LOGINCAPÍTULO 2
Maria Eduarda Duarte Crecí dentro de la mafia Strondda. Conozco las reglas y siempre supe cuál sería mi destino. Hace mucho tiempo que sé que fui prometida a un ruso, miembro de la familia Kim. No era lo que quería para mí, pero hoy iba a conocerlo personalmente y continuar con el compromiso del acuerdo que el Don había ordenado. Aunque nadie lo sabe, mi corazón solo ha latido una vez por un hombre. Pero él era apenas un soldado extranjero, recién llegado a la mafia, que, después de ser rechazado una vez, jamás permitió que una simple mirada mía volviera a alcanzarlo. Incluso intenté acercarme a él una noche, pero actuó como si no me conociera. Desde entonces, somos como dos desconocidos... y terminé aceptando ese acuerdo con los rusos. El problema surgió cuando entré en el gran salón y escuché la desagradable conversación de mi padre con un señor. Este le presentaba a su otro hijo para cumplir el compromiso que había acordado conmigo, explicando que mi antiguo prometido se había casado la mañana anterior con otra mujer. «¿Cómo que se casó?» «¿Me han traicionado?» ¡Maldita sea! ¿Será que las cosas nunca van a salir bien para mí? Apreté con fuerza los costados de mi vestido. Observé detenidamente al hombre, que me devolvió la mirada, aunque parecía dispuesto a cortarme la cabeza con un cuchillo. Tanta era la rabia que vi en sus ojos oscuros, tan sombríos como él. Entonces tomé una decisión: —¡Ellos incumplieron el acuerdo! ¡No voy a casarme con él! —declaré, mirando a todos. —No eres tú quien decide. Los acuerdos son acuerdos —intervino mi supuesto prometido. Recordé que tenía razón y me detuve a pensar. —Hable con su hija, señor Duarte. Evitaremos una guerra innecesaria. Miré incrédula al hombre mayor. «¿Ellos hacen semejante estupidez y nosotros tenemos que arreglarla?» —Por supuesto que prefiero la guerra. Creo que usted no me conoce. Arqueé las cejas y comprobé que llevaba puesto mi anillo, aquel del que sobresale la punta de una pequeña cuchilla cuando lo presiono. —Su hija es encantadora... Toda una comediante —comentó aquel señor. Miré a mi padre, que me conoce demasiado bien, pero tragué saliva cuando permaneció en silencio. Estaba considerando aceptar. Aquella era la única oportunidad de llegar a un acuerdo para evitar más muertes, y el Don no permitiría que se rompiera. De repente, el hombre se acercó y me puse nerviosa por un instante. Sin embargo, cuando susurró en mi oído, tuve la certeza de que ya había tenido demasiada paciencia. —Procura dejarte crecer el cabello. ¡Odio a las mujeres con el pelo corto! Me volví hacia él, estupefacta. «¿Quién se cree que es?» —Y si me complicas las cosas, ¡te destruiré! Sin pensarlo dos veces, apunté mi tacón hacia su pie y lo pisé con fuerza. Me sentí mucho mejor al ver cómo su rostro se contraía de dolor. «Qué buena estoy hoy... ¡Debería sacar una pistola y dispararle!» —¡¿ESTÁS LOCA?! —gritó. Empujé a aquel imbécil e intenté marcharme, pero me sujetó del brazo, apretándolo. Por lo visto, estaba intentando controlarse, pero a mí me importaba un comino. No me casaría con él ni aunque me ataran. —No. Nunca he estado tan segura de algo. Tomé una copa de champán de la bandeja que llevaba un camarero y, sencillamente, le arrojé el contenido a la cara. —¡ME LAS PAGARÁS! Aprovechando la distracción, me levanté el vestido y corrí desesperadamente hacia la salida trasera, donde se encontraban los empleados. Me quité los tacones y los arrojé a cualquier parte. Después utilicé un pasadizo secreto que me llevaría hasta el tejado. Sabía perfectamente dónde estaban las armas, pues aquella era nuestra ruta de escape. Elegí una pistola pequeña con la que ya había practicado antes y seguí mi instinto. Estaba lloviendo y las tejas estarían resbaladizas, pero no me encontrarían... No mientras yo no quisiera que lo hicieran. Caminé bajo la lluvia con facilidad. No había nadie allí y podría escapar sin problemas. El inconveniente surgió cuando escuché el sonido de un arma