MasukPOV: Mariana
Ni siquiera me acuerdo de cómo manejé de regreso a casa. Me temblaban tanto las manos sobre el volante que tuve que detenerme dos veces en el acotamiento porque las lágrimas me nublaban por completo la vista.
Mi cabeza era un caos.
Esa sonrisa... y esa pancita...
Dios, está embarazada de él, de mi esposo.
Cuando por fin crucé la entrada de la casa, lo que vi me provocó una mezcla de acidez y náuseas en el estómago.
Había dos camionetas estacionadas de lado en el jardín. Unos hombres con uniformes de trabajo descargaban enormes arcos de rosas blancas, globos inflados con helio y cubetas llenas de hielo.
Sí, hoy es nuestro quinto aniversario de bodas.
Pasé semanas llamando a los proveedores, organizando todo en secreto pour que fuera perfecto para su regreso.
Pero ya no tenía ningún sentido.
Al ver mi reflejo patético en el retrovisor, me dieron ganas de vomitar.
Qué estúpida fui.
Un trabajador se acercó a mi ventanilla con una gran sonrisa:
— ¡Buenos días, Señora Fernando! ¿Colocamos las luces en la sala principal o las dejamos afuera?Tardé diez segundos en poder abrir la boca, con la garganta completamente cerrada por el nudo que tenía.
— Detengan todo. Recojan sus cosas. Se cancela.
Al hombre se le borró la sonrisa. Miró su orden de trabajo, súper incómodo.
— Ah... pero espere, el servicio de comida ya viene en camino y, por las flores, el patrón me va a matar si...— No me importa —susurré, con la voz completamente rota—. Deme la factura. Voy a pagar todo, el doble si es necesario. Pero por favor, váyanse. Déjenme sola.
Dejó de insistir. Saqué mi tarjeta, tecleé el código temblando y la terminal emitió un pitido. Cuando las camionetas por fin se fueron, el silencio de la mansión me cayó encima como una losa de concreto.
Me dejé resbalar hasta el suelo, apoyando la espalda contra la puerta de entrada, con las rodillas pegadas al pecho. Me quedé ahí durante horas, sin moverme, en la total oscuridad. Ya ni siquiera podía llorar. Sentía un vacío enorme en el lugar donde antes estaba mi corazón.
Cerca de las siete de la noche, el molesto timbre del intercomunicador me hizo dar un brinco.
Mi corazón dio un vuelco loco.
¿Fernando?
Me arrastré hasta la entrada. Era un repartidor de DHL, empapado por la ligera lluvia que empezaba a caer.
— Un sobre para Mariana. Entrega personal obligatoria, necesito que me firme aquí en la pantalla.
¿Quién me mandaba esto?
Garabateé algo en la pantalla, tomé el sobre de cartón y cerré la puerta. Sobre la mesa de la cocina, rompí el empaque. Mis dedos tocaron una tela suave y ligera.
Cuando la saqué, creí que me estaba volviendo loca. Un camisón de encaje negro.
La copia idéntica, exacta, del que había encontrado la noche anterior en la entrada.
Pero al fondo del sobre había un trozo de papel fotográfico. Una foto Polaroíd. Era ella. Posaba de perfil frente al espejo de un baño, con el mismo camisón, con las manos apoyadas en su pequeña pancita redonda. Y abajo de la foto, escrito con marcador negro: «No te enojes conmigo. Fernando dice que el encaje me amolda mejor a mí».
El impacto me dejó sin aire. Di un paso atrás, apretando la foto entre mis dedos.
Esa maldita tipa lo sabía todo. Se estaba burlando de mí.
Una furia ciega y ardiente me subió a la cabeza. Agarré las tijeras del cajón y empecé a destrozar la tela, a cortar la foto, a reducirlo todo a pedazos mientras lloraba, ahogando gemidos de puro odio. Aventé los pedazos de seda y los confetis de papel al fondo de la basura.
Sentía que me asfixiaba. Corrí hacia el vestidor, me arranqué la ropa que traía puesta y me quedé desnuda frente al gran espejo. Mi piel se veía pálida, casi transparente bajo las luces del techo. Tenía los ojos hinchados y rojos. Parecía una maldita víctima. Y fue justo en ese momento cuando escuché el sonido seco de la puerta corrediza de madera.
Un olor inundó la habitación antes de que él entrara. Un aroma a perfume pesado y dulce. El perfume de ella.
Antes de que pudiera moverme, los brazos de Fernando me rodearon la cintura. Sus manos estaban calientes, demasiado pesadas. Su voz grave se pegó a mi oído, un susurro que la noche anterior me habría hecho temblar:
— Mariana, te extrañé.Se veía enorme en su traje negro, cargando ese olor a viaje y ese magnetismo que antes me volvía loca. Pero esta vez, entré en pánico. Con un movimiento brusco, me levantó y me aventó sobre el colchón. El golpe me sacó el aire. Sin darme tiempo de respirar, se puso encima de mí, aplastando mi pecho con su peso. Tenía los ojos oscuros, inyectados de sangre. Había una urgencia bruta en él.
