Share

04 - LA ESPERA

Author: Mavi
last update publish date: 2026-09-19 03:01:22

Dante salió de la habitación y caminó por el pasillo hacia la salida. Ya era tarde. Entró en el auto y, antes de encender el motor, respiró profundamente una vez. Después, otra. La escena del accidente volvió, como siempre volvía, para acusarlo.

El sonido.

El impacto.

El cuerpo sobre el asfalto.

—Esta culpa la cargaré conmigo —dijo en voz alta.

Sonó como una declaración. O quizá como un enfrentamiento. Hablaba con lo invisible, como si exigiera explicaciones a Dios.

Por primera vez desde la muerte de Mónica, Dante permitió que su pensamiento avanzara hacia aquello que consideraba más grande que él, pero en lo que ya no confiaba. La fe se había roto el día en que perdió a su esposa.

«¿Qué más quieres de mí?»

La pregunta no buscaba respuesta.

«¿Acaso no fue suficiente con llevarte a Mónica?»

«¿No fue suficiente con dejar a Olie sin madre?»

«¿Dejarme con esta culpa atravesada en el pecho por haber creído en ti cuando más te necesitaba?»

Cerró los ojos por un instante.

Mónica tenía lupus. No era un cuadro leve. Se trataba de un cuadro grave. Había riesgos desde el principio, advertencias repetidas, noches en vela. Aun así, existían posibilidades. Y eso fue a lo que él se aferró.

A la fe.

Creyó que, incluso ante un cuerpo frágil, Dios estaría en control. Que aceptar los riesgos de un embarazo no sería en vano. Que no sería justo perderla después de tanta lucha.

Pero fue exactamente lo que ocurrió.

Mónica murió durante el parto, antes de escuchar el primer llanto de Olie. Los médicos no pudieron salvarla. Olie también nació débil y prematura, tuvo que permanecer internada durante un tiempo, luchando por recuperar fuerzas antes de poder ir a casa. Tiempo suficiente para que Dante enterrara a su esposa y aprendiera, a la fuerza, a seguir adelante solo con un bebé en brazos.

—Tú me la quitaste —dijo, sin suavizar sus palabras—. ¿Y todavía esperas que confíe en ti?

No hubo respuesta.

Nunca la había habido.

Aquel día, al despedirse de Mónica, había hecho una promesa silenciosa: nunca volvería a pedir nada.

Enderezó el cuerpo. El gesto automático de quien había aprendido a seguir adelante sin apoyo.

Si ella despierta bien, decidió, le ofreceré una indemnización. La ayudaré a seguir adelante. Es lo que puedo hacer.

La decisión no provenía de la fe. Provenía de la responsabilidad.

Si no está bien, continuó, apoyaré a su familia. Me haré cargo de lo que sea necesario.

No era una promesa hecha a Dios. Era un acuerdo consigo mismo.

Era el límite de aquello que todavía creía poder controlar.

Miró el reloj. Ya era tarde.

Encendió el motor y se dirigió a casa. Al entrar, encontró a la ama de llaves en la sala y preguntó:

—¿Conseguiste contratar a alguna niñera?

—No lo conseguí, señor Owen. Ninguna cumplía con sus exigencias.

—Maldición. ¿Acaso es demasiado pedir a alguien mínimamente cualificado?

Se volvió hacia ella, decidido:

—Sigue buscando. Cuando encuentres a alguien, contrátala de inmediato.

Le dio las gracias y se dirigió a la habitación. Olie ya dormía.

Una vez más, no había llegado a tiempo.

La madrugada avanzaba lentamente en el hospital.

No era un silencio absoluto, sino un intervalo diferente al resto del día. Menos voces, menos pasos, menos interrupciones. El tiempo parecía transcurrir más lentamente.

Fue durante ese intervalo que Melissa volvió a despertar.

