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Capítulo 4: La Estrategia del Cachorro y el Laberinto del Orgullo

Autor: L. Alejandra
last update Fecha de publicación: 2021-08-23 09:44:58

 

El eco de mis propios pasos resonaba con fuerza sobre el pavimento de la entrada principal de la facultad, marcando un ritmo acelerado que intentaba disimular el temblor que sentía en las rodillas. Había dado apenas tres zancadas firmes hacia las escalinatas cuando la voz de Cameron, desprovista por completo de la autoridad implacable de un magnate y teñida de una falsa y desconcertante fragilidad, me frenó en seco.

—Vaya, ¿así es como tratas a un hombre que solo intenta hacer una buena obra a primera hora de la mañana?

Me detuve de golpe, girando sobre mis talones con la mandíbula tensa y los brazos cruzados firmemente sobre el pecho, dispuesta a arrojarle mi último cartucho de sarcasmo. Pero al levantar la vista, las palabras se me quedaron atragantadas en la garganta. Cameron, el intocable, frío y arrogante CEO de la dinastía Miller, el hombre que parecía incapaz de flaquear ante nada ni nadie, estaba apoyado contra la puerta abierta de su coche con los hombros ligeramente encogidos. Su expresión había mutado de forma radical: los labios ligeramente curvados hacia abajo en un puchero sutil, la frente arrugada con una mezcla de fingida inocencia y resignación, y los ojos oscuros fijos en mí con una intensidad que rozaba la vulnerabilidad absoluta. Parecía exactamente un cachorro perdido bajo la lluvia pidiendo un poco de refugio.

—¿De qué ridícula actuación de teatro callejero se supone que disfrazas esto ahora, Miller? —le espeté con aspereza, intentando recuperar el control de mis defensas mientras sentía que el rostro se me calentaba de forma inoportua—. No tengo tiempo para tus manipulaciones psicológicas de alta gama. Mis apuntes de farmacología no se van a leer solos y tengo una clase de histología en menos de quince minutos.

Cameron suspiró pesadamente, un gesto teatral que hizo que el aire se moviera a nuestro alrededor, y dio un paso lento hacia adelante, levantando ambas manos en señal de total rendición.

—Te juro que no hay ninguna estrategia oculta, Eimi —murmuró su voz, adoptando un tono suave y rasposo que alteraba de inmediato la química de mi oxígeno—. Solo iba a pasar por aquí por asuntos de la fundación, te vi cargando con esa pila desproporcionada de libros que amenaza con aplastarte la columna, y lo único que quise hacer fue llevarte a tu casa. O a la facultad, o a donde necesites. Nada más. Lo juro. ¿Tan difícil es creer que un hombre pueda tener un gesto amable contigo sin buscar un contrato a cambio?

Me quedé helada, parpadeando un par de veces mientras procesaba sus palabras. ¿Cameron Miller pidiéndome tregua con cara de cordero desollado? Era una trampa, indudablemente. Un truco calculado para desestabilizar mi armadura y obligarme a ceder terreno en su tablero de ajedrez. Y, sin embargo, la fatiga acumulada de mis semanas de insomnio, el peso real de los volúmenes de medicina que me destrozaban los hombros y la irritante calidez que desprendía su presencia hicieron que mi resistencia comenzara a tambalearse como un castillo de naipes.

—Tus "gestos amables" siempre vienen acompañados de letras pequeñas y cláusulas ocultas, Cameron —repliqué, aunque mi tono había perdido gran parte de su fiereza inicial, traicionando la grieta por donde su cercanía empezaba a filtrarse—. No soy una de tus secretarias ni una socia comercial a la que puedas convencer con una sonrisa de niño bueno y miradas de suficiencia.

—No hay letras pequeñas, te lo prometo —respondió él, acortando la distancia que nos separaba con una lentitud calculada, dándome todo el tiempo del mundo para retroceder si así lo deseaba—. Solo un asiento cómodo, la calefacción adecuada para que dejes de tiritar con este frío matutino, y la oportunidad de verte los ojos sin que estés a la defensiva. Súbete al coche, Eimi. Te dejaré en la mismísima puerta del aula sin que tengas que soportar el peso de tus libros ni un segundo más.

