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Capítulo 5: La Sombra del Cosechador y el Rescate de un CEO

Autor: L. Alejandra
last update Fecha de publicación: 2021-08-30 15:04:18

 

La idea de que Cameron Miller era una simple coincidencia molesta en mi rutina se desvaneció por completo durante las semanas siguientes, transformándose en una persecución tan sutil como implacable. No importaba a dónde fuera ni qué tan laberíntica fuera mi rutina entre las aulas de la facultad, la biblioteca central o las cafeterías cercanas al hospital; su presencia parecía materializarse en cada esquina.

Lo conseguía al salir de una clase teórica de patología, recostado contra la pared con una taza de café en la mano y una sonrisa ladina dibujada en el rostro. Lo encontraba al cruzar la calle, observándome desde el interior de su coche negro con la ventanilla baja, limitándose a levantar la barbilla en un saludo silencioso que me descolocaba por completo. Incluso en los pasillos más recónditos de la universidad, cuando creía estar a salvo del asedio, bastaba con girar la cabeza para toparme con su mirada oscura y magnética. Jamás se acercaba a acorralarme ni exigía respuestas; solo se quedaba allí, mirándome con una paciencia depredadora, sonriendo con absoluta suficiencia al ver la forma en que mis mejillas se encendían de frustración y mis pasos aceleraban el ritmo para huir de su campo gravitatorio.

—Estás obsesionado, Miller —me repetía en voz baja cada vez que lo descubría sonriéndome desde lejos, sintiendo que el corazón me latía a un ritmo desbocado que contradecía por completo mis propias palabras de rechazo.

Sin embargo, la tregua de sus juegos visuales terminó abruptamente la noche en que mi padre me arrastró a otra de sus interminables y sofocantes cenas corporativas. Esta vez no se trataba de una gala benéfica de la alta sociedad, sino de una reunión privada en el ala más exclusiva de un restaurante de categoría internacional. Una cena de negocios a puerta cerrada donde mi progenitor pretendía asegurar el rescate financiero de nuestra empresa familiar frente a los inversores más antiguos y despiadados de la vieja guardia.

Vestida con un elegante traje sastre de color marfil que intentaba aportar una seriedad formal que mis dieciocho años aún no terminaban de consolidar, caminé al lado de mi padre hacia el reservado. El ambiente en el interior era denso, cargado con el humo invisible de las apuestas altas, el aroma a puros caros y el tintineo de los vasos de whisky on the rocks.

—Eimi, compórtate a la altura —me había susurrado mi padre en el coche antes de entrar, con esa urgencia fría en la voz que me recordaba que yo no era más que una ficha de negociación en su tablero—. Don Lorenzo y sus socios son hombres de vieja escuela; una sonrisa tuya hoy puede costarnos o salvarnos la quiebra definitiva.

Los comensales nos recibieron con aplausos corteses y sonrisas calculadas. Entre ellos destacaba Don Lorenzo Valdés, un socio histórico de los Calvelli, un hombre de edad avanzada, mirada aceitosa y modales falsamente paternales que me generaban un rechazo visceral desde el primer segundo. La cena transcurrió entre platos ostentosos y discursos corporativos vacíos. Mi padre y los inversores hablaban de porcentajes, acciones y rescates financieros, ignorando olímpicamente que yo fungía allí como un simple adorno decorativo destinado a pacificar los ánimos.

Hacia el final de la velada, cuando el alcohol ya había comenzado a soltar las lenguas y la tensión de los negocios dio paso a un falso clima de camaradería, mi padre se levantó de la mesa junto a los demás directivos para atender una llamada urgente de su gestor en el despacho privado del restaurante.

—Disúlvenos un momento, querida —me sonrió Don Lorenzo con una amabilidad que rozaba la náusea, mientras mi padre se alejaba sin mirar atrás—. Tu padre y yo estábamos cerrando los últimos detalles del contrato de salvataje. Pero hay cláusulas... digamos, más personales, que merecen ser tratadas cara a cara.

Antes de que pudiera responder o levantarme de mi asiento para seguirlos, Don Lorenzo se deslizó con una rapidez insospechada para sus años y se situó a mi lado. Su mano pesada, húmeda y desagradable se posó con firmeza sobre la parte baja de mi espalda, apretándome contra el respaldo de la silla con una familiaridad asquerosa, mientras su rostro se acercaba demasiado al mío, exhalando un fuerte tufo a alcohol y tabaco rancio.

