LOGINCAPÍTULO 7
Maria Eduarda estaba somnolienta. Evité tener contacto con ella, no tengo nada que ver con su vida. Me pareció extraño que, durante el vuelo, siguiera durmiendo. Se encerró en la habitación y hasta tuve que llamar a la puerta para recordarle que necesitaba comer. —¡Señorita Duarte, abra la puerta! No ha comido nada. ¡Le dije a su familia que estaba bien! —Me acerqué a la puerta para intentar escuchar. —¡Mala suerte para ti! ¡Déjame en paz, extranjero! Respiré hondo. No quería derribar la puerta, pero ella no me estaba dando otra opción. —¡Me importa una m****a lo que pienses, pero si la orden es que comas, derribaré esta puerta y te meteré la comida a la fuerza por la garganta! ¡Tienes dos segundos para decidir! De repente, uno de los soldados apareció con una llave y sonreí al abrir la puerta. Ella me lanzó una mirada, pero después me despreció, ignorándome. Maria Eduarda estaba acostada boca abajo, todavía con aquel vestido de novia, probablemente incómoda. Di dos pasos hacia delante. Parecía tan delicada en ese momento, recostada sobre su propio brazo, que no fui capaz de reprenderla. Caminé hasta quedar frente a ella, pero cuando me vio no reaccionó. Sus ojos castaños, con ligeros tonos verdosos, estaban profundamente tristes. «¿Será que aquel imbécil la obligó?». Me sentí extraño al pensar en eso. No tenía forma de saberlo y mucho menos me correspondía preguntárselo, pero me molestó. Me acerqué un poco más y me senté en el borde de la cama. La delicada piel de su rostro estaba pálida, sus bonitos labios permanecían apretados, quizá más blancos de lo habitual. ¿Tendría frío? —¿Estás bien? —Me quité la chaqueta del traje y la coloqué sobre ella. Mi respiración se aceleró ligeramente cuando me miró con rabia, pero no rechazó la chaqueta, así que me relajé. —No, no estoy bien. Me sorprendió su respuesta, porque tenía un aspecto terrible. Parecía estar llorando por dentro, podría apostarlo, pero no derramaba ni una sola lágrima... «¿Por qué?». —Hay una bandeja aquí. ¿Puede sentarse a comer, señorita? Me miró a los ojos cuando le hablé. Un extraño escalofrío recorrió mi cuerpo, pero enseguida volví en mí. —¿Por qué? ¿Tu jefe te va a exigir explicaciones por eso? Fue brusca. «¿Cómo consigue irritarme con tanta facilidad?». —Cualquier persona necesita comer para encontrarse bien, y tú estás muy pálida. —¡Estoy horrible! —Se pasó las manos por su cabello corto y despeinado mientras se daba la vuelta y se sentaba. —Solo necesitas comer. Empezarás a sentirte mejor. No me miró. Parecía perdida en sus pensamientos, así que me levanté y fui a buscar la bandeja con sopa y algunas frutas. Hacía mucho tiempo que no la observaba detenidamente. Siempre llevaba un maquillaje impecable que cubría toda su piel y el cabello perfectamente arreglado, pero hoy no. Confieso que se ve muy bonita así. Sus facciones pueden apreciarse con facilidad y parece delicada, muy diferente del desagradable recuerdo que tengo de ella, especialmente cuando recuerdo que fueron sus palabras las que me hicieron replantearme tantas cosas. «¿Pero qué estoy pensando?». «¡Esta mujer es mezquina, egoísta y está llena de problemas!». Ella misma había dejado muchas cosas bastante claras. Quiero mantenerme lejos. —¡Si necesitas ayuda, llama a algún soldado! —dije mientras salía y dejaba la puerta entornada. Ese es el tipo de problema que prefiero mantener muy lejos de mí. (...) Cuando aterrizamos, vi la cantidad de llamadas y mensajes del Don Antony y de la familia de ella. Simplemente les avisé que todo estaba bien y que ella daría las explicaciones cuando llegáramos. Maria Eduarda ni siquiera me miraba, y me aseguré de pedirles a los soldados que la vigilaran. Ni siquiera me molesté en estresarme. Cuando llegamos a su casa, apenas podía creer la cantidad de personas que había allí. Si el consejo se enteraba de lo ocurrido, sería imposible llegar a un nuevo acuerdo y su reputación quedaría manchada para siempre. Así que le susurré algo al Don y él lo comprendió enseguida. —Les pido que nos disculpen, pero mi prima necesita privacidad esta noche. Más tarde o mañana por la mañana, yo mismo me pondré en contacto con ustedes y les informaré sobre la situación del acuerdo —declaró el Don con su habitual postura firme. —Creo que no necesito recordarles que los rusos están presentes en gran número en este momento. La familia Kim tiene muchos aliados y, aunque el prometido