No despertó de golpe. La conciencia regresó por partes, como si tuviera que atravesar capas hasta alcanzar algo reconocible. Sentía un peso en el cuerpo. Un peso extraño, que no correspondía únicamente al cansancio que conocía tan bien. Era diferente, como si no tuviera fuerzas siquiera para sostenerse por sí sola.

Abrió los ojos. La luz de la UCI le irritó la vista y tuvo que volver a cerrarlos.

Con los ojos cerrados, intentó ordenar sus pensamientos, pero llegaban sueltos, sin orden. No había imágenes claras, solo la sensación insistente de que algo estaba mal.

La preocupación llegó antes que el recuerdo.

Un sonido escapó de su garganta, bajo, casi involuntario.

—Está despertando —dijo una voz cercana.

Melissa intentó hablar, pero el aire parecía demasiado escaso. Tenía la garganta seca. Todo requería esfuerzo.

—Tranquila —respondió otra voz, firme—. Estás en el hospital. Has sufrido un accidente.

—Agua... —pidió con voz débil, consumida por la sed.

La enfermera se apresuró a humedecer un algodón y le mojó los labios con cuidado, dejando que unas gotas entraran en su boca y aliviaran su garganta reseca.

Intentó moverse nuevamente. Su cuerpo respondió con retraso. Fue entonces cuando el dolor comenzó a imponerse, extendiéndose y ocupando espacio dentro de ella.

Respiró con dificultad.

—Mi padre... —consiguió decir con esfuerzo.

El médico se acercó a la cama, inclinándose para quedar a la altura de su rostro.

—¿Puedes decirme tu nombre? Necesitamos localizar a tu familia.

Melissa parpadeó varias veces. El dolor palpitaba ahora, pero había algo más fuerte en aquel momento.

Preocupación. No por ella, sino por su padre.

—Me llamo... —la voz le falló—. Mel...

Richard esperó, sin presionarla.

—¿Mel? —la animó—. Continúa.

Respiró profundamente, sintiendo el esfuerzo pesarle en el pecho.

—Melissa... —dijo con dificultad—. Melissa Cross.

El equipo anotó rápidamente.

—Bien. ¿Y cómo se llama tu padre?

—John... —respondió, sintiendo que la presión aumentaba—. John Cross.

Richard se volvió hacia el equipo, dando ya un paso adelante.

—Vamos a ponernos en contacto con él.

Antes de que pudiera terminar la frase, Melissa extendió la mano con esfuerzo y le sujetó la muñeca. El gesto fue débil, pero decidido.

—No —dijo, casi en un susurro—. Por favor, no.

El Dr. Richard se volvió hacia ella, sorprendido.

—Tu padre necesita saber que estás aquí.

Melissa respiró profundamente. El dolor aumentaba, pero la preocupación aumentaba aún más.

—Está internado —dijo con evidente dificultad—. Muy debilitado. Esperando un trasplante de corazón.

El monitor reaccionó. La frecuencia aumentó.

—Si se entera... —continuó, luchando por mantener los ojos abiertos—. Puede que no lo resista.

Richard dudó por un instante. Poco tiempo, pero suficiente para demostrar que la situación no era sencilla.

—No se lo digan —pidió Melissa—. No ahora. A nadie.

El esfuerzo tuvo su precio. El dolor regresó con mayor intensidad, como si el cuerpo reclamara por aquella lucidez forzada.

—Está muy agitada —avisó la enfermera.

—Vamos a controlar el dolor —respondió Richard—. Ahora.

La medicación comenzó a pasar por la vía. Melissa intentó decir algo más, pero la voz ya no salía. El cuerpo comenzaba a ceder, incluso cuando la mente insistía en permanecer alerta.

La presión subía, no por la herida. Sino por la preocupación.

Antes de que el silencio regresara por completo, un pensamiento permaneció claro, insistente:

No se lo digan.

El mundo comenzó a alejarse nuevamente, no como un apagón abrupto, sino como un retroceso lento e inevitable.

Cuando todo se calmó, ella ya dormía otra vez.