al ser amartillada. Al otro lado, alguien me estaba apuntando. «¡Mierda! Es aquel soldado extranjero al que rechacé. Ahora que se ha convertido en Consigliere, ¿será capaz de dispararme?» Mi corazón casi se detuvo en ese mismo instante. Me amenazó, así que amartillé mi pistola y le apunté. ¡Maldita sea! ¡Estaba descargada! Se la lancé, resbalé y caí, sintiendo cómo él me sujetaba antes de que golpeara el suelo. —Hoy parece que todos tienen ganas de morir. No puede ser otra cosa. ¡No pienso seguir ningún protocolo más! ¡Que se vaya al infierno ese acuerdo! La próxima vez elegiré una bomba. Protesté mientras intentaba empujarlo, pero él me apretó contra su cuerpo, junto a un árbol. —¡Irresponsable! ¡Infantil! Cuando me gritó de aquella manera, ya no hubo remedio. Intenté hablar, llegar a un acuerdo, pero nada de lo que decía funcionaba con aquel hombre, que me levantó con facilidad y me cargó sobre su hombro. Por mucho que me esforzara, apenas me permitió moverme. Con pasos lentos y despreocupados, el desgraciado me llevó sin ninguna prisa, sin prestar la menor atención a lo que decía, haciéndome pasar vergüenza delante de mis padres y de mi hermana gemela, exponiéndome nuevamente ante todos. —¿Estaban buscando esto? —tuvo el descaro de preguntar el Consigliere cuando me llevó hasta la entrada de la casa. Entonces golpeé su hombro con rabia. —¿Esto? ¿Cómo te atreves a llamarme...? —¡Ya basta, María Eduarda! La voz grave de mi hermano Enzo me hizo detenerme. Él no suele ser tan comprensivo como mis padres. Había llegado y yo estaba jodida. —¿Es que ya no puedo llegar tarde a las reuniones familiares? ¿Siempre tienes que hacer alguna de las tuyas, por Dios? —¡QUIERO BAJAR DE AQUÍ! ¡DILE A ESTE OGRO QUE ME SUELTE! —grité, retorciéndome y golpeando a aquel Consigliere extranjero. Pero al golpear sus hombros y su espalda, tan duros, perdí la concentración. Era la primera vez que tocaba a un hombre así y, cuando me di cuenta, yo misma había dejado de golpearlo. «¡Maldita sea!» Apenas podía respirar.Capítulo 100MaiconEsta peste quería volverme loco y lo consiguió. Fue difícil fingir que tenía el control cuando, en realidad, quería incendiarlo todo, arrancarle aquella ropa mojada y olvidarme de lo que me impedía follármela con fuerza y dominio.Ella se movía despacio, supongo que intentando mantenerme estable, sin saber que así solo conseguía empeorar las cosas. Tenía ganas de gritar, sujetarla del cabello y hacer que su cuerpo chocara contra el mío con fuerza.— ¡Más rápido, joder! ¡Vas a volverme loco!De repente, pareció escucharme. Sus movimientos se volvieron magníficos y entonces sí tuve que controlar la respiración, hasta que terminé en su boca.— Respira, estás demasiado agitado. Parece que salir del hospital te ha acelerado... —comentó mientras se enjuagaba la boca y me lavaba el cuerpo.— Quítate esa ropa, italiana —dije, sujetando la prenda empapada, pero ella no me dejó.— ¡Ni hablar! Si me ves, querrás continuar. Te conozco muy bien —respondió con firmeza.Respiré p
Capítulo 99Maicon— ¿Qué dice ahí, peste? ¿Vas a seguir riéndote? —pregunté mientras ella leía aquella hoja con las recomendaciones.— Bueno, aquí dice... Cuidados posoperatorios:* Evitar esfuerzos físicos intensos durante al menos 12 semanas.* Reposo moderado durante las primeras 6 semanas, con caminatas ligeras y supervisadas.* Control estricto de la presión arterial y la frecuencia cardíaca.* Acudir a las consultas de seguimiento cada 15 días durante el primer trimestre.* Actividad sexual: Se recomienda esperar «12 semanas» antes de retomar la vida sexual activa, para garantizar una recuperación completa y evitar complicaciones cardíacas, ya que el paciente es demasiado intenso...Apenas terminó la frase, exploté.— ¿Doce semanas? ¡Estás bromeando, verdad! Sé perfectamente que son solo ocho semanas. ¿Quién le dijo a ese loco que soy de porcelana, eh? ¡¿Qué clase de médico de mierda es ese?!Ella intentó disimular la risa, pero yo ya estaba impaciente. Extendí la mano sin pens