de la señorita Duarte no sea el honorable Alexei, sino su hermano, si rompemos el acuerdo ahora, estaremos declarando la guerra —afirmó el presidente del consejo con firmeza, y tenía razón. —¡No tengo amnesia, Jorge! ¡Si necesito ayuda, tengo a mi Consigliere! El Don sacó su revólver calibre .357 de la cintura y lo limpió con la camisa del presidente, quien dio media vuelta y se llevó a los curiosos. En cuanto se marcharon, Maria Eduarda corrió hacia sus familiares y el Don Antony me miró... Yo ya sabía lo que debía hacer. —Bueno, aparentemente la señorita Duarte está bien. Si desean llamar a un médico, eso queda en manos de la familia. Lo que tengo que declarar es que la encontré en territorio ruso, concretamente en una de las habitaciones de la familia Kim, y en las mismas condiciones en las que la están viendo ahora, vestida de novia. Por lo que pude observar, la propiedad es inmensa, pero si sus hombres fueran tan numerosos y estuvieran tan bien entrenados, nos habrían impedido salir, y no fue así. Expliqué lo que sabía, sin entrar en detalles. —¿Por qué estás vestida de novia, hija mía? No fuimos debidamente invitados y, para empezar, ¿por qué estabas allí? —preguntó Hélio. Maria Eduarda bajó la cabeza. —Lo siento mucho, papá... Me precipité. Salí de casa con la intención de esperar a que las cosas se calmaran, pero Anton me secuestró. Me inyectó algo y me llevó a Rusia completamente inconsciente. Se burló de mí diciendo que había utilizado mi voz para modificar un audio y organizó la boda para anoche. Me obligó a ponerme este vestido y... —¿Por qué mientes de esa manera, querida prometida? Todos nos sobresaltamos al escuchar la voz de Anton Kim, que se acercaba a nosotros en el jardín sin que nadie lo hubiera visto entrar. Automáticamente, todos desenfundamos nuestras armas y le apuntamos, al ver la cantidad exorbitante de soldados que venían detrás de él, además de su padre. —Será mejor que digas la verdad. Ya eres mía y la firma será un mero trámite. Extendió un trozo de tela. Parecía gris, pero estaba muy manchado de sangre. Fue una situación vergonzosa. Todos se quedaron horrorizados al comprender que se trataba de una prueba de consumación del matrimonio, pero Maria Eduarda lo negó desesperadamente. —¡NO! ¿¡DE QUÉ ESTÁS HABLANDO!? ¡YO NO HE HECHO NADA! ¡PAPÁ, TIENES QUE CREERME! La joven sacudió a su padre, desesperada, pero nadie le creería ante aquella prueba. Yo mismo había escuchado los gritos. —Maicon, ¿sabes algo de esto? ¿Sabes si es verdad? ¿Viste algo? —me preguntó el Don abiertamente. Sabía que debía decir la verdad, pero si confesaba que también había visto la sangre sobre la sábana, ella estaría obligada a casarse con Anton. Y ahora eso no me parecía justo, porque si aquel tipo la había obligado, merecía un disparo en medio de la frente, no un premio. Sin embargo, no puedo mentirle al Don. —¿Maicon? —Yo...Capítulo 100MaiconEsta peste quería volverme loco y lo consiguió. Fue difícil fingir que tenía el control cuando, en realidad, quería incendiarlo todo, arrancarle aquella ropa mojada y olvidarme de lo que me impedía follármela con fuerza y dominio.Ella se movía despacio, supongo que intentando mantenerme estable, sin saber que así solo conseguía empeorar las cosas. Tenía ganas de gritar, sujetarla del cabello y hacer que su cuerpo chocara contra el mío con fuerza.— ¡Más rápido, joder! ¡Vas a volverme loco!De repente, pareció escucharme. Sus movimientos se volvieron magníficos y entonces sí tuve que controlar la respiración, hasta que terminé en su boca.— Respira, estás demasiado agitado. Parece que salir del hospital te ha acelerado... —comentó mientras se enjuagaba la boca y me lavaba el cuerpo.— Quítate esa ropa, italiana —dije, sujetando la prenda empapada, pero ella no me dejó.— ¡Ni hablar! Si me ves, querrás continuar. Te conozco muy bien —respondió con firmeza.Respiré p
Capítulo 99Maicon— ¿Qué dice ahí, peste? ¿Vas a seguir riéndote? —pregunté mientras ella leía aquella hoja con las recomendaciones.— Bueno, aquí dice... Cuidados posoperatorios:* Evitar esfuerzos físicos intensos durante al menos 12 semanas.* Reposo moderado durante las primeras 6 semanas, con caminatas ligeras y supervisadas.* Control estricto de la presión arterial y la frecuencia cardíaca.* Acudir a las consultas de seguimiento cada 15 días durante el primer trimestre.* Actividad sexual: Se recomienda esperar «12 semanas» antes de retomar la vida sexual activa, para garantizar una recuperación completa y evitar complicaciones cardíacas, ya que el paciente es demasiado intenso...Apenas terminó la frase, exploté.— ¿Doce semanas? ¡Estás bromeando, verdad! Sé perfectamente que son solo ocho semanas. ¿Quién le dijo a ese loco que soy de porcelana, eh? ¡¿Qué clase de médico de mierda es ese?!Ella intentó disimular la risa, pero yo ya estaba impaciente. Extendí la mano sin pens
