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Capítulo 6: El Bofetón de la Impunidad y la Confesión Inesperada

Autor: L. Alejandra
last update Fecha de publicación: 2021-09-01 14:10:27

 

El aire dentro de la suite privada del restaurante parecía haberse vuelto denso, cargado con una pesadez metálica que me quemaba los pulmones. Me encontraba de pie junto a la ventana panorámica que daba a las iluminadas calles de la ciudad, con los brazos cruzados y los dedos aferrados con tanta fuerza a mis propios hombros que mis nudillos se habían vuelto completamente blancos. El eco de las palabras de Cameron aún reverberaba en mi mente, mezclándose con el sabor amargo de la humillación y el terror de haber estado a centímetros de caer en las garras de Don Lorenzo.

La puerta del privado se abrió de golpe con un estrépito seco. Mi padre irrumpió en la estancia con el rostro descompuesto, la respiración agitada y los papeles del contrato de rescate financiero firmados apretados contra su pecho como si fueran un salvavidas en medio de un naufragio.

—¡Eimi! Gracias al cielo sigues aquí —exclamó mi padre con una mezcla de euforia desmedida y urgencia comercial, sin notar en lo absoluto el temblor que aún sacudía mis extremidades ni las lágrimas secas que me surcaban las mejillas—. Don Lorenzo acaba de firmar la inyección de capital que salvará la empresa de la quiebre total. ¿Te das cuenta de lo que esto significa? Nuestra familia está a salvo. ¿Por qué tienes esa cara de funeral? ¡Deberías estar celebrando!

Las palabras de mi progenitor cayeron sobre mí como un bloque de hielo. Lo miré fijamente, sintiendo cómo una mezcla de incredulidad y asco profundo me desgarraba por dentro. ¿En serio? ¿Su única preocupación era el estado de las cuentas bancarias mientras hacía apenas unos minutos uno de sus socios más antiguos intentaba acosarme en un reservado?

—¿Salvar la empresa? —mi voz salió en un susurro rasposo, cargado de un veneno que apenas podía contener—. ¿A costa de qué, papá? ¿Acaso sabías lo que ese maldito viejo intentó hacer conmigo hace un momento mientras tú estabas firmando tus preciados contratos?

Mi padre se quedó petrificado a mitad de la habitación. Los papeles se deslizaron milimétricamente entre sus dedos mientras sus ojos se abrían de par en par, perdiendo todo el brillo de la euforia corporativa para transformarse en una sombra de auténtico desconcierto.

—¿De qué estás hablando, Eimi? —logró decir su voz, perdiendo toda la autoridad—. Don Lorenzo solo me dijo que... que habían tenido una conversación de negocios y que tú te habías sentido indispuesta... Yo no sabía nada, te lo juro. Jamás habría permitido...

—¡Pues lo permitiste al dejarme aquí como una maldita ofrenda de sacrificio! —le grité con el alma rota, incapaz de seguir soportando la farsa de su papel como protector.

Sin esperar a que intentara balbucear otra excusa, di media vuelta, empujé la puerta y salí corriendo por el pasillo alfombrado del restaurante, desesperada por escapar de ese ambiente asfixiante, de la mirada silenciosa de Cameron que me observaba desde la esquina y del peso asfixiante de mi propio apellido. Lo único que quería era llegar a la salida, tomar un taxi y desaparecer de ese mundo podrido de dinero y mentiras.

Pero el destino, o la crueldad de la alta sociedad, tenía otros planes para mi huida.

Apenas doblé la esquina hacia el vestíbulo principal, un grupo de mujeres envueltas en pieles costosas y joyas deslumbrantes bloqueó mi camino. Al frente de ellas estaba una mujer madura de expresión altiva, cabello perfectamente recogido y una mirada cargada de un odio visceral. Era la esposa de Don Lorenzo Valdés. Había presenciado parte del alboroto o se había enterado por los murmullos del personal.