Capítulo 98MaiconDIEZ DÍAS DESPUÉSNo puedo creer que por fin me hayan dado el alta. Ya no soportaba seguir en ese hospital. Ahora solo quedan algunos procedimientos de rutina y podré irme a casa. Me quedaré hasta mañana en el hotel que compró el Don y, si todo sale bien, viajaremos a Italia con la autorización médica de aquí.Cuando Maria Eduarda salió para firmar los documentos, aproveché para preguntarle al médico:— Doctor, ¿cómo será todo a partir de ahora? Sé que necesitaré fisioterapia y voy a cumplirla correctamente, pero mi mujer ya ni siquiera me besa y me estoy volviendo loco.— Bueno, entiendo... Puede volver a mantener relaciones sexuales a partir de las ocho semanas, pero besarla ya puede, porque han pasado más de seis semanas. Si ninguno de los dos presenta riesgos de infección, no veo ningún problema con los besos.— ¿Dos semanas, joder? ¿Voy a tener que esperar otras dos semanas? —El médico me miró asustado—. Disculpe, doctor, pero estoy a punto de explotar. ¿Podría
Capítulo 97Maicon— Quiero hablar con el Don —le dije a Duda, porque tengo la cabeza hecha un lío y sé perfectamente que la italiana no dirá nada si él le ha dado una orden.— Puedo llamarlo... Seguro que vendrá —respondió Duda con una sonrisa.Esta traviesa sabe que el Don es firme, pero voy a intentarlo.Vi que sacó un celular y escribió algo rápidamente. Solo entonces me di cuenta de que estaba usando el mío. Duda lo guardó en su bolso y después se desinfectó las manos. Entonces extendí la mía para llamarla a mi lado.— ¿Cómo supiste la contraseña? —pregunté.Ella miró el celular dentro del bolso, después me miró a mí y sonrió.— Ivete, ella es la mejor. ¿Sabes? Jamás imaginé que pudiera ser algo relacionado conmigo. Ivete hizo un comentario, susurré «Italiana» y me sorprendí.— ¿Por qué no? —Moví los dedos y acaricié su mano.— Bueno, siempre pensé que me odiabas. Tampoco creo que hayas cambiado la contraseña hace mucho tiempo, así que...— Confieso que sentí rabia en el pasado,
Maria EduardaCAPÍTULO 96Audio de Robson para Cabelo:— No, retenla ahí. Solo voy a pasar por allí, ver si Sarita está bien y vuelvo enseguida. Quiero a su mujer.— ¿Pero no era solo por el dinero? Puedes complicar las cosas así. — Era la voz de Cabelo.— No, quiero más. El idiota ni siquiera preguntó por el perro callejero que dejó conmigo y del que nos deshicimos. Fue muy fácil engañarlo con la historia de que su madre le pedía que fuera a buscarla. Dejó a su mujercita vulnerable. Para cuando se dé cuenta de que les pasó algo a su madre y a su mujer, yo ya me habré divertido con esa preciosura. Cabelo, tú no la tocas. ¡Es mía!— Solo le dejé un recuerdito en la cara. La mujer es una atrevida y confía demasiado en el imbécil de Maicon. Cree que es alguien importante. — Carcajadas.Escuché el audio de Robson, grabado en el momento en que mi suegra, Ivete y yo estábamos bajo su control y el de sus cómplices. Me quedé horrorizada.Se había hecho pasar por su mejor amigo. El Don estaba
Maria EduardaCAPÍTULO 95Por lo que entendí, esperaban mi opinión, así que, animada, dije:— Ella lo sabe, pero si no está involucrada... Bueno, no creo que deba pagar por los errores de su hermano —dije con cierto temor. Por mucho que no me agradara, lo justo era justo.— Haremos lo siguiente... Pero aquí no se queda más. La enviaré a otro estado. Necesito asegurarme de que mantenga la boca cerrada, porque si la abre, muere —dijo el Don con firmeza, mientras le daba otra patada en la cara a Robson, lo que desesperó a Ingrid.— ¡No! No voy a poder sobrevivir ni siquiera como prostituta en otro lugar. Aquí tengo dónde vivir. ¡Por favor, déjenme vivir aquí! —suplicó Ingrid.Recordé cuánto la apreciaban Maicon y su madre.— Don, si quiere, puede llevarla a Italia. Allí están los clubes nocturnos y puede trabajar. Si decide ser prostituta o no, ya será elección suya —pedí, aunque sabía que tarde o temprano terminaría cruzándome con ella.— ¡Por mí, que la manden directamente al diavolo!







