INICIAR SESIÓN
El espejo de cuerpo entero del vestidor reflejaba a una extraña. O quizás, pensó Isabella, por fin estaba reflejando a la mujer que siempre había estado escondida bajo las sombras de la mansión Valcázar.
Físicamente, Isabella siempre había sido imponente, pero durante tres años se había esforzado por suavizar su imagen. Con su metro setenta y cinco de estatura, solía usar zapatos de tacón bajo para no sobrepasar a su esposo. Su cabello, de un tono castaño oscuro casi cobrizo, espeso y ondulado, solía llevarlo recogido en moños recatados que la hacían lucir mayor y severa, la perfecta "esposa corporativa" que no llamaba la atención. Sus ojos, de un intenso color avellana que cambiaban a verde bajo la luz del sol, solían esconderse detrás de gafas de lectura con montura de tortuga.
Pero esta noche, no.
Isabella dejó caer las gafas sobre el tocador de mármol. Cepilló su cabello hasta que las ondas oscuras cayeron en cascada sobre su espalda desnuda. Luego, se deslizó dentro del vestido rojo sangre. Era una creación de seda cruda que se ceñía a su cintura como una segunda piel, con un escote asimétrico que dejaba un hombro al descubierto y una abertura en la falda que revelaba sus largas piernas a cada paso. Calzó unos tacones de aguja negros de doce centímetros. Ya no le importaba si Emilio se sentía intimidado por su altura. De hecho, eso era exactamente lo que buscaba.
Completó su armadura con un labial carmesí y un collar de diamantes, un regalo de Emilio por su primer aniversario que ahora sentía como una correa de perro. Se lo abrochó en el cuello, fría y calculadora, lista para la batalla.
Cuando Isabella apareció en la parte superior de la gran escalera curva del salón principal, el murmullo de los trescientos invitados se apagó gradualmente.
Abajo, la crema y nata de la élite empresarial del país bebía champán bajo candelabros de cristal. Isabella bajó los escalones con una lentitud deliberada. Sentía las miradas clavadas en ella, los susurros a sus espaldas. Siempre la habían considerado una mujer brillante para el rigor financiero, pero algo aburrida. Esta noche, parecía una deidad dispuesta a exigir sacrificios.
Sus ojos avellana escanearon la multitud hasta encontrar su objetivo.
Emilio Valcázar estaba cerca de la barra de hielo tallado. Con su metro ochenta de estatura, su cabello castaño claro perfectamente peinado hacia atrás y esos ojos azules que sabían fingir empatía a la perfección, lucía como el príncipe de los cuentos de hadas que la prensa amaba. A su lado, apenas separada por unos centímetros socialmente aceptables, estaba Camila Duarte.
Camila era el epítome de la fragilidad calculada. Medía apenas un metro sesenta, lo que obligaba a los hombres a mirar hacia abajo y sentir un instinto primitivo de protección. Tenía el cabello rubio ceniza, lacio y fino, recogido en una media coleta que le daba un aire juvenil. Sus grandes ojos marrones siempre parecían estar a punto de derramar una lágrima de agradecimiento o de temor. Llevaba un vestido rosa pastel que contrastaba agresivamente con el aura letal y roja de Isabella.
Isabella avanzó hacia ellos, abriéndose paso entre los invitados que se apartaban con reverencia.
—Isabella, mi amor —dijo Emilio cuando la vio acercarse.
Por un microsegundo, el terror brilló en los ojos azules de su esposo. No estaba acostumbrado a verla así, tan expuesta, tan poderosa. Pero rápidamente recuperó su fachada y le ofreció el brazo.
—Estás... diferente —murmuró él, inclinándose para besar su mejilla. Su colonia amaderada, la misma que Isabella había elegido para él dos años atrás, le revolvió el estómago.
—Quería estar a la altura de nuestro tercer aniversario, cariño —respondió Isabella, con una voz aterciopelada y suave que ocultaba el veneno—. Después de todo, es una noche de revelaciones y nuevos comienzos.
Camila se removió incómoda en su lugar. Su pequeña mano se aferró a su copa de champán con demasiada fuerza.
—Señora Valcázar, luce usted hermosa —intervino Camila, bajando la mirada con falsa timidez—. El rojo es un color muy... atrevido. Yo nunca me animaría a usar algo que llame tanto la atención. Prefiero pasar desapercibida y apoyar a don Emilio desde mi humilde puesto.
Isabella la miró de arriba abajo. Tres horas antes, ese comentario pasivo-agresivo la habría hecho dudar. Ahora, después de leer aquellos mensajes en la tablet, solo veía a un parásito patético intentando fingir grandeza.
—El rojo es el color de la victoria, Camila —replicó Isabella, regalándole una sonrisa afilada que hizo que la asistente retrocediera medio paso—. Y no te preocupes, querida. Pasar desapercibida es un talento natural en ti. Sería una lástima que intentaras forzar algo para lo que claramente no fuiste diseñada.
La mandíbula de Emilio se tensó, pero antes de que pudiera reprender a su esposa por su tono mordaz, un súbito silencio sepulcral se apoderó de la entrada principal del salón.
