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Capítulo 2

Penulis: Carla A
last update Tanggal publikasi: 2026-08-24 03:54:44

El silencio de la mansión a la mañana siguiente tenía un espesor raro, como si la casa también tuviera resaca.

Isabella estaba frente al espejo del baño principal, quitándose los restos del maquillaje de la noche anterior con movimientos lentos. Había dormido dos horas. Tenía los ojos verdes irritados y la cabeza increíblemente clara.

Escuchó cortarse el agua de la ducha. Emilio apareció en el umbral secándose el cabello, con los pantalones del traje puestos y el torso desnudo.

—Anoche estuviste fuera de lugar —dijo, y usó ese tono de padre paciente que llevaba tres años usando con ella—. Bailar con Dante Ferrara delante de nuestros socios fue una imprudencia.

—Me lo pidió frente a la mitad de la junta. ¿Querías que hiciera una escena?

—Quería que te negaras.

—Tú fuiste el que dijo que sí, Emilio.

Él soltó el aire por la nariz. Se acercó por detrás y le apoyó las manos en los hombros. En el espejo, los dos parecían una fotografía de revista.

—Ferrara es un depredador. No quiero que te acerques a él. —Le bajó la voz al oído, en ese registro suave que antes la desarmaba—. Últimamente te noto nerviosa, amor. Ves tensiones donde no las hay. Deberías tomarte unos días. Yo me encargo de la revisión trimestral con Camila.

Ahí estaba.

La revisión trimestral era el único documento donde se cruzaban los flujos del Proyecto Fénix con las cuentas de proveedores. Doce días de trabajo, tres mil páginas, y la firma de Isabella al pie. Si Emilio quería hacerla a un lado justo ese mes, no era por su salud.

—Quizá tengas razón —dijo ella, y forzó media sonrisa—. Estoy cansada.

Emilio le besó la sien, satisfecho, y salió del baño tarareando.

Isabella se quedó mirando su propio reflejo un minuto entero. Después abrió el cajón, sacó una goma y se recogió el cabello.

Dos horas más tarde entró en las oficinas centrales del corporativo Valcázar con pantalones de lino, un abrigo cruzado y ninguna carpeta bajo el brazo. La recepcionista tardó en reconocerla.

En el ascensor repasó lo que sabía. No lo que sospechaba: lo que sabía. Una amante. Una revisión trimestral que le querían sacar de las manos. Y un hombre que le había hablado de transferencias en el medio de un vals.

En el piso doce se subió Aníbal, el analista más viejo de tesorería, que llevaba en la empresa desde antes que el apellido Valcázar significara algo.

—Señora. —Le sostuvo la puerta con el codo, cargado de carpetas—. Qué bueno verla. Pensé que estaba de licencia.

—¿Quién dijo eso?

—Nos avisaron el viernes que el módulo de tesorería pasaba a depender de la asistencia de la presidencia hasta nuevo aviso. —Aníbal se acomodó las carpetas—. Yo pregunté si usted lo sabía y me dijeron que sí.

Isabella asintió despacio, como si en efecto lo supiera.

—¿Desde cuándo tiene ella la clave del módulo?

—Desde el lunes pasado.

El lunes pasado. Nueve días antes de la fiesta de aniversario.

—Gracias, Aníbal.

—De nada. —El hombre bajó en el catorce y, antes de que se cerrara la puerta, agregó—: Me alegro de que haya vuelto. Los números se le habían puesto raros a este edificio.

La puerta de su despacho estaba entreabierta.

Camila Duarte se levantó de un salto de la silla de visitas, con una tableta contra el pecho y la cara de quien no esperaba que nadie llegara antes de las diez.

—Señora Valcázar. Buenos días. Le dejaba los anexos del Proyecto Fénix.

—¿Sobre mi escritorio o dentro de mi computadora?

La sonrisa de la rubia se torció apenas.

—Sobre el escritorio.

—Perfecto. —Isabella dejó el abrigo en el respaldo del sillón y se quedó de pie, ocupando el centro de la habitación—. Camila, una pregunta. Llevas siete meses en la empresa. ¿Cuánto tarda un contenedor de acero de la terminal siete en pasar la inspección aduanera?

—Yo… no manejo esa parte.

—Cuarenta y un días. Si nadie mueve un dedo, cuarenta y uno. —Isabella se sentó y encendió los monitores—. Si vas a familiarizarte con los trayectos logísticos, empieza por ahí. Cuando sepas responder esa pregunta, vuelve y hablamos de anexos.

Camila se puso colorada hasta el nacimiento del cabello. Recogió la tableta, murmuró un permiso y salió cerrando la puerta con demasiado cuidado.

Isabella se quedó sola. Se permitió exactamente cinco segundos de rabia, con las dos manos apoyadas en el escritorio y la respiración contenida, y después los guardó donde guardaba todo.

Fue entonces cuando lo vio.

Sobre el teclado había un sobre negro, lacrado con cera plateada. No estaba ahí cuando ella dejó el abrigo. O sí, y no lo había registrado. Ninguna de las dos posibilidades le gustó.

Rompió el sello. Dentro, una tarjeta de cartulina gruesa con una caligrafía inclinada y agresiva:

Los números de Duarte Holdings son interesantes, ¿verdad? Su marido mueve el dinero más rápido de lo que usted cree. Tiene cuarenta y ocho horas antes de que la próxima transferencia sea irreversible. El reloj corre. D. F.

Isabella leyó la tarjeta tres veces.

Duarte Holdings. No Camila Duarte: Duarte Holdings. Una sociedad. Algo constituido, registrado, con contador y cuentas. Algo que existía desde hacía tiempo suficiente como para tener números que a un tercero le parecieran interesantes.

Miró el reloj de pared. Nueve y cuarenta.

Guardó la tarjeta en el bolsillo interior del abrigo, apagó los monitores, bajó las persianas y le avisó a su asistente que trabajaría el resto del día desde la casa.

Antes de salir se detuvo un segundo frente a la puerta. Alguien había entrado a su despacho con un sobre lacrado, lo había dejado sobre el teclado y había vuelto a salir del edificio sin que ninguna cámara lo incomodara. Eso costaba dinero o costaba gente. Dante Ferrara tenía las dos cosas, y quería que ella lo supiera.

En el ascensor, mientras los números descendían, hizo la única cuenta que importaba: si la transferencia era irreversible en cuarenta y ocho horas, ella tenía cuarenta y siete y media para demostrar que existía.

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