INICIAR SESIÓNÉl se casó conmigo por poder… pero yo me convertí en su debilidad. Desesperada por salvar a su madre moribunda y a su familia que lucha por salir adelante, Lopez Anderson acepta un matrimonio por contrato con el despiadado multimillonario Adrian West. Un año. Sin amor. Sin promesas. Lo que comienza como un frío acuerdo de negocios pronto se convierte en un peligroso juego de control, traición y un deseo irresistible. Cuando Adrian se divorcia de ella, dejándola con el corazón destrozado… descubre que está embarazada de su hijo. Pero cuando regresa llevando en su vientre a su heredero, la mujer que Adrian una vez controló ha desaparecido. ¿Buscará venganza… o arriesgará su corazón por el hombre que una vez lo rompió?
Ver más—Mira por dónde caminas, jovencita —espetó la desagradable anciana. Era la tercera vez que alguien le llamaba la atención por lo mismo.
—Oh, lo siento —respondió Lopez rápidamente mientras se hacía a un lado para dejar que la mujer pasara por el espacio que ella suponía que era su carril.
El día había sido una lucha interminable entre las exigencias de los clientes, las preguntas constantes sobre productos de belleza y el zumbido continuo de las luces fluorescentes que bañaban la tienda con un brillo frío y artificial. Sin embargo, llevaba casi dos horas de pie esperando a su jefa.
—Hoy no me voy de aquí sin mi sueldo —murmuró Lopez mientras seguía caminando de un lado a otro por el mismo pasillo, como una niña pequeña esperando a que fueran a recogerla de la escuela.
—Supongo que tú eres la siguiente —le dijo una chica pelirroja casi en un susurro.
Era Taddy, una de sus compañeras de trabajo, a quien Lopez detestaba profundamente. Y, por supuesto, estaba su amiga Sky. Ambas disfrutaban molestándola y, a esas alturas, Lopez debería haberse acostumbrado a sus burlas, pero ocurría todo lo contrario.
—Yo que tú, no iría —se burló Sky—. Puedo apostar que no hay nada para ti ahí dentro.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Lopez, ignorando su sonrisa burlona.
—Quiero decir que no saldrá suficiente dinero de ahí para que dejes de quejarte de cómo alimentar a tu madre moribunda —continuó Sky, pero Taddy la interrumpió.
—Vamos, chica —dijo Taddy, tirando de Sky—. Ella puede comprobarlo por sí misma.
Luego se volvió hacia Lopez.
—No digas que no te lo advertimos.
Las dos se alejaron.
Lopez suspiró profundamente mientras asimilaba aquella información. No era la primera vez que le ocurría. De hecho, sucedía el noventa y cinco por ciento de las veces. Algunos días decían que no habían vendido lo suficiente y otros inventaban alguna excusa absurda.
Lo más molesto de trabajar allí era lo mucho que tenían que esperar para recibir un pago que ni siquiera estaba garantizado, además de la distancia que tenían que mantener de la puerta de la oficina de su jefa.
—Buenas tardes, señora —saludó Lopez al llegar a la puerta.
—¿Lopez? —preguntó la mujer de cabello dorado y abundante sin levantar la cabeza del teléfono que estaba usando.
—Sí, señora —respondió Lopez, apretando los dientes.
—Ese es tu sueldo —dijo su jefa, señalando dos billetes de diez dólares sobre la mesa.
—¿Perdón, qué? —exclamó Lopez, con la incredulidad reflejada en el rostro—. ¿Veinte dólares? ¿Por qué?
—Eso es lo que te queda después de todas las deducciones, Lopez. La empresa no tiene suficiente solvencia económica como para pasar por alto todos tus errores, ¿sabes? —respondió la mujer con indiferencia.
—¿Errores? ¿Qué error? Hoy es el cuarto día de la semana y todavía no he recibido ningún pago esta semana, ¿y ahora me está dando esto?
Señaló el dinero sobre la mesa con desprecio.
—Si tienes algún problema con el método de pago de la empresa, puedes presentar una queja. La caja está justo ahí —dijo su jefa, señalando la caja situada en la esquina de la habitación.
Lopez no respondió. La miró con una mezcla de dolor y desprecio.
—Si no puedes hacer eso, entonces tendrás que mantener la boca cerrada, de lo contrario…
—¿De lo contrario qué? —replicó Lopez, incapaz de contener más su ira.
—Ten cuidado, chica. Todavía tienes un trabajo mientras yo siga estando tranquila —respondió la mujer, levantando la mirada hacia su rostro por primera vez.
—¿Trabajo? ¿A esto le llama trabajo? ¿Es una broma? —exigió saber Lopez, con una voz mucho más firme que la tormenta que rugía en su interior.
—He trabajado incansablemente toda la semana sin nada que mostrar a cambio y ahora usted se sienta ahí y me dice que esto es un trabajo.
