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Author: Edi Beckert
last update publish date: 2026-10-30 12:00:25

María Eduarda Duarte

CAPÍTULO 3

No soy de las que se quedan calladitas. No consigo aceptar todo lo que me imponen y tampoco tengo intención de cambiar. Sobre todo cuando me doy cuenta de que intentan engañarme, como en este momento.

Aquel Consigliere del diavolo me dejó en el suelo e intenté disimular mis movimientos, pero él sonrió mientras se limpiaba los hombros, solo para dejar claro que se había dado cuenta.

Prácticamente corrí hacia mi hermano sin mirar atrás.

—¿Te enteraste de lo que pasó? ¡El acuerdo era que me casara con Alexei, y ahora ese asqueroso de Anton quiere ocupar su lugar! ¡Y yo no quiero!

Mi hermano me señaló con el dedo.

—¡María Eduarda Duarte, no eres tú quien elige! Todos sabemos que los acuerdos son necesarios, ¡maldita sea! Creo que deberías esforzarte un poco más. El Don no volverá a perdonarte. Ni siquiera lo intentaste. Como siempre, mandaste todo al demonio y solo pensaste en ti.

Mientras hablaba, el desgraciado del Consigliere tosió para disimular una carcajada y después nos dio la espalda.

Lo ignoré y cambié de estrategia. Ya he aprendido a tratar con mi hermano.

—Hermano, ten compasión de mí. Déjame elegir a mi marido. Ese tipo no vale nada, ¡me amenazó después de apenas cinco minutos a mi lado! Habla con papá, habla con el Don.

Coloqué una mano sobre el pecho de Enzo.

—¡Caramba, María Eduarda! ¿Qué te crees? Nadie va a pasarse la vida arreglando tus problemas. ¿Crees que huyendo, escapando por un pasadizo secreto y sacando una pistola vas a solucionar algo? ¡Por supuesto que no! ¡Las cosas no siempre se hacen a tu manera! ¿Sabes lo difícil que fue resolver el problema que creaste? ¡Estamos tratando con la mafia rusa, no con pandillas de adolescentes! ¿Te has parado a pensarlo?

Mi padre me reprendió con la voz alterada mientras caminaba de un lado a otro, y empecé a preocuparme.

«Maldito Consigliere miserable, extranjero del diavolo... ¿Tenías que aparecer para arruinar mis planes?»

Murmuré para mis adentros, pero el Consigliere del diavolo me escuchó y volvió a esbozar aquella sonrisa burlona, haciéndome apretar los dientes con ganas de estrangularlo.

Hasta que algo me sorprendió.

—¡Papá, yo puedo hacerlo si quieres! —se ofreció mi hermana gemela para ocupar mi lugar.

Pero todos se negaron, ya que está siguiendo un tratamiento médico.

—No puedes, al menos no ahora. Deja que María Eduarda madure y afronte las cosas como una adulta.

Mi padre habló y después me miró, fijándose en mi mano.

—¿Dónde está tu pulsera?

—La dejé en mi habitación.

—¡Entonces vuelve a ponértela! Sube con tu madre y tu hermana. Iré inmediatamente a casa del Don con tu hermano. ¡Vamos a resolver esto!

Miró al Consigliere del diavolo.

—Gracias por traer de vuelta a María Eduarda. Te debo una.

—Sé cómo tratar con personas como ella. Si vuelvo a verla, la traeré inmediatamente a su casa.

Puse mala cara y le mostré el dedo medio a aquel desgraciado sin que nadie más lo viera.

—Me gusta tu estilo. ¡Sigues las reglas a la perfección! —lo elogió mi padre.

No soporté más aquella situación tan absurda y desagradable.

Les di la espalda y subí corriendo las escaleras. Cerré la puerta de mi habitación de un portazo y me encerré dentro.

Tal como estaba, entré en el baño, abrí la ducha sin quitarme la ropa y dejé que el agua recorriera mi cuerpo.

Escuché que llamaban a la puerta, pero les ordené que se marcharan.

—¡QUIERO ESTAR SOLA! ¡MIENTRAS USTEDES DECIDEN SOBRE MI VIDA, AL MENOS TENGO DERECHO A UN POCO DE PAZ!

Grité y entonces los ruidos cesaron.