Pero cuando sus labios tocaron los míos, sentí una arcada. Fue algo físico. Este no era mi esposo; era el hombre que venía de acariciar la panza de otra hacía apenas unas horas.
Él insistió con fuerza, así que lo mordí. Con todas mis fuerzas. Hinqué mis dientes en su labio inferior hasta que sentí el sabor metálico de la sangre en mi boca.
Fernando se quitó de golpe soltando una maldición grosera.
— ¡Mierda! ¿Qué carajos te pasa? ¿Estás loca?
Se pasó el dorso de la mano por el labio, incrédulo, mirando la mancha roja en su piel. Me clavó una mirada con los ojos de par en par, completamente en shock por mi violencia.
— ¿Pero qué demonios te pasa? —rugió, con la voz helada.
Aproveché que se había quitado de encima para salir de la cama de un salto y agarré una bata que estaba tirada en el sillón. Me temblaba todo el cuerpo, apenas podía amarrarme el cinturón.
— Fernando… —dije, y mi voz sonó más pequeña de lo que quería—. Quiero el divorcio.
La palabra cayó como una bomba en la habitación. Fernando se quedó congelado de rodillas, en medio de la cama deshecha. El brillo de deseo que tenía en los ojos se apagó al instante, reemplazado por una frialdad de mármol. Se sentó en la orilla del colchón, dándome la espalda, con los hombros súper rígidos.
— ¿Qué fue lo que viste? —preguntó, sin un solo temblor en la voz.
En el cuello de su camisa blanca, justo ahí, cerca de su nuca, había una mancha beige. Maquillaje que no era el mío. El dolor me atravesó el pecho, directo y afilado.
— Sus mensajes. Y los vi esta mañana. Afuera de su casa. Ella está embarazada, ¿verdad, Fernando?
— Sí —respondió, sin dudarlo un solo segundo
—. Es mi hijo.
Valeria rodea su cintura con sus brazos frágiles:—No seas cruel conmigo, Fernando. Te amo sin pedir nada a cambio, jamás te he hecho un reproche. Quédate solo un poco. Es muy tarde, duerme aquí, como hacías siempre.Fernando está agotado, solo desea desplomarse en el sofá tras tantas horas de trabajo encadenadas. Frunce el ceño, se suelta suavemente de los brazos de Valeria y retrocede:—Lo siento, Valeria, pero tengo que irme a reunirme con Mariana.Valeria abre los ojos como platos, completamente en shock. Murmura, con la voz entrecortada:—Fernando… estoy paralizada. ¿Y aun así te largas?—Sí. Y prefiero decírtelo ahora mismo: no volveré a verte.—¡¿Qué?!Los labios de Valeria empiezan a temblar. Se da cuenta de que está discapacitada y que el tipo la está sacando de su vida definitivamente.Noémie explota al instante:—¡Estás perdiendo el juicio, Fernando! ¿Huyes de tus responsabilidades? ¡Acabas de prometer hace un momento que te ocuparías de ella toda la vida! ¡Sé un hombre de
Cuando Fernando entra, Noémie se seca las mejillas con un gesto teatral, retomando al instante su máscara de madre afligida. Él se acerca a la cama con el rostro totalmente cerrado y se inclina ligeramente hacia Valeria.—Valeria —dice con suavidad.La chica, que miraba el techo con lágrimas fingidas, gira lentamente la cabeza hacia él antes de estallar en sollozos. Un auténtico melodrama.—Fernando… mis piernas… ¡He perdido lo mejor de mí misma! —grita entre lágrimas.Fernando se sienta en el borde del colchón y le da unas palmaditas en el hombro.—Valeria, sé fuerte. No hay que rendirse.Pero ella continúa llorando a lágrima viva, inconsolable:—Mis piernas, Fernando… ¡Ya no tengo piernas!—Eres joven —intenta tranquilizarla—. Nada está perdido. Moveré cielo y tierra para encontrarte a los mejores expertos en Estados Unidos, especialistas en médula espinal.—No servirá de nada. Ya estamos en la mejor clínica del país y han fallado. Mi vida ha terminado, Fernando.Fernando hace una p
En cuanto Fernando pasó la puerta, Noémie estalló. Empezó a maldecir como una pescadera, soltando insultos muy crudos, palabras violentas que contrastaban con la blanca calma de la clínica.Valeria levantó suavemente la cabeza, comprobando que Fernando estaba bien lejos.—¡Valeria, estás completamente loca! —se enfureció Noémie en voz baja—. ¡Te dije que fingieras, no que pagaras a un tipo para que te destrozara las piernas de verdad!—Mamá —respondió Valeria, ultra calmada—. Si no me hubiera pasado nada y Fernando hubiera descubierto el plan, me habría largado al instante. Ya no es tan idiota como antes.Noémie tuvo que admitirlo con un gesto de cabeza. El chico de veinte años al que manipulaba antaño se había convertido en un patrón frío y desconfiado. Estaba incluso dispuesto a rastrear la Dark Web para encontrar al culpable.—¿Has limpiado bien el asunto al menos? —preguntó Noémie, presa del pánico—. Si Fernando capta que es un montaje, estamos muertas.Valeria esbozó una sonrisa
