Share

Capítulo 3

Penulis: Carla A
last update Tanggal publikasi: 2026-08-24 04:18:06

El despacho privado de la planta baja de la mansión era la única habitación de la casa que Emilio nunca pisaba. Le aburría. Olía a papel y a café frío, no había nada que exhibir y la única silla cómoda era la de ella.

Isabella cerró la puerta con llave a las once de la mañana y no volvió a abrirla hasta que empezó a oscurecer.

Entró a los servidores del corporativo con credenciales de administrador que ella misma había creado cuatro años atrás, cuando reescribió la estructura financiera del grupo. Emilio ni siquiera sabía que ese nivel de acceso existía. Él era la cara de las portadas. Ella era la que sabía dónde estaban enterradas las tuberías.

Empezó por lo evidente: gastos corporativos, fondos de contingencia, viáticos. Los balances cuadraban. Cuadraban demasiado. Su marido era un desastre administrativo, capaz de cargar tres cenas de negocios el mismo martes y olvidarse de la factura del hotel. Si los números cerraban al centavo, alguien los estaba peinando.

A media tarde aplicó un algoritmo de búsqueda inversa que había escrito años antes para detectar fugas de capital en empresas que auditaba. La barra de progreso avanzó durante veintidós minutos. Isabella se preparó un café, no se lo tomó, y lo encontró frío al lado del teclado cuando la pantalla terminó.

Mientras esperaba, se acordó de su padre.

Roberto Montenegro la había sentado a los nueve años frente a un balance impreso, en la biblioteca de la casa de la capital, y le había dicho que los números no mienten pero se callan, y que el trabajo consiste en averiguar qué es lo que están callando. Después le había hecho buscar un error de cuarenta mil dólares escondido en una columna de amortizaciones. Isabella tardó tres tardes. Cuando lo encontró, su padre no la felicitó: le dio otro balance.

Nunca le había contado que se casaba hasta que la fecha estuvo puesta. Tampoco pensaba contarle esto.

Ahí estaba.

Un hilo de transferencias sistemáticas, todas por montos justo por debajo del límite que dispara una alerta de auditoría, saliendo de las ganancias del Proyecto Fénix hacia una cuenta externa. Ocho meses. Ocho meses de goteo constante.

El destinatario era una sociedad de responsabilidad limitada llamada Inversiones C. D.

Isabella abrió los documentos de constitución. Una sociedad instrumental, sin empleados, sin activos, sin historia: la clase de estructura que existe solamente para recibir dinero y pasarlo a otro lado. El otro lado tenía nombre y estaba dos niveles más arriba en el organigrama societario.

Duarte Holdings.

Y en la tercera página, en el renglón de socia mayoritaria, un nombre escrito con la misma letra de imprenta con la que se escriben las actas de todas las empresas del mundo.

Camila Duarte.

Isabella se quitó las gafas y se apretó el puente de la nariz con dos dedos.

La infidelidad, de pronto, era el detalle menor del asunto.

Siguió tirando del hilo hasta que le dolió la espalda. La estructura era más ambiciosa de lo que había imaginado. No se trataba solo de sacar dinero: había un borrador de modificación de estatutos, fechado el mes anterior, que trasladaba el sesenta por ciento de los activos del Proyecto Fénix a una sociedad vinculada, con el argumento técnico de una reestructuración por riesgo cambiario. El proyecto que Isabella había diseñado desde la primera hoja en blanco. Los aranceles que ella había negociado puerto por puerto.

Si eso se firmaba, en un divorcio ella no se llevaba ni la mitad de nada, porque no iba a quedar nada a la vista.

Copió todo. Los balances, los movimientos, los borradores, las actas, los correos internos que respaldaban cada paso. Encriptó los archivos, los subió a un servidor externo al que solo ella tenía acceso, hizo dos copias en discos duros físicos y borró su rastro del sistema. Cuando terminó, cualquier auditor habría jurado que esa tarde nadie había entrado a los servidores.

A las nueve de la noche bajó a cenar.

