Inicio / Romance / EL ÚLTIMO BESO... ANTES DEL DIVORCIO / CAPÍTULO 3: Recuerdos dolorosos

Compartir

CAPÍTULO 3: Recuerdos dolorosos

Autor: Day Torres
last update Última actualización: 2025-08-10 18:41:51

CAPÍTULO 3: Recuerdos dolorosos

Rebecca vio la sombra de Henry alejarse por el pasillo. Era una silueta que parecía encogerse con cada paso, un fantasma distante que ya no le pertenecía, pero que aun así era capaz de romperle el corazón… porque podía odiarlo con todas sus fuerzas, y eso no cambiaba que aquel hombre se había convertido en el amor de su vida desde el mismo momento en que lo había conocido.

Se quedó parada, con el corazón hecho trizas, y una certeza que ya no podía ignorar.

—Hora de marcharme —susurró antes de ir a encerrarse a su habitación, a lamerse aquellas noventa y nueve heridas.

La decisión ya estaba tomada. Así que con lágrimas en los ojos marcó el número privado de John Anders, un viejo amigo de su padre y el abogado que había luchado los últimos dos años para limpiar su nombre. Era la única persona en la que podía confiar, y que le respondió de inmediato y desocupó toda su agenda de la mañana para ella.

No supo cómo pasó la noche, cómo llegó la mañana, cómo… Solo supo que apenas el amanecer hirió el cristal de su ventana, Rebecca se metió al baño y salió reconstruida, como la mujer elegante y digna que debía ser.

No ocupó un chofer de la casa, sino que condujo por sí misma a la oficina del licenciado Anders: un espacio sobrio y ordenado, lleno de libros de derecho y diplomas enmarcados.

—¡Señora Sheppard, qué gusto saludarla! —dijo él alargando la mano.

—Por favor, licenciado, mi esposo nunca me dio su apellido… y no necesito empezar a usarlo precisamente ahora que me quiero divorciar.

John Ander se quedó mirándola por un segundo y luego le ofreció una silla.

—Creí que venía a hablar sobre la exoneración de su padre —murmuró pensativo—. ¿Curtis sabe…?

—Mi padre lo sabrá en su momento.

—Él confía ciegamente en Henry Sheppard —le recordó Anders.

—Una confianza totalmente inmerecida —replicó Rebecca—. Por eso estoy aquí, quiero que me redacte los documentos del divorcio, pero necesito que incluya una cláusula especial… y creo que también vamos a necesitar el respaldo de algún juez.

John Anders la miró con interés. Recordaba a Rebecca antes del encarcelamiento de su padre: carácter enérgico, feroz, temperamental, como una pura sangre. Pero todo eso había desaparecido tras el escándalo… o tras su boda… era difícil decirlo.

—¿Qué tipo de cláusula? —preguntó con curiosidad y la vio sonreír de medio lado.

—Una que ponga a Henry Sheppard justo en la posición en que no quiere estar. No hay venganza mejor que una buena dosis de realidad, y creo que, ya que mi futuro ex marido me odia tanto, puedo darle el gusto de odiarme con razón.

El abogado asintió lentamente, evaluando su seriedad.

—Entiendo. Cuéntemelo todo —le pidió y durante las siguientes dos horas Jonh Anders redactó el borrador más bizarro de un contrato de divorcio que hubiera escrito en su vida—. Estás poniendo todo contra ti —le advirtió tuteándola con más confianza—. ¿Estás segura de que esto saldrá bien?

—Estoy segura de que mi libertad lo vale —replicó Rebecca levantándose.

—Entonces de acuerdo. Te enviaré la versión final a tu correo en un par de horas, podrás imprimir las copias en tu casa —cedió el abogado y se despidieron con un apretón de manos firme.

Rebecca levantó la barbilla, tragándose aquellas lágrimas que le sabían a sangre, y salió con una mezcla de alivio y ansiedad. Sabía que el camino no sería fácil, pero estaba lista para recorrerlo.

Y cuando el tráfico de regreso a casa la atrapó más de lo previsto, fue imposible que aquellos recuerdos dispersos y punzantes no la invadieran. Sintió en cada centímetro de su cuerpo la frialdad de Henry cuando la ignoraba; a ella jamás la llevaba a las galas de la empresa, con ella no salía en las fotos de los tabloides, con ella no se iba de vacaciones, a ella no la acompañaba al hospital cuando se enfermaba.

Toda su familia sabía que Julie Ann era su amante, y lo peor de todo era tener que soportar las burlas mordaces de aquella mujer en las reuniones familiares. Porque Julie Ann solo era una santa cuando él estaba presente, el resto del tiempo solo era una víbora que disfrutaba humillándola y haciéndola sufrir.

—“La esposa de mentira” —se repitió una vez más la frase con que siempre la llamaba frente a todos sin que Henry la corrigiera.

Se sorprendió un poco cuando llegó a casa y vio su portafolio y su saco sobre un sofá, probablemente estaría en su despacho, pero ella sabía que no la buscaría de ninguna manera.

