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EL DÍA QUE FIRMAMOS EL DIVORCIO, CEO SE ARREPINTIÓ
EL DÍA QUE FIRMAMOS EL DIVORCIO, CEO SE ARREPINTIÓ
Author: Daria Sam

Capítulo 1

Author: Daria Sam
last update publish date: 2026-04-06 04:58:45

—No eres más que una desgracia para la familia. Mira lo que has causado —rugió el hombre—. Por tu culpa, nuestra pequeña Serena se ha marchado, solo porque deseabas al hombre que ella ama.

—Él abuelo lo ha pedido, ¿con que cara podría negarme a su petición? Su estas enojado por esta situación, pudiste hablar con él y no culparme a mí... —hablo con su corazón agitado y aunque temosa no estaba dispuesta a permitir maltrato del hombre que se suponía que era su padre.

—¡Silencio, asquerosa niña! No sabes cuánto te desprecio. No eres más que una basura degradable que me gustaría haber borrado de mi familia hace tiempo —la interrumpió él con asco.

Aquellas palabras eran comunes; Seraphina estaba acostumbrada a ser odiada por su padre, quien jamás intentó ocultar su rechazo.

—Lo lamento, padre. No imaginé que estarías tan enojado, pero es mi culpa, así que deja de una vez de atormentarme con esto, suficiente tengo con saber que soy la hija de un hombre como tú.

―Tú maldita niña…―hombre caminó hacia ella, decidido a golpearla de nuevo, pero se detuvo con un fuerte suspiro y dio un paso hacia atrás, al parecer dispuesto a salir de la habitación.

Seraphina se quedó en silencio, preguntándose por qué la odiaba tanto si ella también era su hija.

Pero antes de cerrar la puerta, la voz de su padre la golpeó por última vez:

—Espero no saber de ti a menos que yo te llame. No quiero tu presencia cerca de mí. No quiero ver a la basura que alejó a mi preciosa hija por desear al hombre que ella ama.

Era irónico que su padre hablara así, cuando Seraphina había sido la prometida oficial desde que era una niña debido a los vínculos entre las familias.

Sin embargo, su familia jamás estuvo de acuerdo con que Serena no obtuviera lo que quería.

Seraphina permaneció allí, sola, lo que parecieron horas.

Fue entonces cuando levantó la mirada y lo vio. Allí estaba su prometido, el hombre al que había amado en secreto desde los trece años: Alaric Blackwood.

Alaric no veía en ella a una esposa, sino a una amenaza. La observaba con repugnancia, sin quitarle los ojos de encima, como si esperara que en cualquier descuido ella fuera a saltar sobre él

—Alaric... —susurró ella bajo el peso del velo, en busca de que por lo menos su matrimonio no fuese tan caótico y laméntale como su relación con su familia—. Sé que este matrimonio fue un acuerdo entre nuestros abuelos, pero me esforzaré. Seré la esposa que necesitas. En el futuro, quizás nosotros...

—¿En el futuro? —Alaric la cortó con una voz que era un látigo de hielo —. ¿De verdad tienes el descaro de pronunciar esa palabra frente a mí?

Él se acercó, envolviéndola con su aroma a sándalo y tormenta, pero solo había una amenaza latente en su proximidad.

—Mírame bien, Seraphina —escupió él, obligándola a alzar la barbilla—. No confío en ti. No te amo. Y que quede grabado en tu mente mediocre: nunca te amaré. Si no fuera por la última voluntad de mi abuelo, no llevarías mi apellido.

Seraphina sintió que su corazón se hundía. Al parecer su deseo de una vida por lo menos pacífica no er alago que tenía permitido. Cuando Alaric se dio la vuelta, .

—Que lamentable, nuestra vida la final va a ser muy lamentable... Alaric, estaba convencida que por lo menos, seriamos amables el uno con el otro. Que intentamos conocernos, tal vez algún día, pero me percato que no es así, que no puedes siquiera intentarlo con la mujer a la que estarás atado el resto de tu vida...

Alaric soltó una carcajada seca y se giró con una rapidez violenta.

—¿Conocerte? Eres la mujer que, por su ambición, provocó que mi verdadero amor se marchara del país llorando, fuiste tú quien se aprovechó de mi abuelo —rugió él, con los ojos inyectados en sangre—. ¡Por tu culpa, ella se ha ido! Jamás te lo perdonaré.

—¡No fue mi culpa! —gritó ella—. Mi hermana Serena solo...

Antes de que terminara, la mano de Alaric se cerró alrededor de su cuello, robándole el aliento. La estrelló contra la pared de mármol con un golpe sordo que desprendió el velo.

La soltó con desprecio, dejándola caer sobre el tul de su vestido. Alaric sacó un pañuelo de seda, se limpió la mano que la había tocado y lo arrojó sobre ella como si fuera basura.

—Me das asco. A partir de hoy, vivirás en esta casa como un fantasma —concluyó él desde la puerta—. Es lo mínimo que merece una mujer que intervino en mi felicidad.

La puerta se cerró con un estruendo. Seraphina se quedó en el suelo, abrazándose a sí misma.
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