Emilio ya estaba en la mesa, con el teléfono boca abajo junto al plato. Habló de un proveedor que le había quedado mal, del clima, de un socio al que había que invitar a jugar golf. Isabella le contestó lo justo, con la cabeza inclinada sobre la sopa, y él interpretó ese silencio como lo interpretaba siempre: obediencia.

—Se te ve mejor —dijo él en algún momento—. Descansar te hizo bien.

—Debe ser eso.

El teléfono de Emilio se iluminó boca abajo sobre el mantel. Él lo giró apenas, lo justo para leer sin que se viera la pantalla, y sonrió con la misma cara que ponía cuando le contaban un chiste que no podía repetir en la mesa.

—Un proveedor —dijo, sin que nadie le preguntara nada.

Isabella pensó que tres años atrás esa frase le habría dolido. Ahora simplemente la anotó, como se anota una fecha.

Un impulso muy viejo le subió por la garganta. Poner las carpetas sobre la mesa. Preguntarle en la cara desde cuándo. Escucharlo tartamudear.

Isabella dejó la cuchara en el plato y esperó a que el impulso pasara. Pasó.

Gritar servía para una noche. Los papeles servían para siempre.

Subió a su habitación, puso el seguro y se sentó en el borde de la cama con el teléfono en la mano. Tenía un número que no marcaba desde hacía dos años, guardado bajo un nombre que no era un nombre: HV, línea personal.

Marcó a las tres y diez de la madrugada, porque sabía que Helena Vargas no atendía llamadas amables y sí atendía emergencias.

La voz del otro lado sonó despierta al segundo tono.

—Espero que alguien esté por ir preso o por perder mucho dinero —dijo Helena.

—Las dos cosas. —Isabella miró la puerta cerrada de su propia habitación—. Necesito verte. Temprano, y sin que figure en ninguna agenda.

Hubo una pausa breve, el ruido de unos anteojos al apoyarse sobre una mesa.

—Estoy en audiencia hasta pasado mañana. El jueves a las siete y media en mi despacho, antes de que llegue mi secretaria. —Helena hizo otra pausa, más corta—. ¿Es Emilio?

—Es Emilio.

—Entonces escúchame bien, porque de esto depende todo lo demás: hasta el jueves no cambias nada. No discutes, no preguntas, no mueves un peso de lugar. Te comportas exactamente como la mujer que él cree que eres.

—Eso lo vengo haciendo hace tres años, Helena.

—Ya lo sé. —La abogada bajó la voz—. La diferencia es que a partir de hoy lo haces a propósito. Trae todo lo que tengas.

—Llevo todo lo que tiene él.

Lanjutkan membaca buku ini secara gratis
Pindai kode untuk mengunduh Aplikasi

Bab terbaru

  • EL TRONO QUE ELLA SE LLEVÓ   Capitulo 132

    1. DIAGNÓSTICOEste Capítulo 131 nos lleva al clímax judicial del arco de Astrid Van Der Berg. La audiencia en el tribunal no es solo una batalla legal, es un choque de poder en tiempo real. Aunque Dante, Isabella y Julián han preparado su estrategia, saben que juegan en un tablero inclinado por la corrupción del juez Aranda. La irrupción de Roberto Montenegro con Emilio Valcázar (a quien Isabella y Dante habían entregado al FBI) es un golpe maestro que cambia las reglas del juego. Roberto demuestra ser el "Rey Negro" que interviene para asegurar la victoria de su hija, cerrando el círculo de la caída de los Valcázar y hundiendo el último salvavidas de Astrid.

  • EL TRONO QUE ELLA SE LLEVÓ   Capitulo 131

    El impacto de la venta en corto masiva de las acciones de Van Der Berg Investments fue inmediato y devastador. En Ámsterdam, el pánico se apoderó de los inversores. Las líneas telefónicas colapsaban, los corredores de bolsa gritaban órdenes contradictorias y el valor del fondo europeo seguía cayendo en picada, devorado por la maquinaria financiera implacable que Isabella y Dante habían desatado.En la sala de operaciones del piso cincuenta y cinco de Industrias Sterling, la atmósfera era de euforia contenida. Los analistas celebraban en voz baja, intercambiando miradas de asombro y triunfo. Habían asestado un golpe maestro al viejo continente. Sin embargo, Isabella mantenía la mirada fija en los monitores secundarios, su mente analí