Así que esperó las copias del contrato de divorcio, se sentó a firmarlas y su mirada se dirigió instintivamente a aquel diario que había llevado desde el día de su boda: ese cuaderno donde había guardado su historia con Henry, condensada en 99 besos. Cada página era un recuerdo… y ninguno era dulce.

—Y ninguno te mereciste —murmuró como si hablara con Henry, y luego lo lanzó a la papelera de su habitación, como si ese fuera el final de todo.

Sin embargo dos sonidos diferentes la hicieron prestar atención unos segundos después. La puerta de la sala se abrió, y las voces le dijeron que ya Julie Ann había perdido la vergüenza al punto de ir a buscar a Henry a su propia casa.

Rebecca la vio cruzar la sala con seguridad, caminar directo hacia su esposo y abrazarlo sin importarle que ella estuviera a menos de tres metros de distancia.

—Henry, necesito que me acompañes a hacerme el chequeo prenatal —dijo la chica con una sonrisa dulce, y Henry carraspeó con incomodidad cuando sintió la mirada de Rebecca sobre él.

Pero antes de que pudiera decir nada, Julie Ann se volvió hacia ella, con una sonrisa que ni intentaba disimular su superioridad.

—Espero que no te moleste —le dijo—. De todas formas ya sabes que estoy embarazada de Henry. Después de todo, una familia tan importante como los Sheppard necesita un heredero, y solo yo pude dárselos.

Rebecca sintió cómo se tensaban sus músculos, pero no dejó que la ira la dominara.

—No te preocupes, no me molesta —dijo caminando hacia ellos con los brazos cruzados y una expresión condescendiente en el rostro—. No soy una estrella en biología, pero hasta yo sé que los niños se hacen teniendo sexo, y Henry y yo jamás nos hemos acostado.

Julie Ann le hizo un puchero de lástima.

—¿En serio? ¿No has logrado que se acueste contigo en dos años? —la retó y Rebecca dejó ir un suspiro.

—¡Nop! Dos años de ganas reprimidas. ¿Puedes imaginarte el gusto que me voy a dar cuando este matrimonio termine?

Continúa leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la App

Último capítulo

  • EL ÚLTIMO BESO... ANTES DEL DIVORCIO   MI MEJOR ENEMIGO. CAPÍTULO 49. Una trampa perfecta

    MI MEJOR ENEMIGO. CAPÍTULO 49. Una trampa perfectaSeija lo miró durante unos segundos que parecieron eternos antes de hablar. Su expresión era tranquila, casi fría, pero en sus ojos había una claridad que Camilo no había visto nunca.—Cásate con Stacy —dijo al fin y las palabras le golpearon en el pecho como un puñetazo seco.Camilo retrocedió un paso, incapaz de ocultar el dolor que le cruzó el rostro, y por primera vez comprendió que ella ya no estaba discutiendo… estaba cerrando una puerta.—¿Es mucho pedir que confíes en mí una última vez? —preguntó con la voz baja, ronca, y Seija asintió despacio.—Sí. Es mucho pedir —respondió apoyándose en el borde del escritorio y cruzándose de brazos—. Las pendejadas son para los adolescentes, Camilo. Después de los treinta nadie tiene derecho a pedir segundas oportunidades. Tú eres muy inteligente para aconsejar a otros, para decirle a todo el mundo qué debería hacer… pero en tu propia vida ni siquiera sabes a quién tienes que proteger.Cam

  • EL ÚLTIMO BESO... ANTES DEL DIVORCIO   MI MEJOR ENEMIGO. CAPÍTULO 48. Un hombre cómodo

    MI MEJOR ENEMIGO. CAPÍTULO 48. Un hombre cómodoCamilo salió de la recepción con el corazón latiéndole tan fuerte que apenas podía escuchar el ruido de la calle. No podía creer que todo hubiera terminado en esa escena absurda, en ese brindis ridículo donde parecía que lo estaban empujando a casarse con Stacy como si fuera un premio de consolación.—No puede estar pasando esto —murmuró, más para sí mismo que para nadie.Pero Henry, a su lado, era el encargado de mantener la cabeza fría.—¿Vas a huir así nada más? —preguntó con tono serio.—Me largo a mi departamento —respondió Camilo, sin mirarlo—. Ya veré cómo arreglo este desastre.—Arrastrándote —suspiró Henry—. Esa es la única manera, porque te guste o no, Seija tiene razón en algo. A tu madre no le importa lo que tú quieres… Brenda solo quiere casarte con Stacy. Y más vale que empieces a preguntarte por qué está tan terca justo con eso, porque la rodean decenas de mujeres mejores que esa muchachita descerebrada, y aun así esa es