—Eres una joya demasiado hermosa para estar desperdiciando tus días en hospitales y libros de medicina, Eimi —murmuró su voz áspera cerca de mi oído, mientras sus dedos comenzaban a ascender peligrosamente por la tela de mi chaqueta—. Tu padre sabe perfectamente cuál es el precio de mantener a flote los negocios de los Calvelli. Un poco de gentileza de tu parte esta noche y el contrato quedará firmado sin objeciones. ¿Qué te parece si subimos a una de las suites privadas del hotel contiguo para terminar de negociar los términos tú y yo solos?

El estómago se me revolvió de inmediato, convirtiéndose en un nudo de puro pánico y repulsión. Intenté apartarme con un movimiento brusco, empujando su pecho con todas mis fuerzas, pero su agarre era el de un viejo lobo acostumbrado a someter a quienes consideraba sus presas.

—Quítame las manos de encima ahora mismo, o te juro que gritaré de tal forma que todo el restaurante sabrá la clase de sabandija asquerosa que se esconde detrás de tus trajes caros —le espeté con un hilo de voz tembloroso pero cargado de un odio absoluto, sintiendo que las lágrimas de rabia amenazaban con desbordarse de mis ojos.

Don Lorenzo soltó una risa cínica y viscosa, apretando el agarre con más fuerza, confiado en que nadie vendría a rescatarme en un reservado privado.

—No hagas rabietas de niña malcriada, preciosa. Aquí nadie va a escucharte, y tu padre ya dio su consentimiento tácito en el momento en que aceptó que vinieras a esta cena —siseó el anciano, acercando sus labios a mi mejilla con total impunidad.

Cerré los ojos con fuerza, preparándome para golpearlo con el vaso de cristal que tenía enfrente, dispuesta a arriesgarlo todo, cuando un sonido seco y metálico resonó a nuestras espaldas. La puerta del reservado se abrió de golpe con tanta violencia que el marco crujió contra la pared.

Una figura imponente, envuelta en un traje negro impecable y con una sombra de absoluta furia esculpida en sus facciones afiladas, irrumpió en la estancia. Era Cameron Miller. Su mirada oscura barrió la escena en milisegundos, deteniéndose en la mano inmunda de Don Lorenzo apoyada sobre mi cuerpo. La temperatura del aire pareció descender diez grados bajo cero en un solo instante.

—Parece, estimado Valdés —la voz de Cameron cortó el aire como la hoja afilada de un bisturí, baja, letal y temiblemente calmada—, que los negocios de la vieja escuela te han atrofiado los modales... y la vista. Porque esa mano que tienes sobre la esposa —hizo una pausa deliberada, cargando la palabra con un peso legal y posesivo que me dejó sin respiración—... sobre la mujer que me pertenece, está a punto de dejar de formarte parte de tu cuerpo si no la retiras en los próximos tres segundos.

Don Lorenzo se quedó paralizado, palideciendo al instante al reconocer al todopoderoso CEO de los Miller. Su mano se retiró de mi espalda como si hubiera tocado metal ardiendo, y tartamudeó una disculpa patética mientras intentaba enderezarse la corbata.

—Señor Miller... yo no sabía... no pretendía...

—Fuera de mi vista —ordenó Cameron con un rugido sordo que hizo que el anciano retrocediera a tropezones, huyendo despavorido del reservado como un cobarde.

En cuanto la puerta se cerró tras él, mis piernas cedieron por completo. El temblor incontrolable que había estado conteniendo se apoderó de todo mi cuerpo, y las lágrimas que tanto intenté retener rompieron el dique de mis ojos. Me encogí en el asiento, abrazando mis rodillas por dentro, sintiéndome sucia, frágil y profundamente vulnerable.

Unos pasos firmes se acercaron con velocidad. Unos brazos fuertes, cálidos y familiares me rodearon con una autoridad protectora que desmentía por completo la fría imagen corporativa que proyectaba al mundo. Cameron se había arrodillado frente a mí, apartando con una delicadeza infinita los mechones de cabello húmedo de mi frente y sosteniendo mi rostro entre sus manos grandes y firmes.

—Ya pasó, Eimi. Ya pasó, estoy aquí —murmuró su voz, perdiendo toda la aspereza anterior para convertirse en un refugio cálido y urgente—. Nadie volverá a tocarte, te lo juro.

Apoyé la frente contra su hombro, inhalando el perfume a cedro y sándalo que se habí vuelto mi balsa de salvación en medio del caos, mientras comprendía, con un terror sordo, que el hombre al que tanto intentaba odiar acababa de convertirse, sin que yo se lo pidiera, en mi única protección en el mundo.

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