Isabella giró la cabeza. Todos los presentes parecían haber dejado de respirar.
Allí, entregando su abrigo oscuro a uno de los camareros, estaba el único hombre en todo el país capaz de hacer temblar los cimientos del emporio Valcázar.
Dante Ferrara.
El CEO de Industrias Sterling no solía asistir a eventos sociales, y mucho menos a los de su competencia directa. Era una leyenda urbana hecha carne. Dante era imponente, rozando el metro noventa de estatura, con una complexión ancha y atlética esculpida por la disciplina y el estrés de dominar el mercado. Iba vestido con un traje de tres piezas negro absoluto, sin corbata, con los dos primeros botones de la camisa desabrochados, destilando una arrogancia salvaje y elegante.
Pero lo que siempre paralizaba a sus rivales era su rostro. Dante tenía el cabello rubio, casi dorado, cortado de forma impecable pero con un ligero aire indomable en la parte superior. Y bajo unas cejas pobladas y rectas, brillaban unos ojos de un color plata gélido, penetrantes e inhumanos. No eran azules, ni grises. Eran de un plateado puro, metálico, capaz de diseccionar el alma de quien se atreviera a sostenerle la mirada.
Emilio apretó el brazo de Isabella con tanta fuerza que casi le hizo daño.
—¿Qué demonios hace Ferrara aquí? —siseó Emilio, perdiendo su sonrisa por primera vez en la noche—. Nadie lo invitó.
Isabella no respondió. Su mirada estaba clavada en Dante. Como si hubiera escuchado la pregunta desde la otra punta del salón, Dante Ferrara giró la cabeza y sus ojos de plata se encontraron directamente con los avellana de Isabella.
No miró a Emilio. No miró a Camila. Solo la miró a ella.
Con pasos medidos, como un depredador acechando a su presa, Dante cruzó el inmenso salón. La multitud se partía en dos para dejarlo pasar. Cuando finalmente se detuvo frente al matrimonio Valcázar, el aire pareció volverse más pesado, cargado de electricidad estática.
—Valcázar —saludó Dante, con una voz profunda, áspera y resonante que hizo vibrar el cristal de las copas cercanas. Apenas le dedicó un asentimiento a Emilio antes de girar toda su atención hacia Isabella—. Señora Valcázar. Feliz aniversario. Aunque, a juzgar por el color de su vestido, parece que está lista para un funeral más que para una celebración.
Emilio dio un paso al frente, intentando inflar el pecho para igualar la presencia de su rival.
—Ferrara. Es una sorpresa verte en mi territorio. Si vienes a intentar negociar los contratos de la zona portuaria, pierdes el tiempo. Mi empresa los tiene asegurados.
Dante esbozó una media sonrisa. Sus ojos plateados destilaron pura burla.
—Tú no aseguras nada, Emilio. Solo firmas los papeles que tu esposa organiza por ti —Dante no alzó la voz, pero sus palabras cortaron el aire como un bisturí. Emilio palideció y Camila soltó un pequeño jadeo indignado.
Dante dio un paso más, acortando la distancia con Isabella hasta que ella pudo sentir el calor que emanaba de su cuerpo y el aroma a vetiver, sándalo y poder absoluto que lo rodeaba. Él extendió una mano grande, de largos dedos curtidos, directamente hacia ella.
—¿Me concede una pieza, Isabella? —preguntó, usando su nombre de pila por primera vez, en un tono que no era una petición, sino un desafío.
Emilio intervino, su rostro enrojecido de rabia y humillación pública. —Mi esposa no baila con hienas corporativas, Ferrara.
Isabella miró la mano extendida de Dante. Luego miró a Emilio, quien estaba a punto de perder los estribos frente a toda la élite financiera del país, y finalmente miró a Camila, que observaba la escena con los ojos muy abiertos y un miedo genuino.
Este era el momento. El primer movimiento en un tablero de ajedrez donde las reglas acababan de cambiar para siempre.
Isabella soltó el brazo de Emilio.
Lentamente, deslizó su mano envuelta en seda y la colocó sobre la palma firme y cálida de Dante Ferrara.
—Me encantaría bailar con usted, señor Ferrara —dijo Isabella, su voz resonando clara y cristalina para que todos a su alrededor la escucharan.
Dante entrelazó sus dedos con los de ella, sus ojos de plata brillando con un fuego peligroso, y tiró suavemente de ella hacia el centro de la pista de baile, dejando a Emilio humillado, congelado y sin palabras frente a sus propios invitados.
Mientras la música clásica comenzaba a sonar y el brazo fuerte de Dante rodeaba la estrecha cintura de Isabella, él se inclinó hasta rozar su oreja.
—Sé que has visto su verdadera cara, Isabella —susurró Dante, su aliento cálido erizando la piel del cuello de ella—. Sé lo que Emilio te ha hecho. Y también sé que estás planeando destruirlo.
Isabella tensó todos los músculos de su cuerpo, intentando mantener el compás del vals mientras su mente trabajaba a mil por hora.
—No sé de qué me está hablando, señor Ferrara.
Dante soltó una carcajada ronca, grave y oscura, que le vibró en el pecho contra el de ella.
