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Capítulo 2

Author: Daria Sam
last update publish date: 2026-04-06 05:06:46

Tres años después...

Bajo las lámparas de cristal, los aplausos estallaban como truenos.

En la pantalla gigante se proyectaba el diseño que Seraphina había tardado tres meses enteros en perfeccionar:

«Lanzamiento mundial de la Colección Aurora. Las preventas del primer día superan los cien millones».

Para Seraphina Sinclair, esa imagen no era solo arte; era su sangre.

Había pasado tres meses enteros prácticamente viviendo en el taller de la empresa, puliendo cada faceta hasta que sus dedos sangraron.

Las yemas de sus dedos estaban marcadas por pequeños cortes del buril; heridas que cicatrizaban solo para volver a abrirse bajo la presión de su obsesión por la perfección.

Cada línea era un sacrificio. Sabía que, si esta colección tenía éxito, él finalmente la vería. Aunque fuera solo una vez, Alaric Blackwood reconocería su existencia.

—El éxito de nuestra nueva colección "Corazón de Hielo" no es casualidad —declaró el jefe de diseño desde el podio, mientras Seraphia, no pudo evitar mostrar un rostro lastimero—. Todo el mérito es de nuestra visión estratégica. De la gran señorita ¡Serena Sinclair!» —anunció el presentador con una voz vibrante de entusiasmo.

El mundo de Seraphina se detuvo. El aire desapareció de sus pulmones.

Su mérito acababa de ser arrebatado en público, y la ladrona no era otra que su hermanastra, la mujer que se había marchado al extranjero tres años atrás y que ahora regresaba para reclamar lo que no le pertenecía.

—Gracias a nuestra señorita serena, este lanzamiento mundial de la Colección Aurora. Las preventas del primer día superan los cien millones.

Buscó desesperadamente la mirada de Alaric, implorando en silencio un atisbo de justicia, una señal de que él sabía la verdad.

Pero Alaric Blackwood estaba sentado en la mesa presidencial, haciendo girar distraídamente una copa de vino entre sus largos y estilizados dedos.

La luz delineaba su perfil, esculpido con la frialdad de una estatua de mármol.

En su dedo anular brillaba un sencillo anillo de platino que Seraphina misma había elegido para su boda.

Él nunca se lo quitaba, pero esa noche, el anillo parecía una burla.

Alaric no la miraba; ni siquiera de reojo. Para él, ella simplemente no existía.

Tres años de matrimonio secreto.

Ni una sola fotografía juntos.

Ni un solo gesto de afecto en público.

Ella era su esposa por un contrato impuesto por el abuelo de Alaric, una sombra que vivía en la habitación de invitados mientras él ocupaba la principal.

—A continuación, invitamos al señor Alaric Blackwood a dirigir unas palabras.

Él dejó la copa y se levantó, su metro ochenta y ocho de estatura dominando la estancia.

Al pasar junto a Seraphina, ella percibió un aroma que le revolvió el estómago: junto a su fragancia habitual a cedro, flotaba un leve y dulce perfume femenino.

—Hoy tengo algo importante que anunciar—dijo Alaric, su voz grave y magnética llenando el salón a través de los altavoces. —A partir de hoy, la señorita Serena Sinclair se incorporará oficialmente a la sede central como mi secretaria personal y directora del Departamento de Diseño.

El público quedó conmocionado. Alaric Blackwood, el hombre solitario que jamás permitía que nadie se acercara a su círculo íntimo, acababa de nombrar a una secretaria personal.

En la pantalla, el rostro de Serena apareció: elegante, sofisticado, con una sonrisa perfectamente medida que Seraphina conocía demasiado bien.

Era la misma "hermana" que su padre había traído a casa tras el funeral de su madre, la que le arrebató el afecto paterno y ahora, del brazo de Alaric, le arrebataba su carrera.

—Es una vieja amiga mía y alguien a quien aprecio con todo mi corazón —añadió Alaric, bajando del escenario para ofrecerle su brazo a Serena.

El gesto fue fluido y familiar, una coreografía repetida incontables veces durante las tres noches que él no había regresado a casa, alegando que debía recibir a una "persona importante".

—¿Seraphina? ¿Estás bien? Esta colección era tuya… —susurró Julio, un compañero, con los ojos cargados de una compasión que dolía más que el desprecio.

—Estoy bien —mintió ella, forzando una sonrisa que se sentía como vidrio roto―solo… estoy un poco mareada, creo que tome de más, debería ir a lavarme la cara.

Huyó hacia el pasillo, donde el aire frío la golpeó y sus manos comenzaron a temblar sin control. Su teléfono vibró con mensajes furiosos de su mejor amiga, Chloe:

"¿Qué se supone que hace esa mujer? ¿Por qué esta tomando un logro que te pertenece?"

Seraphina cerró los ojos y recordó el funeral de su madre trece años atrás. Recordó a un joven Alaric llorando en la lluvia, y cómo ella le tendió su pequeño pañuelo bordado con la letra "S".

"No llores", le había susurrado.

Él la miró con pupilas húmedas y frías, una mirada que ella atesoró por una década. Creyó que eran almas gemelas unidas por la pérdida, pero al final, él solo tenía ojos para Serena.

—«Espero que entiendas que este matrimonio es solo el deseo del abuelo» —les había dicho a solo minutos luego de su boda. —«Lo que has obtenido por compromiso, al final no te pertenecerá»

Durante tres años, ella se esforzó por ser impecable, por ser la esposa perfecta y la mejor diseñadora, pensando que algún día él la vería.

Pero tras cinco años en la empresa y tres de matrimonio, la aparición de Serena le gritó la verdad: él siempre había estado mirando a otra persona.

La puerta se abrió. Alaric estaba allí, con una leve arruga de molestia entre las cejas al verla. Detrás de él, Serena asomó con una sonrisa brillante.

—¿Seraphina? Qué coincidencia, ¿tú también estás aquí? —dijo Serena.

—Felicidades —respondió Seraphina con voz plana. Alaric ni siquiera se detuvo; su mirada pasó por ella como si fuera aire transparente. 

—Vamos, Serena, tenemos socios que ver, todos quieren felicitarte por tu excelente trabajo —dijo él, marchándose con ella.

El corazón de Seraphina se estrujo aún más, sabía que no habia amor, ¿pero habia necesidad de que ella recibiera tal humillación?

Seraphina apretó los labios en una línea y retuvo de nuevo las lágrimas que pelaban por brotar de sus ojos, pero no lo logro, fie imposible.

El teléfono volvió a sonar. 

―¡Estoy viendo la transmisión en vivo!! ¿Con qué derecho es directora? ¿Y tú diseño? ―Era Chloe, gritando por la injusticia.

―Cloe, se que estas enojada, pero…

—«¿Cuánto más vas a soportar?» —preguntó Chloe, incapaz de soportar que su amiga sufriera por culpa de aquellos que tanto la odiaban sin razón.

Desde el pasillo, llegó la voz mimosa de Serena: —«Alaric, aún no me has enseñado todo…».

Seraphina miró su reflejo en el cristal de la ventana. Tenía veintiséis años y sus lágrimas corrían sin cesar, manchando el maquillaje que se había puesto con la esperanza de gustarle. Apretó el teléfono con fuerza.

—«Chloe», dijo con una calma que nacía de la ceniza absoluta, «quiero renunciar».

—«¿De verdad vas a hacerlo?».

—«Lo he pensado bien» —sentenció Seraphina, viendo cómo las luces de la Ciudad se borraban tras sus lágrimas.

El amor que la había mantenido encadenada finalmente se había roto bajo el peso del desprecio.

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