Se connecterUn matrimonio, un hijo y, después de un año, el divorcio. A mis 37 años, le propuse matrimonio a un hombre de 24 que necesitaba desesperadamente mi dinero para salvar la finca de su familia. Mi padre está muriendo y mis primos esperan el momento perfecto para arrebatármelo todo. Ahora, Isaías no solo tendrá que proteger a nuestro futuro hijo… también tendrá que protegerme de quienes quieren verme caer. Pero cuanto más tiempo pasamos juntos, más difícil resulta fingir que este matrimonio no significa nada para nosotros.
Voir plus—Casate conmigo.
Isaías Ferrer levantó la vista del cuaderno de campo y parpadeó dos veces. Frente a él, Catalina Montiel permanecía de pie junto a la mesa de madera que usaban para las reuniones de producción, con las manos apoyadas en el respaldo de una silla y el rostro tan relajado como si acabara de pedirle que revisara los niveles de azúcar de los viñedos. —¿Cómo? —preguntó, por si acaso. —Casate conmigo —repitió ella, sin variar el tono. Isaías cerró el cuaderno. Llevaba ocho horas metido en la programación de la cosecha en Santa Lucía, con las uvas Malbec mendocinas por dar el punto justo, y la cabeza todavía en el mosto, en los tanques de acero inoxidable, en las órdenes de compra de insumos. No quería perder el tiempo en las divagaciones de esa mujer. —¿Estás hablando de algún asunto empresarial? —preguntó, midiendo las palabras. Catalina se sentó frente a él. Vestía una camisa blanca y pantalones claros; ni siquiera el polvo del camino de tierra que separaba la bodega de los viñedos lograba empañar la elegancia que la acompañaba a todas partes. —Es un asunto personal. Pero sí, tiene implicaciones patrimoniales. —¿Me vas a decir que hay un testamento que cumplir? —soltó una risa sin gracia—. ¿Una herencia condicionada? ¿Una cláusula medieval? Ella inclinó la cabeza, como si estuviera evaluando la pertinencia de su ironía. —Nada de eso. La propuesta es simple: matrimonio, un hijo, un año de duración y separación de bienes. Vos recibís el dinero suficiente para saldar la deuda de Finca La Esperanza y una suma adicional para recuperar tu capacidad de producción. Yo obtengo un heredero y consolido mi línea sucesoria. Isaías se quedó mirándola, completamente anonadado. ¿Cómo podía soltar tales palabras con esa liviandad? —¿Me estás pidiendo que te embarace? —dijo, finalmente, con una expresión de desagrado en el rostro. —Estoy proponiendo que formemos una familia dentro de los términos de un acuerdo contractual. —¿Y cómo pensás que tengamos un hijo? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta y le parecía absurdo que ella lo dijera con semejante naturalidad. —Supongo que de la manera habitual —dijo sin inmutarse—, cuando ambos estemos de acuerdo. Si no es posible, existen varios métodos que podemos probar. Pero mi preferencia es que la concepción sea tradicional. No quiero un donante anónimo para mi hijo. —¿Mi hijo, decís? ¿Mi hijo? ¿Te estás escuchando? —se rio otra vez; su voz ya no ocultaba su indignación—. Señora Montiel, acabás de decirme que querés que me acueste con vos para tener un hijo, y que el pago es salvar la finca de mi familia. ¿Eso no es coerción? —Coerción sería si te dijera que si no aceptás te despido, o que presionaría a tus acreedores para que embarguen La Esperanza. No voy a hacer nada de eso. Vos decidís. Isaías se levantó de la silla, caminó hasta la puerta del galpón y se quedó mirando el viñedo. Suspiró varias veces, conteniendo el carácter para no despotricar contra tal descaro en pleno siglo XXI. Una locura. Observó las hileras de parrales que se perdían en el camino, y más allá las montañas que se recortaban contra el cielo de su amada Mendoza. Todo parecía eterno hasta que una mala cosecha y una deuda lo cambiaban todo. —¿Por qué yo? —preguntó sin volverse. —Porque