POV: FernandoAl otro lado de la línea, la voz de Noémie me perfora los tímpanos, completamente rota. Al mismo tiempo, mi móvil vibra. Un mensaje de texto de Aaron: «La operación debía durar cuatro horas, ha tomado doce. El cirujano acaba de salir. Los nervios están afectados. Probablemente se quede paralizada».Me quedo mirando la pantalla, K.O., mientras Noémie sigue chillando en el auricular:—¡Fernando, te lo suplico, ven! ¡Valeria no aguantará esto sin ti!No pronuncio ni una palabra durante un largo rato.—¿Estás segura? —termino por soltar.Un pobre «sí» ahogado me responde.Dejo lentamente el estuche sobre mi escritorio. Cinco minutos antes, todavía estaba pensando en Mariana, cuando le había respondido cualquier cosa sobre sus joyas. Si hubiera visto estos prototipos, se habría vuelto loca de alegría.Pero ahora, es Valeria quien me necesita. Le digo a Aaron que me consiga un chófer y salgo disparado hacia el hospital.No pensé que rechazar al doctor Philippe condenaría sus p
POV: Fernando¿Un matrimonio blanco? ¿Cada uno a lo suyo?Sentí que la sangre se me helaba en las venas.—Estás soñando. Ni hablar.El engreído parecía sinceramente sorprendido. ¿Qué se imaginaba? ¿Que porque me mostraba públicamente con Valeria para darle celos a Mariana, iba a firmarle una autorización para que se arrastrara tras ella? Me estaba subestimando gravemente.Una sonrisa provocadora se dibujó en sus labios:—Ah. Entonces, ¿ya no vas a salvar a tu amante?Lo miré fijamente, con el cerebro en ebullición. Isaac no tenía ninguna intención de soltar a Philippe. Ese tipo siente horror por el adulterio y es lo suficientemente frío como para que le importe un carajo que Valeria se quede en la estacada. Seguir negociando con él era perder el tiempo. Y mi tiempo vale millones.Me levanté y me ajusté la chaqueta con un gesto seco.—Si cruzas la línea con mi mujer, te fulmino. Asegúrate de que Mariana reciba los mejores cuidados y las mejores medicinas. Yo pago todo, el dinero no es
POV: FernandoIntercepté al doctor Philippe en su despacho. Puse toda la carne en el asador, ofreciéndole millones por hora para que lo dejara todo y se subiera directo a mi jet privado.Pero el tipo me rechazó al instante, sin dudarlo un segundo.—¿Por qué? —pregunté, totalmente descolocado—. Mi mujer le da autorización para irse. ¡Está de acuerdo!Philippe ni siquiera levantó la vista de los gráficos en su pantalla. Fue entonces cuando Isaac apareció doblando la esquina del pasillo, con aire tranquilo:—Fernando, no deberías olvidar quién manda aquí. Estás en mi hospital. Si quieres requisar a mis médicos, primero tendrás que pedírmelo a mí, ¿no crees?De repente, lo entendí. Sin la luz verde de Isaac, el acuerdo de Mariana no valía absolutamente nada. No tenía autoridad alguna para darle órdenes a Philippe allí. Me giré hacia él con el rostro endurecido:—Señor Lambert, tenemos que hablar.Isaac esbozó una sonrisita de lado e hizo un gesto con la cabeza. Entramos en un salón privad
POV: MarianaEl reglamento de la empresa prohíbe a los empleados subir en el ascensor con el CEO, y Maxime bloquea los pisos con su tarjeta. Si la cabina se detuvo ahí, fue solo porque Fernando lo ordenó.Las puertas se deslizaron. Fernando lanzó una mirada circular por el pasillo, ignorando mi pre
POV: MarianaA la mañana siguiente, tenía los ojos hinchados. Mi plan era sencillo: bajar, hablar con Fernando en frío, arreglar el divorcio y mudarme de inmediato.Pero cuando llegué a la planta baja, la sala estaba vacía. El ama de llaves me dijo que él ya se había ido a trabajar.Yo también tení
POV: MarianaRegresé a la mansión al final de la tarde. Mientras manejaba, no podía dejar de pensar en las palabras de Isaac. Divorciarme limpiamente, sin armar un escándalo y sin destruir la carrera de Fernando, era simplemente imposible. Pero yo todavía quería creer que se podía. Si tan solo pudi
POV: MarianaIsaac se echó un poco hacia atrás en su silla. Frunció el ceño. Cinco años viviendo así... eso no era un matrimonio, era compartir departamento con un extraño.— Eso es extremadamente raro —dijo en voz baja—. ¿Había... algún tipo de bloqueo?Me quedé helada, completamente perdida.— ¿A







