INICIAR SESIÓNDaisy Parker tiene una sola cosa en el mundo: la clínica que construyeron sus difuntos padres, y el banco está a pocos días de quitársela. Desesperada, entra a la oficina del multimillonario Damien Sterling, esperando que la contrate como madre subrogada. En cambio, él le hace una oferta impactante. El testamento de su padre dice que debe tener una esposa que esté embarazada públicamente, o Sterling International pasará a manos de la junta directiva. Quiere que Daisy se case con él, finja un embarazo y se marche generosamente compensada, con su deuda saldada y su clínica a salvo. Las reglas son simples: nada de sentimientos, ninguna pregunta sobre su difunta esposa y jamás entrar a su despacho. Pero Daisy tiene el rostro de la mujer muerta cuyo retrato cuelga en cada pasillo. El personal susurra, la mansión es un santuario y un cuarto de bebé espera a un niño que nunca llegó. Entonces el embarazo fingido se vuelve real. Los registros médicos han sido manipulados, el ADN no cuadra y Daisy comprende que nunca fue elegida por casualidad. Mientras se enamora de un hombre roto que aún llora a otra mujer, alguien de la familia Sterling está reescribiendo la verdad, y el secreto que Seraphina dejó atrás podría costarle a Daisy el corazón, a sus bebés y la vida.
Ver másCAPÍTULO 1: EL EMBARGO
PUNTO DE VISTA DE DAISY
—Tranquilo, Leo, solo respira para mí —susurré, apoyando el estetoscopio en su pequeño pecho. Su madre rondaba junto a mi hombro, retorciendo un pañuelo hasta que se deshizo entre sus dedos. Tenía los ojos rojos e hinchados.
—Lleva así dos días, Daisy. No supe a dónde más traerlo.
*Claro que no.* Nuestra clínica era la única de esta parte de la ciudad que no pedía dinero primero. Mis padres la crearon así. Papá solía golpear el mostrador de recepción con los nudillos y decir: «Si un niño está enfermo, primero se atiende al niño y después se preocupa uno por la cuenta».
Le sonreí a Leo, aunque tenía la garganta apretada. —Vas a estar bien. Es solo una infección fuerte. Para eso tenemos medicina, ¿de acuerdo, superhéroe?
Me dio un débil asentimiento, y sus deditos se enroscaron en mi manga y se aferraron a ella. Cubrí su mano con la mía y seguí escuchando el ritmo suave y crepitante de su pecho. *Una respiración. Dos. Vamos, campeón.*
Fue entonces cuando la puerta principal se abrió de golpe.
Un hombre de traje gris entró a zancadas con una tablilla bajo el brazo. Echó un vistazo a la pintura descascarada y a las sillas astilladas de la sala de espera, y arrugó la nariz como si hubiera olido algo desagradable.
—¿Es usted Daisy Parker?
—Sí. —No levanté la vista—. ¿Puede esperar en el vestíbulo? Estoy con un paciente.
No esperó. Sus zapatos resonaron sobre el piso, y dejó caer un sobre blanco sobre el mostrador de recepción como quien tira basura. —Vengo del First National Bank. Esto es una notificación final de embargo.
Mi mano se congeló sobre el pecho de Leo. El estetoscopio resbaló, y lo atrapé antes de que tocara el suelo.
—¿Qué?
—Usted tiene una deuda considerable sobre esta propiedad. Ha dejado de pagar ocho cuotas. Tiene treinta días para saldarla por completo, o el edificio será embargado y subastado. Todo está en la carta.
La madre de Leo me miró fijamente. El miedo en su rostro ya no era por su hijo. Era por mí. Por todos nosotros. Por lo que les pasa a personas como ella cuando un lugar como este desaparece.
Tomé el sobre con dedos entumecidos. *Sé de la deuda. Lo sé desde hace meses.* Después de que mamá y papá murieron el año pasado, todo cayó sobre mis hombros: las facturas, los proveedores, el préstamo que pidieron hace diez años para construir el segundo piso. Pagaba lo que podía. Pero los pacientes que no pueden pagar no pueden pagar, y cada mes elegía la medicina antes que la hipoteca. Lo volvería a hacer.
—¿Treinta días? —Mi voz se quebró a la mitad.
—Treinta días —repitió con frialdad, y se fue. La campanita sobre la puerta tintineó a su espalda, alegre y cruel.
Me quedé ahí, con la carta temblando en mi mano. El corazón me latía tan fuerte que lo sentía hasta en los dientes. Entonces Leo tosió, un sonido húmedo y áspero, y me recompuse, porque él necesitaba una enfermera más de lo que yo necesitaba derrumbarme. Le di a su madre los antibióticos del gabinete y le dije que no se preocupara por pagar hoy. Susurró un gracias y me apretó el brazo, y sentí su mirada sobre mí desde la puerta mientras se iba.
Cuando se cerró, rasgué la carta con manos temblorosas. NOTIFICACIÓN FINAL. La cantidad impresa al pie se veía tan enorme que casi parecía irreal. No parecía dinero. Parecía una condena.
