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Capítulo 2

Autor: Carla A
last update Data de publicação: 2026-08-24 03:54:44

El silencio de la mansión a la mañana siguiente era sofocante. Isabella estaba de pie frente al inmenso espejo del baño principal, esparciendo leche de limpieza sobre su rostro con movimientos lentos y metódicos. Se detuvo un instante para observarse. Sus ojos avellana, que con la luz cruda de la mañana tiraban más al verde, lucían inusualmente fríos. Su cabello castaño cobrizo, espeso y ondulado, caía sobre sus hombros en un desorden que no intentó arreglar. A sus veintiocho años, siempre había sabido cómo proyectar seguridad, pero esa mañana sentía que estaba ensamblando una armadura pieza por pieza.

Escuchó el agua de la ducha cortarse. Minutos después, Emilio apareció en el umbral, secándose el cabello castaño claro con una toalla. Llevaba los pantalones del traje a medida y el torso desnudo, exhibiendo esa percha impecable que tanto enamoraba a la prensa. Sus ojos azules se clavaron en ella a través del reflejo del espejo.

—Ayer estuviste fuera de lugar, Isabella —dijo Emilio, su voz cargada de un reproche condescendiente, el mismo tono que usaría un padre con una niña malcriada—. Bailar con Dante Ferrara frente a todos nuestros socios fue, como mínimo, una imprudencia.

Isabella tomó un disco de algodón y comenzó a retirar la leche limpiadora de su piel, sin mirarlo directamente. Recordó la dinámica que había decidido adoptar: la de la esposa que aún no sabe nada.

—Solo fue un baile, Emilio. Me lo pidió frente a la junta directiva, no podía hacer una escena rechazándolo. Tú mismo siempre dices que las relaciones públicas lo son todo.

Emilio soltó un suspiro pesado, de esos que buscaban infundir culpa, y acortó la distancia hasta pararse detrás de ella. Apoyó las manos en sus hombros, su metro ochenta imponiéndose en el espacio.

—Ferrara es un depredador. No quiero que te acerques a él. —Su tono se suavizó falsamente, acercando su rostro al cuello de ella—. Últimamente te noto nerviosa, amor. Estás imaginando tensiones donde no las hay. Deberías tomarte unos días libres. Yo me encargaré de la revisión trimestral con Camila. Ella está aprendiendo rápido y puede cubrirte.

Isabella contuvo la respiración. Camila. Emilio lo decía con una naturalidad tan ensayada, tan perfecta, que de no haber leído los mensajes en la tablet la noche anterior, le habría creído sin dudar. Sin embargo, al tenerlo tan cerca, un detalle la golpeó con la fuerza de un latigazo: mezclado con la habitual fragancia amaderada de su esposo, había un rastro dulzón, sutil pero inconfundible. Un perfume floral y barato que definitivamente no pertenecía a la colección de fragancias exclusivas de Rouge o Juleriaque que ella solía usar.

—Quizás tengas razón —mintió Isabella, forzando una media sonrisa—. Quizás solo estoy cansada.

Emilio le besó la mejilla, satisfecho con su aparente sumisión, y salió del baño tarareando una melodía. Isabella se quedó petrificada. La facilidad con la que él le mentía en la cara, tratándola de inestable mientras llevaba el aroma de otra mujer en la piel, encendió en su interior una furia helada. Ya no se trataba solo de una traición sentimental; Emilio creía genuinamente que ella era estúpida.

Una hora más tarde, Isabella ingresó a las oficinas centrales del corporativo Valcázar. Había dejado atrás los vestidos recatados que Emilio prefería. Llevaba unos pantalones de lino de corte impecable que alargaban aún más sus piernas, combinados con un top de seda y un abrigo estilo teddy cruzado para combatir el frío de la mañana, destilando una elegancia aplastante. Su sola presencia hizo que los murmullos en los pasillos se apagaran.

Se encerró en su despacho privado, bajó las persianas electrónicas y encendió su ordenador. Necesitaba respuestas. Si Emilio planeaba pedirle el divorcio a fin de año, como le había prometido a Camila en esos mensajes, no lo haría sin antes asegurar su fortuna. Conociéndolo, su arrogancia no le permitiría dividir el imperio a la mitad.

Isabella introdujo sus credenciales de seguridad en los servidores maestros. Como arquitecta principal de la estructura financiera de la empresa, conocía cada puerta trasera del sistema. Pasó dos horas rastreando los flujos de caja, las facturaciones recientes y los proyectos en desarrollo, hasta que lo encontró.

El Proyecto Fénix.

Era el desarrollo inmobiliario más ambicioso de la compañía, un diseño que a Isabella le había tomado dieciocho meses estructurar y que garantizaba ganancias multimillonarias. Sus ojos avellana recorrieron los contratos digitales y el estómago se le contrajo.

Emilio había modificado los estatutos hacía apenas tres semanas. Había transferido el sesenta por ciento de los derechos de explotación del proyecto a una empresa fantasma llamada Duarte Holdings.