Comenzó a desahogarse, pero la gerente no se movió ni un centímetro. Su indiferencia solo alimentó aún más las llamas de la frustración.
—¿Sabe qué? Renuncio —añadió Lopez, respirando con dificultad después de desahogarse.
—Está bien —respondió la mujer, con los ojos nuevamente pegados a la pantalla de su teléfono, igual que cuando Lopez había entrado.
—¿Qué? —exclamó Lopez, sorprendida por su indiferencia.
Se dio la vuelta para marcharse, pero entonces recordó los veinte dólares sobre la mesa. Extendió la mano para tomar el dinero, pero la gerente lo agarró antes que ella.
—Ya no es tuyo. Yo solo les pago a los trabajadores, no a los ex trabajadores —dijo la gerente con una sonrisa burlona.
Lopez salió furiosa de la oficina de la gerente, con la visión borrosa por las lágrimas de rabia.
Veinte dólares.
Después de cuatro días de trabajo.
Le temblaban las manos mientras apretaba con fuerza su bolso. La humillación le ardía en el pecho. Había soportado insultos, agotamiento y un trato injusto porque necesitaba desesperadamente el dinero.
¿Pero esto?
Esto era crueldad.
Caminó hacia la salida intentando calmarse, pero la ira seguía aumentando.
—Increíble —murmuró—. Absolutamente increíble.
Justo cuando llegó a la entrada, un guardia de seguridad se interpuso en su camino.
—Señorita Lopez, la gerente quiere verla otra vez.
Lopez soltó una risa amarga.
—¿Para qué? ¿También quiere descontarme el aire que respiré?
Justo cuando estaba a punto de marcharse, una voz firme detrás de ella cortó el aire.
—¿Qué estás haciendo?
No necesitó darse la vuelta. Por el tono de voz ya sabía de quién se trataba. Era uno de los hombres de seguridad de la tienda.
—¡Detente ahí! —gritó el hombre.
Los pasos del guardia resonaron detrás de ella y su expresión se endureció mientras se acercaba a Lopez.
—Abre tu bolso.
Lopez se quedó paralizada.
—¿Qué?
—Recibimos un informe de que robaste productos de la empresa.
Sus ojos se abrieron de par en par, incrédula.
—¿Me están acusando de robar?
—Abre el bolso.
La ira se apoderó de ella. Primero le habían robado su sueldo. Ahora querían convertirla en una ladrona.
—Esto es una locura.
La gente ya había comenzado a mirarla.
Su humillación se hizo aún más profunda.
Y fue entonces cuando un elegante automóvil negro se detuvo justo frente a la tienda.
La puerta trasera se abrió.
Primero aparecieron unas piernas largas y luego unos zapatos negros perfectamente lustrados. El hombre vestía un traje hecho a la medida. Todo en él gritaba poder.
Su sola presencia hizo que la ruidosa entrada quedara repentinamente en silencio.
Incluso los guardias de seguridad dudaron.
Lopez lo miró fijamente.
Rico, frío, peligroso y, para su desgracia, increíblemente guapo.
La desesperación se apoderó de ella y Lopez corrió detrás del joven, utilizándolo como escudo.
El guardia de seguridad dudó por un momento al encontrarse frente a aquella figura imponente y a los hombres de seguridad que lo acompañaban.
Tomado por sorpresa por la repentina aparición de Lopez y por el alboroto que la rodeaba, el joven se volvió para mirar al guardia que se acercaba.
Lopez, respirando con dificultad y todavía escondida detrás de él, le suplicó silenciosamente con la mirada.
Antes de que el hombre pudiera dar otro paso hacia ellos, los guardaespaldas se adelantaron.
—¡Atrás! —dijo una voz ronca, provocando un escalofrío por la espalda de Lopez.
Intimidado por su físico y su apariencia, el guardia de seguridad se dio la vuelta y regresó rápidamente al interior del edificio sin mirar atrás.
—¿Qué prefieres, a la policía o a mis hombres? —preguntó Adrian, mirando a Lopez, que todavía se escondía detrás de él.
Como ella no respondió, Adrian se liberó del agarre de Lopez con una expresión de disgusto en el rostro.
—Ese traje cuesta veintiséis mil seiscientos dólares. ¿Podrías pagarlo con todo lo que tienes? —preguntó con un tono que exigía atención.
Lopez, sintiéndose insultada y vulnerable, salió de detrás de Adrian.
—Eso no será necesario —dijo, levantando las manos para demostrar que ya no lo estaba sujetando.
Adrian soltó una risa burlona ante su respuesta.
—Me gustaría saber por qué te estaban reteniendo —dijo Adrian.
Casi sin dudarlo, Lopez respondió, dejando que su ira hablara por ella:
—Aprecio la ayuda, pero esto no es asunto suyo.
Dicho eso, se alejó de él y miró a su alrededor para comprobar si el guardia de seguridad seguía cerca.
