로그인Emery
Habían pasado cuarenta y ocho horas desde que la sangre de Ambrose irrumpió herido y goteando sangre, y el silencio de la biblioteca ya no se sentía como paz. Se sentía diferente. Era como una espera. Esa noche, me había quedado dormida en el suelo, sentada contra la estantería, vigilando su respiración irregular mientras la tormenta amainaba. Él no había dicho nada más, la pérdida de sangre lo tenía demasiado débil como para interrogarme. Y cuando desperté, él ya no estaba. Se había ido sin una nota. Sin un adiós. Solo quedaba un rastro de su aroma a bosque nocturno impregnado en mi suéter y una mancha oscura en la alfombra que tuve que fregar durante una hora. —Estúpida —murmuré para mí misma, sellando con fuerza el tampón de tinta sobre la ficha de un libro—. Es el ejecutor de la manada, Emery. No se queda a conversar con una mera bibliotecaria. Intenté concentrarme en mi trabajo. La biblioteca estaba vacía, como siempre a media mañana. Me ajusté las gafas y tomé un sorbo de mi té, pero mi mirada se desvió involuntariamente hacia el extremo de mi escritorio de caoba. Fruncí el ceño. Había... ¿tierra? No se trataba de un poco de polvo, sino de un montículo considerable de tierra grumosa y húmeda justo encima de mis notas de clasificación. Y clavado en medio de ese desastre, como una bandera de conquista, había un manojo de flores silvestres. No era un ramo comprado en la floristería del pueblo. No tenían lazo, ni papel celofán. Eran flores azules y violetas arrancadas de raíz, esparciendo tierra sobre mis papeles inmaculados. —¿Pero qué...? Me acerqué, tocando con un dedo vacilante un pétalo azul. Estaban frescas. Vivazmente frescas, como si hubieran sido arrancadas hace apenas unos minutos. Limpié el desastre lo mejor que pude, con el corazón latiendo un poco más rápido de lo normal. ¿Una broma de los cachorros de la manada? Tal vez. Pero al día siguiente, la ofrenda no fué botánica. Llegué temprano, tarareando bajito, con mi cárdigan color crema abotonado hasta la barbilla. Dejé mi bolso en la silla y, al girarme hacia el escritorio, el grito se me murió en la garganta, transformándose en un chillido agudo de miedo puro. —¡Por la Luna! Sobre mi libro de contabilidad, perfectamente centrado, había un conejo. Muerto. Y no solo muerto. Estaba... presentado. No tenía cabeza, gracias a la Diosa, pero estaba despellejado con una precisión quirúrgica, la carne cruda y roja brillando bajo la luz de las lámparas de lectura. Retrocedí tropezando con mis propios pasos, cubriendo mi boca, chocando mi espalda contra una estantería sólida. —¿No te gusta? Reconocí aquella voz profunda incluso sin tener que ver a su dueño. —Es carne magra. La mejor parte. Ambrose salió de entre las sombras. Llevaba unos vaqueros oscuros manchados y una camiseta negra que se tensaba peligrosamente sobre sus bíceps. Se veía completamente recuperado. Los hombres lobo sanaban rápido, pero él parecía irradiar una vitalidad casi violenta. Su cabello rubio oscuro estaba desordenado, dándole un aspecto rebelde y relajado, sus ojos oscuros me miraban con una mezcla de confusión y molestia. —¡Ambrose! —exclamé, señalando el cadáver en mi escritorio con una mano temblorosa—. ¡Hay un animal muerto en mi zona de trabajo! ¡Sangre! ¡Bacterias! Él resopló, cruzándose de brazos. Su camiseta se tensó contra su torso. —Está limpio. Lo cacé hace una hora. Lo despellejé yo mismo para que no tuvieras que ensuciarte esas manos tan... —hizo un gesto vago hacia mis manos, que apretaba contra mi pecho—... pequeñas. —¿Por qué me trajiste un conejo muerto, Ambrose? ¿Acaso estás demente? —Te