  • EL TRONO QUE ELLA SE LLEVÓ   Capitulo 130

    La mañana siguiente en la capital amaneció con un cielo plomizo y una humedad asfixiante, pero en la sala de operaciones del piso cincuenta y cinco de Industrias Sterling, la temperatura era glaciar.Isabella estaba de pie frente al inmenso panel de cristal curvo que mostraba los mercados financieros europeos en tiempo real. A su alrededor, un ejército de analistas de riesgo y corredores de bolsa, seleccionados personalmente por ella, trabajaban en un silencio sepulcral, roto solo por el tecleo frenético y los murmullos de las órdenes a través de los auriculares.Dante entró en la sala, con una taza de café negro en la mano y la chaqueta del traje colgando de un dedo sobre el hombro. Se detuvo a unos pasos de Isabella, observando el panel de cristal con la serenidad de un verdugo

  • EL TRONO QUE ELLA SE LLEVÓ   Capitulo 129

    1. DIAGNÓSTICOAcabamos de recibir el impacto de la maniobra de Astrid, pero el Capítulo 127 introduce la pieza más importante para equilibrar el tablero: Roberto Montenegro y Julián. La propuesta de Roberto (su flota y su apoyo) no es solo comercial, es una validación de que Isabella ahora reina junto a Dante. Esto eleva la tensión corporativa pero también profundiza la alianza y el romance, pues Dante y Roberto por fin se respetan, y Julián entiende definitivamente que Isabella y Dante son un imperio en sí mismos. Este capítulo debe centrarse en esta negociación tensa, las estrategias contra el bloqueo europeo y cómo la "Power Couple" asimila esta ayuda si

  • EL TRONO QUE ELLA SE LLEVÓ   Capitulo 128

    La luz parpadeante del mensaje en la pantalla del búnker móvil tiñó el rostro de Isabella de un azul mortecino. Las palabras de Astrid Van Der Berg no eran la bravuconada de un criminal callejero; eran la declaración de guerra formal de un imperio financiero.«Acabo de comprar la deuda soberana y los bonos de infraestructura que sostienen el monopolio portuario de Sterling.»Dante se alejó un paso de las pantallas. La furia salvaje que había sentido segundos antes se enfrió, transformándose en una calma letal y calculadora. Miró a Lorenzo, que estaba terminando de asegurar a los operadores suizos fuera de la camioneta.—Lorenzo —ordenó Dante, su voz cortando el sonido de la lluvia—. Despacha a esos

  • EL TRONO QUE ELLA SE LLEVÓ   Capitulo 127

    El muelle abandonado del distrito sur estaba envuelto en una oscuridad absoluta, apenas rota por las luces tenues de los contenedores oxidados y la llovizna constante que empañaba el asfalto.A las once de la noche, un sedán gris de vidrios tintados se detuvo lentamente junto a la bodega principal.Isabella y Dante observaban la escena desde las pantallas tácticas instaladas en la parte trasera de la camioneta blindada de Lorenzo, aparcada a cincuenta metros de distancia, oculta entre las sombras. A su lado, Camila Duarte temblaba convulsivamente, con las manos apretadas sobre su regazo, vistiendo el mismo abrigo arrugado con el que había llegado a la torre corporativa.—Te toca mover ficha, Camila —recordó Isabella, su voz fría y cortante como el viento de la costa, sin apartar los ojos de los monitores—. Recuerda lo que acordamos. Si titubeas, o si intentas darles una sola seña de alerta, Lorenzo y sus hombres no esperarán a que el cártel te encuentre.

Bab Lainnya
Jelajahi dan baca novel bagus secara gratis
Akses gratis ke berbagai novel bagus di aplikasi GoodNovel. Unduh buku yang kamu suka dan baca di mana saja & kapan saja.
Baca buku gratis di Aplikasi
Pindai kode untuk membaca di Aplikasi
DMCA.com Protection Status