LOGIN••Narra Maximilian••Antes, entrar a esta oficina me provocaba náuseas y unas ansias inmensas de quemarlo todo. Pero ahora, este olor…Inhalé profundamente, con ganas. Este olor era adictivo. —Olor a derrota —Suspiré al pasar a la oficina de Pietro King. No era un olor físico, por supuesto. Era más bien una sensación, una vibración en el aire que me resultaba profundamente satisfactoria. El hombre que me había exiliado, que me había torturado, que había destruido mi vida y la de Vienna, estaba sentado detrás de su escritorio, con el rostro pálido y las manos temblorosas.No tenía el mismo gesto de crueldad que me dedicó antes de arrojarme al mar, esperando que me ahogara. —Maximilian —dijo, su voz intentando sonar autoritaria pero traicionándose con un hilo de desesperación—. Me alegra que hayas venido. Sabía que entrarías en razón.—No he entrado en razón —No me molesté en sentarme en el momento en que estiró su mano para que lo acompañara. No era su lacayo para sentarme al otro l
Un olor fuerte invadió mis fosas nasales. Era penetrante, ardiente, como si alguien hubiera derramado un frasco entero de alcohol en la habitación. Me escocía la nariz y la garganta, obligándome a toser mientras intentaba abrir los ojos. —¡Está reaccionando! —Escuché decir a alguien. Una voz masculina, distorsionada. Pasos se escuchaban a mi alrededor. Los colores volvieron a mis ojos. Hasta que por fin lo vi. Los ojos azules penetrantes que tanto me encantaban. Podía ver el reflejo de su preocupación. Y fue cuando lo noté. Estaba sentada sobre su regazo, sus brazos fuertes rodeándome, protegiéndome. En una de sus manos tenía una botella de alcohol antiséptico, muy cerca de mi rostro. «Así que ese es el causante de ese fuerte olor» —Vienna —Su voz llamó mi atención, enfocando mis ojos en su rostro—. ¿Puedes oírme? Vienna. —¿Qué...? —hablé, desorientada. No sabía cómo había llegado a sus brazos. —Estás bien. Estás conmigo. Pero tenemos que llevarte al hospital. Ahora. —¿Ho
Habían pasado cinco días desde la visita de mis padres. Cinco días de tranquilidad, de recuperación, de pequeños avances. Mis piernas respondían mejor, el dolor en mi espalda había desaparecido, y el sol ya no me quemaba la piel. Aun así, preferí mantener la forma de vivir de Drácula hasta que mi mente… estuviera lista. Pero lo mejor de todo era la paz. La paz de saber que ya no tenía que fingir, que ya no tenía que esconderme, que ya no tenía que temer que alguien me arrebatara mi vida.Maximilian había estado a mi lado todo el tiempo. Su presencia era constante, su cuidado obsesivo. Pero también notaba algo en él. Una tensión. Una preocupación que no me decía.Hasta esta mañana, mientras desayunábamos en el comedor principal, cuando lo escuché.—No —Chasqueó la lengua mientras hablaba por teléfono—. No voy a firmar nada hasta que me entregue a Theodore. No me importa cuántas veces llame. No me importa lo que ofrezca. No hay trato.Colgó con un movimiento brusco y se quedó mirando l
El silencio en el comedor era tan denso que podía cortarse con un cuchillo. Los documentos de Maximilian seguían sobre la mesa, esperando una firma que no llegaba. Mi padre los miró paulatinamente, su mandíbula apretada, sus dedos tamborileando sobre la madera. Mi madre, a su lado, tenía los ojos clavados en el mantel, sin atreverse a mirarme.—No voy a firmar nada —dijo finalmente mi padre, empujando el documento hacia atrás con un gesto desdeñoso—. Esto es absurdo. Maximilian no tiene derecho a exigirme nada.—¿Ah, no? —Maximilian inclinó la cabeza, su voz fría y controlada—. Entonces, ¿por qué están aquí? ¿Por amor? ¿Por preocupación genuina?No… por nada de eso. Solo quieren el dinero que puedan conseguir de mí a través de este matrimonio. Otra vez. —¡Es nuestra hija! —exclamó mi padre, levantándose de la mesa—. ¡Tenemos derecho a estar aquí!—Tienen derecho a estar aquí si ella quiere que estén —habló Maximilian, sin inmutarse. Su gesto severo no disminuyó, sus facciones endurec
No se habían molestado en verme todo este tiempo. Ni siquiera cuando me sacaron de la mansión King. Ni siquiera cuando les conté de los abusos que sufrí ahí adentro. Ni cuando volví al país caminando.Ni una llamada… Bueno, tampoco me hubiera enterado si lo hicieron porque decidir bloquearlos después de que los llamé y rechazaron ayudarme. Pero el que quiere comunicarse, busca la forma bajo cualquier circunstancia. ¿Por eso estarán acá? ¿Por fin decidieron ser padres? —Diles que se vayan —La voz autoritaria de Maximilian me sacó de mis pensamientos. —No —Mi boca se movió antes de que siquiera pudiera pensarlo—. Déjalos pasar.Maximilian me miró con sus ojos agrandados, sorprendido.—Vienna, no tienes que hacer esto. No tienes que verlos.—Sí, tengo que hacerlo —respondí, con la mandíbula apretada—. Quiero saber qué quieren. Después de todo este tiempo, quiero saber por qué están aquí.Esas dos personas no habían venido aquí por nada del mundo. ¿Por qué de repente salieron de du m
Los días en el penthouse pasaban lentamente. Era de día, pero las cortinas estaban cerradas. Lo ultimo que necesitaba era que me diera más luz del sol. Ya había tenido suficiente del sol por los momentos. Mi forma de vivir era semejante a la de un vampiro. Solo que mucho más difícil porque este pethouse, sus paredes mayormente son grandes ventanales de vidrio. No podía salir. Los médicos habían dicho que necesitaba al menos dos semanas de reposo absoluto antes de retomar cualquier actividad.Maximilian no se apartaba de mi lado. Me traía sopa, me arreglaba las almohadas, me leía en voz alta cuando no podía dormir. Su presencia era constante, su cuidado obsesivo. Pero yo sabía que había algo más detrás de sus atenciones. La necesidad de compensar todo lo que había pasado.Yo no lo culpaba. Entendí que no lo hizo con mala intención, que no buscaba lastimarme y mucho menos permitir que Theodore me lastimara. —¿Cómo te sientes hoy? —preguntó, sentándose en el borde de la cama con una t