ves pálida —gruñó, dando un paso hacia mí. Su presencia llenó el espacio, succionando todo el oxígeno—. Siempre estás aquí metida, oliendo a papel viejo. Necesitas proteína. Carne fresca. Ayer te dejé esas hierbas que huelen bien porque pensé que te gustaban las cosas que crecen en la tierra, pero las tiraste a la basura. Abrí la boca, pero no salió ningún sonido. ¿Las flores con raíces eran un regalo? ¿El conejo decapitado era... almuerzo? La realización me golpeó como un ladrillo. Ambrose me estaba cortejando. O, al menos, la versión primitiva de un cortejo. —Ambrose... —mi voz se suavizó, y la histeria dió paso a una extraña calidez que burbujeó en mi vientre—. No puedo comer conejo crudo en la biblioteca. Y las flores... tenían raíces. Llenaron de tierra mis anotaciones importantes. Él se detuvo a un metro de mí. Parecía genuinamente perplejo. —Las raíces hacen que duren más —explicó, como si fuera obvio—. Si las cortas, mueren. Yo quería que vivieran para ti. Mi corazón dió un vuelco doloroso. "Yo quería que vivieran para ti" Dicho con esa voz rasposa, de un hombre que probablemente podía romperme el cuello con una mano, sonaba como la poesía más dulce y retorcida del mundo. Bajé la mirada, sintiendo el calor subir por mi cuello hasta mis mejillas. Mis gafas, traicioneras como siempre con los cambios de temperatura corporal, empezaron a empañarse por mi nerviosismo. —Gracias —susurré, avergonzada—. Supongo. Es... considerado. De una forma muy, eh, primitiva. Ambrose soltó un bufido que podría haber sido una risa. Dió otro paso, invadiendo mi espacio personal. Ahora podía olerlo. Ya no olía a sangre. Olía a jabón limpio, a lluvia reciente y a ese rastro masculino y profundo que parecía embriagarme. —No veo tus ojos —dijo en voz baja. Levanté la cabeza, pero solo veía una mancha borrosa de su figura imponente. —Se empañaron. Pasa cuando me pongo ner... cuando cambia la temperatura. Sentí sus dedos grandes y callosos rozar mis sienes. Me quedé inmóvil, dejando de respirar. Con una delicadeza que contradecía su tamaño, Ambrose deslizó las gafas fuera de mi rostro. El mundo se volvió un poco más borroso, pero él estaba tan cerca que no importaba. Lo ví sacar un pañuelo de tela, sorprendentemente limpio, de su bolsillo trasero y comenzar a limpiar los cristales con movimientos lentos y meticulosos. Sus manos eran enormes. Podían sostener mi cráneo entero sin esfuerzo, pero sostenían mis lentes como si fueran de cristal de azúcar. —Eres diferente a las otras —murmuró, sin mirarme, concentrado en su tarea—. Las lobas de la manada... son ruidosas. Exigen. Muestran el cuello y esperan que muerda. Terminó de limpiar y me miró. Sin las gafas, me sentía desnuda, expuesta. Mis ojos cafés se encontraron con los suyos, oscurecidos y hambrientos. —Tú te escondes —continuó, dando un paso más, acorralándome suavemente contra la estantería de Historia—. Te escondes detrás de esa ropa grande, detrás de ese cabello, detrás de estos cristales. Levantó las gafas y me las colocó de nuevo. Sus dedos se demoraron, sus nudillos ásperos rozando la piel suave de mis pómulos. El contraste de texturas, su dureza contra mi suavidad, despertó una marea de sensaciones cálidas que viajó desde mi vientre hacia mi entrepierna, haciéndome apretar los muslos. ¿Qué estaba pasandome? Debía estar huyendo, no… sintiéndome así por él. Él lo notó. Sus pupilas se dilataron, tragándose el iris. —Ahí estás, Emery —susurró, su pulgar acariciando la línea de mi mandíbula. Su voz había bajado a ese tono peligroso de la otra noche, oscuro, hipnótico. —Ambrose, no deberías estar aquí —dije, aunque