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Capítulo 3

Author: Daria Sam
last update publish date: 2026-04-06 06:07:13

La tarde del día siguiente al banquete de celebración, Seraphina se encontraba frente al restaurante Venus.

Llevaba un vestido largo color vino tinto que había comprado hacía poco y se había arreglado el cabello especialmente para la ocasión.

En realidad, ni siquiera sabía qué estaba esperando; la noche anterior ya había visto con claridad toda la verdad.

Pero la llamada del abuelo era como un hilo fino que aún tiraba del último resto de obstinación en su corazón.

—¿Cómo va todo, pequeña? ¿Alaric te está tratando como a una reina? —la voz del anciano era débil, llena de un cariño que Seraphina no podía romper, mucho menos decirle que él no había llegado siquiera

Y que la anoche anterior se habian despedido si así se pudiese decir el uno del otro de la manera menos adecuada, pues su esposo no le habia dado siquiera una sola mirada mientras se pavoneaba de una lado a otro con su hermanastra.

—Sí, abuelo... —mintió ella, tragándose el nudo de llanto y humillación que la corroía—. Estamos cenando. Alaric es... muy atento hoy.

—No sabes cuánto me alegra —suspiró el anciano—. Este viejo estaba muy preocupado. Tu familia jamás te trató de manera adecuada y tu abuela me pidió que cuidara de ti. Qué mejor manera que tenerte en nuestra familia.

Seraphina apretó los labios. Decirle al anciano que aquella decisión no había sido más que una sentencia a su desdicha sería cruel. Él había deseado lo mejor para ella, pero el resultado fue su desgracia.

—«Niña, no sabes lo feliz que soy al saber que ustedes por fin se llevan bien, espero que en el futuro actúen como verdaderos esposo y con ello tal vez este viejo pueda conocer bisnietos de su parte».

Ella no supo que decir, observo hacia la silla vacía frente a ella, y solo pudo mostrar una pequeña sonrisa lastimera.

El anciano colgó casi de inmediato, Seraphina observo el reloj en su muñeca, lo hizo repetidamente.

Siete en punto. Siete y media. Ocho.

El camarero vino cinco veces a rellenar su vaso de agua.

En la mesa contigua, ya se habían sentado tres parejas distintas.

El teléfono se iluminó. Seraphina lo tomó de inmediato, esperando que fuera un mensaje de Alaric.

Pero al abrirlo, vio una imagen enviada por Serena: la espalda de Alaric.

¿Estaban juntos? El corazón de Seraphina tembló levemente.

Bajó el teléfono, pagó la cuenta y salió del restaurante mientras el viento frío se colaba por el cuello de su vestido.

El teléfono volvió a sonar; esta vez era el abuelo preguntando por la cena.

—«Abuelo, ya terminamos de cenar. Estamos por volver a casa».

Escribió el mensaje mientras sus manos temblaban.

La máscara que había sostenido con tanto esfuerzo se desmoronó al instante.

Se llevó la mano al rostro y limpió las lágrimas que resbalaban por el rabillo de sus ojos.

Cuando regresó a casa, ya casi eran las diez.

En la entrada había un par de tacones blancos desconocidos con pequeños cristales incrustados; los reconoció como los que Serena llevó en el banquete.

Desde el piso superior llegaban voces del cuarto de Alaric: ese territorio privado al que, en tres años, nunca le había permitido entrar. Ahora, tras la puerta, se oía la risa de una mujer.

Era Serena.

Sintió una opresión en el estómago.

Con lentitud, abrió un cajón y sacó el documento que llevaba meses preparado: el acuerdo de divorcio.

Entró en el estudio y lo colocó en el centro del escritorio bajo la luz de la lámpara.

Al salir, casi chocó con Serena, quien vestía un pijama de seda color rosa loto.

—¡Ay, Seraphina! —sonrió Serena con inocencia—. Alaric y yo justo estábamos hablando de ti.

Alaric salió detrás de ella frunciendo el ceño.

—¿Dónde estabas? ¿Por qué llegas tan tarde y que hacías para llegar a esta hora?

Era su aniversario de bodas; ella lo había esperado hasta las diez y él preguntaba por qué regresaba tarde.