*Treinta días. Treinta días para perderlo todo.*
Cerré la clínica temprano y pasé toda la tarde al teléfono en la vieja oficina de papá, rodeada de sus libros de medicina y del leve olor a sus caramelos de menta, todavía pegado en los cajones.
Llamé primero al banco. —Por favor, ¿puede darme una prórroga? ¿Un plan de pagos? ¿Lo que sea?
—No, señorita Parker. El tiempo de los planes ya pasó.
Llamé a un inversionista que alguna vez dijo admirar el trabajo de mis padres. —Daisy, cariño —suspiró, con esa voz que usa la gente cuando ya está mirando el reloj—, las clínicas como la tuya no dan ganancias. No puedo ayudarte.
*Cariño.* Apreté el teléfono tan fuerte que me dolieron los nudillos.
Llamé a mi primo. Buzón de voz. Llamé a mi antiguo profesor, que dijo que lo pensaría y nunca devolvió la llamada. Llamé a una organización que financia clínicas pequeñas, y una mujer con una voz alegre y ensayada me dejó en espera veinte minutos, y luego me dijo que el plazo de solicitudes había cerrado en marzo.
Todas las llamadas terminaban igual: una voz educada y una puerta cerrada.
Al atardecer mi teléfono estaba muerto, tenía los ojos hinchados y estaba sentada en el suelo de la oficina, abrazando el viejo suéter de papá contra mi cara. Todavía olía a él. Presioné la boca contra la lana para que toda la calle no me oyera llorar.
No puedo perder este edificio." Aquí fue donde mamá me enseñó a poner mi primer vendaje. Donde papá me dejó escuchar un latido por primera vez y sonrió cuando se me abrieron los ojos de par en par. Si lo perdía, los perdería a ellos otra vez.
A las ocho, me arrastré hasta el apartamento de Mia. Mia ha sido mi mejor amiga desde la escuela de enfermería. Abrió la puerta, me miró la cara una sola vez y me jaló hacia adentro sin decir palabra, y casi me desplomé contra ella.
—¿Qué pasó?
Le entregué la carta. La leyó. Su mano libre voló a su boca. —Daisy. Dios mío.
—Tengo treinta días, Mia. Treinta días o la subastan. —Caminaba de un lado a otro, pasándome ambas manos por el cabello hasta dejarlo de punta—. ¿De dónde se supone que voy a sacar tanto dinero? He probado con todos. ¡Con todos! Nadie quiere prestarme.
Mia no respondió. Se sentó en el brazo del sofá y se mordió el labio, como hace cuando se guarda algo y lo detesta.
Me detuve. —¿Qué?
—Hay una posibilidad —dijo despacio—. Pero te va a horrorizar.
—Mia.
—Hace unas semanas, una mujer de un bufete de abogados vino al hospital. Les preguntaba a algunas enfermeras si conocían a alguien que pudiera interesarse en un acuerdo privado. No quiso decir quién era el cliente. Solo que era rico, serio, y quería discreción. —Retorcía los dedos en su regazo—. Le dije que no. Me pareció raro. Pero guardé su tarjeta.
—¿Qué clase de acuerdo?
Fue a su habitación y volvió con una carpeta, abrazándola contra el pecho. Seguía sin mirarme.
—Busca a una mujer que lleve a su hijo. Gestación subrogada. Cubrirían todos los gastos médicos, y él la compensaría con mucha generosidad, más que suficiente para saldar una deuda como la tuya.
Mi cerebro se quedó completamente en blanco. Por un segundo, lo único que oí fue el zumbido del refrigerador.
—Sé cómo suena —dijo Mia, demasiado rápido—. Pero es legal. Son contratos, doctores y abogados. Él no busca una relación. Solo quiere un hijo.
—Y pensaste en mí. —Me reí una vez, y me salió mal.
—Pensé en ti cuando vi tu publicación sobre la clínica necesitando donaciones. —Por fin sus ojos se encontraron con los míos, y estaban húmedos—. Quieren a alguien sana, sin complicaciones, que no beba ni fume. Y tú... Daisy, tú nunca has estado ni siquiera...
—Nunca he tenido ni un novio, Mia. —El calor me subió por el cuello y me ardió en la cara—. Nunca he besado a nadie como se debe. ¿Y quieres que tenga el bebé de un desconocido?
—¡Les dije que no! Te lo juro. Solo guardé el expediente. Por si algún día necesitabas echarle un vistazo.
"Debería decir que no. Debería agarrar mi bolso e irme."
Pero pensé en la pequeña mano de Leo en mi manga, y mis pies se quedaron exactamente donde estaban.
Mia abrió la carpeta y deslizó una fotografía sobre la mesa.
Un hombre de traje oscuro bajando de un auto negro. Alto, de mandíbula afilada. Ojos fríos y el cabello perfectamente peinado. Se me hundió el estómago hasta los zapatos.
