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Author: Sassenach W
last update publish date: 2026-09-14 23:20:51

Él la observó. Escrutando sus mejillas y la fragilidad de sus huesos, exhaló con un repentino sonido de burla. "Si esto es otro resultado de una de esas dietas tuyas, voy a perder los estribos. ¿Cuándo vas a entender que me gustas como eres? ¿Quieres enfermarte? No tengo paciencia con estas tonterías, Freya".

"No", asintió ella, sin verle la gracia a su malentendido.

"Ve a ver a tu médico hoy", le indicó. "Y si no, me enteraré. Se lo comentaré a Steven al salir".

Al mencionar al guardia de seguridad, supuestamente para protegerla, pero sospechaba que la mayoría de las veces para vigilar cada uno de sus movimientos, hundió la mejilla en la almohada. No le gustaba Steven. Su inexpresividad y su extrema formalidad la intimidaban.

 “¿Qué tal te va con él, por cierto?”

“Entendí que no debía llevarme bien con tus hombres de seguridad. ¿No fue por eso que transfiriste a Michael?”, murmuró, agradecida por el cambio de tema, por muy perturbador que fuera.

“Estaba demasiado ocupado coqueteando contigo como para ser efectivo”, dijo Travis con gélido énfasis.

“Eso no es verdad. Solo estaba siendo amable”, protestó.

“No lo contrataron para ser amable. Si lo hubieras tratado como a un empleado, todavía estaría aquí”, subrayó Travis con un desdén meloso. “Y ahora sí que tengo que irme. Te llamaré”.

Lo hizo parecer como si le estuviera haciendo un favor muy especial. De hecho, la llamaba todos los días, sin importar en qué parte del mundo estuviera. Y ahora se había ido.

Cuando ese teléfono que le había comprado sonara mañana, sonaría y sonaría en habitaciones vacías. Durante torturantes minutos, permaneció tumbada, mirando fijamente el espacio donde él había estado. Oscuro y dinámico, era un infierno para una mujer vulnerable. Durante toda su relación, jamás había discutido con Travis. Por las buenas o por las malas, Travis siempre se salía con la suya. Sus débiles intentos de imponerse se habían hundido sin dejar rastro, contra la corriente de una personalidad infinitamente más poderosa.

Era un hombre muy rico. Había empezado con casi nada más que una inteligencia formidable, y seguiría ascendiendo. Travis siempre fue el número uno, y nunca más que en su propia imagen. El poder era el mayor afrodisíaco conocido por la humanidad. Travis buscaba lo que quería y lo tomaba, y al diablo con el daño que causaba, siempre y cuando la reacción no afectara su comodidad. Y, habiendo luchado por todo lo que había conseguido, lo fácil no tenía ningún valor intrínseco para él.

Solo un tonto se interponía en el camino de Travis... Y solo una mujer muy tonta podría haberle entregado su corazón.

 Cerró los ojos con fuerza en un espasmo de angustia. Todo había terminado. Nunca volvería a ver a Travis. Ningún milagro la había asombrado en el último momento. El matrimonio no era, ni sería jamás, una posibilidad.

Su pequeña mano se extendió protectoramente sobre su vientre. Travis había empezado a perder su total lealtad y devoción desde el mismo momento en que sospechó que estaba embarazada de él.

El instinto le había advertido que la noticia sería recibida como una traición calculada y, sin duda, él concluiría que, de alguna manera, lo había permitido a propósito. Una y otra vez había pospuesto decírselo. Por miedo a ser descubierta, había aprendido a temerle a Travis. Cuando finalmente se casara con una novia con pedigrí social, una novia que reunía todos los requisitos para ser su esposa, no querría ningún secreto oculto. Con el frío helado y presa de aprensiones que se había negado a afrontar, se secó torpemente los ojos hinchados y se levantó. Él nunca lo sabría ahora y así tenía que ser. Gracias a Dios, había convencido a Michael para que le enseñara a usar la alarma. Saldría por la puerta trasera. Eso resolvería a Steven.

¿La extrañaría Travis? Un sollozo ahogado de dolor se le escapó. Él se indignaría de que ella pudiera dejarlo y no hubiera previsto el evento. Pero no tendría ningún problema en reemplazarla. No era tan especial ni lo suficientemente hermosa. Nunca había comprendido qué había en ella que atraía a Travis. A menos que fuera la fría intuición de un depredador que olfatea un buen felpudo a favor del viento, admitió avergonzada.

¿Cómo podía lamentar dejar atrás esta media vida? Tenía muy pocos amigos. Cuando la discreción exigía, tener muchos amigos era imposible. Travis la había aislado, lenta pero inexorablemente, de modo que toda su existencia giraba en torno a él. A veces se sentía tan sola que hablaba en voz alta consigo misma. El amor era una emoción aterradora, pensó con un escalofrío convulsivo, pero ahora, dos años después, no se sentía mucho más brillante, pero ya no construía castillos en el aire.

 “Muchas gracias, Travis. Adiós.” Garabateó el mensaje con lápiz labial en el espejo del baño.

Un gesto teatral, pensó mientras miraba el mensaje que había escrito. Podría prescindir del subidón de ego de cinco páginas manchadas de lágrimas diciéndole inútilmente que nadie probablemente lo amaría tanto como ella.

Travis, había aprendido poco a poco, no valoraba demasiado el amor. Pero no había dudado en usar su amor como arma en su contra, retorciendo sus emociones con cruel pericia hasta convertirlas en los barrotes de su celda.

No se llevó nada consigo, excepto una pequeña maleta con la poca ropa que había traído, su pasaporte y otros documentos importantes. Todo lo que tenía allí, él se lo había conseguido, y no tenía intención de llevárselo consigo, ya que no quería el recordatorio. Quería seguir adelante. Quería empezar de nuevo.

No sabía adónde ir, pero ya lo averiguaría. Echando un último vistazo a la casa en la que había vivido durante dos años, suspiró y cerró la puerta.

Adiós, Travis, susurró en voz baja y no intentó contener las lágrimas mientras se daba la vuelta.

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