  • EL ÚLTIMO BESO... ANTES DEL DIVORCIO   MI MEJOR ENEMIGO. CAPÍTULO 47. Solo una boda

    MI MEJOR ENEMIGO. CAPÍTULO 47. Solo una bodaCuando Seija levantó la copa y brindó con aquella sonrisa implacable, el salón entero reaccionó como si hubiera recibido una orden silenciosa. Las copas tintinearon, la gente aplaudió y los murmullos emocionados llenaron el aire. Pero lo que sin dudas sorprendió a Camilo fue que su madre fue la primera en alzar su copa con entusiasmo, visiblemente conmovida, y hasta dio un pequeño aplauso que resonó más alto de lo esperado.—¡Por los novios! —exclamó con brillo en los ojos, mirando a Stacy con aprobación.El aturdimiento lo hizo tardar un segundo en reaccionar. Bajó la copa de su madre con rapidez, sujetándole la muñeca con cuidado pero con firmeza.—¿Qué haces? —preguntó, confundido—. ¿Cómo puedes brindar por esto?Brenda parpadeó, como si la pregunta le resultara absurda.—No te pongas así, hijo —dijo con suavidad—. Solo estoy feliz de que Seija entendiera las cosas. Al final todos queremos lo mejor para ti… y aunque siempre te has negado

  • EL ÚLTIMO BESO... ANTES DEL DIVORCIO   MI MEJOR ENEMIGO. CAPÍTULO 46. Frases devueltas

    Camilo se quedó paralizado en medio del salón, con la rodilla aún apoyada en el suelo y el anillo brillando entre sus dedos. Durante unos segundos no reaccionó; solo abrió la boca y dejó escapar un balbuceo ininteligible, incapaz de procesar el rechazo que acababa de escuchar. El silencio alrededor se volvió incómodo, pesado, como si las paredes mismas estuvieran esperando una respuesta que él no lograba dar.—¿Que… que no.. cómo.. por…? —murmuró, sin lograr formar una frase completa. Sus ojos buscaban algo en el rostro de Seija, una duda, una grieta, cualquier señal de que aquello era solo una broma.Pero la mujer frente a él respiraba despacio, sin perder el control, como si solo estuviera explicándole a un ejecutivo por qué sería despedido. Sus hombros estaban rectos, su postura firme, y aunque sus manos permanecían tranquilas a los lados del vestido, había una tensión apenas perceptible en sus dedos.—Por favor, levántate —dijo con calma—. Lo siento, Camilo, pero no quiero casarme

  • EL ÚLTIMO BESO... ANTES DEL DIVORCIO   MI MEJOR ENEMIGO. CAPÍTULO 45. Una fiesta de compromiso

    MI MEJOR ENEMIGO. CAPÍTULO 45. Una fiesta de compromisoDOS DÍAS ANTESCamilo llegó a la casa de su madre con una energía que no había tenido en semanas. Entró sin tocar, como hacía siempre, y dejó las llaves sobre la mesa del recibidor mientras Brenda lo observaba desde el sofá, con una mirada curiosa que mezclaba sospecha y alivio.—Te ves… animado —dijo ella, entrecerrando los ojos, evaluándolo—. Casi diría que feliz, y últimamente eso no ha sido muy usual.Camilo dejó escapar una pequeña sonrisa ladeada y se aflojó la corbata mientras pensaba en cómo suavizar toda la situación.—Podría estar más feliz —respondió—, pero supongo que trabajaré con lo que tengo.—¿Y eso qué significa? —preguntó ella, inclinándose hacia adelante.Camilo se acercó y se sentó frente a su madre, apoyando los codos en las rodillas.—Significa que Seija volvió, mamá. Por fin volvió.El rostro de Brenda se tensó de inmediato. Por un segundo su expresión quedó completamente inmóvil, como si no hubiera esperad

  • EL ÚLTIMO BESO... ANTES DEL DIVORCIO   MI MEJOR ENEMIGO. CAPÍTULO 44. Una idea peligrosa

    MI MEJOR ENEMIGO. CAPÍTULO 44. Una idea peligrosaAsí, “Hola, Camilo”, como si nada hubiera pasado. Eso era peor que cualquier bofetada y los dos lo sabía, porque con el odio al menos venía sentimientos sin resolver pero aquello, aquello era indiferencia, señores y señoras, pura y dura.Él respondió con un gesto torpe de cabeza y las siguientes horas pasaron entre idas y venidas de enfermeras, susurros nerviosos y bromas tensas para aliviar la espera. Cada vez que Camilo intentaba acercarse a Seija, ella encontraba una excusa para moverse, para hablar con alguien más, para revisar el teléfono.No era grosera, solo mantenía una distancia firme.Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, anunciaron que Rebecca y el bebé estaban bien y los dejaron entrar a su habitación a visitarla y a conocer al nuevo chillón de la familia.Seija fue de las primeras en acercarse, y tomó al bebé con una delicadeza que dejó a Camilo sin aire. Su expresión cambió por completo: una mezcla de ternu

Más capítulos
Explora y lee buenas novelas gratis
Acceso gratuito a una gran cantidad de buenas novelas en la app GoodNovel. Descarga los libros que te gusten y léelos donde y cuando quieras.
Lee libros gratis en la app
ESCANEA EL CÓDIGO PARA LEER EN LA APP
DMCA.com Protection Status