Conocía ese rostro. Lo había visto en las portadas de las revistas de negocios en el supermercado, esas que nunca tenía dinero para comprar.
Damien Sterling. El multimillonario dueño de la mitad de la ciudad.
Levanté la fotografía con dedos que no lograban quedarse quietos.
—¿Damien Sterling? —susurré.
Mia asintió, mordiéndose otra vez el labio.
Miré fijamente esos ojos fríos y serios, y el corazón me latía tan fuerte que podía oírlo en los oídos.
¿Por qué un hombre como Damien Sterling necesitaría a una desconocida para tener a su bebé?
PUNTO DE VISTA DE DAISYAl día siguiente de mudarme, la señora Ellis tocó a mi puerta y entró con una caja. Dentro había una gruesa carpeta con un solo nombre impreso en la portada: SERAPHINA.—El señor Sterling dijo que debería revisar esto antes de la gala benéfica del viernes —dijo, mirando un punto justo más allá de mi hombro.Claro que lo dijo.Llevé la caja abajo y la abrí en la gran mesa de la cocina. El sol entraba a raudales por los altos ventanales e iluminaba las encimeras pulidas, y toda la habitación olía levemente a limón y a pan recién hecho. Debería haberse sentido cálido. En cambio, sentí que leía el historial médico de una desconocida, uno que ya había sido cerrado. No era una carpeta. Eran al menos diez.Sus comidas favoritas: pasta blanca sin ajo, té verde sin azúcar, fresas, pero solo por la mañana. Sus gestos: cómo sostenía su copa de vino, cómo se reía de los chistes, cómo saludaba a los fotógrafos. Su agenda: yoga los lunes, la galería los miércoles, brunch con
PUNTO DE VISTA DE DAISYMe senté en el suelo de la oficina de mis padres durante una hora, con el aviso del banco en una mano y mi teléfono en la otra. Catorce días. Los números daban vueltas en mi cabeza como buitres.El contrato brillaba en mi pantalla. Un pago generoso en el momento en que firmara. Suficiente para saldar el préstamo por completo, con un poco de sobra. Casi exactamente lo justo, me di cuenta, y un extraño escalofrío me recorrió. ¿Cómo supo Damien la cifra al centavo?No dejaba de pensar en él, todavía viviendo dentro de su duelo. Y quería que yo entrara en él porque me parecía a su esposa muerta.Eso debió haberme hecho decir que no.Pero levanté la vista hacia el suéter de papá sobre su silla, y hacia la planta de mamá que seguía viva porque yo la regaba todos los días, y pensé en Leo y en todos los niños que no tenían a dónde más ir.Perdóname, mamá. Perdóname, papá. Antes de que pudiera cambiar de opinión, presioné llamar.Damien contestó al segundo timbre.—Lo h
PUNTO DE VISTA DE DAISYNo podía dejar de mirar la foto.No era solo el cabello ni los ojos. Era la forma en que sostenía el sombrero, exactamente como lo habría hecho yo. Era la sonrisa medio sorprendida, como si no hubiera esperado que nadie la estuviera mirando. Esa es mi sonrisa. Un escalofrío frío me recorrió los brazos.Dejé el marco sobre el escritorio con cuidado, como si pudiera romperse.—Se parece a mí —susurré.—Sí. —Damien tomó la foto y la devolvió al cajón, y noté que su mano no estaba del todo firme. No la miró por mucho tiempo—. Nos conocimos en la universidad. Estuvimos casados un año.Me senté despacio. Mi rabia de hacía un minuto había desaparecido, reemplazada por algo pesado e incómodo que se instaló en mi pecho como una piedra.—Lamento que haya muerto —dije en voz baja—. Mia no me dijo que había estado casado.—Mia no lo sabía. —Se inclinó hacia adelante con las manos entrelazadas. Para un hombre que siempre parecía tener el control, de pronto se veía cansado,
PUNTO DE VISTA DE DAISYNunca había entrado en un edificio como Sterling International. El vestíbulo era todo de cristal y mármol, tan pulido que podía ver mi propio rostro nervioso en el suelo. La gente pasaba a toda prisa en trajes caros, hablando rápido, sin mirar a nadie. Yo llevaba mi sencillo vestido azul y no dejaba de jalar el dobladillo hacia abajo, como si pudiera hacerlo parecer más caro a la fuerza.La mujer de la recepción me recorrió de arriba abajo. Despacio. —¿Nombre?—Daisy Parker. Tengo una cita con el señor Sterling a las diez.Tecleó algo, y sus cejas se alzaron apenas un poco. —Último piso. Él la está esperando.Me está esperando. Tragué saliva con dificultad.El viaje en el ascensor se sintió interminable. Me sudaban las palmas, y me las limpié en el vestido dos veces. No dejaba de repetir las mismas palabras en mi cabeza como una oración. Siempre puedes decir que no. Solo estás aquí por la clínica, no por él.Las puertas se deslizaron y dieron paso a una oficina


















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