LOGINCinco años despuésEl aire helado de los Alpes suizos golpeó el rostro de Renzo.Bajó de la camioneta Suburban negra blindada. Su bota táctica pisó la nieve dura.No llevaba traje de sastre de diez mil euros esta vez. Llevaba una chaqueta táctica de color azul oscuro, reforzada, sin insignias, con un chaleco ligero por debajo. Pantalones de carga oscuros y gruesos. Sus manos grandes estaban cubiertas por guantes tácticos de cuero negro.Se giró hacia la puerta trasera.Abrió la hoja de metal pesada.Vittorio, su hijo de cinco años, saltó al suelo con una agilidad natural. Llevaba un abrigo de lana oscuro con el cuello de piel. Gorro de lana gris. Sus ojos negros y letales como los de Renzo Castelli escanearon el perímetro blanco con puro cálculo instintivo. No sonrió. No se quejó del frío. Simplemente esperó.Renzo metió la mano en la cabina.Sacó a Caterina, su hija de tres años. La niña llevaba un abrigo rosa pálido, grueso y cálido, con el gorro blanco. Tenía los mismos ojos de Val
Un mes y medio despuésLa puerta de caoba del penthouse se cerró de golpe.Renzo giró la llave de acero. Pasó el seguro principal. Clic.Bajó el pasador de metal grueso. Clic.Estaban completamente solos. Marco y los hombres de seguridad tenían órdenes estrictas de quedarse en el pasillo exterior. Nadie cruzaría esa puerta. El mundo entero se quedó afuera.Renzo se giró.Su cuerpo inmenso ocupó el espacio del vestíbulo. Llevaba su traje oscuro impecable, pero se aflojó el nudo de la corbata de seda negra con un tirón seco de su mano derecha.En su brazo izquierdo, sostenía a su hijo. El pequeño dormía profundamente, envuelto en una manta térmica de algodón blanco.Valentina estaba a dos pasos de distancia.Se quitó los tacones negros. Los dejó caer sobre la alfombra gris sin importarle el ruido. Sus pies descalzos tocaron el suelo frío. Llevaba un vestido oscuro, holgado, cómodo para su cuerpo. Su cabello negro le caía suelto por la espalda. Estaba agotada físicamente, pero su postura
Una hora después, Marco empujó la puerta doble de cristal opaco de la habitación clínica.Los rieles metálicos rechinaron con un sonido agudo. Cortaron el silencio aséptico del cuarto blanco.Vittorio Castelli cruzó el umbral primero. Su bastón de plata golpeó las baldosas pulidas del suelo. Un golpe sonoro. Seco. Autoritario. Caminó tres pasos hacia adelante y frenó en seco en el centro de la habitación.Detrás del anciano patriarca, entraron los padres de Valentina. Caminaban despacio. Arrastraban las suelas de sus zapatos caros. El padre se secó el sudor de la frente con un pañuelo arrugado. La madre la miró preocupada y con la respiración contenida.Massimo y Diana cerraron el grupo. Entraron a pasos firmes. Se quedaron cerca de la puerta. Cubriendo la retaguardia por puro instinto táctico.Renzo no se movió de su posición.Estaba de pie junto a la cabecera de la cama de su mujer. Su cuerpo inmenso bloqueaba casi toda la visión hacia Valentina. Llevaba la bata quirúrgica azul abie
Meses después.El dolor le partió la espalda baja en dos mitades exactas.Valentina apretó los dientes. El sonido del hueso chocando contra el hueso llenó la habitación blanca y esterilizada. Tiró de las sábanas de la cama de hospital con las dos manos. Sus nudillos se pusieron completamente blancos por la fuerza del agarre.Renzo estaba de pie justo a su lado derecho.Llevaba una bata quirúrgica de color azul claro sobre su camisa negra a medida. No llevaba corbata. Las mangas de la camisa estaban remangadas hasta los codos.Agarró la mano izquierda de Valentina.Ella le clavó las uñas directamente en la piel de la muñeca. Renzo no se quejó. No apartó el brazo ni un milímetro. Dejó que ella drenara todo el dolor físico contra su propio cuerpo. Se mantuvo firme como un muro de concreto.El monitor fetal a la izquierda de la cama emitía pitidos rápidos. Constantes. Rítmicos.—Respira —ordenó Renzo. Su voz fue ronca. Un gruñido bajo y estrictamente territorial.—No me digas qué maldita
Renzo cerró los ojos por un segundo. Soltó un suspiro pesado por la boca. El aire salió caliente contra el cuello de Valentina.Los hombros anchos de Renzo bajaron un milímetro. La bestia protectora dentro de él recibió la señal médica de calma. La amenaza contra su descendencia había fracasado.Valentina bajó la tela del vestido de inmediato. Cubrió su piel.—El feto no presenta estrés traumático —confirmó el paramédico, apagando la máquina rápido—. Ambos están en perfectas condiciones físicas, señor Castelli. No hay lesiones de ningún tipo.Renzo asintió una sola vez. Un movimiento seco de cabeza.—Gracias. Pueden irse.Los dos paramédicos cerraron sus maletines en tres segundos exactos. Se alejaron hacia la cabina de la ambulancia sin decir una sola palabra más.Renzo se giró de frente hacia Valentina.Llevó su mano derecha a la funda de cuero negra oculta en su espalda. Sacó la pistola Glock de nueve milímetros.El arma oscura brilló bajo las luces rojas y azules intermitentes de
Renzo la soltó un milímetro. Apenas lo suficiente para mirarla a la cara.Sus manos inmensas bajaron por la espalda de ella. Apretó la tela del vestido negro de algodón. Agarró su cintura con una fuerza posesiva y absoluta.Bajó la cabeza de golpe. La besó.No fue un beso suave de alivio. No hubo romance. Fue un choque de dientes brutal. Un impacto físico necesario para confirmar que la sangre seguía corriendo por sus venas.El sabor a humo oscuro, a polvo de cemento y a sudor frío se mezcló en sus bocas.Valentina le devolvió el beso de inmediato. Le abrió los labios. Le mordió el labio inferior con fuerza real. Sus manos se aferraron a las solapas rotas del traje oscuro de Renzo. Tiró de él hacia su cuerpo. Necesitaba sentir el peso de su marido. Necesitaba anclarse a la fuerza de él después de la lluvia de balas.Se separaron rápido. Sus pechos subían y bajaban con violencia. Chocaban entre sí. Respiraban por la boca de forma ruidosa.El aire del sótano apestaba a carne quemada y







