LOGINCapítulo 8— La tumba
POV de Regina
Salí de mi habitación y la encontré en el sofá.
Mamá tenía los brazos cruzados sobre el pecho y los ojos fijos en la pared. Estaba mirando el retrato de papá que colgaba allí. El mismo lugar de siempre durante años, y la misma forma en que se sentaba a mirar aquella foto, como si algún día él fuera a salir de ella y contarle lo que había pasado.
Me quedé allí un segundo, simplemente observándola. Tenía los hombros tensos y la mandíbula apretada, como cuando está conteniendo algo.
"¿Estás lista, mamá?", dije suavemente. "Es hora de ir a visitarlo."
No se dio la vuelta. Tampoco se movió ni un centímetro.
"Nunca dije que fuera a ir a ninguna parte."
Hice una pausa y procesé lo que acababa de escuchar. "Mamá… ¿qué quieres decir?" Parpadeé.
"¿Te parece extraño? No voy a ir a ninguna parte contigo." Su voz era inexpresiva, como si hubiera tomado una decisión hacía horas y solo estuviera esperando a que yo me diera cuenta cuando pudiera.
"Mamá… es el aniversario de papá. Vamos todos los años, y nunca hemos—"
"No me lo recuerdes." Finalmente, volvió hacia mí sus ojos enrojecidos. No eran los ojos de alguien que había estado llorando, sino los de alguien agotado. "No he olvidado ni un solo día; simplemente no tengo fuerzas para hacerlo este año."
Sentí que algo dentro de mí se desplomaba. Di un paso adelante y me senté a su lado sin siquiera decidirlo. "¿Qué pasa, mamá?"
Hubo un largo silencio. Ella simplemente me miraba con aquel rostro agotado que siempre me golpeaba directamente en el pecho.
"Regina, no me contaste nada", dijo. "No mencionaste ni una sola cosa sobre lo que pasó durante la cena. Y esperabas que estuviera feliz, ¿verdad?"
Solté un profundo suspiro. Debería haber imaginado qué había salido mal. Había estado callada toda la mañana, demasiado callada, tanto que pensé que simplemente estaba triste por papá. Nunca supe que estaba guardando un resentimiento hasta que ya no pudo soportarlo.
"No hay nada que contar, mamá. Comimos, hablamos de cualquier cosa y me fui."
"¿Y te fuiste?"
"Sí, me fui." Mantuve la voz firme. "¿No es así como debería terminar una cena?"
"No me digas eso, Regina." Su voz estalló. "Un hombre tan rico como ese vino a nuestra casa. Ese hombre me hizo reír, Regina. Te miraba como si el resto del mundo ya no le importara, ¿y quieres que crea que no pasó nada durante esa cena?"
"Mamá—"
"No me vengas con 'mamá'. No soy una niña. Sé que algo no estaba bien cuando llegaste a casa esa noche y no quisiste mirarme a los ojos."
Abrí la boca, pero volví a cerrarla. Las palabras no salían.
"Mamá, ¿de verdad vamos a hacer esto hoy? ¿En el aniversario de papá?" Mi voz se quebró a mitad de la frase, y lo odié. "¿Una actualización sobre la cena? ¿Eso es más importante que él ahora mismo?"
Se estremeció, y lo vi. Las palabras dieron justo donde yo quería que dieran.
"¿Crees que tengo ganas de pelear hoy?" Su voz bajó. Suave y triste. "No estoy intentando atormentarte. Ese hombre es la primera oportunidad real que hemos tenido en años. Quizá la única oportunidad que tendremos de salir de esta vida desde que tu padre murió y nos dejó ahogándonos en la vergüenza—"
"No digas eso, mamá." Sentí que la garganta se me quebraba. Mis ojos se habían llenado de lágrimas. "Basta de esto, mamá. ¡Basta!..." La palabra se desvaneció y, para ese momento, las lágrimas ya me corrían por el rostro. La abracé tan fuerte que pude sentir cómo sus lágrimas empapaban mi blusa.
"Es verdad, y lo sabes", dijo, con una voz apenas más fuerte que un suspiro.
No pude responder. Tenía el pecho demasiado apretado y la boca pesada.
"Estaremos bien… mamá. Por favor, esto es suficiente…" Lloré desconsoladamente, y mi voz se derrumbó en un sollozo profundo que no pude controlar.