Capítulo 98MaiconDIEZ DÍAS DESPUÉSNo puedo creer que por fin me hayan dado el alta. Ya no soportaba seguir en ese hospital. Ahora solo quedan algunos procedimientos de rutina y podré irme a casa. Me quedaré hasta mañana en el hotel que compró el Don y, si todo sale bien, viajaremos a Italia con la autorización médica de aquí.Cuando Maria Eduarda salió para firmar los documentos, aproveché para preguntarle al médico:— Doctor, ¿cómo será todo a partir de ahora? Sé que necesitaré fisioterapia y voy a cumplirla correctamente, pero mi mujer ya ni siquiera me besa y me estoy volviendo loco.— Bueno, entiendo... Puede volver a mantener relaciones sexuales a partir de las ocho semanas, pero besarla ya puede, porque han pasado más de seis semanas. Si ninguno de los dos presenta riesgos de infección, no veo ningún problema con los besos.— ¿Dos semanas, joder? ¿Voy a tener que esperar otras dos semanas? —El médico me miró asustado—. Disculpe, doctor, pero estoy a punto de explotar. ¿Podría
Capítulo 97Maicon— Quiero hablar con el Don —le dije a Duda, porque tengo la cabeza hecha un lío y sé perfectamente que la italiana no dirá nada si él le ha dado una orden.— Puedo llamarlo... Seguro que vendrá —respondió Duda con una sonrisa.Esta traviesa sabe que el Don es firme, pero voy a intentarlo.Vi que sacó un celular y escribió algo rápidamente. Solo entonces me di cuenta de que estaba usando el mío. Duda lo guardó en su bolso y después se desinfectó las manos. Entonces extendí la mía para llamarla a mi lado.— ¿Cómo supiste la contraseña? —pregunté.Ella miró el celular dentro del bolso, después me miró a mí y sonrió.— Ivete, ella es la mejor. ¿Sabes? Jamás imaginé que pudiera ser algo relacionado conmigo. Ivete hizo un comentario, susurré «Italiana» y me sorprendí.— ¿Por qué no? —Moví los dedos y acaricié su mano.— Bueno, siempre pensé que me odiabas. Tampoco creo que hayas cambiado la contraseña hace mucho tiempo, así que...— Confieso que sentí rabia en el pasado,
Maria EduardaCAPÍTULO 96Audio de Robson para Cabelo:— No, retenla ahí. Solo voy a pasar por allí, ver si Sarita está bien y vuelvo enseguida. Quiero a su mujer.— ¿Pero no era solo por el dinero? Puedes complicar las cosas así. — Era la voz de Cabelo.— No, quiero más. El idiota ni siquiera preguntó por el perro callejero que dejó conmigo y del que nos deshicimos. Fue muy fácil engañarlo con la historia de que su madre le pedía que fuera a buscarla. Dejó a su mujercita vulnerable. Para cuando se dé cuenta de que les pasó algo a su madre y a su mujer, yo ya me habré divertido con esa preciosura. Cabelo, tú no la tocas. ¡Es mía!— Solo le dejé un recuerdito en la cara. La mujer es una atrevida y confía demasiado en el imbécil de Maicon. Cree que es alguien importante. — Carcajadas.Escuché el audio de Robson, grabado en el momento en que mi suegra, Ivete y yo estábamos bajo su control y el de sus cómplices. Me quedé horrorizada.Se había hecho pasar por su mejor amigo. El Don estaba
Maria EduardaCAPÍTULO 95Por lo que entendí, esperaban mi opinión, así que, animada, dije:— Ella lo sabe, pero si no está involucrada... Bueno, no creo que deba pagar por los errores de su hermano —dije con cierto temor. Por mucho que no me agradara, lo justo era justo.— Haremos lo siguiente... Pero aquí no se queda más. La enviaré a otro estado. Necesito asegurarme de que mantenga la boca cerrada, porque si la abre, muere —dijo el Don con firmeza, mientras le daba otra patada en la cara a Robson, lo que desesperó a Ingrid.— ¡No! No voy a poder sobrevivir ni siquiera como prostituta en otro lugar. Aquí tengo dónde vivir. ¡Por favor, déjenme vivir aquí! —suplicó Ingrid.Recordé cuánto la apreciaban Maicon y su madre.— Don, si quiere, puede llevarla a Italia. Allí están los clubes nocturnos y puede trabajar. Si decide ser prostituta o no, ya será elección suya —pedí, aunque sabía que tarde o temprano terminaría cruzándome con ella.— ¡Por mí, que la manden directamente al diavolo!