Empecé a recordar todo lo que había sucedido y me sentí horrible.

Ese hombre no me engaña. Va a destruir mi vida si me caso con él.

¿Cómo voy a vivir en Rusia con alguien en quien no confío desde el primer momento? ¿Lejos de mi familia?

Intentará golpearme, obligarme a ser su mujer... ¿Y qué voy a hacer yo?

El agua seguía deslizándose por mi cuerpo, pero no iba a llorar.

No soy frágil como mi hermana.

Soy María Eduarda Duarte y doy ejemplo.

Tengo veintiséis años, dinero ahorrado, soy licenciada en Administración de Empresas y tengo una especialización en Gestión Financiera.

¿Por qué debería preocuparme, verdad?

Cuando recordé todo aquello, me quité la ropa empapada, terminé de ducharme rápidamente, salí y volví a vestirme.

Preparé una mochila pequeña con dos mudas de ropa, mis documentos, tarjetas y dinero.

Seguramente mi familia no quería decepcionar al Don, así que sería mejor que no supieran dónde estaba hasta que consiguiera organizarme y encontrar un buen trabajo.

Tengo una amiga en Tívoli. Iré a su casa hasta que las cosas se calmen y la familia Kim desista del acuerdo.

Esperé a que pasaran las horas y, cuando ya casi amanecía, pedí un coche a través de una aplicación.

Miré la pulsera que estaba sobre el tocador y me la puse rápidamente, aunque me quedaba un poco floja.

Bajé cuidadosamente las escaleras, me colgué la mochila a la espalda y avisé a los guardias de seguridad de que iba a casa de mi hermano.

Cuando subí al coche, continué tranquila. Sin embargo, como estoy acostumbrada a prestar atención a todo lo que ocurre a mi alrededor, noté que un vehículo parecía seguirnos.

—Disculpe, señor, ¿es impresión mía o aquel coche de lujo nos está siguiendo?

El hombre echó un vistazo por el retrovisor.

—No, creo que es imaginación suya.

Seguí vigilándolo, incómoda y preocupada, hasta que cambié de opinión.

—¡Gire a la derecha, rápido! —ordené apresuradamente.

—¡Pero nos saldremos de la ruta, señorita!

—¡AHORA! ¡YO PAGO, NO HAY PROBLEMA!

El hombre giró rápidamente. Entonces vi cómo abría los ojos de par en par y aceleraba de repente.

—¡Mierda! ¡Realmente nos están siguiendo! ¿En qué está metida, señorita?

—¡En nada! ¡Solo conduzca más rápido y no permita que nos alcancen!

En cuanto dije aquello, comenzó a conducir como un loco.

Pero el otro coche nos alcanzó.

Al darme cuenta de que el conductor estaba reduciendo la velocidad y que iba a detenerse por miedo, simplemente abrí la puerta y salté.

Rodé por el césped y me golpeé la cadera contra el suelo.

Mis cosas se quedaron dentro del coche, pero aun así tenía que correr.

Podía tratarse de una mafia rival o de aquel estúpido Consigliere, y yo no pensaba regresar allí ahora.

Corrí entre ramas y agujeros sin mirar atrás.

«¡No puedo tropezar! ¡No puedo resbalar!»

Pensaba aquello mientras corría sin aliento, hasta que alguien me alcanzó y sentí que algo puntiagudo se clavaba en la carne de mi hombro.

Caí al suelo, sintiendo la cabeza cada vez más pesada, y noté cómo Anton Kim caía encima de mí.

—¡Estúpida! ¿Por qué tenías que complicar tanto las cosas? ¡Hasta podría haber fingido ser un buen hombre para hacerte feliz, pero ahora he perdido la paciencia! Con esta inyección no despertarás hasta el momento de nuestra boda, y yo lo resolveré todo por ti. ¡Tus padres pensarán que estabas ansiosa por cumplir nuestro acuerdo!

Sentí náuseas.

Intenté empujar a aquel idiota para quitármelo de encima, decirle que mi familia me conocía, que sabrían perfectamente que no lo quería y que no estaba con él por voluntad propia.

Pero me invadió un sueño insoportable.

Sentí la boca entumecida y mi voz salió extremadamente débil.

—Vas a morir...

Fue lo único que conseguí decir antes de que todo se volviera oscuro.

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