mi voz temblaba y mi cuerpo se inclinaba hacia él, buscando su calor—. El Alpha... —El Alpha me importa una m****a ahora mismo —me cortó. Apoyó una mano en la estantería, justo encima de mi cabeza, y la otra en mi cintura. No me apretó, solo dejó su mano allí, pesada, caliente, posesiva. Su cuerpo enorme prácticamente engullía el mío, bloqueando cualquier ruta de escape. Aunque no quería escapar. —Desde la otra noche... —Ambrose bajó la cabeza, su nariz rozando la mía, inhalando mi aliento entrecortado—. No puedo sacarme tu maldito olor de la cabeza, Emery. Intento cazar, y huelo a vainilla. Intento dormir, y solo te veo a tí. Me estremecí. —Es una tortura. —Soy solo una bibliotecaria, Ambrose. Tú eres... tú. —Exacto —su mano en mi cintura se tensó, sus dedos hundiéndose en la lana de mi cárdigan hasta encontrar la curva de mi cadera—. Soy un animal, Emery. No sé traer bombones. No sé escribir poemas. Sé cazar y matar. Y sé cuando encuentro algo que quiero mantener a salvo. Su boca estaba tan cerca de la mía que podía saborear su desesperación. —Deja de esconderte detrás de estos libros, ratoncita —gruñó contra mis labios, la vibración recorriendo todo mi cuerpo—. O tendré que empezar a leer para que me mires a mí en vez de a las páginas.Isabelle La decisión no fue difícil. En realidad, ni siquiera sentí que estuviera tomando una decisión, era más bien como ceder a la gravedad, como dejar de nadar contra una corriente que llevaba arrastrándome toda la vida hacia ese preciso instante. Gabriel esperaba mi respuesta, su cuerpo estaba tenso y sus ojos dorados fijos en mí, dándome la oportunidad de huir. Abrí la boca para decirle que no iría a ninguna parte, que mi lugar estaba allí, con él y su bestia. Pero antes de poder pronunciar una sola palabra, el sonido estridente de su teléfono celular cortó el aire tenso como un cuchillo afilado. El sonido era mundano, pero el efecto en Gabriel fué inmediato. Su postura cambió. El deseo en su rostro se desvaneció y fué reemplazado por una alerta calculadora. Sacó el dispositivo del bolsillo y contestó sin dejar de mirarme, como si temiera que yo desapareciera si parpadeaba. —Habla —ladró. Hubo un silencio breve mientras escuchaba. Vi cómo sus nudillos se volvían blancos al
IsabelleEn cuanto las puertas del ascensor del edificio de Gabriel se cerraron, su aroma se adueñó del pequeño lugar. Su mano en ningún momento soltó la mía, parecía que alejarse de mí fuera a significar la muerte. Era una sensación tan agradable como abrumadora.Cuando las puertas se volvieron a abrir, lo que revelaron me dejó sin aliento. Debí suponer lo que encontraría teniendo en cuenta lo opulento del exterior del edificio.Si mi pastelería era calidez, dulzura y colores pastel, el ático de Gabriel era frialdad, sofisticación y sombras.Entramos en un espacio abierto, enorme, con paredes de cristal que iban del suelo al techo y mostraban la ciudad del otro lado. El suelo era de mármol oscuro, los muebles de cuero negro y líneas rectas. Todo gritaba dinero, poder y una soledad inmensa.Gabriel rodeó mi cintura con sus fuertes brazos, atrayéndome hacia su cuerpo.—Bienvenida a casa —murmuró en mi oído y su voz profunda acarició mi piel.En cuanto me volví hacia él, me llevó contr