—El abuelo reservó el restaurante. Nuestro aniversario.

Seraphina esperaba una mínima reacción de su parte, pero la indiferencia en su expresión sin duda demostraba que a él no me importaba seguir humillándola.

—Lo olvidé ― Palabras ligeras, como si no pesaran nada.

—Sera, es mi culpa perdóname, no sabía que era su aniversario, además no malinterpretes las cosas, solo estábamos revisando unos... documentos

Serena intervino con voz mimosa, y eso hizo Seraphina recordar que su padre había sido infiel mucho antes de traer a estas mujeres tras el funeral de su madre.

—Claro que no me molesta —respondió Seraphina con una voz que ocultaba el volcán interno―lo entiendo perfectamente...

La sonrisa de Serena se volvió cruel, sin duda una expresión que demostraba que ella era la ganadora y ni siquiera habia tendido que pelear tan desesperadamente como Seraphina para ganar.

Y aquello lejos de intimidar a Seraphina, solo la hizo que años de humillación y dolor, resurgieran y la hicieran soltar todo lo que sentía en aquel momento.

—Sé exactamente lo que buscan, Serena. Lo has hecho desde niñas.

—Sera ¿de qué hablas? ¿acaso me culpas por algo hermana? No entiendo por qué me odias tanto —fingió Serena con una sonrisa maliciosa—. Eres cruel, hermana. Después de todo, tú y tu madre tienen algo en común: las dos se aferraron a hombres que jamás las amaron y que solo las desprecian mientras su corazón pertenece a otra.

Aquello fue una estocada al recuerdo de su madre fallecida. Pues con una sonrisa frívola y ojos llenos de asco hacia serena, Seraphina hablo.

—Si lo piensas bien, las amantes son muy descaradas —respondió Seraphina con apatía fría—. Se llenan la boca de orgullo siendo solo mujerzuelas que rompen hogares. Después de todo, tú y tu madre tampoco tenían mucha vergüenza. Si no, no habrían venido a vivir a mi casa...

¡Plaf!

Una bofetada resonó en el pasillo. Serena aún tenía la mano en alto, con ojos fingidamente enrojecidos acusando a Seraphina de la humillación. El dolor ardiente se extendió por la mejilla de Seraphina.

Miró a Alaric esperando justicia. Vio su mano alzarse instintivamente para detener el golpe, pero luego descendió.

—Basta, Seraphina. Discúlpate.

—¿Qué has dicho?

—Pídele perdón a Serena. Has hablado sin educación.

Esas palabras dolieron más que el golpe. Serena fingió piedad tirando de la manga de Alaric.

—Rick, no te enojes, yo no estoy enojada, mi hermana no solo esta furiosa conmigo porque yo arruine su cena de aniversario, por favor no la odies por mi culpa —hablo Serene con una voz lastimera

—¿Qué esperas para disculparte Seraphine?

—No me disculparé —sentenció ella, dándose la vuelta para empacar, al darse cuenta que la situaciio nunca cambiaria, lo mejor erqa retirarse discretamente.

Iba a abandonar ese lugar que la hirió hasta los huesos.

Llenó la maleta con apenas unas prendas y una pluma vieja; en tres años apenas había dejado huella en esa mansión.

Cuando cerró la cremallera, la puerta se abrió de golpe. Alaric estaba allí, con ira y un extraño desorden en sus pupilas. La sujetó con fuerza por la cintura desde atrás.

—«¿Adónde crees que vas?». Su voz era áspera, cargada de una furia que ocultaba un temor desconocido.

—«Seraphina, no he dado mi consentimiento. No puedes irte».

—«¿Tu consentimiento?» —susurró ella con una risa amarga—. «¿Desde cuándo lo he necesitado para respirar?».

Alaric la giró con brusquedad contra el armario, su pecho rozando el de ella. Su barbilla fue obligada a alzarse, exponiendo la marca roja en su mejilla.

Alaric se tensó.

El insulto no lo alejó; al contrario, lo hizo reaccionar con una ferocidad contenida.

De un movimiento brusco, la acorraló contra la pared, atrapando sus muñecas por encima de su cabeza con una de sus manos.

