LOGIN“Papá, ¿tú te casaste con mi mamá por amor o por dinero?” “Por desgracia, hijo, me casé por desgracia”. Y parecía chiste, pero eso era exactamente lo que Jackson Wyndham imaginaba que le respondería a su hijo cuando tuviera edad para preguntar, ¡porque su madre era la mujer más tóxica, competitiva, irracional, insoportable y loca que había conocido jamás! ¿El embarazo? Un terrible error provocado por un desastre natural. ¿El contrato de matrimonio? Absolutamente necesario para tapar su imprudencia y mantener la reputación familiar. ¿La vida de casados? Una lucha constante de poder entre los dos peores rivales profesionales que había visto el Colegio Médico de Manchester. Una lucha que no terminaría nunca, porque cada vez que Margaret Kingsley y él se miraban a los ojos, los criados corrían a esconder las escopetas de caza y los cuchillos de cocina. Atrapados entre la rivalidad y el deseo, en medio de traiciones familiares y amores perdidos, ¿podrán Jackson y Maggie volver alguna vez a esa tormenta que los unió?
View MoreUN ÁNGEL EN GARANTÍA. EPÍLOGO.El gran día finalmente había llegado. La mañana del evento transcurría bulliciosa y emocionante en el castillo: los corredores relucían, las flores olían a promesa y el cielo se mantenía despejado, como invitando al amor a florecer sin temor.Sari bajó con el corazón acelerado hacia el vestíbulo principal. Petra estaba allí, junto a Marija, organizando detalles de última hora. La imagen era tierna: Petra, con una lágrima contenida en su mejilla, hablaba de cuánto había esperado un día como aquel y cuán lejos lo veía antes de que Sari llegara a sus vidas.—Petra —comenzó Sari con voz llena de dulzura—, ¿quieres ser mi madrina de bodas?El silencio que siguió duró un segundo, pero fue suficiente para que Petra se quedara paralizada. Luego, como si despertara de un sueño, la señora soltó una carcajada emocionada y se llevó una mano al pecho.—¿¡Yo!? —exclamó—. Claro que sí, querida… sería un honor que tú me permitieras ser tu madrina.Sari la abrazó con fue
UN ÁNGEL EN GARANTÍA. CAPÍTULO 61. Una solicitud formalIban casi flotando ambos al salir del hospital. Sari, frágil aún, estaba en brazos de Iván, cargada como una princesa en un cuento de hadas. El aire fresco la hizo estornudar un poco, pero no importaba. Él sostuvo su cuerpo con cuidado, asegurándose de que se sintiera segura, y sus pasos resonaron en el pasillo vacío, como el preludio de una nueva vida.—Te prometí que no te iba a dejar sola nunca —murmuró Iván—. ¿Estás lista para volver a casa?—¿Contigo? Claro que sí —respondió ella con voz tierna y aliviada.Salieron juntos bajo la luz templada del mediodía. El castillo los esperaba con sus muros antiguos que parecían más cálidos. Cuando entraron, Petra, Marija y algunos del equipo los aguardaban con sonrisas y aplausos discretos. Petra tomó unas mantas y ayudó a Sari a sentarse en un sillón. Marija trajo té caliente y galletas suaves.—Era ella quien robaba la comida por las noches —murmuró la cocinera después de que las deja
UN ÁNGEL EN GARANTÍA. CAPÍTULO 60. Nadie más va a tocar a mi mujer.Dorina tenía los ojos desencajados y el cabello sucio, pegado a la cara. Su rostro, que alguna vez había sido elegante y altivo, ahora parecía el de una sombra rabiosa, desquiciada. Se acercó a Sari arrastrándola del brazo con una fuerza que no parecía humana, murmurando palabras entre dientes.—¡Siempre tú! ¡Siempre tú! ¡La bastarda que se creía la dueña! —escupió con veneno, mientras la llevaba a rastras hacia una de las piscinas.Sari forcejeaba, cojeando por el disparo en la pierna, pero aún así no pensaba dejarse vencer tan fácilmente.—¡Suéltame, Dorina! ¡Estás loca! ¿Qué crees que vas a lograr con esto?—¡Justicia! —gritó Dorina—. ¡Te voy a borrar de este mundo como si no hubieras existido, porque nunca debiste existir! Aquí se acaba todo —escupió empujándola hacia la orilla—. Aquí vas a ahogarte, sin nadie que venga a salvarte.Sari, jadeante, trataba de mantener la calma, pero la desesperación y el silencio a
UN ÁNGEL EN GARANTÍA. CAPÍTULO 59. El poderDorina dio un paso más hacia Sari, con la pistola temblando entre sus manos, pero con una mirada que no vacilaba en lo absoluto. Su pelo estaba revuelto, los labios agrietados, y los ojos hundidos por la falta de sueño y cordura.—¿Sabes cuánto tiempo te he odiado? —dijo, con voz baja y contenida, como si cada palabra saliera desde el fondo de su estómago—. Desde que tengo conciencia. Desde que supe que solo eras un reemplazo mío, porque el maldito viejo no pudo esperar unos años más a morirse. ¡La primogénita de los Horvath! ¡Cuando yo debía ser la única hija!Sari no se movía, apenas respiraba. Tenía el corazón galopando en el pecho y la cabeza dándole vueltas, pero se obligó a mantener la calma.—No tienes que hacer esto, Dorina —susurró, pero su hermana soltó una risa sarcástica, seca, como un estallido roto.—¡Claro que tengo que hacerlo! —gritó—. ¡Tú me lo quitaste todo! Mi fortuna, mi lugar, ¡hasta Ivan! Siempre te ponías de víctima,












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