LOGIN••Narra Maximilian•• La puerta se cerró detrás de Vienna con un golpe que resonó en todo el comedor. Me quedé de pie, con los brazos a los costados y el corazón latiéndome con fuerza. Las palabras que me había gritado aún flotaban en el aire, cargadas de rabia, de dolor, de miedo. "Mi opinión no cuenta. Mis miedos no importan. Solo importa lo que tú quieras". Y lo peor era que, en parte, tenía razón. No la había escuchado. No de verdad. Había dejado que su miedo me pareciera irracional, que su preocupación me pareciera una traba. Había decidido seguir adelante con mi plan sin importarme lo que ella sintiera, sin importarme que temiera por mi vida. Le había prometido que la tomaría en cuenta, la había convencido de asistir a la reunión. Eso me dejé llevar por el plan que he estado maquinando desde ayer, porque necesitaba desesperadamente deshacerme de mis padres adoptivos. —Maximilian, ¿estás bien? —Elliot me sacó de mi burbuja de pensamientos. —No —admití, pasando una mano po
El comedor estaba en silencio cuando llegamos. Elliot y Bianca ya estaban sentados, con tazas de café humeantes frente a ellos. Al vernos, Bianca sonrió débilmente, y Elliot asintió con la cabeza. Simplemente pasé al lado de ambos, tomando asiento en el lado contrario de la mesa. Mantuve mi expresión fría. Un semblante serio. No tenían la obligación de estar de acuerdo conmigo, ya lo sé. Pero no podía evitar sentirme traicionada. Siempre he intentado poner los sentimientos de las personas en un lugar seguro. Lo hice el día de mi boda, al percatar la incomodidad de Bianca con Alessya. La entendí, hablé con ella, la consolé y acepté recibirla en nuestro pethouse durante nuestra luna de miel. Veces dormía en su cama para no dejarla sola. Entendía que estaba pasando un momento tan, pero tan difícil. Sin embargo, como mujer, siempre la apoyé. Y esperaba que ella hiciera lo mismo, porque lo que sentía hacía Mónica, era muy parecido a lo que ella sintió con Alessya. Tenía la inseg
••Narra Vienna•• La reunión estaba programada para las ocho de la mañana en el comedor principal. Reunión destinada al extremadamente fabuloso plan de mi esposo para usar a Mónica en nuestro beneficio. O mejor dicho, su beneficio. Es más, yo no creía que hubiera beneficio alguno, porque esa mujer nos traicionaría. No entendía como Maximilian podía confiar en alguien que ya lo traicionó en el pasado. Yo no pensaba asistir. Me quedé en la habitación, sentada en la cama, con el bastón a un lado y la mirada perdida en la ventana. Había pasado la noche en vela, dándole vueltas a todo. A Mónica. A Pietro. A Maximilian. A la forma en que me había tratado la noche anterior, como si mi opinión no importara, como si mis sentimientos fueran un inconveniente. Y él… no se apareció en toda la noche. Me estaba evitando. Me evitaba y al mismo tiempo me mandaba a llamar con una sirvienta para asistir a la dichosa reunión. No iba a sentarme a la mesa con ellos y fingir que todo estaba bien.
••Narra Elliot•• Estacioné frente a la verja de la mansión King. Ya sabía que Pietro no estaba, pero no lo buscaba a él. La buscaba a ella. Si era cierto lo que me contó Bianca, la mujer de la que hablaba debía ser Genoveva. Pensé que esto era obra de Pietro, que su esposa no habría tenido nada que ver. Pero resultaba que era cómplice. Cuando Maximilian me había dicho que Genoveva debía pagar como Pietro, no estaba al tanto de sus razones ni de la clase de mujer que era. Pero ya no me quedaba ninguna duda. Esa mujer debía caer. El exterior de la mansión era el paraíso del grafiti. Había insultos escritos en el gran paredón, dibujos obscenos y un olor nauseabundo impregnaba el aire. El piso era un recorrido de basura. Carne podrida, huevos reventados, leche cortada, condones usados, orina. Arrugué la frente ante tal asqueroso lugar. No entendía como Pietro dejó convertir este lugar en un chiquero. ¿Cómo no había mandado a limpiar este mugrero? Mis pensamientos se murier
—¡No, no, no! —grité con rodas mis fuerzas. Abrí los ojos de golpe. Solo un jadeo entrecortado, uno que se convirtió en arcadas al instante. Me sentía mal. Muy mal. El estómago se me revolvió, la cabeza me palpitaba con un dolor sordo que me nublaba la visión. El cuerpo me dolía. Me dolía en lugares que ni siquiera sabía que existían. Las piernas, los brazos, el pecho. Todo. El sudor cubría mi piel, el corazón latiéndome con fuerza. —¿Pietro? Pietro… —Me incorporé rápidamente, mirando a mi alrededor con desesperación. Esperaba encontrar la frialdad del sótano, las paredes estrechas, el polvo cubriendo el piso. Pero no… Estaba en la habitación que me había asignado Elliot en la mansión. Observé mi cuerpo, palpando las zonas adoloridos en busca de sangre, pero no encontré nada. Estaba bien. Sin embargo, mi cuerpo me dolía como si las heridas me las hubieran infligido hoy mismo. Las piernas me temblaban como si hubiera corrido por mi vida. El olor a óxido se impregnaba a m
••Narra Bianca••Las piernas me dolían. Un dolor que me atravesaba desde las rodillas hasta la cabeza. El olor a óxido inundaba mis fosas nasales, lo podía saborear en mi paladar. Mis pies descalzos golpeaban el suelo húmedo, frío. Podía escucharme a mí misma, los latidos desbocados de mi corazón, mi respiración entrecortada. Los pasillos por los que corría eran estrechos, oscuros, llenos de polvo y humedad. No sabía dónde estaba, ni porque corría. Pero no podía detenerme. Cada fibra de mi cuerpo me exigía que escapara. ¿De qué? Ni idea. Me arrastré por las paredes, buscando una salida, buscando la luz. Era como un laberinto. Al cruzar un pasillo, pude visualizar una silueta delgada y alta del otro lado.Era una mujer. Tenía el cabello negro, largo y liso, cayendo sobre sus hombros. Sus ojos eran marrones, grandes y oscuros, y me miraban con una expresión que no supe descifrar. Pero no tenía tiempo para eso. —Por favor —Jadeé, casi arrastrándome hacia ella. No sabía cuánto tie