—No me mientas a mí. Yo te veo. Siempre te he visto —Dante apretó el agarre en su cintura, acercándola aún más de lo permitido socialmente, y hundió su mirada plateada en la de ella—. Destrúyelo. Quítale todo. Pero para hacerlo sin mancharte las manos de sangre, necesitarás poder. Y yo tengo todo el poder de este país. Únete a mí, Isabella... y te prometo que antes de que termine el mes, Emilio Valcázar estará rogando de rodillas por las migajas de tu imperio.
El reloj marcaba las tres de la tarde y el piso cincuenta de Industrias Sterling operaba con la precisión de una máquina de guerra.Isabella estaba de pie frente al enorme ventanal de su despacho, sosteniendo una taza de té negro, observando el denso tráfico de la capital. Detrás de ella, Julián y dos peritos financieros de máxima confianza tenían la mesa de cristal cubierta de diagramas de flujo y registros bancarios.—La sociedad holding en Luxemburgo es un fantasma —anunció uno de los peritos, quitándose los anteojos con cansancio—. Valeria Santoro fue brillante al ocultar las transferencias. Utilizó tres paraísos fiscales distintos antes de inyectar el dinero en el fideicomiso
La luz dorada de la mañana se filtró por el enorme ventanal de la suite principal, delineando los contornos de la cama revuelta.Isabella despertó lentamente. Tenía el cuerpo pesado, exhausto pero envuelto en una languidez deliciosa que hacía meses no sentía. Al intentar moverse, sintió un peso firme sobre su cintura. Abrió los ojos y se encontró con Dante.Él ya estaba despierto. Apoyado sobre un codo, la observaba en completo silencio. La luz iluminaba su cabello rubio y hacía que sus ojos de plata brillaran con una intensidad indescifrable. Llevaba quién sabe cuánto tiempo mirándola dormir, trazando con la yema del dedo índice la línea de su clavícula desnuda con una suavidad que desarmaba.Isabella parpadeó, ajustándose a la realidad. No había contratos ni juntas directivas. Solo ellos dos.—Si sigues mirándome así,
El beso sobre la barra de mármol comenzó con la misma ferocidad que los había consumido en el sur, pero, de un segundo a otro, Dante cambió las reglas del juego.En lugar de ceder a la urgencia salvaje que le exigía la sangre, rompió el contacto de sus labios con una lentitud tortuosa. Se apartó apenas un par de centímetros, con la respiración pesada, manteniendo sus manos firmes sobre los muslos de Isabella.Ella soltó un suspiro entrecortado, con los ojos cerrados y los labios hinchados. Sus dedos, aún enredados en el cabello dorado de él, tiraron con suavidad para obligarlo a volver. Acostumbrada a la eficiencia en cada aspecto de su vida, la Reina de Hielo quería consumar esa tregua de inmediato.Pero Dante se resistió. Le sujetó las muñecas con u
El suave y silencioso pitido del ascensor privado anunció la llegada al último piso de la torre residencial. Las puertas de acero pulido se abrieron, revelando la inmensidad del penthouse de los Ferrara.Durante los últimos meses, ese lugar había sido un campo de batalla silencioso, un escenario decorado con lujos donde Isabella y Dante jugaban a ser extraños compartiendo un código postal. Dormían en alas separadas, desayunaban en horarios distintos y se cruzaban por los pasillos con la misma frialdad con la que se trataban en las reuniones de la junta.Pero esta noche, el aire en el apartamento era completamente distinto. Estaba denso, cargado de una electricidad que hacía vibrar los inmensos ventanales que ofrecían una vista panorámica de la capital iluminada.
Las puertas de cristal de la Vicepresidencia de Estrategia se cerraron a espaldas de Isabella, aislando el zumbido de los teléfonos y los murmullos nerviosos que inundaban el piso cincuenta.Se quitó el abrigo rojo con un movimiento fluido y lo dejó sobre el respaldo del sofá. El aire en su despacho estaba cargado de esa electricidad estática que siempre precedía a una ejecución corporativa. Clara, su asistente, entró apenas un segundo después, sosteniendo una tableta contra su pecho como si fuera un escudo protector y dos tazas de café humeante.—Señora Ferrara... —comenzó Clara, con la voz un poco inestable tras el terremoto que acababa de presenciar en la sala de juntas.—Respira, Clara —la interrumpió Isabella, sentándose en su silla de
El vuelo de regreso a la capital fue un ejercicio de silenciosa y letal complicidad.Aterrizaron en la pista privada de Industrias Sterling poco antes del mediodía. Un sedán negro blindado ya los esperaba en la pista, y el trayecto hacia el distrito financiero se hizo bajo la misma tensión eléctrica que ahora los unía. Dante no soltó la mano de Isabella ni un solo segundo, trazando círculos perezosos sobre sus nudillos, un gesto que contrastaba con la tormenta que estaba a punto de desatar.Cuando el vehículo dobló la esquina hacia la inmensa torre de cristal de la compañía, el caos era evidente.Una horda de periodistas, fotógrafos de espectáculos y analistas financieros acampaba frente a las escalinatas principales.