Antes de que pudiera detener mis pasos o esquivarla, la mujer alzó la mano con una velocidad pasmosa y me propinó una bofetada brutal en la mejilla izquierda. El golpe resonó seco en todo el vestíbulo, haciéndome perder el equilibrio y estrellarme contra una de las columnas decorativas de mármol. El ardor en mi piel fue inmediato, seguido de un sabor metálico a sangre en el rincón de mis labios.

—¡Maldita zorra insolente! —chilló la esposa de Lorenzo, con la voz temblando de rabia y desprecio, señalándome con un dedo enguantado frente a todos los presentes—. ¿Con qué derecho te atreves a levantarle la voz y armar un escándalo escandaloso a mi esposo en su propia cena de negocios? ¡Eres una cualquiera que solo sabe andar detrás de hombres casados buscando dinero fácil, igual que tu padre!

El mundo pareció detenerse. Las risas de los camareros cesaron, los comensales giraron la cabeza y el calor de la vergüenza se mezcló con la furia sorda dentro de mi pecho. Me llevé la mano a la mejilla ardiente, negándome a llorar frente a esa arpía, tragándome las lágrimas con los dientes apretados mientras el dolor me calaba hasta los huesos.

—Guarda silencio —siseó una voz a mis espaldas, una orden baja, helada y tan profundamente aterradora que hizo que la esposa de Lorenzo diera un paso involuntario hacia atrás.

Cameron apareció a mi lado como una sombra vengativa. No vestía la amabilidad fingida de sus tratos anteriores; sus ojos oscuros echaban chispas y su mandíbula estaba tensa hasta el límite, proyectando un aura de peligro inminente que congeló a todos los curiosos del vestíbulo. Se interpuso sutilmente entre la mujer y yo, cubriendo mi perfil lastimado con la amplitud de sus hombros.

La esposa de Lorenzo tragó saliva con dificultad, intentando recuperar la compostura ante la presencia imponente del CEO de los Miller, aunque su orgullo herido la hizo hablar de más:

—Señor Miller... usted no entiende a esta mujercita. Debería tener cuidado con quién se junta. Dígame la verdad —espetó la mujer con desdén, cruzándose de brazos y mirándome con desprecio—: ¿Acaso esa zorra es su novia formal, o solo es otro de sus caprichos de una noche que piensa desechar mañana?

El silencio en el vestíbulo se volvió absoluto. Mi corazón se detuvo por completo. Levanté la vista hacia Cameron, esperando escuchar la fría desmentida de un hombre de negocios que jamás admitiría ante la alta sociedad una relación con la hija arruinada de los Calvelli. Esperaba que me humillara, que dijera que no éramos nada, que me liberara de una vez por todas de su órbita.

Cameron giró lentamente el rostro hacia mí, observando mi mejilla roja y el rastro de sangre en mis labios. Su expresión se suavizó un ápice, transformando la furia en una intensidad magnética y absoluta. Después, devolvió la mirada a la esposa de Lorenzo, con una calma tan afilada que cortaba el aire.

—No, no es mi novia —respondió Cameron con voz clara, resonando en cada rincón del vestíbulo, haciendo que mi pecho se contrajera con un dolor sordo. Pero antes de que la mujer pudiera sonreír con suficiencia, Cameron dio un paso al frente y añadió con una firmeza implacable—: Tampoco es un capricho. Es la única chica que me importa, la única que me vuelve loco, y la única mujer en este maldito país por la que estoy dispuesto a demoler este restaurante entero si a alguien se le vuelve a ocurrir tocarle un solo pelo.

La mandíbula de la esposa de Lorenzo cayó al suelo. Mi propio aliento se quedó atrapado en mi garganta, incapaz de procesar el peso de una confesión tan pública y peligrosa. Cameron me tomó de la mano con una posesión absoluta, entrelazando sus dedos con los míos mientras me arrastraba fuera de aquel lugar, directo hacia la noche, dejándome atrapada sin remedio en el centro de su fuego.

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Comentarios (1)
goodnovel comment avatar
Jan Aguilar
es interesante pero por q el la está enamorando tanto si solo se trata de un contrato
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