Mientras la otra la rozaba su cuello con una delicadeza casi intoxicante.

El frío del muro contrastaba con el fuego que emanaba de él, pero a Seraphina no parecía importarle mucho menos lo que pasaba por la cabeza de aquel hombre en aquel momento.

—¿Qué acabas de decir? —la voz de Alaric no fue más que un rugido bajo, cargado de una vibración que Seraphina sintió directamente en su propio pecho.

Él acortó la distancia de golpe, pegando su cuerpo al de ella con una brusquedad que le robó el aliento. Sus respiraciones se mezclaron, calientes y erráticas, creando una atmósfera privada y asfixiante.

Alaric bajó la cabeza, dejando que sus labios rozaran el lóbulo de su oreja.

No llegó a besarla, pero el contacto eléctrico de su aliento contra su piel erizó cada vello de su cuerpo.

La mano que antes la sujetaba por el cuello descendió con una firmeza posesiva hacia su cintura, hundiéndose en su carne y tirando de ella hacia sí hasta que no quedó ni un milímetro de aire entre los dos.

Seraphina jadeó.

No era miedo, aunque su instinto le gritaba que huyera; era una chispa de desafío mezclada con un hambre voraz que ambos llevaban semanas intentando enterrar bajo capas de sarcasmo.

Podía sentir el calor que emanaba de él, el aroma a madera y peligro que la envolvía, y la dureza de su pecho contra la suavidad del suyo.

—Dilo de nuevo —provocó él, su voz vibrando como una caricia letal contra su cuello—. Repítelo mirándome a los ojos, Seraphina, y te juro que te obligaré a tragarte cada una de tus palabras.

Alaric la soltó lo suficiente para que ella pudiera hablar, pero mantuvo su pulgar presionando con fuerza su mentón, obligándola a inclinar el rostro hacia atrás.

Sus ojos se encontraron en un duelo silencioso donde las chispas de odio empezaban a fundirse con algo mucho más oscuro y desesperado.

—Vaya... No sabía que además de tirano, ahora también eras sordo —escupió ella, obligándose a sostenerle la mirada a pesar de que sus rodillas amenazaban con fallar—. ¿O es que necesitas que lo deletree para que tu ego pueda procesar que no todos caen rendidos a tus pies?¿Por qué repetir lo obvio?Llevamos tres años casados y parece que tienes disfunción sexual. Estoy harta de un marido inútil que me trata con frialdad día tras día

Él bajó la vista hacia los labios de ella, que temblaban levemente, entreabiertos por la agitación.

Por un segundo, el tiempo se detuvo.

Alaric sintió el impulso casi irreprimible de cerrar la distancia, de atrapar esos labios que lo atormentaban y transformar toda esa rabia en un beso incendiario.

Estaba a punto de ceder, sus dedos rozando la chaqueta de Alaric, cuando la mirada de él cambió. La intensidad se transformó en una frialdad cortante.

Él se apartó apenas un centímetro, sus ojos recorriendo su rostro con un desprecio que dolió más que cualquier insulto.

—¿Es este otro de tus trucos? —soltó él, su voz cargada de veneno—. ¿Tan desesperada estás por manipularme que ahora usas tu cuerpo como moneda de cambio?

El hechizo se rompió.

La humillación ardió en las venas de Seraphina con más fuerza que el deseo.

Antes de que él pudiera reaccionar, ella liberó su mano y, con toda la fuerza de su indignación, le cruzó la cara con una bofetada que resonó en toda la estancia.

El rostro de Alaric giró por el impacto y el silencio que siguió fue absoluto, solo roto por la respiración agitada de ambos y el eco del golpe.
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Comments (2)
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Claudia Serrano
Ese nombre le queda perfecto marido inútil. jajaja
goodnovel comment avatar
Claudia Serrano
Porque mentir aún abuelo que no es de sangre. Ya basta de humillarte dile la verdad que su nieto es un asqueroso ... lo que te hizo esa noche fue la gota que derramó el vaso. Dile que te vas a divorciar para que el cerdo sea feliz con su amante y tú aléjate de esa familia.
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