IsabelleDebí haber huído.Debí haberme asustado.Estaba acorralada entre los estantes de mi propia pastelería, por el cuerpo masivo de un hombre peligroso que acababa de dejar a dos matones inconscientes y ensangrentados a pocos metros. Y eso sin mencionar el dorado inhumano que se había encendido en sus iris.Pero mi cuerpo no entendía de lógica.Mi corazón no empujaba contra mis costillas por miedo a morir, sino por una razón mucho más peligrosa y primitiva.Quería pertenecerle.Gabriel parpadeó y, tan rápido como había aparecido, el brillo dorado se desvaneció, dejando paso a ese café oscuro, profundo y tan irresistible.Sin embargo, la intensidad no disminuyó. Seguía mirándome como si yo fuera lo único que lo mantenía anclado a la tierra.—Estás temblando —murmuró. Su voz se había vuelto grave y profunda. Parecía acariciar mi piel ante nuestra cercanía.—Yo… —intenté hablar, pero las palabras se atascaron en mi garganta cuando su mano grande y fuerte envolvió la mía.Su piel est
IsabelleEran las nueve y cincuenta y ocho de la mañana. Lo sabía no porque hubiera mirado el reloj que colgaba sobre la cafetera industrial, sino por el ritmo frenético de mi propio corazón. Mis manos temblaban ligeramente mientras espolvoreaba azúcar glass sobre los croissants recién horneados. El polvo blanco caía como nieve dulce, cubriendo las imperfecciones de la masa, del mismo modo que yo intentaba cubrir el nerviosismo que me devoraba por dentro.La pequeña pastelería estaba impregnada de un calor acogedor y aromas dulces. Pero para mí, a esa hora específica, el aire se sentía cargado de electricidad estática, como la atmósfera pesada antes de que estalle una tormenta de verano.Limpié mis manos en el delantal blanco, alisando la tela sobre mis caderas. Miré mi reflejo en la vitrina de pasteles. Mis mejillas estaban sonrojadas por el calor del horno, o quizás, por la anticipación. «Solo es un cliente, Isabelle. No seas ridícula» intentó convencerme a mí misma, pero él no er
Emery El sol de la tarde se filtraba a través de los ventanales altos. Levanté la vista de mi libro, ajustándome las gafas, y observé mi santuario. Ambrose no había mentido. Había tardado casi un año, trabajando cada fin de semana, cada noche libre después de sus patrullas, pero me había construido mi propia biblioteca. Una extensión de nuestra cabaña diseñada solo para mí, con una chimenea y estanterías altas. —¡Mami! ¡Mami, mira! —una vocecita aguda rompió el silencio sagrado. Bastian entró corriendo, sus pies descalzos sobre la alfombra. A sus cuatro años, era una copia en miniatura de su padre. Tenía el mismo cabello rubio oscuro que siempre parecía despeinado, la misma mandíbula fuerte y una energía inagotable que a veces me dejaba exhausta antes del mediodía. —Bastian, cuidado con los libros —advertí suavemente, dejando el mío sobre la mesa auxiliar. —¡Mira lo que encontré! —se frenó en seco frente a mi sillón, con las manos sucias de tierra extendidas hacia mí—. ¡Es un d
EmeryEl silencio que siguió a la partida de Ambrose fué peor que cualquier grito.Me quedé en medio de la biblioteca, abrazándome a mí misma, sintiendo cómo el frío se filtraba en mis huesos a pesar de que mi piel todavía ardía. Los enviados del Alpha habían golpeado un par de veces más y luego, al no recibir respuesta ni percibir movimiento, se habían marchado, dejando detrás una amenaza implícita en el aire.Pasaron las horas.La tarde cayó sobre la biblioteca, alargando las sombras de las estanterías hasta convertirlas en garras oscuras que parecían querer atraparme. Intenté seguir con mis tareas. Intenté catalogar, ordenar, limpiar... cualquier cosa para no pensar en dónde estaba él.¿Lo habrían capturado? ¿Estaría herido de nuevo?Cada vez que cerraba los ojos, revivía la sensación de su peso sobre mí, de su crudeza llenándome. Me llevé la mano al vientre, donde mariposas aleteaban ante el recuerdo de su posesividad. Olía a él. Podía sentir su rastro impregnado en mí.Y una sonr