—En cuanto a la policía, ellos la necesitan más que yo —añadió antes de alejarse de él.
Adrian la observó mientras se marchaba, divertido.
La mayoría de las mujeres le tenían miedo o intentaban impresionarlo.
Aquella mujer no había hecho ninguna de las dos cosas, y eso le pareció interesante.
—Señor, ¿quiere que vaya tras ella? —preguntó uno de sus hombres.
—Por supuesto que no —respondió Adrian.
—Eh... yo... déjeme...Toria tartamudeó, con la mente completamente en blanco.El guardia de seguridad frunció el ceño.—¿Qué? ¿Hay algún problema?—No... ninguno.Forzó una sonrisa.—Se lo diré.Sin esperar otro segundo, Toria se apresuró de regreso hacia los probadores, con el pánico escrito en todo el rostro.Esto es malo.¿Qué hago ahora?Caminó de un lado a otro, tratando desesperadamente de pensar en algo que le diera más tiempo a Lopez antes de que Adrian descubriera que se había ido.Justo cuando estaba a punto de perder la esperanza, una voz familiar sonó detrás de ella.—¿Me estás buscando?Toria se dio la vuelta rápidamente.Lopez estaba allí como si nada hubiera pasado.El alivio en el rostro de Toria fue casi cómico.—Sí, señora —respondió el guardia—. El jefe quiere hablar con usted.Le tendió el teléfono.—Le diré que está aquí.—Espera.Una de las empleadas frunció el ceño.—Pensé que todavía estaba en el probador.Lopez se quedó inmóvil por una fracción de segundo.—¿
A la mañana siguiente, Lopez estaba tan emocionada por ver a su familia y encontrar una solución a su problema inmediato que se olvidó por completo del desayuno.No esperaba que Adrian comiera en casa de todos modos, pero después de que él aceptara el desayuno que ella había preparado el día anterior, se dio cuenta de que había sido descuidada.—¿No hay desayuno hoy?La voz de Adrian tomó por sorpresa tanto a Lopez como a Toria.—Buenos días, señor —saludó Toria inmediatamente, enderezando la postura.—Buenos días... señor —repitió Lopez, sin saber qué más decir.Adrian levantó una ceja.¿Desde cuándo empezó a llamarme señor?Cuando ninguna de las dos volvió a hablar, Lopez asumió que estaba esperando una explicación.—Yo... lo siento, señor Adrian —tartamudeó, sintiendo cómo sus mejillas se calentaban—. Me ocupé con algo y lo olvidé por completo.Adrian soltó un resoplido.—¿Te ocupaste con algo?—Prepararé algo rápidamente ahora —añadió Lopez, esperando aliviar la creciente tensión.
Al llegar a la oficina, Adrian se encontró inmediatamente con mucha actividad mientras sus empleados se apresuraban a lidiar con un inversionista problemático.—¿Qué está pasando exactamente? —preguntó Adrian, recorriendo con la mirada los rostros tensos a su alrededor.Clementina se aclaró la garganta antes de hablar.—El señor Gesa exige una revisión de su contrato debido a la reciente caída del mercado de valores y los problemas con el tipo de cambio.La expresión de Adrian se oscureció de inmediato.—¿Y cómo consiguió esa información? Esto sucedió ayer y ordené específicamente que no se hiciera ningún anuncio hasta que todo estuviera resuelto, ¿no es así? —Su voz se volvió más fría—. He estado fuera un día y ¿ya tenemos un inversionista insatisfecho?La habitación quedó en silencio.Nadie se atrevió a responder.—Volveremos a eso después —dijo Adrian—. ¿Dónde está el señor Gesa ahora?—En la sala de conferencias con el señor Lucas, señor.Adrian no esperó a escuchar otra palabra.
—Deja las tonterías, hombre. No me gusta —protestó Adrian.—No suenas tan convincente como tus palabras, joven —sonrió Joey con picardía—. Vamos, no hay nada de malo en que te guste alguien.El rostro de Adrian se sonrojó ligeramente. La simple idea de admitir que se sentía atraído por Lopez le parecía una traición a sí mismo, especialmente después de todo lo que había pasado entre ellos.—Dije que no, Joey —insistió Adrian con firmeza—. Lopez es solo un medio para conseguir un fin. Nada más.Joey levantó una ceja, claramente no convencido.—Claro, amigo. Lo que tú digas.Adrian suspiró y se pasó una mano por el cabello.—¿Podemos dejar el tema, de acuerdo? —dijo, esperando desviar la conversación de su vida amorosa.Joey se encogió de hombros, aunque la mirada de quien sabía algo que él no permaneció en sus ojos.—Por mí está bien. Solo recuerda que la negación no es solo un río en Egipto.Adrian puso los ojos en blanco, pero no pudo evitar la pequeña sonrisa que apareció en sus labi


















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