una muda exigencia de respuestas. La llamada que recibió de Rebeca minutos atrás le dejó un amargo sabor en la boca. Ella le preguntó si cuando algo se rompe resulta imposible de reparar, y después confesó que sentía un enorme hueco en el pecho, aunque intentó convencerse de que aquello debía ser normal. —Sí, bueno, tengo mucho sueño. Debo descansar porque el doctor me dijo que si quería que todo el proceso fuera bien, tenía que tener mucho reposo y estar tranquila. Así que me voy a dormir —Rebeca se levantó del sofá con lentitud; su piel lucía de un tono cetrino por la fatiga. Le extendió
Rebeca dejó de escuchar las súplicas insistentes de Ana Miller; los ruidos del exterior se convirtieron en ecos lejanos y carentes de sentido. La presión arterial le bajó de golpe y su visión se volvió borrosa. El zumbido en sus oídos ahogó cualquier otro sonido.Ana Miller la agitó con fuerza por los antebrazos.—Tienes que darme algo por decirte la verdad —le exigía la mujer, mientras detrás de ella Zully forcejeaba sin descanso para que dejara en paz a la señora Urdiales.Entonces Rebeca parpadeó. De un movimiento brusco, se sacudió las manos de Ana de encima y, acto seguido, le estampó la palma con todas sus fuerzas en la mejilla.El sonido que hizo el golpe fue seco, rotundo, helado.Ana se quedó inmóvil; la piel del rostro le ardió al instante bajo la marca roja.—¿Quieres dinero después de todo lo que me hiciste? —logró articular Rebeca con la voz ahogada por la rabia y el asco.Zully abrazó a la señora por la cintura y le gritó a la intrusa que se fuera en ese mismo instante s
—Yo soy Ana Miller —dijo la mujer, segura de que la revelación de su nombre completo no le daría ningún indicio real a Rebeca de quién era ella—. Gaia Briggs me contrató para… hacer algo. Rebeca entrecerró los ojos. El nombre de su exsuegra resonó en su mente, pero la cara demacrada de la desconocida no le evocaba ningún recuerdo. —Bueno, ¿dime en qué puedo ayudarte? Ana se humedeció los labios resecos. —Necesito que me des dinero; si tú me das dinero yo te voy a contar un secreto sucio de esa mujer —Ana le reveló la desorbitada cifra que pedía por revelar dicha información. Rebeca parpadeó sin creerlo. La suma que escuchó era desmedida. —Yo no tengo ese dinero. —Necesito eso para salvar a mi hijo —suplicó Ana con la voz ronca. —Podemos llevarlo a consulta —le sugirió Rebeca. —No, en un hospital ordinario lo dejarán morir. Necesito ese dinero, ¡lo necesito ahora mismo! —Lo siento mucho, yo no tengo esa cantidad. —¡Entonces pídeselo al hombre de traje, al hijo de
Rebeca arrugó el entrecejo, sorprendida por las palabras de la enfermera. —¿Un niño pequeño? —preguntó. —Sí, está enfermo —respondió Zully con pesadumbre—. Cuando puedo le hago curaciones; la piel de sus piernas tenía llagas bastante feas. —Zully, tu intención es muy buena, pero si de verdad quieres ayudar, lo mejor es llamar a una institución de protección infantil —intervino Rebeca con tono serio—. Ese pequeño no puede vivir en la calle bajo el cuidado de una madre en esas condiciones. —Ya llamé a los servicios de protección al menor tres veces, Rebeca, pero nunca vienen a revisar la zona —suspiró la enfermera con impotencia, mientras apretaba el plato desechable entre los dedos. —Esto que me cuentas es sumamente grave. No es posible que un niño en ese estado de vulnerabilidad permanezca en la vía pública sin que las autoridades actúen. —La mujer parece coherente cuando habla... Dice algunas cosas extrañas a veces, pero fuera de eso se expresa bien. —No importa, Zully. En est
Rebeca alcanzó al fin los catorce días del tratamiento hormonal. El ultrasonido confirmó la meta: el endometrio logró los ocho milímetros de grosor necesarios, la medida idónea para recibir el embrión. Antes de dirigirse a la unidad de reproducción asistida —ubicada en el ala especializada del mismo complejo hospitalario—, Rebeca exigió unos minutos a solas con su hija. Entró a la habitación de aislamiento con la bata estéril sobre la ropa. Regina permanecía en la cama, delgada y frágil, sumida en una sedación profunda por los analgésicos que controlaban las crisis de dolor de la leucemia. Rebeca se inclinó sobre el barandal de la cama, tomó la pequeña mano de la niña y las lágrimas calientes inundaron sus mejillas sin freno. —Tendrás un hermanito, mi vida —susurró con la voz rota por el llanto—. Me decías tantas veces que querías uno para jugar... y ahora lo tendrás, mi amor. Tienes que resistir mientras tanto, por favor. Aguanta un poco más. Se limpió el rostro con torpeza, con