Finalmente, se apartó, con las lágrimas todavía extendidas por su rostro. Me tomó la mano y la apretó suavemente. "Lo siento, hija, no quiero hacerte daño. Solo quiero saber si—"
"Te entiendo, mamá." Mi voz salió débil. Tomé su pañuelo y yo misma le limpié debajo de los ojos. "La cena salió bien, pero por ahora no puedo decir nada."
Asintió sin añadir una palabra. Pero ese gesto, ese silencio, sé lo que significa: llevaba el peso de todo el dolor que tenía en el pecho.
Nos quedamos sentadas allí un rato. Ninguna de las dos hablaba, y yo le sostenía las manos con fuerza.
"Te lo contaré todo cuando volvamos."
"No tienes que hacerlo", susurró. "Entiendo cómo te sientes, y eso también importa."
"Es una promesa." Le dediqué una cálida sonrisa.
"Está bien." Se levantó, tomó su chal de la silla y se lo ajustó bien.
"Vamos, entonces, antes de que cambie de opinión", dijo, con una media sonrisa en el rostro.
Sonreí al escucharla.
---
El cementerio estaba tranquilo, como siempre. Árboles viejos. Tumbas antiguas. La hierba había crecido demasiado en algunos lugares, y eso demostraba que ya casi nadie venía aquí, aparte de nosotras.
Caminamos por el sendero que nuestras piernas parecían conocer de memoria. Pasamos junto a las mismas lápidas que veíamos todos los años. Llevaba las flores favoritas de papá: lirios blancos que mamá había comprado el día anterior y que ella misma había arreglado en la cocina.
Llegamos a su tumba. La piedra estaba descolorida y su nombre apenas se podía leer. Han pasado cinco años desde que murió.
William Bennett. Amado esposo. Amado padre.
Coloqué las flores en la base. Mamá se quedó a mi lado en silencio, moviendo los labios lentamente. Quizá estaba rezando, quizá susurrando algo; no podía saberlo.
Me quedé allí pensando en él. En cómo apenas recordaba su rostro ahora. Su risa, sus manos. En cómo todavía me hacía girar en el aire incluso cuando ya era demasiado grande para eso.
Y entonces se fue, y todo se vino abajo tan pronto.
"Supongo que he acertado", retumbó una voz detrás de nosotras.
Me di la vuelta.
Allí estaba, Henry Bennett, el hermano mayor de mi papá. No merecía que lo llamara tío. Estaba a unos pasos de distancia, con las manos en los bolsillos, como si hubiera llegado allí después de una reunión de la junta directiva. Tenía una sonrisa que transmitía algo completamente distinto.
Sentí que el suelo se movía bajo mis pies.
"Tú." Eso fue todo lo que logré pronunciar. "¿Qué haces aquí?"
Se acercó un poco más. "Lo mismo que viniste a hacer tú. Vine a presentar mis respetos a mi hermano. ¿Acaso es demasiado pedir?"
"¿Pedir? No tienes derecho a hacer esto." Mi voz tembló más de lo que quería. "No te quedes aquí fingiendo que te importa."
"Regina, por favor." Mamá me sujetó del brazo. "No hagas eso aquí."
Pero no podía detenerme. Mi ira se había mezclado con el dolor y ya estaba a punto de desbordarse.
"Murió poco después de que te metieras en su vida, Henry. Te las arreglaste para entrar en su empresa y te quedaste con todo lo que construyó desde cero. Y después nos echaste para que nos pudriéramos." Di un paso adelante. "¿Crees que puedes enterrar todo eso viniendo aquí con esa sonrisa perversa en la cara, como si de verdad te importara? ¡De hecho, no tienes ningún derecho a estar junto a su tumba!", grité.
Ni siquiera se inmutó. Simplemente se quedó allí, sonriendo, como si ya hubiera estado preparado para esto.
"Yo no maté a tu padre, Regina."
"No necesito que me lo digas. Lo descubriré por mi cuenta." Alzé la voz, y mi ira no disminuía. "Nos lo quitaste todo y nos echaste para que nos pudriéramos. Te prometo que te arrepentirás."
Mamá me tiró del brazo con más fuerza. "Regina, basta."
"No te metas en esto, mamá."
"Lo digo en serio." La voz de mamá era firme. "Dejemos que William descanse en paz durante esta visita."
Henry se rio. Un sonido bajo y frío. "Escucha a tu madre, niña. Tiene más sentido común que tú."
"No me llames niña. Ya no soy una niña."
"¡Entonces deja de comportarte como una!" Sus ojos recorrieron mi rostro. "Eres igual que tu padre. Puras emociones, ninguna estrategia. Por eso yo lo tengo todo y tú no tienes nada."