es la opción más lógica. —¿Lógica? —Vos necesitás dinero. Giró el rostro hacia ella. —¿Que soy una transacción de uvas? —Las transacciones son honestas. Yo te doy lo que necesitás. Vos me das lo que yo necesito. Un acuerdo claro entre dos adultos. —¿Y pretendés que después de un año todo termine ahí? ¿Que nos divorciemos, vos te quedes con un hijo y yo vuelva a mi vida como si nada hubiera pasado? Ella sostuvo su mirada. —Pretendo que ambos sepamos exactamente qué estamos haciendo. Isaías la miró durante unos segundos, todavía sin poder creer lo que estaba escuchando. —Tengo novia. —Lo sé. La respuesta fue tan inmediata que Isaías frunció el ceño. —¿Y aun así me estás haciendo esta propuesta? —Precisamente por eso. —No entiendo. —Vos tenés una relación estable. Eso significa que ya sabés lo que implica un compromiso. —¿Y qué tiene que ver mi novia con que quieras casarte conmigo? —Mucho. —Catalina cruzó las manos sobre la mesa—. No estoy buscando una historia de amor, Isaías. Necesito un hombre con quien pueda establecer un acuerdo claro. Vos sos joven, sano, conocés el mundo del vino, tenés principios y, hasta donde sé, no tenés ningún interés en mí. —¿Y eso último te parece una ventaja? —soltó una risa incrédula. —Me parece fundamental. —¿Por qué? —Porque así ninguno de los dos corre el riesgo de confundir el acuerdo con algo que no es. Isaías apretó la mandíbula. Aquella mujer conseguía convertir cualquier cosa en una negociación. —Te estoy eligiendo como el padre de mi hijo —volvió a explicar Catalina—, y como socio temporal. Vos podés seguir tu vida después del divorcio. Pero la finca de tu familia se va a salvar. Deberías ser un hombre racional y evaluar los pros de mi proposición. Isaías sintió un nudo en el estómago. ¿Cuánto sabía Catalina de los problemas de su familia para venir con semejante osadía? Qué ingeniosa. Por supuesto que ella lo sabía todo. Su red de información dentro del Valle de Uco era extensa. —Vos no entendés lo que estás pidiendo. —Entiendo perfectamente. —¿Y si digo que no? —Seguimos trabajando como hasta ahora. Seguís siendo mi mejor enólogo y yo sigo siendo tu empleadora. Isaías se quedó en silencio. Catalina Montiel no mentía porque no necesitaba hacerlo, siempre decía lo que pensaba, y si eso incomodaba, era problema del otro. Por primera vez desde que ella había pronunciado aquellas dos palabras, empezó a entender qué clase de mujer tenía delante. —Estás completamente loca. Una sonrisa breve, apenas un movimiento en las comisuras de los labios de Catalina, apareció y se esfumó. —Ese tipo de confianza no formaría parte del contrato. Se levantó, ajustó el cuello de su camisa blanca y caminó hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo. —Pensalo. No tenés que responder ahora, pero no esperes mucho. Necesito una respuesta para buscar opciones. Él se quedó solo en el galpón, con la cabeza dándole vueltas a las locuras de esa mujer. ... Una semana después, su madre lo llamó por teléfono. —Isaías, tu papá dice que tal vez tengamos que vender. La vida era una cosa completamente justa e injusta a la vez. Cerró los ojos. Lo único que le llegaba tras los párpados al escuchar el llanto de su madre era el viñedo de su infancia y, como una mala película de terror, la voz de Catalina Montiel: «Casate conmigo». La frase ya no le pareció tan absurda. —Bueno, mamá, tranquila —contestó con calidez en el tono para apaciguar el llanto del otro lado—. Dame unos días, voy a conseguir el dinero. No vendan nada. Colgó y se quedó mirando la montaña. Respiró hondo. Tomó la decisión; solo faltaba decir: —Sí, acepto.Isaías estaba tirado sobre el colchón de la habitación de Catalina Montiel. No. En la habitación de huéspedes de Catalina Montiel de Ferrer. —Carajo. Veinte minutos mirando el techo y todavía no se le pasaba el enojo: acababa de bañarse, tenía el pelo mojado y cenó solo en una cocina que no conocía. La empleada lo miró con lástima mientras le servía la cena, porque sí, la gran Catalina Montiel, su esposa desde hacía exactamente nueve horas, lo dejó en la puerta como si fuera un mueble más. —Isaías, la señora Carmen te va a mostrar tu habitación —dijo ella mientras sacaba el teléfono de su bolso—. Tengo que atender una urgencia en la bodega, llego tarde. Y se fue sin una sola palabra de explicación. Se pasó la mano por la cara y soltó un resoplido. La habitación no estaba mal: cama de dos plazas, placard grande, ventana al jardín, pero era de huésped, y él era el maldito esposo. —Esposo mueble —murmuró, y se sintió ridículo. Se levantó de golpe. Agarró el short que dejó sobre la
Finalmente, el día llegó. Catalina se ajustó el cuello de la chaqueta negra frente al espejo del pequeño baño del Registro Civil. Ni siquiera era un traje de ceremonia; llevaba la misma clase de ropa que usaba para reunirse con proveedores o presentar balances, solo que en color negro. No había ramo de flores ni invitados, solo lo mínimo exigido por la ley. Catalina consiguió un turno fuera del horario habitual y cierta privacidad que el dinero y la influencia de la familia podían comprar. Catorce días pasaron desde aquella tarde en el galpón de Santa Lucía, cuando pronunció las palabras «Casate conmigo» y vio el desagrado en los ojos de Isaías. Fueron dos semanas de abogados, cláusulas y excusas para evitar a sus primos, con la cosecha como argumento perfecto. Tuvo tiempo suficiente para arrepentirse y dar marcha atrás, pero ahí estaba. Catalina se miró una vez más en el espejo. No era más que una viuda que se iba a volver a casar. Se pasó la mano por el cabello, intentando no pens
El hospital siempre conseguía que Catalina se sintiera incómoda, le recordaba su infancia con su madre y la realidad de que había cosas que el dinero no podía resolver. Pasó la mañana entre abogados, documentos y llamadas que no quería atender, pero cuando cruzó las puertas del hospital todo lo demás perdió importancia. Caminó por el pasillo con el bolso sujeto contra el cuerpo y saludó a una enfermera que ya la conocía. Juan Manuel estaba despierto cuando entró en la habitación. Catalina se detuvo un segundo antes de acercarse a la cama. Lo veía enfermarse de a poco, pero todavía había días en que su memoria se negaba a aceptar lo evidente. Su padre seguía siendo, en algún lugar de su cabeza, el hombre que caminaba por los viñedos antes del amanecer, que podía reconocer una variedad de uva por el olor y que sabía cuánto faltaba para la cosecha con solo mirar el cielo. Ahora estaba acostado en una cama de hospital, con el rostro más delgado y las manos quietas sobre la sábana.Él
Isaías estaba en el recibidor de su casa y cerró la puerta con el pie. La carpeta de Catalina Montiel pesaba más de lo que debería pesar un puñado de hojas. La dejó sobre la mesa, junto a las llaves. Necesitaba aire.Se sacó la campera de jean y la colgó en el respaldo de la silla.Estaba por ir a la cocina a buscar un poco de agua cuando escuchó la puerta abrirse.—¿Hola? —María entró con una bolsa de comida en la mano. Se detuvo al verlo.Ella dejó la bolsa en el suelo y se le acercó preocupada.—¿Vos? ¿Qué hacés acá a esta hora?Isaías parpadeó. Tenía la cabeza en la voz de Catalina y le costó cambiar de canal.—Vivo acá.—Ya sé... Pero a esta hora siempre estás en el trabajo. ¿No tenías que terminar un informe de algo? No me digas —se llevó una mano a la boca—, ¿te echaron? ¿Sí? Con todo lo que te rompés el lomo...Ella no cerró la boca; empezó a decir un montón de conjeturas que no tenía ganas de escuchar.—Nada de eso, terminé antes.—¿Estás bien? —Lo miró de arriba hacia abajo—












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