Richard permaneció unos segundos junto a la cama, observando cómo los monitores se estabilizaban. La petición todavía resonaba en su mente. No era común escuchar ese tipo de preocupación de alguien en aquellas condiciones.

Anotó la información con cuidado.

Nombre completo.

Nombre del padre.

Observación: la paciente solicita que no se informe a sus familiares por el momento.

Hizo un gesto discreto al equipo.

—Vamos a respetarlo —dijo en voz baja—. Por ahora.

La madrugada continuó.

En otro punto del hospital, el nombre recién descubierto fue incluido en la historia clínica.

Melissa Cross.

Por primera vez, dejaba de ser simplemente un cuerpo herido sin identidad.

Y, sin saberlo, daba inicio a una secuencia de decisiones que ya no dependían únicamente de ella.

Horas después, todavía antes del amanecer, Melissa dormía bajo los efectos de los analgésicos. El dolor había disminuido, pero no había desaparecido por completo. El cuerpo permanecía frágil. La mente, exhausta.

Incluso inconsciente, había tensión en sus facciones, como si el descanso estuviera vigilado.

Afuera, el hospital comenzaba lentamente a despertar para otro día, y el equipo médico decidió comunicarle a Dante la identidad de la paciente, ya que él había sido el responsable hasta entonces.

Dante ya estaba en el estacionamiento de la sede de su empresa cuando recibió la llamada.

Estaba dentro del auto, con la puerta abierta y el maletín apoyado en el asiento del pasajero. El edificio todavía estaba tranquilo a esa hora, con pocos autos llegando y el día apenas comenzando a organizarse.

El teléfono vibró.

Era el hospital.

Atendió sin dudar.

—Señor Owen —dijo la voz del médico—. La paciente despertó durante la madrugada.

Dante cerró la puerta del auto con calma y se apoyó contra el respaldo del asiento.

—¿Está consciente ahora? —preguntó.

—Tuvo un período de lucidez. Sintió mucho dolor, pero logró comunicarse. Tuvimos que controlarlo nuevamente con analgésicos. En este momento está dormida. Se encuentra estable.

Dante escuchó en silencio, aliviado.

—Ella nos informó su nombre —continuó el médico—. Melissa Cross. Y también nos informó el nombre de su padre.

El nombre no despertó ningún recuerdo. Aun así, Dante lo registró con atención.

—¿La familia ya ha sido informada? —preguntó.

—No. Ella pidió que no informáramos a nadie. Su padre está internado, esperando un trasplante de corazón.

Dante respiró profundamente una sola vez.

—Entonces esperen —dijo—. Si la paciente lo pidió, vamos a respetarlo.

Hubo una breve pausa al otro lado de la línea.

—Necesitaremos localizar a algún responsable legal —señaló el médico—. No siempre podemos mantener este tipo de decisión durante mucho tiempo.

—Lo entiendo —respondió Dante—. Pero no tomen ninguna iniciativa hasta que ella esté consciente y en condiciones de hablar. Cuando despierte y esté estable, iré al hospital. Necesito hablar con ella.

—De acuerdo —dijo el médico—. Le avisaremos.

Dante colgó el teléfono y permaneció unos segundos inmóvil, mirando el edificio de la empresa sin verlo realmente.

Melissa Cross.

Ahora había un nombre.

Se quedó en el auto unos instantes después de colgar el teléfono. Pensaba en lo que diría cuando estuviera frente a ella.

No tenía respuestas.

Solo responsabilidades, y no huiría de ellas.

Sin embargo, se sintió más aliviado al saber que Melissa estaba recuperando la conciencia. Pensó durante unos segundos: «Pobre infeliz. Un accidente brutal y un padre sin condiciones para protegerla».

¿Por qué algunas personas atraen historias tan perturbadoras?

¿Será una coincidencia? ¿O algo que no puede explicarse?

Dante reconoció dos sentimientos con respecto a Melissa.

El primero era responsabilidad.

El segundo, lástima.