Me lancé hacia él. Mamá me sujetó con fuerza.
"Detente. Por favor, Regina. ¡No hagas esto aquí! No delante de la tumba de tu padre." Sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas.
Me detuve, pero mi pecho seguía agitado. Podía sentir las lágrimas ardiéndome detrás de los ojos.
Henry nos observaba y disfrutaba cada momento.
"Madre e hija, tengo poco tiempo que perder. Solo asegúrense de escucharme bien", continuó con voz fría. "Tienen tres días para empacar sus cosas e irse de esa casa."
Sentí que la sangre se me helaba al instante. "¿Qué acabas de decir?"
"Esa casa me pertenece, y he sido generoso al permitirles quedarse tanto tiempo. Ahora tengo planes para ella y necesito que se vayan en tres días."
"No puedes hacerlo. No tenemos adónde ir." Sentí que la piel se me resquebrajaba por la impresión y la tensión.
"No es mi problema." Se encogió de hombros, como si decirlo no le costara nada. "Tres días, o iré y las sacaré a rastras."
Mamá emitió un sonido, pequeño y roto, como el sollozo de un animal herido que llora por su cría muerta.
Me volví para mirar a Henry. "Eres un monstruo."
Él sonrió. "Me han llamado cosas peores."
"Lárgate." Mi voz sonó aún peor. "Lárgate de aquí antes de que haga algo de lo que ambos nos arrepintamos."
Me miró como si estuviera decidiendo si hablaba en serio.
"Tienes tres días, nada más." Se dio la vuelta y se alejó lentamente, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
Mamá ya estaba llorando. Lágrimas silenciosas le rodaban por las mejillas.
"Regina—"
"Estaremos bien, mamá." La estreché entre mis brazos. "Sobreviviremos a esto."
Me arrodillé frente a la tumba y me quedé mirando su nombre. William Carter. Amado esposo. Amado padre.
"¿Ves lo que nos hacen, papá?", susurré. "Nos lo quitan todo una y otra vez, y nunca se detienen."
No hubo respuesta, y eso hizo que se me hundiera el corazón.
Me quedé allí de rodillas durante mucho tiempo. Sintiendo la hierba húmeda a través de mi vestido. Sintiendo cómo la ira me ardía por dentro como el fuego.
Mamá estaba de pie detrás de mí, en silencio y llorando.
Me volví para mirarla, y ya estaba temblando.
"Tres días", susurró. "Tres días y estaremos en la calle."
"No", dije con firmeza. "Eso no va a pasar, mamá."
"¿Cómo? No puedes enfrentarte a él. Hará todo lo posible por aplastarnos."
Me quedé allí sin decir una palabra. Simplemente no tenía ninguna.
Sin embargo, había un nombre que no dejaba de dar vueltas en mi cabeza.
Drew.
Intenté apartar aquel pensamiento. No quería tenerlo en mi cabeza en ese momento, pero se aferraba a mí como una sombra.
Negué enérgicamente con la cabeza.
Nunca. Encontraría otra manera. No lo necesitaba, ni volvería a necesitarlo jamás.
Mamá seguía mirándome, esperando una respuesta que no tenía o la que ella esperaba de mí.
"Encontraré una salida a esto", dije finalmente.
Asintió levemente, como si supiera que definitivamente lo haría, ya que no tenía otra opción.
La tomé del brazo y nos fuimos.
Ambas llorábamos en silencio.
Capítulo 8— La tumbaPOV de ReginaSalí de mi habitación y la encontré en el sofá.Mamá tenía los brazos cruzados sobre el pecho y los ojos fijos en la pared. Estaba mirando el retrato de papá que colgaba allí. El mismo lugar de siempre durante años, y la misma forma en que se sentaba a mirar aquella foto, como si algún día él fuera a salir de ella y contarle lo que había pasado.Me quedé allí un segundo, simplemente observándola. Tenía los hombros tensos y la mandíbula apretada, como cuando está conteniendo algo."¿Estás lista, mamá?", dije suavemente. "Es hora de ir a visitarlo."No se dio la vuelta. Tampoco se movió ni un centímetro."Nunca dije que fuera a ir a ninguna parte."Hice una pausa y procesé lo que acababa de escuchar. "Mamá… ¿qué quieres decir?" Parpadeé."¿Te parece extraño? No voy a ir a ninguna parte contigo." Su voz era inexpresiva, como si hubiera tomado una decisión hacía horas y solo estuviera esperando a que yo me diera cuenta cuando pudiera."Mamá… es el aniver
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