La insistencia en su mirada, combinada con ese magnetismo indomable que parecía gravitar a su alrededor, me dejó sin argumentos. Con un suspiro de derrota que sonó más a un bufido de frustración conmigo misma que con él, caminé hacia el vehículo con pasos rígidos. Cameron, con una rapidez disimulada que delataba su triunfo, se apresuró a quitarme la pesada pila de libros de los brazos, rozando levemente mis dedos en el proceso y provocando una chispa eléctrica que me recorrió hasta la nuca. Abrió la puerta del copiloto con una delicadeza impropia de su habitual arrogancia.

—Entra, doctora —susurró con una sonrisa de medio lado, triunfante y peligrosa, mientras depositaba los libros en el asiento trasero—. Deja que el mundo ruede por su cuenta durante cinco minutos.

Al sentarme en los mullidos asientos de piel negra, el aroma a su perfume —cedro, tabaco y un toque limpio de sándalo— me envolvió por completo, aislándome del bullicio universitario. Cameron cerró la puerta con suavidad y dio la vuelta para ocupar el asiento del conductor. El motor rugió con un ronroneo sordo y elegante, y el vehículo comenzó a deslizarse silenciosamente por el asfalto.

—A ver si entiendo —rompí el silencio mientras miraba cómo los edificios del campus quedaban atrás a través de la ventanilla empañada—: el poderoso CEO de las empresas Miller, un hombre rodeado de juntas directivas y contratos multimillonarios, se toma la molestia de hacer de chófer para una simple estudiante de medicina que apenas puede mantenerse en pie. ¿De verdad esperas que me trague el cuento de que no tramas absolutamente nada?

Cameron mantuvo la vista fija en la carretera, aunque una comisura de sus labios se curvó en una sonrisa divertida y nostálgica que suavizó la dureza habitual de sus facciones. Con una mano en el volante y la otra descansando negligentemente sobre la consola central, giró ligeramente el rostro para mirarme durante unos segundos antes de volver a centrarse en el tráfico.

—No tramo nada, Eimi. O al menos, no en el sentido corporativo que imaginas —respondió con una sinceridad inesperada que me descolocó por completo—. La verdad es que desde aquella noche en la gala, cuando te vi plantarme cara frente a la barra de bebidas con la furia de una leona dispuesta a defenderme a cabezazos por una botella de vino, no he podido sacarte de mi cabeza. Las juntas directivas son aburridas, los contratos se firman solos, pero tú... tú eres el único caos indescifrable que se ha cruzado en mi vida en los últimos diez años. Y, por primera vez, no tengo la menor intención de poner orden.

Mis manos se aferraron instintivamente al borde de mis vaqueros, sintiendo que el aire dentro del habitáculo empezaba a escasear de nuevo. Las palabras de Cameron no sonaban a una simple táctica de seducción; había una urgencia sorda en su voz, una especie de confesión a medias que chocaba frontalmente con las sospechas que mi padre me había sembrado sobre los intereses de su familia.

—Deberías tener cuidado con lo que deseas, Miller —murmuré, intentando inyectar un tono glacial que ya no lograba sostener—. El caos tiene la mala costumbre de destruirlo todo a su paso.

—Que se queme todo entonces —replicó él con una tranquilidad pasmosa, deteniendo el coche frente a la entrada lateral de la facultad de medicina sin apagar el motor—. Pero te aseguro, Eimi, que de este incendio ninguno de los dos va a salir ileso.

El trayecto había terminado demasiado pronto. Al abrir la puerta para bajar, la fría brisa de la mañana me golpeó el rostro, devolviéndome de golpe a mi cruda realidad: las guardias por venir, la sombra de los negocios de mi padre y el abismo invisible que representaba ese hombre. Pero mientras caminaba hacia las puertas del edificio sintiendo su mirada clavada en mi espalda, comprendí que el verdadero peligro no era que Cameron intentara atraparme en su red, sino el aterrorizante hecho de que yo ya no quería seguir huyendo.

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margo cas
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