Ahora que ella tenía un nombre, el peso de lo ocurrido parecía mayor que antes.

Continue to read this book for free
Scan code to download App

Latest chapter

  • EL CEO QUE ME HIRIÓ Y AHORA ME PROTEGE   20 - FISIOTERAPIA

    Habían pasado tres semanas desde la última conversación entre Dante y Melissa.Durante ese tiempo, Melissa se había mantenido enfocada en su recuperación.Había seguido al pie de la letra todas las indicaciones.Había respetado los límites de su cuerpo. Y, poco a poco, había ido recuperando sus fuerzas.Dante, por su parte, estaba más tranquilo. La conversación que había tenido con Melissa y con Olie le había permitido mantener cierto control sobre la situación.Seguía habiendo cuidados. Pero ahora también había límites más claros.Olie continuaba viendo a Melissa todos los días.Aunque por poco tiempo, los encuentros entre ambas seguían estando llenos de cariño.Melissa estaba entusiasmada. Después de tres semanas concentrada en su recuperación, por fin comenzaría la fisioterapia.Sus costillas ya estaban bien cicatrizadas. Sentía menos mareos. Menos dolor. Estaba más fuerte, tenía mejor color y había recuperado parte de su masa muscular. Y ahora… volvía a sentirse bonita. Más cerca

  • EL CEO QUE ME HIRIÓ Y AHORA ME PROTEGE   19 - LÍMITES

    Cerca de una hora después, Florence volvió al jardín acompañada de Eloá.—Melissa, tu nueva habitación está lista —dijo con una leve sonrisa—. ¿Vamos a conocerla?Melissa miró hacia la habitación.—Vamos.Eloá se acercó.—Con calma.La ayudó a levantarse y la acomodó en la silla de ruedas.Con cuidado, emprendieron el camino.La habitación estaba en la planta baja, junto al jardín y la piscina. Más cerca. Más accesible.En cuanto entraron, Eloá se detuvo. Miró a su alrededor.—Dios mío… —Dio unos pasos lentos, impresionada—. Qué maravilla. —Se volvió hacia Melissa—. Parece una habitación de película.Melissa observaba en silencio.—Te ha ido bien, ¿eh? —continuó Eloá—. Esta es mucho mejor que la otra. —Recorrió el espacio con la mirada—. Mira esto… ¡Qué habitación tan espaciosa! —Pasó suavemente la mano por uno de los muebles—. Este suelo… madera noble. —Miró la pared—. ¿Y esta pared? ¡Qué belleza! —Se acercó a los cuadros—. Mira estos cuadros…Entonces se detuvo.—Dios mío… ¡Mira est

  • EL CEO QUE ME HIRIÓ Y AHORA ME PROTEGE   18 - CORRIENTE DE AIR

    Dante respiró hondo.—No es ninguna molestia. Tranquila.Dio un paso adelante.—Con permiso…Hizo una pequeña pausa.—¿Puedo?—Puedes.Él se acercó.Y, esta vez, su aroma la alcanzó antes que el propio contacto.Un olor cálido, masculino, presente.Dante la tomó en brazos con facilidad.Melissa lo abrazó suavemente, todavía vacilante.—Sujétate más fuerte —dijo él con naturalidad—. Vamos a bajar las escaleras. Necesitas estar bien sostenida.Ella asintió.Y lo abrazó de verdad.Sus pequeñas manos se apoyaron sobre los trapecios de él.Los músculos eran firmes, rígidos. Como los de alguien que se tomaba en serio la actividad física.Bajaron las escaleras con cuidado.En silencio.Cuando llegaron al jardín, una corriente de aire atravesó el espacio.El cabello de Melissa se soltó.Voló.Y le dio de lleno en el rostro a Dante.—Perdóname… —se apresuró a decir ella, intentando apartarse los mechones.Pero él todavía la sostenía.—Tranquila… —soltó una leve risa, contenida.Mientras tanto,