Isabella leyó el nombre de la titular de la cuenta tres veces para asegurarse de que no estaba alucinando: Camila Duarte.

No solo la estaba engañando. La estaba saqueando. Emilio estaba vaciando los activos más valiosos del imperio Valcázar, el imperio que ella había construido con su propio sudor, para ponerlos a nombre de una amante que apenas sabía encender una fotocopiadora. Estaba preparándolo todo para dejar a Isabella en la ruina legal y financiera el día que presentara los papeles del divorcio.

Un golpe en la puerta interrumpió sus pensamientos. Cerró los documentos encriptados de golpe, justo un segundo antes de que la puerta se abriera.

Allí estaba Camila.

Con su metro sesenta de estatura, su cabello rubio ceniza recogido en una coleta prolija y sus grandes ojos marrones fingiendo inocencia, Camila parecía una pasante asustadiza. Llevaba una carpeta pegada al pecho, como si fuera un escudo.

—Señora Valcázar... disculpe la interrupción —dijo Camila, con esa voz suave y aguda que a los hombres de la oficina les parecía tan adorable—. Don Emilio me pidió que le trajera los balances de relaciones públicas. Me dijo que usted estaría... menos ocupada hoy.

Isabella la observó en silencio. La audacia de la mujer era fascinante. Camila no solo se acostaba con su marido y le estaba robando su empresa, sino que venía a su propia oficina a marcar territorio, escudándose detrás de órdenes de Emilio.

—Déjalos en la mesa, Camila —ordenó Isabella, su voz carente de cualquier emoción.

Camila avanzó a pasos cortos y dejó la carpeta. En lugar de retirarse, se quedó parada frente al escritorio de caoba, frotándose las manos con nerviosismo actuado.

—Don Emilio trabaja tanto... —suspiró Camila, mirando al suelo antes de clavar sus ojos marrones en Isabella—. A veces me da pena verlo tan estresado. Anoche, en la fiesta, parecía tan abrumado. Creo que él necesita a alguien que lo comprenda desde un lugar más... cálido. Hay historias que se construyen con mucho esfuerzo, señora Valcázar, pero hay otras que simplemente fluyen de manera natural, ¿no le parece?

Era la misma provocación, la misma dinámica venenosa que Isabella había intuido. Camila estaba probando las aguas, intentando clavar dagas disfrazadas de compasión, haciéndole saber que ella era el verdadero refugio de Emilio.

Isabella se puso de pie lentamente. Su altura dominó instantáneamente la habitación, obligando a Camila a alzar el rostro y tragar saliva. Isabella rodeó el escritorio y se detuvo a escasos centímetros de la asistente, mirándola desde arriba.

—La calidez es para los refugios temporales, Camila —dijo Isabella, con una calma tan escalofriante que la asistente retrocedió medio paso por puro instinto—. Los imperios no fluyen de manera natural. Se construyen con intelecto, con sangre y con garras. Y quienes intentan robar algo que no tienen la capacidad de sostener, terminan aplastados por el mismo peso de su ambición.

El rostro de Camila palideció drásticamente. Sus grandes ojos marrones se abrieron de par en par, y la máscara de inocencia se agrietó por una fracción de segundo, revelando un genuino terror.

—Yo... yo solo quería ayudar —balbuceó Camila, retrocediendo hacia la puerta con torpeza—. Con permiso.

Camila huyó de la oficina, cerrando la puerta tras de sí. Isabella se quedó sola, en medio de la habitación, sintiendo que la última gota de amor y lealtad que le quedaba por Emilio se evaporaba, dejando en su lugar únicamente un deseo de destrucción absoluta.

No iba a esperar a que él le pidiera el divorcio a fin de año. No iba a permitir que le robaran el Proyecto Fénix. Iba a demoler la vida de Emilio Valcázar hasta dejarla en cenizas, y se aseguraría de que Camila cayera con él.

Caminó de regreso a su escritorio. Justo cuando iba a sentarse, su mirada se detuvo en un elegante sobre negro, lacrado con cera plateada, que descansaba sobre su teclado. No estaba allí cuando ella bajó las persianas. Alguien debió dejarlo temprano en la mañana.

Isabella rompió el sello. En su interior, una tarjeta de cartulina gruesa contenía un mensaje escrito con una caligrafía impecable y agresiva:

"Los números de Duarte Holdings son interesantes, ¿verdad? Emilio mueve el dinero más rápido de lo que piensas. Tienes 48 horas antes de que la transferencia sea irreversible. El reloj corre, mi reina. D.F."

Isabella alzó la vista, su corazón latiendo con fuerza. Dante Ferrara. El hombre del cabello rubio indomable y la escalofriante mirada de plata. No solo sabía lo de la infidelidad; sabía lo de las empresas fantasma. Dante lo sabía todo, y acababa de ponerle un límite de tiempo.

Si quería recuperar su trono, la guerra tenía que empezar hoy.

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