  • EL CEO QUE ME HIRIÓ Y AHORA ME PROTEGE   17 - LA MIRADA

    Ese mismo día, un poco más tarde, Olie llegó de la escuela. Como de costumbre, iba directo a la habitación de Melissa.Pero la niñera la detuvo.—Olie, ¿recuerdas lo que dijo tu padre? Primero hay que quitarse el uniforme, merendar y bañarse.Olie hizo una pequeña mueca.—Está bien.La niñera la observó.—¿Tienes deberes?—Sí. Pero quiero hacerlos con Melissa.—Claro que no —dijo Milla—. Vas a molestarla.—Ayer me dijo que podía ayudarme —insistió Olie—. Ella lo dijo. Pregúntaselo.La niñera cruzó los brazos, manteniendo un tono firme.—Habla con tu padre.—¡Papá!—Tu padre todavía no ha vuelto de la empresa, Olie —dijo Florence.La niña hizo una pequeña pausa, contrariada.Milla respiró hondo y decidió resolver la situación. Fue a la habitación de Melissa.—Melissa… Olie insiste en hacer los deberes contigo. Dice que te ofreciste a ayudarla.Melissa asintió.—Sí, Milla. Me ofrecí.Milla vaciló por un instante y luego habló con sinceridad:—Entonces… si haces los deberes con ella, pue

  • EL CEO QUE ME HIRIÓ Y AHORA ME PROTEGE   16 - SEÑALES DE MEJORÍA

    Había pasado una semana.Melissa estaba ansiosa por recibir la visita médica del doctor Richard.Tenía esperanzas respecto a su estado. Se sentía mucho mejor. Todavía tenía algunos dolores, pero ya no eran tan intensos como antes.Ansiaba escuchar que estaba evolucionando bien y que pronto podría comenzar la fisioterapia.—Eloá… hay algo que no entiendo.—¿Qué?—¿Por qué el doctor tiene que venir hasta aquí? Podría haber ido al hospital.—No podías —respondió Eloá—. Llegaste hasta aquí en ambulancia porque fue un error dejar que te llevaran a la pensión en un coche que daba tantos tumbos el día que te dieron el alta. El doctor lo reconoció.—Pero hay algo seguro… podría haber enviado a otro médico del equipo. Sin embargo, insistió en venir personalmente.Hizo una pausa.—El doctor Richard es neurocirujano. No suele hacer este tipo de visitas a domicilio. Pero está realmente preocupado por ti.—Me salvó la vida.—Dante también —respondió Eloá—. Quedará mal que le des las gracias a uno

  • EL CEO QUE ME HIRIÓ Y AHORA ME PROTEGE   15 - CAPAS

    A la mañana siguiente, Melissa se despertó sintiéndose más fuerte.Después de casi dos semanas, decidió llamar a su madre.—Hola, mamá. ¿Cómo estás?—Mel… ¿por qué no nos has llamado durante todo este tiempo? Pensé que te habías olvidado de nosotros allá, en la gran ciudad.Melissa sintió que se le oprimía el corazón.Su madre también podría haberla llamado. Pero no lo hacía, y Melissa sabía por qué. Su madre estaba exhausta con los cuidados de su padre. Siempre lo había estado. Y, para ella, Melissa era demasiado fuerte, demasiado independiente. Como si no necesitara ayuda.Melissa también lo había creído siempre.Pero, después del accidente, se sentía diferente.Se sentía sola y desprotegida… Y también muy avergonzada de no tener a ningún familiar con quien contar en aquel momento.No quería depender de nadie. Mucho menos de desconocidos.Pero no tuvo elección.Se le llenaron los ojos de lágrimas.—Hija… pagaste la factura del hospital, ¿verdad? El hospital dejó de cobrarnos. Nos en

More Chapters
Explore and read good novels for free
Free access to a vast number of good novels on GoodNovel app. Download the books you like and read anywhere & anytime.
Read books for free on the app
SCAN CODE TO READ ON APP
DMCA.com Protection Status